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viernes, 19 de octubre de 2012

Monos aulladores


Todos los que peinamos calva lo hemos presenciado muchas veces en nuestra dilatada vida, pero mi creciente rechazo del roce ciudadano me impide constatar si en rigor esto sigue ocurriendo.

La literatura y un cierto cine costumbrista, el de aquellos años en los que con mucha humildad se hacían en este país cosas la mar de dignas, lo han consignado en los archivos de la cultura popular.

Hablo de esa costumbre mostrenca y hortera, para mi gusto, de interpelar a las mujeres a su paso por las calles y plazas, de este y otros países parecidos, que conocemos genéricamente con el nombre de “el Piropo”.

Al menos yo, no tengo noticias de que se haya jamás escrito un ensayo serio sobre la cuestión, siendo así que sí se ha hecho en torno a infinidad de banalidades de mucho menor interés, en mí humilde opinión.

Desde su fondo antropológico y la multitud de concomitancias de orden socio-cultural que podrían extraerse de un análisis de ese comportamiento, hasta el estudio de factores relacionados con posibles desajustes sicológicos en los sujetos que lo practican, pasando por la valoración ética de las relaciones hombre-mujer en ese contexto, siempre me ha parecido que este tema ha sido menospreciado con mucha ligereza por los especialistas. Y así están las cosas, de momento

Pero mira por donde, también existe una inesperada dimensión política del asunto; que es de lo que quería hablaros hoy.

Viene a cuento, tras haber leído un magnífico artículo de una periodista francesa, Elisabeth Levy, redactora jefe del semanario “Causeur”, con cuyos análisis de la actualidad suelo estar habitualmente de acuerdo.

La periodista plantea el asunto a partir de la aparición de un reportaje filmado, llevado acabo por una joven estudiante belga, con cámara oculta, titulado “Femme de la rue”.

En la filmación, dicha joven estudiante recoge la actitud y el comportamiento de unos hombres de un “barrio popular” de Bruxelas, al paso cerca de ellos de una mujer joven y atractiva. Cuenta la periodista que esa actitud osciló en este caso, entre un intento de ligue de trazo grueso, miradas groseramente concupiscentes, tentativas descaradas de pasar al acto, bromas de gran tonelaje o, directamente, el insulto.

Hasta aquí nada que desafortunadamente no conozcamos. El problema comienza con la acogida que este testimonio ha provocado en aquellos medios políticos en los que se está permanentemente en guardia para emprender una implacable defensa de “victimas-de-cualquier-pelaje”, susceptibles de haber sido agredidas por nuestro abyecto sistema.

Aquellos medios en los que, según el filosofo Alain Finkielkraut, se disputan para sus protegidos el título de “mi desdichado preferido” (chouchous du malheur).

¿Y porqué se ha planteado un problema cuando en esos ámbitos de militancia tienen tan clara la única e inconfundible identidad del sempiterno agresor?

Ah, pues muy sencillo. Porque en este caso el choque de trenes se iba a producir, teóricamente, entre dos de esos colectivos de defensa de víctimas indefensas: el que defiende los derechos y la dignidad de la mujer y el que defiende los derechos y la dignidad de los emigrantes.

Bonito, ¿eh…?

Las aguerridas vestales del ultra-feminismo lo tuvieron claro desde el primer momento: “¡Normal!¡Es el machismo de toda la vida que ataca de nuevo, y cada día más!” Ya. Lo malo es que no se trata, en este caso, del machismo de toda la vida. Al menos, no en los términos que sugiere vuestro enérgico improperio. 

Levy pone sobre la mesa el asunto en toda su crudeza al destacar la novedad que supone el carácter de machismo “de importación” que encierra el caso presente. Lo que unido a que el barrio que se ha calificado púdicamente de “popular” en el documental, es en realidad un barrio con una mayoría muy significativa de personas de origen norteafricano, debería poner en un aprieto a nuestras intrépidas amazonas .

Pero despejar de los lugares comunes habituales ese camino y subrayar las singularidades de este caso particular, supone adentrarse en un peligroso campo minado.

Señalar ese aspecto del asunto podría ser calificado de comentario racista por parte de los de costumbre, del mismo modo que se podría arder el la hoguera de los multiculturalistas, si se le ocurriera a uno dejar constancia de que la condición femenina se encuentra en franco deterioro en barrios como el mencionado, frente a la evidente mejoría de la misma en los de predominancia europea.

La periodista observa en su artículo, así mismo, que el frecuente argumento multiculturalista de que nada tenemos de que sentirnos orgullosos frente a otras realidades culturales, ni lección alguna que darles, pone en una balanza nivelada la realidad de Occidente, en cuanto a la condición de la mujer, y la de lugares como Afganistán o Arabia Saudita.

De igual manera es delirante que sea calificado de racista el deseo de que todas las mujeres emigrantes pudiesen gozar de las mismas ventajas adquiridas por las autóctonas de una civilización que, por cierto, ha sido la que ellos han escogido como destino.

Puestas las cosas así, los gentiles defensores de toda clase de víctimas del averno occidental solo encontraron dos salidas dignas, delante de una contradicción aguda como la planteada en este caso.

Por un lado la más sencilla. Ponerse de perfil y mirar para otro lado. “No es más que una agresión machista más”. Arreglado para las feministas.

Por otro, la sempiterna explicación sociológica. “Si esos seres se comportan de esa manera es simplemente porque son víctimas del racismo y de la exclusión, social y laboral, a las que nuestro malvado sistema les condena sin remisión”. Listo para los antirracistas.

Y, lamentablemente, dejándose deslizar por esas fáciles pendientes, también la pobre joven reportera se rindió, parece ser, ante la mirada inquisitorial de su entrevistador del diario Le Monde :” …uno de mis grandes temores era cómo tratar esta temática sin realizar un  reportaje racista. La actitud de una persona no es representativa de toda la comunidad. No se trata de una cuestión étnica sino de un problema social”.

( ¡Lástima bonita, acabaste perdiendo por KO técnico en el último asalto, un combate que tenías sobradamente ganado !)

Al hilo de esta curiosa historia, se interrogaba Elisabeth Levy sobre si no sería conveniente preguntarse el porqué la integración de los sujetos de la tercera y cuarta generación de emigrados encuentra muchas más dificultades que las que encontraron sus padres o sus abuelos.

La respuesta a esa cuestión tal vez habría que buscarla, en la paradoja que supone el que las generaciones anteriores no tuvieran tantos “protectores” como las actuales, y estuviesen obligados a luchar mucho más duro por un techo y un poco de dignidad, de lo que ahora necesitan sus descendientes para comprarse un par de “Nikes” de última generación.

El porqué el progreso del antisemitismo, esencialmente en el seno de esos colectivos, es hoy menospreciado desde la obtusa cabeza enterrada en la arena de los círculos progres del país, mientras el fantasma de una extrema derecha en  vía de extinción en Francia sigue siendo para ellos, como siempre, el único teórico enemigo de los judíos, también llena de perplejidad a la articulista.

Termina Levy con una conclusión pesimista, al advertirnos que aquellos que califican de “patrioteros” a los que ven esa realidad, están desarrollando un peligroso juego en el que si se considera al que ve lo que pasa como un racista, muchos ciudadanos acabarán concluyendo que, al fin y al cabo, eso de ser racista tampoco es el fin del mundo.

Deberíamos aplicarnos el cuento, ¿no creéis?


PS

Y me pregunto yo, ¿qué suponemos que pasaría si un a gracioso de español que está trabajando en Qatar, pongamos por caso, un día que pilló descuidado al policía religioso y se tomó unos gin-tonics de más, se le ocurriera hacerle un homenaje verbal a una silueta oscura de andares cadenciosos? ¿Incidente diplomático o simple recuperación de un cajón de pino, en vuelo oficial?

miércoles, 10 de octubre de 2012

Vacío (En el desierto de Sonora)


A veces, como hoy, me pregunto por la razón que me empuja a escribir estas líneas de vez en cuando. No encuentro ninguna, más allá de ese impulso narcisista que supongo que todos padecemos de forma más o menos aguda.

Normalmente la cosa se desencadena tras leer alguno de las múltiples fuentes de información que mí curiosidad consigue encontrar o que pasan cerca de mí sin haberlas buscado. Periódicos, radios, revistas, y sobre todo esa fuente aparentemente inagotable que es Google.

También las obras que en cada momento ocupan mi actividad de lector. Y naturalmente la mezcla resultante de todo ello.

Hoy leo y escucho el debate del día provocado por esa nueva pero nada original tabarra nacionalista, con la que un catalán llamado Arturo, que sueña con llegar a ser el rey en un camelo llamado Catalunya, nos ha obsequiado.

Al mismo tiempo, la tesis de un joven y brillante estudiante francés de economía, llamado Benoit Malbranque, desarrollada en un ensayo de título “Le Socialisme de Chemise Brune”, me está perturbando notablemente.

Me perturba como suele perturbar el hallazgo de un discurso bien articulado sobre una intuición que has mantenido encerrada, sin desarrollar, en su cápsula hipotética, y a la que de pronto alguien despliega, llevándola por una senda dialéctica inesperada y deslumbrante.

 Y, claro, resulta que ambas cosas, debate y ensayo,  comparten un espacio político común  en el que se multiplican unas sinapsis cuyas descargas eléctricas sugieren innumerables y variadas rutas de reflexión.

Y como me encuentro justo en el inicio de alguna de esas rutas, resulta que no puedo honestamente extraer todavía ninguna consecuencia que pudiera ofrecer a vuestro interés.

En consecuencia, mi incontenible tendencia a emborronar este papel virtual que tengo delante me impele a colocar algo que supla esa imperdonable deficiencia, y he decidido hacerlo mediante la exposición a vuestro sabio criterio de un relato corto y sin pretensiones, titulado “En el Desierto de Sonora”. Temeridad para la que cuento, una vez más, con vuestra probada benevolencia.

Este cuento lo sometí a la autorizada crítica de mí amigo El Magnolio, que en una de sus inimitables piruetas intelectuales me sintetizó su juicio en una pregunta tan oportuna como pertinente :  “¿Tú leíste la obra de Unamuno titulada Niebla?”

¡Maldita sea! ¡Claro que la leí! Tendría yo unos diecisiete años, allá por el año 1959, cuando mi tutor intelectual, el inolvidable Paco Canaval, me la puso en las manos.

¿Misterios de la memoria inconsciente? No lo sé. Lo que es cierto es que al escribir esta historia, la “Nivola” de D. Miguel estaba a cien mil años luz de distancia, en el fondo profundo de mi memoria. Pero eso sí, allí estaba.

En fin juzgad por vosotros mismos.


En el desierto de Sonora. 

¡No veo..! El sudor empaña mis ojos y con las manos sujetas a la espalda no puedo secarme… y sin embargo no tropiezo. ¡maldita sea…!¡pero tengo que tropezar!¡…tengo que romper de alguna manera este maldito ritmo de mis pasos…!

¡No puede uno encaminarse hacia su muerte con un paso regular! Es una incongruencia. Tengo la sensación de que estos pasos acompasados son una especie de prueba de lo inevitable de mí destino. Algo así como la marcha fúnebre de mí entierro.

El “Tuerto” y el otro sicario caminan a mí lado dejando que sus brazos se balanceen a sus costados como en una danza grotesca y relajada. Aquellas rocas hacia las que sin duda nos dirigimos están aún lejos. Y, si este desierto está lleno de piedras ¿cómo es que no tropezamos con ninguna?

¡No quiero morir! No siento miedo. No siento nada… pero ¡no quiero morir! Se lo dije al Comandante…

         –¿Porqué tengo que morir? Me he pasado la vida huyendo. No tengo nada. Me lo habeis arrebatado todo. Tú, Comandante, no deberías matarme. En realidad…¿qué tienes contra mí? es como si yo no existiese para ti. ¿porqué tengo que morir? No me mates… el Señor te lo recompensará…

         –¡Me estás jodiendo blanquito! No me tienes respeto…tú tienes que morir ¡pues!. ¿por qué mierda tantas preguntas? tienes que morir… es así y así será, ¡carajo! ¡a ver! Montejo…y usted señor “Tuerto” ¡Muévanse! ¡Saquen esta boñiga de aquí, y ya me lo están dejando bien tiesecito del lado del Barranco Seco! ¡no se me demoren…! 

¿Y si lo intentase con estos dos…? Ellos no deberían tener ganas de matarme. No tienen ningún motivo. De hecho acabo de conocerlos...¿No será una molestia, un fastidio, tener que matar a alguien que no conoces? Yo no he matado nunca a nadie…Si me viese obligado, seguramente tendría miedo…no sé… a las consecuencias. A algún castigo divino…no sé…

 El “Tuerto” se ha parado. Ha dejado el fusil en el suelo y se ha quitado una de sus alpargatas. Se está sacando una piedra. Le voy a decir algo…

        – Oye compadre ¿tu has matado ya a mucha gente? No debe ser nada fácil matar a alguien eh? ¿Sabes qué? Si yo tuviera un arma no sería capaz de matarte. ¡Seguro…! No te conozco…¿Porqué iba yo a matarte si no te conozco, eh?

         – ¡Échese p’alante, y no nos jodas más! ¿no oíste al Comandante? Tu tienes que morir y no hay más nada.  ¡carajo!

Es una acémila. ¡No hay nada que hacer! Y este paso…¡Mierda! estoy empezando a ponerme muy nervioso! Pero es que morir así…me cuesta mucho imaginarlo. Haber hecho un camino tan largo… la mayor parte huyendo de situaciones como esta. Después de todo aquello, siempre pensé que tendría derecho a un poco de tranquilidad…

            –¿Qué les costaría soltarme, eh muchachos? Déjenme ir. Les juro que nadie va a enterarse. Me iré tan lejos…

            – ¡Lejos, dice! ¿Oíste eso, Luciano…? ¡ya lo creo que te vas a ir lejos compadre…! ¡al puro infierno…! ja, ja, ja,… no te preocupes hermano, yo te jalaré un poquito pa que llegues luego…ja,ja,ja…

Estoy temblando. Ahora sí; ahora tengo miedo… de verdad;… mucho miedo.

            – ¡Eh tú! El que está escribiendo esto. ¿te costaría mucho hacer que no me maten estos salvajes? ¿no es lo mismo para ti que yo esté vivo o muerto?... Pues escucha esto: para mí ¡no es lo mismo! así que.. ¿qué pasa?... ¿no me oyes, o te estás haciendo el sueco?

Levantó la vista de la pantalla del ordenador y tras quitarse las gafas se frotó un momento los ojos. Hacia una buena tarde. El sol del crepúsculo entraba por la ventana que tenía enfrente iluminándole el rostro.

Aquel principio de relato estaba recorriendo un camino imprevisto, como, por otra parte, sucedía a menudo.

Miró de nuevo a la pantalla y su rostro iluminado ahora por el sol se reflejaba en ella. El blanco rectángulo lleno de letras de su texto se mezclaba extrañamente con el refelejo de su rostro. Entraba totalmente en el contorno de la cabeza reflejada. Torció la cabeza poniéndose de medio perfil y observando aquel nuevo reflejo de reojo.

Se detuvo un instante antes de retomar la narración…

             – Lo siento, no puedo hacer nada por ti amigo. Tú eres el protagonista de esta historia y yo no soy nada en ella. Bueno… tal vez podríamos decir que, en el caso de que yo fuese algo, sería el propio relato. Eso es. El relato soy yo. Tu tienes tus oportunidades en esa historia y decides que haces con ellas…

             – ¡Na, na na…! Tú eres dios. Me has creado a mí y has creado este peligroso mundo lleno de malvados en el que, aún no sé porqué, me has introducido. ¿Qué pasa, no te caigo bien? ¿ahora vas a hacer que me maten estos facinerosos? ¿te lo pasas muy bien haciéndolo? Y, si es así, si te gusta tanto ¿no crees que deberías pedir ayuda a algún doctor?

             –¿Y qué quieres que haga, que me ponga en tu lugar?
    
             – Pues mira… es una idea. A lo mejor deberías haber empezado por ahí. Al fin y al cabo yo también soy tú, ya que formo parte de una obra que según tú es tú mismo. Sería como mirarte en el espejo y hacer aquello que creas que te favorece más …¿No te parece?¿Eh?
   
             –¿Reflejarme...?¡Humm!...¡Vale! Me has convencido… si te pones así haré lo que más me conviene…

             – ¡No, no, no! ¡quieto ahí “Tuerto”! ¡quieto! ¡baja ese fusil! acabo de hablar don Dios y me ha prometido que esto acabaría bien.

             –¡Pos claro que acabará bien, güey! ¡acabará como tiene que acabar! je, je, je... ¡y pos sí, con la pelona llevándote al infierno! ¡carajo!

             ¡BANG!

martes, 2 de octubre de 2012

Ha muerto un hombre.

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Ese guapo muchacho de la foto, de mirada brillante cargada de inteligencia y decisión es, o mejor dicho era hasta el día 1 de Octubre de 2012, Shlomo Venezia.

Shlomo era griego. De Salónica. Judío descendiente de aquellos compatriotas a los que el odio, la intolerancia y sobre todo la ignorancia que anida siempre entre nosotros, expulsaron un mal día de su país, que era España.

Era tanto su país que no dejaron de hablar su idioma, el español, a lo largo de todas las generaciones sucesivas. Tal vez porque la melancolía, o esa vaga esperanza que esconde siempre el corazón en los verdaderos exilados, se hacía más llevadera charlando en esa lengua exclusiva, íntima, en un país extraño. Una lengua que más tarde nosotros denominaríamos “ladino”.

Ladino es una lengua; pero yo he creído durante años que era un adjetivo. Un adjetivo desdeñoso; despreciativo; preventivo ante una velada amenaza aviesa y perversa. Algo propio de judíos. ¡Pobre de mí!

Cuando la barbarie vino a buscar a Shlomo y a su familia para proporcionarles un dantesco destino que ellos no habían escogido, aquel joven tenía más o menos el aspecto de la foto.

Todas las esperanzas y proyectos que se adivinan en sus ojos, quedaron en un primer momento en suspenso; porque, aunque probablemente se sospechaba, o alguien dijo, o el ladrido del SS sugería que nada bueno les esperaba al final de un viaje cuyo destino no figuraba en el billete, a la edad que tenía Shlomo uno se cree siempre capaz de encontrar la salida de cualquier laberinto.

Pero nadie; probablemente ni siquiera un loco en sus peores delirios, hubiera sido capaz de imaginar lo que les esperaba a aquellas personas, que vivían una apacible y tal vez aburrida vida en aquella ciudad provinciana, portuaria y fronteriza.

Conocí personalmente a Shlomo, y eso es algo que no se olvida. No fue el único testigo de la pesadilla genocida desencadenada por los nazis que he conocido. Y todas ellas vaciaron mi vocabulario. Pero Shlomo fue especial. Shlomo representaba, por encima de todo, la opción más noble de la vida.

El efecto inmediato que me produce rozar la ropa de alguien que estuvo en Auschwitz, o el percibir como respira una vida, que se nota que desde entonces le cuesta trabajo creer que la está  viviendo realmente, me deja sin palabras.

Porque todos sabemos que de la muerte no se regresa y, sin embargo, ellos caminaron por el valle de las sombras arrastrando aquellas postreras migajas de dignidad que les permitieron seguir siendo humanos, y tardaron años en atreverse a pensarlo, porque tal vez seguían temiendo que el sortilegio que les devolvió a la vida contra todo pronóstico, podría desvanecerse y…

Shlomo vivió un infierno especial en medio del infierno común al que fueron a parar millones de hermanos suyos. Y míos. Fué destinado a formar parte de los grupos de deportados que se ocupaban de procesar los cadáveres, a la salida de las cámaras de la muerte.

De esta manera, a él lo condenaron a morir, no una vez, sino decenas de miles de veces. Cada vez que los cuerpos de aquellos seres torturados terminaban su calvario, y antes de que ascendiesen al cielo volando entre los millones de partículas de sus semejantes a través de una chimenea, Shlomo debía cortar aquel cabello femenino, luengo, en términos del propio Shlomo, y perecer de nuevo.

Cortar un cabello que habría sido muchas veces, o quién sabe si todavía no, acariciado con amor, arreglado con coquetería, perfumado con intención, movido por la brisa o mojado por la lluvia, pero que ahora acabaría rellenando unos monos con los que los submarinistas o los aviadores se protegerían del frío.

Y tuvo que reconocer a los miembros de su propia familia cuando ya no eran más que unos cuerpos a los que la empresa del apocalipsis iba a dar un tratamiento industrial.

Y, lo que tal vez fuera peor aún; tuvo que sobrevivir. Sabiendo que allí nadie sobrevivía. Eso no debió se nada fácil. Uno de los mayores sufrimientos descritos con mucha frecuencia por los supervivientes es un opresivo sentimiento de culpa provocado por la pregunta fatal de ¿porqué yo sí, y los demás no?

Shlomo era la vida. Una vida que daba con total generosidad a los demás. A los niños, para los que era un héroe de verdad. Porque lo que contaba Shlomo era lo verdaderamente esencial. Él sabía que la única forma de devolver parte del privilegio que disfrutó, y ¡dios sabrá el significado que puede adquirir aquí esa palabra!, la única manera de devolver parte de la vida que una extraña contorsión del destino le proporcionó, era la de divulgar su historia.

Demostrar, mediante la paradoja que suponía estar vivo para poder contar con mayor precisión la muerte, que nada de lo que la mente humana es capaz de imaginar está dentro de lo imposible. Que el concepto de lo imposible fue abolido.

Él lo presenció y me lo contó.

martes, 25 de septiembre de 2012

El turco sube las apuestas (III)

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“Allah ha dicho hasta que paguen la Jizyah(*), si escogen no abrazar el Islam y someterse voluntariamente, deben ser conducidos a esa sumisión, deshonrados y humillados” (*)El Corán dice que los cristianos y judíos pueden practicar su propio religión con libertad si pagan un impuesto (la jizyah) y no blasfeman el nombre del profeta Mahoma.

Hace unos días me he encontrado con  el siguiente titular: “ El embajador de los USA en Libia no solo fue asesinado. También fue torturado y sodomizado, antes de matarlo y de que su cuerpo fuese paseado por las calles de Benghazi como un trofeo”

Las fuentes con las que suelo ponerme al tanto de la actualidad en la zona, han extraído esta información de la Agencia libanesa en árabe Tayyar.org, y del eco que se han hecho de ella el Washington Times y The Examiner. Asimismo, la Lybian Free Press ha subrayado también el hecho de la sodomización del diplomático, en lo que señala que parece ser una tradición libia, teniendo en cuanta que esa triste suerte también le fue reservada a Muhamar El-Kadhafi en su día.

La imagen atroz del cadáver del embajador Christofer Stevens, arrastrado por quien aparenta ser uno de sus “valientes” verdugos, mientras sostiene entre sus dientes el teléfono con el que seguramente ha inmortalizado su “hazaña” y la comentará más tarde en torno a un narguileh con los amigotes en cuanto acabe la tarea, creo que habla por sí sola. (foto)

En el siguiente enlace podemos presenciar el asalto a la embajada de EEUU en Túnez. Parece increíble que podamos estar viendo esto, prácticamente mientras tiene lugar en el patio trasero de nuestra casa, con una cerveza en la mano.


Algo en la misma línea aunque sin llegar al asalto, ha tenido lugar en plenos Campos Elíseos de París, donde una manifestación de musulmanes franceses llevó a cabo una protesta ante la embajada americana al grito de “¡Judíos, acordaros de Khaybar!” o “¡Degollemos a todos los judíos!”.


Conviene recordar que Khaybar, en tiempos de Mahoma,  era una localidad judía en la Península Arábiga, a cuya población temía el profeta y con la que firmó un acuerdo de paz. Pasado un tiempo, cuando se sintió suficientemente fuerte, atacó la ciudad y degolló a todos sus habitantes.

Algo así debería ser lo suficientemente elocuente como para que evitásemos de una vez por todas seguir debatiendo  sobre la existencia de un Islam supuestamente moderado y otro radical. En el fondo con falsos debates como ese no hacemos otra cosa que camuflar nuestra cobardía.

Un ejemplo de esa cobardía nos lo proporcionó hace unos días el “artista” Javier Krahe que, en una “transgresora” emisión televisiva, mostraba como se asa un crucifico en el horno, como parte de una “receta” cuyo ingeniosa y fina “ironía” hizo partirse de risa a sus espectadores.

Pero para perpetrar una hazaña como esa, en realidad, solo se necesita ser lo suficientemente estúpido, sufrir además una irreparable falta de imaginación y , por último, padecer un síndrome de insignificancia, que suele mantener a payasos como este en un permanente estado de “mono” de notoriedad.

Pero ¿se atrevería nuestro aguerrido cantautor a hacer unas gracias de esa clase con la figura del profeta? ¡Hombre no! ¡No pretenderás ofender la sensibilidad cultural de mil quinientos millones de musulmanes! ¡Eso no tiene nada que ver con nuestra iglesia de la Inquisición, de los curas pederastas, y de lo beatos fascistas! ¡Hasta ahí podíamos llegar…!

Esa “sensibilidad cultural” debería ser tratada por los pueblos civilizados como lo que es en realidad; como un régimen totalitario. Con toda la carga de delirio violento con el que ese tipo sistema suele obsequiar a la humanidad, carga esta ajena a los más elementales límites de la razón.

Considerar ese estado de cosas como una “cultura” es intentar incluir en la categoría de seres racionales, a unos semejantes que violentan voluntariamente  todas y cada una de aquellas cualidades que nos distinguen de los animales.

Incluso las bestias salvajes observan unos códigos instintivos, que aún siéndolo, están más próximos de la razón que las odiosas actitudes de estos cuadrumanos. Unos primates que han sido amaestrados en escuelas de alienación criminal, cuyo eficaz método constituye un hito en la larga y sangrienta historia de la locura inducida.

Se trata de auténticas factorías de sicópatas; una industria de robots homicidas en serie, con filiales en todo el mundo, a quienes las propias victimas, encerradas en una especie de cepo psicológico, les estamos facilitando de forma suicida las condiciones más propicias para llevar a cabo su siniestro cometido.

En la historia reciente y no tan reciente, tenemos ejemplos de sobra de que fuimos capaces de evitar el diabólico destino que esos totalitarios nos tenían reservado. Es verdad. Pero no es menos cierto que la tardanza en hacerles frente costó a menudo la vida a miles de víctimas que podrían haberse evitado.

No es nada seguro que hayamos aprendido la lección.

Y atención, ellos aún no han concluido. Hace meses que entraron en el penúltimo capítulo del actual ajuste de cuentas en el Magreb y Mesopotamia. Ese capítulo es Siria. Posteriormente, el último acto previsto para conseguir la hegemonía en Oriente Medio consistirá en aniquilar al no árabe de la zona, es decir, a Irán.

También ahí lo conseguirán con la ayuda occidental, en un juego perverso en el que ninguna ventaja está garantizada para nosotros. Ningún billetero está a salvo cuando se baila con rateros.

Luego vendrá la traca final, cuando quien está moviendo la mayoría de los hilos, jugando a todos los caballos de la palestra gracias a su presupuesto ilimitado en petro-dólares e influencia, Arabia Saudita, se enfrente por el liderazgo de la zona al Campeón Turco, al que la decepción en su vocación europea no le deja otra salida que la del Sur.

También en esa pelea saldremos perdiendo, sea quien sea el ganador.

Esto es lo que hay, hoy por hoy; y es paradójico que el primero y principal amenazado por la caterva musulmana, que es el estado de Israel, constituya hoy la única esperanza real para tipos como yo.

Seguramente porque la distancia a la que se encuentra del ojo del huracán le obliga a tener un olfato más fino, parece ser el único que tiene conciencia real del problema. De su problema. Que es mí problema. Y, aunque no lo crean, el problema de todos.

Y lo es hasta tal punto, que si tuviera veinte años menos seguramente me preguntaría si no habría un hueco para mí en esa tierra tan peligrosa, pero tan llena de esperanza.

Y, si esto sigue así, puede que aun me lo pregunte.



PS

Cuando había terminado de pergeñar estas notas, ha llegado a mi conocimiento una iniciativa,(una más) del semanario francés, Le Nouvel Observateur, en forma de número extra titulado: « Les néo-fachos et leurs amis », o sea “Los neo-fachas y sus amigos”. No me detendré ni un segundo sobre el contenido, dado  el carácter reiterativo y previsible del texto, pero no puedo evitar la tentación de reproducir la introducción del mismo.

« Le rejet des musulmans alimente en Europe et aux Etats-Unis une nouvelle extrême-droite. En France, l’affaire Millet révèle les contours d’une nébuleuse brune au sein de laquelle des écrivains et des journalistes communient dans l’obsession de la sauvegarde d’une identité française “blanche et chrétienne”.»

« El rechazo de los musulmanes alimenta en Europa y en los Estados Unidos a una nueva extrema derecha. En Francia, el asunto Millet(*) revela el perfil de una nebulosa parda, en cuyo seno escritores y periodistas comparten la obsesión de la salvaguardia de una cierta identidad francesa “blanca y cristiana”.

Así, con dos cojones, los nuevos-observadores-por-encima-de-toda-sospecha del semanario francés despachan a todos los intelectuales ajenos al multiculturalismo-relativismo-izquierdismo del vecino país, despeñándolos en el abismo fascista, con un sofisticado  argumento como es el de su “rechazo de los musulmanes” o el de la defensa de una identidad nacional “blanca y cristiana”.

 Al parecer los que disfrutamos de una civilización, creada y desarrollada en el seno de una colectividad de piel más o menos blanquecina y en un contexto cultural de procedencia greco-judeo-cristiana, debemos curarnos nuestra obsesión por seguir así, renegando de estas condiciones, tiñéndonos este maldito pellejo blanco de sucios colonizadores y abandonando nuestra intolerante cultura.

El significativo detalle  de incluir en la mencionada nebulosa parda, a un a mujer judía como Elisabeth Lévy, demuestra nuevamente el delirante rumbo que ha tomado esta novísima izquierda y su laico antisemitismo. Que, por otro lado, es la misma de siempre que no acaba de morirse de una vez.


(*) Escándalo provocado en el mundo de las letras francesas por el novelista Richard Millet, rastreador impenitente de la provocación y el escándalo, que en este caso aprovechó el asunto del sicópata noruego Breivic, para dar la nota elogiando la “perfección artística de la masacre” en un panfleto infecto, y desencadenando un debate sobre la libertad de expresión, en el que una larga lista de intelectuales pedía en una carta común su exclusión de la prestigiosa casa de edición donde publica habitualmente.

jueves, 20 de septiembre de 2012

El turco sube las apuestas. (II)

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Las oposiciones anticolonialismo, anticapitalismo, antiimperialismo, antiamericanismo y antisionismo o, si se quiere, el anti-occidentalismo para abreviar, sembrados en su día por el bloque comunista, no consiguieron en su tiempo los objetivos propuestos y el imperio proletario acabó por desmoronarse.

Pero el espantapájaros del Tercer Mundo que la URSS había inventado y blandido como arma arrojadiza contra occidente, cobró vida propia de pronto, mientras el despojo comunista iba quedando abandonado en una cuneta de la historia.

La aparición de una avanzadilla de Occidente en el área, el estado de Israel, había forzado la puesta en marcha de una estrategia nacionalista por parte de los países circundantes. Al principio, con la guerra del 1948, intentaron crear una cruzada de liberación como la que se estaba cociendo en Indochina. Después del fracaso militar, y años más tarde, en su afán de imitación, trataron así mismo de crear una insurrección de carácter terrorista al estilo del FLN argelino.

Pero todos estos intentos no contaban con la determinación de un pueblo como el judío, al que esa culminación demencial de su eterna persecución que fue Auschwitz, le condujo a tomar la decisión de descartar definitivamente su sempiterno rol histórico de víctima. Pronto sus adversarios se dieron cuenta, sumando a sus fracasos la sorpresa y la frustración. 

Entonces, el llamado Tercer Mundo, en su versión árabe, menospreciado hasta entonces y agazapándose tras el poderoso blindaje del chantaje energético que le proporcionaba el petróleo, avivó el casi extinguido rescoldo del caduco anticolonialismo, y “fabricó” para ello unas indispensables y bien diseñadas “víctimas”.

El “diseño” de un pueblo inexistente, como era el “pueblo palestino”, hay que atribuírselo en justicia a su creador, el coronel Nasser, asesorado por un equipo de expertos del Komintern de Moscú.

Este invento tuvo la fortuna de poder compensar su evidente falta de historia real, con el aprovechamiento de una eficaz campaña de marketing político con la que el bloque comunista había ido construyendo durante años el prestigio de la marca: “Pueblo Vietnamita”.

El recién estrenado “Pueblo Palestino” se encontró de esta forma con el regalo de un estimable  valor político añadido. Asociando su nombre al de su “victorioso” antecesor surasiático, en el imaginario fantasmático de la kultur-progresía occidental, apareció en escena en los años sesenta.

Poco más tarde ocupó todo el espacio mediático, cuando aquel “victorioso pueblo” asiático, y su primo camboyano, empezaron a tener que hacerse cargo de un menester menos “heroico” que el de echar al mar a los “invasores”. Se trataba ahora de encerrar a millones de sus conciudadanos en los llamados “campos de reeducación”, también llamados “campos de la muerte”.

La lucha “anticolonial” acabó agotando así su retórica, precisamente en el Sureste Asiático. Allí, al final del conflicto, todos estos “movimientos de liberación nacional”, y sus entusiasmados compañeros de viaje occidentales, habían celebrado una victoria que, en realidad, no lo había sido.

Ninguno de ellos comprendió la clave de la nueva dialéctica que había inaugurado el final de aquel conflicto. Con el se había terminado un período histórico y se inauguraba una nueva época, y en el nuevo paradigma los términos dialécticos estaba colocados de forma diferente.

A pesar de las apariencias, no habían ganado sus amigos. Simplemente, habían perdido sus enemigos. Lo cual no es lo mismo.

Los países árabes del Próximo Oriente, estimulados por esa falsa victoria, lo intentaron más veces y más veces se equivocaron. Tuvieron que pararse a reflexionar. Era el momento de diseñar una nueva estrategia, para una nueva era. No más planteamientos militares.

Los Nasser y otros hombres providenciales habían fracasado y algunos de sus sucesores empezaban incluso a valorar las ofertas que desde occidente se les hacían, si se olvidaban de intentar echar a Israel al mar.

Es cierto que quedaban aún algunos líderes de la ideología nazi-baasista, como Sadam Hussein , Bashar el-Assad o el “colgado” de Libia, amén de otros tiranuelos residuales del nacionalismo panárabe con notable poder dinástico, enorme influencia económica y algunas alianzas oportunistas con los infieles. Pero la presión religiosa era ya creciente en sus respectivos países. Irían cayendo uno a uno, empezando por el Shah de Irán. Y en esas están todavía.

Decididamente había llegado el momento de los clérigos.

Los objetivos políticos planteados hasta aquel momento, mezcla de vagas reivindicaciones nacional-sociales ajenas al relato coránico, o los condicionamientos geopolíticos derivados de los intereses de las potencias infieles, fueron substituidos aceleradamente por la misión sagrada y eterna de la expansión religiosa del Islam.

Ya no se trataba de conquistas militares. Se trataba del triunfo de la fe coránica. Y para hacerse cargo de él, como en 1034 en la Persia de Hassan Bin Sabbah, aparecieron los profetas del horror y sus modernos mensajeros Hassassin: los nuevos terroristas místicos.

Un dato esencial para entender la nueva estrategia es que, gracias a las modernas tecnologías, esta tiene una dirección totalmente descentralizada. Los mollahs, líderes religiosos, actúan por iniciativa propia. Aunque esta desestructuración tiene también sus inconvenientes, y las rencillas y choques entre facciones, sectas y personalidades están al orden del día, como hace siete siglos.

La gran novedad que trajo consigo la dirección clerical de la lucha es que, esta, puso en marcha una estrategia de carácter metafísico. Su apuesta se  basaba en la debilidad existencial que padece toda persona civilizada, al ser incapaz de asumir el culto a la muerte y el desprecio de la vida que inspiran los principios del Corán en sus seguidores. La civilización greco-judeo-cristiana tiene ahí su talón de Aquiles.

Fuera de Israel, saben que la sociedad occidental, en su conjunto, está reblandecida por sus enfermizos procesos de culpabilización y, ante esa evidencia, proponen una ofensiva en varios frentes.

El primero es la acción violenta y Paris, New York, Londres y Madrid son sumidos en el horror de la sangre, pero bajo modalidades de acción inéditas hasta entonces. El actual hombre-explosivo suicida, ha sustituido a las armas y medios militares, empleadas hasta ahora como en en Munich, Entebbe, etc. Es preciso reconocer que, objetivamente, la inhumanidad de esa arma, hace de ella un instrumento letal casi definitivo, frente al que apenas hay defensa posible.

El segundo consiste en una imparable quinta columna que lleva años instalando sus vivac en los suburbios de nuestra ciudades, a la que se suma la bomba demográfica, de la que en algunos países, como Holanda, ya se empieza a sentir la onda de choque. El hábil abuso legal que llevan a cabo con nuestras leyes sociales es otro recurso ante el que poseemos escasas respuestas.

 Además, poderosos financieros vestidos con keffiyeh y agal han colocado ya sus dorados cepos en nuestras economías, mientras, en lugar de crear mecanismos de defensa, nuestros inmundos lameculos y serviles pescadores de aguas turbias tienden también las redes a su sombra, haciéndoles el juego para recoger las migajas.

De momento, y mientras nuestra sociedad no espabile, su estrategia seguirá siendo la acertada y sus triunfos visibles.

Aunque también es verdad que se han abierto frentes internos. Catorce siglos después de la muerte del godfather, las antiguas rencillas familiares siguen vivas, disputándose el botín. La corriente salafista o wahhabista que defienden los riquisísimos sátrapas de la tribu de los Saud en Arabia, quiere aplicar literalmente lo que recitaban de palabra los antiguos, mientras los yihadistas, que son más impacientes, pretenden introducir esas enseñanzas incrustando literalmente los libros en las cabezas de los infieles.

Además están los asuntos de herencia entre los Chiis del partido de Alí, un primo del padrino, y sus enemigos mortales los Sunnis, que se disputan la herencia del poder desde la desaparición de aquel en el 633. Casi nada.

Este año, el de la irresistible ascensión de los HM(Hermanos Musulmanes), esos modernos ex– alumnos en las universidades de Occidente, que manejan un sofisticado mix político-terrorista y están enfrentados con los esencialistas de Riyadh, nos ha traído el estreno de una nueva trampa mediática titulada “Primavera Árabe”.

En ella, nos han proporcionado el papel de fuerza de apoyo para una supuesta instauración de la democracia, sin la cual les hubiese sido imposible acceder al control del poder en la orilla sur del Mediterráneo.

Algunos gritamos enseguida ¡alarma!. Los síntomas eran evidentes. Su estrategia era conocida de sobra desde los años ’90 en Afghanistan. Estaba clarísimo. ¡Esa película ya la habíamos visto! Iba a ser “Los Muyahidines de la Libertad”, segunda parte. Pero nada… Occidente aceptó el trato entonces y Ellos ya tienen el poder ahora.

Estos días ya nos han recordado el aniversario del 11-S, masacrando a cuatro diplomáticos en Bengasi, (de esa parte oriental de Libia y su relación con al Qaeda ya he hablado en otro blog) y asaltando embajadas en El Cairo y Yemen

¡Y estos estúpidos, que no entienden nada de nada, siguen hablando de una “película” e incluso están dispuestos a pedir perdón, mientras los “colgados” de Charlie Hebdo, recorren el polvorín borrachos, y con una antorcha encendida en la mano!

Para vomitar.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Libia, Egipto, Yemen. El turco sube las apuestas. (I)

Vaya por delante la lamentable constatación del agravamiento de mi islamofobia. Ya reconocí en su día mi padecimiento. Sufro esta patología desde el 11 de Septiembre de 2001.

Pero las patologías tienen un origen y un desarrollo; y la condición preliminar para enfrentarse  a ellas consiste en detectar sus causas profundas a fin de establecer un diagnóstico preciso, y prescribir la terapia adecuada.

El temor fóbico que padezco está provocado por mi convicción de que existe una amenaza real para nuestra civilización occidental.

Ese desafío tiene su origen en el último rebrote -hasta ahora- de la Peste Totalitaria, cuyo actual Zombi se ha reencarnado para esta ocasión en un rudimentario vestigio religioso de la Edad Media; una especie de fósil teológico; una curiosidad antropológica que se ha conservado de forma inaudita en los desiertos marginales del camino de la historia.

Pero esa supervivencia no se debe a ningún prodigio o azar arbitrario. Se debe a la naturaleza misma de su núcleo doctrinal. En él se especifica, sin posibilidad de error, la obligación de vivir sometido y de acuerdo con los inmutables preceptos contenidos en un libro de instrucciones de origen incierto.

El mencionado manual le fue revelado, al parecer, por un arcángel (Gabriel; un subcontratado de los otros dos monoteísmos) a Mahoma, que se había quedado traspuesto en uno de sus frecuentes retiros reflexivos en una cueva.

El tal Mahoma había hecho lo que se dice un buen matrimonio, otros lo llamarían braguetazo, al casarse con Jadiya, rica viuda quince años mayor que él, y propietaria de una importante empresa de transporte de mercaderías en la ruta Damasco-La Meca, en la que él mismo estaba empleado.

Tras engendrar una numerosa prole, convirtió a Jadiya en la primera fiel de su recién fundada religión. Luego tomaría otras esposas, incluso en el límite de la pederastia, según dicen las malas lenguas.

De esa época procede una leyenda en la que se da cuenta que un Mahoma inmaduro y arribista, trató de medrar acercándose a la comunidad hebrea de Medina, hasta que su pretensión de hacerse rabino fue rechazada, decisión que provocó una profunda frustración en aquel ambicioso joven.

El bueno de Mahoma, se dice, era más proclive a la reflexión que a los trabajos manuales, y fue hacia los cuarenta años cuando, en uno de sus retiros místicos, Dios le empezó a dictar a través de Yibril(Gabriel), unos versos conteniendo sus instrucciones. Estaba claro que el marido de Jadiya no estaba dispuesto a pasar por la vida sin pena ni gloria.

Como parece ser que a nuestro héroe lo de escribir no le había entusiasmado nunca, a fin de cumplir el mandato divino, echó mano de unos especialistas que, con el tiempo, derivarían en lo que todos conocemos hoy como “empollones”, pero que entonces se denominaban jafiz, o sea recitadores de memoria.

Y así fue como, en los primeros veinticinco años de divulgación de la nueva cosmogonía, esta fue confiada a la mejor o peor memoria de aquellos profesionales. Después de la muerte del predicador, un califa más moderno ordenó pasar a limpio el recitado, plasmándolo en un libro. Esta obra recibió el título de Corán. No obstante, los fieles siguen, a menudo, la tradición de aprendérselo de memoria en la escuela cuando son niños.

Yo he leído en algún sitio que ese primer libro desapareció años después en el incendio de un palacio, durante uno de los innumerables saqueos a los que siempre fueron tan aficionadas las tribus árabes, y que, de nuevo hubo que recurrir a las habilidades memorísticas de otros jafiz para redactar sucesivas ediciones. No se sabe con certeza si ya con una versión actualizada.

La ulterior historia de Mahoma, a partir de la supuesta revelación, es la de un sanguinario conquistador, a quien probablemente le fue indispensable inventarse  una milonga tan complicada como es un credo, para conseguir seducir a una banda de facinerosos y saqueadores lo suficientemente numerosa, como para emprender la conquista de todo el Mediterráneo Sur, todo Medio Oriente  y lo que quedaba del Imperio Bizantino.

O sea, aquello mismo que otro “profeta” con bigote de “mosca” definió siglos más tarde como la búsqueda de un lebensraun (“espacio vital”).

En fin, teniendo en cuanta que en el Corán se encierra el prolijo conjunto de protocolos que prescriben con todo detalle la existencia entera de los adeptos, en cualquier orden y circunstancia de su vida, no parece que la escrupulosa disciplina exigida a sus seguidores, esté en consonancia con el más que dudoso rigor memorístico en el que se basa su origen.

Disciplina esta en la que, a la vista del terrorífico catálogo de castigos previstos para los fieles eventualmente traviesos o indisciplinados, queda puesta de manifiesto la severidad de sus propósitos.

Y aquí es donde reside el origen de la  extraordinaria inmutabilidad de esta secta. Al decretar y exigir en términos de estricto fanatismo la fe de sus adictos, no dejó resquicio para la apostasía, la herejía, la desviación, la interpretación, la contestación, etc. En definitiva, para la evolución. En consecuencia, el tiempo se detuvo en el seno de esa cultura.

Tras 700 años de dominio, sus descalabros en Al Andalus y Lepanto, una vez desplazado el centro del poder islámico hacia Constantinopla, los caminos comerciales empleados por Occidente siguieron atravesando alguno de los territorios habitados por musulmanes en versión turca ahora, manteniendo estos así algún vínculo, aunque escaso, con el mundo civilizado.

Y así transcurrió su existencia, dedicados a alguna de las disciplinas más primitivas de vida, como era el nomadismo, la trata de esclavos o el lucrativo negocio de la piratería y el secuestro, con rescate incluido, hasta la aparición de la era de la segunda colonización.

Ella trajo consigo la apertura de rutas oceánicas de comercio que tocaban necesariamente litorales habitados por ellos, estableciendo bases comerciales y acabando con la inseguridad marítima. A pesar de que estos contactos mercantiles se establecieron con carácter regular, la cultura musulmana se mantuvo herméticamente impermeable a cualquier influencia del progreso.

La posterior industrialización, y la consecuente utilización de esa materia prima, que tan poca utilidad había tenido hasta entonces, y que era la brea, llamada ahora petróleo, significó un cambio radical en cuanto a la notoriedad de esta cultura en el mundo.

De ser unos míseros parias primitivos y analfabetos, pasaron súbitamente a ser unos acaudalados déspotas primitivos y analfabetos. De ello cabe deducir que esas lamentables cualidades no eran la consecuencia de su miserable situación económica anterior, sino de la actitud vital preconizada por sus creencias religiosas.

Y, ¿en qué nos afecta a nosotros ese cambio?

Bueno, esencialmente no es el cambio lo que nos afecta. El cambio no es más que una alteración de las condiciones. Ni menos tampoco; ya que esa alteración ha hecho reaparecer la antigua vocación medieval de su expansionismo hegemónico, a costa de aquellos que se suelen denominar “infrahombres” en cualquier totalitarismo, y a los que en este caso ellos denominan “infieles”.

¿Es simplemente imaginable una agresión a un mundo híper-tecnificado y ultra-protegido  como es el nuestro por parte de unos dogmáticos medievales, por muy ricos que estos sean?

No. Hasta hace unos quince años la respuesta no ofrecía duda. Pero algo ha cambiado desde la tragedia de las Twin Towers. Y lo que ha cambiado es simplemente que hemos despertado, y hemos comprendido que dormíamos en medio de una pesadilla, sin enterarnos.

Bueno, creo que estoy pecando de voluntarista. Algunos hemos despertado. Otros siguen atónitos ante el descubrimiento. Están paralizados. Era tan imposible para ellos que ocurriera lo que ocurrió, que, desde entonces, siguen tratando de no mirar la realidad a fin de que esta no exista.

Hay un montón de razones para que un delirio como este se torne real. La primera y más importante es la auto-demolición moral a la que nuestra sociedad se ha dedicado con entusiasmo, desde que la influencia del totalitarismo comunista en la postguerra introdujo en ella, y esencialmente en su estructura intelectual y educativa, las dudas morales adecuadas para que actuasen de cargas de demolición social, con espoleta retardada.

Hoy somos una sociedad carcomida por graves complejos de culpabilidad. Inducidos entonces por aquellos gánsteres ideológicos, y aprovechados ahora por estos rufianes religiosos. 

No nos falta de nada.



jueves, 13 de septiembre de 2012

Olvidos, Protágoras y otros sonrrojos.

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Al parecer el Celtiberia Show de este bendito verano se ha propuesto prolongar su divertido programa de variedades hasta las próximas navidades.

Al scoop de esa buena señora que involuntariamente ha visto elevado a la categoría de “obra de arte” el zurcido pictórico que le hizo del Ecce Homo de su pueblo, se le acaba de unir el regocijo, provocado por los jadeos digitales de una concejal manchega, de ese abundante fenotipo nacional, bajito y con mala leche, que es el típico “salido” de las películas de Alfredo Landa.

Como ya estoy harto de la serie interminable de columnas, comentarios, tertulias, etc, conteniendo los más aburridos y previsibles enfoques y “análisis” del hecho, me he propuesto añadir el mío, pero apoyándome esta vez para ello un diálogo de Platón.

En él, el sabio sofista Protágoras, en su charla con Sócrates, nos ofrece la maravillosa historia de la creación de los seres mortales por Zeus, en el curso de la cual, además, hace su aparición, en una de las primeras transgresiones del orden establecido que se conocen, un ocurrente sujeto lleno de iniciativa llamado Prometeo.

Dejadme que os lo cuente, y enseguida entenderéis porqué, en mí humilde opinión, viene a cuento de la anécdota erótica de marras.

Resulta que un día en el que Zeus se encontraba especialmente inspirado, el destino le sugirió la idea de crear a las especies mortales (ojo ya para empezar, con el adjetivo que emplea el tal Protágoras) que no existían hasta entonces. Y así, él y sus once secuaces, los dioses del Olimpo, emprendieron la tarea en el “interior de la tierra, mezclando el fuego y la tierra y todo lo que se mezcla con el fuego y la tierra”.

Más tarde, y llegado el momento de sacarlos a la luz, encargaron a dos titanes, o sea a dos descendientes de los antiguos dioses a los que Zeus y su equipo olímpico habían mandado al paro, Prometeo (el previsor) y Epimeteo (el imprevisor), que se pusieran a ordenar y distribuir la cualidades y capacidades disponibles entre los seres recién creados, como los dioses mandan.

Epimeteo, que era más joven e inexperto, le pidió insistentemente a su hermano mayor que le dejase hacer el trabajo, y que, una vez realizado este, viniese él a controlar el resultado. Prometeo se dejó convencer y, sin más, empezó el reparto.

En él, el joven titán equilibró las cualidades de manera que, por ejemplo, dotaba de velocidad a los débiles y de fuerza sin rapidez a los otros. A unos les proporcionaba garras y otras armas, y a los que les daba una naturaleza sin ellas les proporcionaba otras capacidades de supervivencia.

A los pequeñitos los equipaba con alas para poder huir, o un seguro refugio bajo tierra. A los de talla más grande, esa condición les garantizaba la existencia, de forma que todos se compensaban. Y lo hizo de esta manera para evitar que ninguna especie mortal, o si lo preferís viviente, pudiera ser aniquilada, tras garantizarles que mediante el recurso de la huida se  evitaba la destrucción mutua.

Además, para protegerlas de las estaciones creadas por Zeus, les proveyó de pelajes densos y pieles gruesas, no solo para defenderse del frío sino también para aislarse del calor, además de servirles de colchón adaptado a cada una de ellas. También los calzó con pezuñas o almohadillas mullidas desprovistas de sangre.

A continuación les procuró alimentos. A unos la hierba de la tierra, a los otros los frutos de los árboles y unos terceros las raíces. Hubo a quienes les dio como alimentos la carne de otros animales, y a esos les acordó una progenitura más escasa, mientras que a sus presas les dio una prole más numerosa, garantizando así la salvaguardia de la especie.

Sin embargo, como Epimeteo no era lo que se dice un sabio, distribuyó absolutamente todas las cualidades entre las especies animales, dejando a la pobre especie humana sin un mísero don divino. Al darse cuenta de su descuido no supo qué hacer, y justo cuando se encontraba desesperado apareció Prometeo para revisar el reparto.

Pronto vio que todos los mortales vivían armoniosamente provistos de todo lo necesario menos el hombre que, desnudo, carecía de zapatos, de piel y de armas. El hombre no tenia nada, ni para alimentarse, ni para protegerse del frío o del calor. Su destino estaba trazado. Perecería en cuanto saliese de la tierra para vivir en la luz.

No sabiendo como preservar al hombre, Prometeo decidió robar las habilidades de Hefaistos, el dios herrero (las artes del fuego) y de Athena, la diosa de los artesanos y artífices (las otras artes). Y así sería como le haría ese regalo al hombre. De esa forma, pues, el hombre adquiriría los saberes de la vida, pero no el saber político, que estaba en posesión de Zeus.

Para llevar a cabo su propósito, Prometeo descartó entrar en la Acrópolis que habitaba Zeus y estaba vigilada por su temibles guardaespaldas, y penetró en el taller en el que Hefaistos y Athena desarrollaban juntos sus artes. Allí robó el arte de servirse del fuego, además del fuego (y sin poseer fuego no habría modo para nadie de adquirirlo, ni de utilizarlo), el resto de las artes y regaló todo a los hombres.

Y es de ese hecho del que se derivan las comodidades de la vida que goza la especie humana y también, más tarde, la persecución de Prometeo por un robo instigado por Epimeteo, y la que se le vino encima.

Como el hombre se había hecho de esta forma con una parte de los privilegios de los dioses, fue el primero de los vivientes en reconocerlos y comenzó a levantar altares y estatuas en su honor. Después, gracias al arte correspondiente, no tardó en comenzar a emitir sonidos articulados y palabras.

Además inventó las casas, los vestidos, el calzado y los alimentos procedentes de la tierra. Así equipados, al principio, los hombres vivían dispersos; no tenían ciudades, sucumbiendo a menudo ante las bestias feroces, teniendo en cuenta que su habilidad de artesanos les resultaba suficiente para asegurar la alimentación, pero no lo era para sostener una guerra contra esas bestias feroces.

En efecto, aun no poseían el arte político del que se derivaba el arte de la guerra. Intentaban  juntarse  a veces fundando ciudades para asegurar su salvaguardia, pero pronto se portaban de forma injusta los unos con los otros, dado que no tenían el arte político, dispersándose entonces de nuevo y pereciendo.

Zeus, temiendo que aquellos hombres que levantaban estatuas y altares en su honor, acabasen aniquilándose, envió a su mensajero Hermes para aportarles los bienes del aidôs o el Pudor (o la Vergüenza, o la Discreción, o la Dignidad, o el Sentido del Honor que vienen a ser todos lo mismo. ¿vais pillando?) y del dikê o la Justicia, (o la Norma, o la Regla) para constituir el orden de las ciudades y los lazos de amistad que uniesen a los hombres.

Hermes preguntó entonces a Zeus cómo debía repartir esto nuevos dones entre los hombres. “¿Debo distribuirlos como se ha hecho con las otras artes? ¿Por ejemplo, para que un solo hombre poseedor del arte de la medicina atendiese a un gran número de profanos, al igual que ocurría con el resto de las profesiones?¿Es así como debo establecer el sentimiento del Derecho y del Pudor en la humanidad?¿O es necesario que los distribuya indistintamente entre todos?”

“Repártelos indistintamente entre todos y que todos tomen parte de esos sentimientos” replicó Zeus; “ya que no podría haber ciudades si solamente un pequeño número de hombres gozasen de ellos, como ocurre con el resto de las disciplinas”. “Además, instaura en mi nombre la siguiente ley: Se ajusticiará como si fuese una enfermedad para la ciudad a todo hombre que se muestre incapaz de participar del sentimiento del Pudor y del Derecho.”

Lo que le ocurrió a Prometeo, y sobre todo a su hígado, cuando lo pilló Zeus, es materia para otra charla. Pero lo que hemos visto que Protágoras le contó a Sócrates es algo sobre lo que merece la pena reflexionar.

Siempre me tuve por un ser muy pudoroso. A veces tuve dudas de si no sería incluso un poco pudibundo (que si bien entonces no sabía exactamente lo que podría significar eso en realidad, me sonaba fatal). Sin embrago, en eso como en casi todo sufrí una transformación radical.

Hasta el extremo de sostener hoy, sin miedo a que me caiga la mundial, que el Pudor, o la Vergüenza, lejos de ser el la máscara que oculta aquello que no nos gusta de nosotros mismos y escondemos a los demás, es, por el contrario, el escudo con el que salvaguardamos aquello que tiene más valor para cada uno. Lo que le define como individuo. Lo que no comparte con nadie. O sea de su Intimidad.

Ahí es donde residen, por ejemplo, las preferencias sexuales y religiosas, que los impúdicos triunfantes de hoy pretenden expropiar y exhibir. Y es que en esos dos ámbitos, sin ir más lejos, los demás no tienen ningún pito que tocar ya que, por su propia naturaleza, no son materia opinable.

El Pudor señala la frontera donde cada cual decide que se interrumpe su relación directa o indirecta con los demás. Si esa frontera desapareciera, nosotros desapareceríamos también para convertirnos en ellos. O sea, en nada.

Protágoras nos cuenta que Zeus sabe que será imposible una ciudad regida solo por profesionales, como los zapateros o como los médicos. Una ciudad sin ciudadanos individuales. La ciudad es inviable si cada uno de sus habitantes no posee, de manera propia e íntima, la idea de una Justicia que oriente sus decisiones para no lesionar a sus semejantes.

El Sentido del Honor; la Dignidad; el Respeto y el Amor Propio, que son fundamentos individuales, son los muros con los que el Pudor protege aquello que nos distingue.

La ausencia de Pudor, de Vergüenza, fue proclamada entusiásticamente como virtud transgresora, justo cuando la verdadera transgresión pasó de ser una valiente postura moral frente a los totalitarios y los intolerantes, a convertirse en una actitud grotesca y barata, cuando no gratuita. Al día siguiente, esa festejada actitud se convirtió en el certificado de defunción del Pudor del que nos hablaba Protágoras.

¿Qué clase de pecado original tratará de perdonarse a sí mismo el nudista que acude, no a un rincón apartado de la vista pública en el que poner su anatomía en contacto directo con el aire y el sol, sin trapos intermedios ni testigos, sino a lugares sociales, en los que poder  proclamar públicamente su “triunfo sobre el pecado del Pudor”?

Lugares en los que, como si se tratase de una asociación de alcohólicos anónimos, se practica la esterilización colectiva de la emoción provocada por esa maravilla única que es el desnudo humano, hasta convertirse en una aburrida kermesse de eunucos post-modernos en pelota. Desnudo humano, por cierto, que tan homenajeado fue, por estúpidos “reaccionarios” como Fidias, Praxíteles y el resto de los artistas conciudadanos de Protágoras,

Esa es la victoria de los im-púdicos. Esto es, la de los sin-vergüenzas.

Hoy en día, a la impudicia se la presenta como el paradigma de la sinceridad. Como el arma definitiva contra la hipocresía. Curiosamente, el supuesto derribo de un tabú privado: el Pudor, ha dado lugar a la entronización de uno nuevo ídolo colectivo: la Sagrada Información. ¡Bravo! ¡Todo un triunfo de la desmitificación!

 ¡La obscenidad mediática es la nueva conquista del pueblo!  ¡Gracias Güiquilics!

Por otro lado, este delirio está dando lugar a curiosos fenómenos de compensación, que están proporcionando opíparos beneficios a industrias tan improbables hasta hace cuatro días, como las fábricas de esos pasamontañas que adquieren abundantemente los manifestantes, okupas, atracadores, terroristas o policías, todos los cuales necesitan neutralizar tanto escrutinio (de escrutar) divulgador, ya que les va el pellejo en el asunto.

Igualmente, los recursos tecnológicos proporcionan las nuevas hojas de parra de toda la vida de dios, pero digitales, para ocultar determinadas intimidades, (como los rostros de los niños, policías, testigos protegidos, etc,) del insaciable afán revelador imperante. Son, en cierto modo, patéticos eufemismos del Pudor, que no hacen sino demostrar su indispensabilidad.

El Pudor es algo basado siempre en unos principios, por eso es una manifestación moral. Y la primera condición que define a la moral es su carácter privado, individual. Una moral colectiva es la de una secta. O de su avatar, la ideología.

Y, a pesar de que los profetas de esas cosas suelan presentarse como amorales, no engañan a nadie; conocemos la monserga. “El camino más corto para acabar con la inmoralidad es la abolición de toda moral”. Sin moral alguna no puede haber inmorales. Claro, solo hay amorales, que son los mismos inmorales de siempre, pero con coartada. De igual modo, el “triunfo” sobre la mentira se consigue haciéndola imposible. Esto es, aboliendo definitivamente la verdad.

¡Puro relativismo, chato. Puro bigbroder!

Si a eso añadimos los actuales medios técnicos, al alcance hoy de cualquier analfabeto y capaces de demoler los vulnerables tabiques que deberían proteger nuestra intimidad, el resultado es la grotesca pelotera que acabamos de presenciar, con la exhibición pública de la intimidad de una persona, por más reproches de imprudencia que se puedan hacer a su gozosa iniciativa (por cierto, habría que ver esos reproches serían los mismos si Olvido no fuera joven y hermosa).

En mi opinión, la actitud del impúdico tarado que haya podido difundir las intimidades de Olvido, me inspira la de quien entra descojonándose en una cafetería con un cinturón explosivo, pero no para vengar algo o reivindicar cualquier cosa, no, no… como terrorismo en estado puro.

Simplemente para hacer una risas.

PS
Se me olvidó indicaros que la foto de arriba muestra al pueblo soberano de Yébenes esperando a su concejala para llamarla “puta”, “guarra” y “zorra”. Como dios manda.