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miércoles, 2 de mayo de 2012

Historia de una bomba.

No hace mucho me tropecé con la historia de un antiguo agente del KGB, Youri Alexandrovitch Bezmenov conocido hoy como Tomas David Shuman, desertor en su día y ciudadano canadiense en el presente.

Su caso no provocaba mayor interés para mí desde el punto de vista de su aventura, pero había un aspecto en el personaje que  me llamó la atención.

A finales de los años ochenta, tras la desaparición del imperio soviético, el bueno de Youry había tomado la decisión de explotar los activos depositados en la caja fuerte de su memoria. Hasta ahí tampoco había nada de original, respecto de similares iniciativas de otros fontaneros reconvertidos.

Pero donde el tema bifurcaba del camino banal para adentrarse en una vía interesante era en el terreno escogido por el ex–espía para exponer sus experiencias.

No había en esa opción nada que la relacionase con una secuela de alguna película de James Bond. No. Más bien tendía a acercarse, salvando las distancias, a los criterios del primer analista geopolítico de la historia, que fue Herodoto, pero con la imagen de los patéticos y verosímiles funcionarios del MI 6 de los relatos de Graham Green.

Empezó por hacerse contratar por universidades y otros organismos académicos para desarrollar unos seminarios sobre su experiencia profesional. Con una notable seriedad y rigor analítico, expuso en profundidad la situación geopolítica mundial de los años cincuenta; los posicionamientos respectivos de las principales potencias; los objetivos planteados por sus superiores en el inicio de la guerra fría; y por último las diferentes estrategias diseñadas por el estado mayor de su agencia para la consecución de dichos objetivos.

Cuando empezó su descripción de la estrategia general planteada al principio de los años sesenta, arrancó con un dato que dejó boquiabierto al auditorio y a mí mismo, cuando escuché la grabación del seminario.

La sorpresa saltó cuando comencé a oír hablar a este experto del otro juego; del “Gran Juego” y, nada más sonar la campana del primer round, me dejó KO con este increíble dato :

 “Las tácticas de desmoralización, subversión y desestabilización de las sociedades civiles occidentales, eje fundamental de la estrategia general para la voladura del sistema capitalista, estaban basadas en  las teorías del gran estratega clásico chino Tsun Tzu, que nos alecciona de cómo vencer al enemigo sin disparar un tiro, y se plantearon para un horizonte temporal en torno a los 15 o 20 años”

¿¿¿¿Un plan a 20 años vista, en el siglo XX????

Naturalmente, al enumerar los escenarios potenciales de las diversas acciones y su extensión geográfica, la primera cuestión que aparecía era la enorme complejidad con la que se enfrentaba la coordinación de todo aquel tablero en el que estaba planteado el gran juego.

Y en esa cuestión es dónde encontraban encaje los prolongados plazos previstos para su desarrollo. “Esos plazos son los necesarios para adoctrinar a toda la generación designada como vector central del plan”.

Los objetivos tácticos a alcanzar se inscribían en el entorno de la infiltración y propaganda en todos los círculos de la vida social de occidente. Centros de decisión político-económicos; sindicatos; centros religiosos; ejército; universidades e institutos; medios de comunicación; gabinetes de líderes de opinión etc.

El amigo Youry, desempeñó labores distintas a lo largo de sus casi veinte años de servicio en el exterior; tomó parte en el establecimiento de las redes, estaciones de enlace y centros regionales de coordinación, y ahora exponía, con una lógica sin fisuras, la calma y la meticulosidad que requería la tarea de establecimiento y ensamblaje de todas las piezas de aquella compleja estructura.

De vez en cuando ilustraba la descripción de aquella labor con el relato de alguna operación en concreto y es de destacar la apariencia que denotaba la figura del agente descrito, más bien propia de un profesional de las relaciones públicas o de un burócrata, que de la mítica imagen  que solemos tener del mismo.

Hay que consignar aquí que, en un larguísimo colofón, la conferencia acabó transformando al agente Youry en una especie de “padre” Youry, que colocó un indigesto vademecum de consejos morales pseudo-religiosos al sufrido auditorio, recomendádolos como medidas de defensa a adoptar, ante posibles agresiones futuras de naturaleza similar a la descrita.

(Como todos sabemos, los senderos de las vocaciones tardías son inescrutables).

Lo queda en el aire –no hay que olvidar que las conferencias están grabadas a final de los años ochenta– es el destino que tuvieron las estructuras expuestas en el relato, a partir del colapso de la Unión Soviética.

¿Qué ocurrió con las redes establecidas en los diversos países? Es cierto que sobre el destino de algunos de los cuadros de la agencia algo sabemos; léase el brillante itinerario del tovarisch Putin sin ir más lejos. Pero la cuestión es de mucho más calado.

Sobre todo ¿qué resultados prácticos obtuvieron durante los casi treinta años que estuvieron en plena actividad? ¿qué consecuencias han tenido, o pueden tener aún, los programas puestos en marcha en su momento, en el terreno del adoctrinamiento, la intoxicación y la identificación personal con los objetivos de la lucha?

No hay respuestas verificables para nada de esto.

Lo que sí sabemos es que, en el momento del desmoronamiento definitivo en 1991, la agencia se fragmentó en cuatro divisiones y, de igual modo que otros organismos fuertemente jerarquizados, como el propio ejercito rojo, se hundió temporalmente en la desorganización y el desconcierto.

Las redes quedaron en su mayoría a la intemperie y libradas a su propia iniciativa, al carecer de cobertura. Sería escasamente útil especular sobre lo ocurrido en cada caso.

Lo que es indudable es que la labor de subversión emprendida desde finales de los años cincuenta, y que sobrevivió hasta finales de los años ochenta, tuvo un protagonismo central, aunque con diferentes intensidades, en todos los acontecimientos políticos notables que tuvieron lugar en el mundo occidental de aquella época.

A mi juicio, no se trata tanto de valorar su intervención concreta, por ejemplo, en la revuelta juvenil de los sesenta que contribuyó decisivamente a los cambios socio-políticos operados por nuestras sociedades.

Porque si bien seguramente fue importante la intervención de algunos elementos concretos que ya hubieran experimentado la influencia de los programas a lo largo de su formación, estos siempre actuarían, seguramente, dentro de un conjunto más complejo y combinados con otros agentes socio-culturales.

Tambien es indudable la influencia que tuvo en los círculos intelectuales del momento, en los que los debates consistieron, tal vez más intensamente que otras épocas, en cruces e incluso colisiones de profundas  introspecciones filosóficas, con radicales posicionamientos políticos y apresuradas adscripciones a ideologías revolucionarias.

El marxismo desplegó todo su amplio abanico de disidencias, acompañado en esa danza por los múltiples interpretes de Trosky, que en occidente tenían su última frontera desde los tiempos de Stalin. Y la discusión sobre la represión alcanzó su éxtasis con asuntos como el realtivo a la siquiatría y a su reciente epìgono la anti-siquiatría. Asunto este último en el que los adictos a la URSS tendrían mucho que contar, seguramente.  

Pero en mí opinión, dónde me parece que su presencia activa fue más decisiva, ha sido en dos escenarios sociales de primer orden. En uno, el del trabajo, con las presiones socio-laborales de los años setenta y ochenta, y en el otro, el de la enseñanza, con su influencia decisiva en la revisión de los modelos de educación. Presencia que se produce, por otra parte, como resultado de su importante penetración en el seno de los sindicatos. 

En el primer caso, la presión ejercida sobre los estados, para ampliar los márgenes de la protección social más allá de la existente cobertura del desempleo y a la sanidad, fue poco a poco empujando a los diferente gobiernos a salirse del modelo del estado social, que procedía directamente de las estructuras de asistencia social inventada por Bismarck en el siglo anterior, e iniciar la marcha hacia otro modelo de estado socializado, de tinte claramente socialista.

Se le llamó “estado del bienestar”, y en él el ciudadano fue adoptando un papel cada vez más reivindicativo, consistente en la reclamación de unos supuestos derechos innatos al disfrute de los más variados bienes y servicios, como por ejemplo el derecho al trabajo o a la vivienda. 

Esto, en definitiva, constituía un cambio de paradigma: desde el del esfuerzo, al de la asistencia.

En el asunto de la implantación y desarrollo del estado de bienestar tenemos hoy las peores expectativas desde el punto de vista económico. Un estado, no solo hipertrofiado por su estructura sino, sobre todo, quebrado por la imposibilidad de financiar el número creciente e ilimitado de sus compromisos sociales, si ya sería inviable en un universo socialista como la historia se ha encargado de demostrar dramáticamente, enclavado en una sociedad capitalista es un puro suicidio.

Esto sin contar con que para muchos ciudadanos de los países periféricos, que no solo carecen de trabajo en ellos, sino que tampoco albergan la esperanza de hallarlo, ante la alternativa de elegir entre ser un parado sin subsidio en su país y serlo en el occidente de la asistencia social generalizada, la elección no ofrece duda. De hecho ya existe una corriente de emigración exclusiva hacia la seguridad social.

En el terreno de la enseñanza las consecuencias han seguido un itinerario más largo. Tan largo como el camino recorrido por la primera generación influida por el programa de subversión hasta llegar a los puestos de responsabilidad docente.

A partir de entonces y ocupando ya cargos decisivos en los sindicatos y organismos profesionales, la labor de adoctrinamiento y de influencia cultural empezó a realizarse en progresión exponencial y, como es lógico, las consecuencias en ese terreno resultaron infinitamente más graves, dadas las escasas posibilidades de reversibilidad del proceso.

Por otro lado, una sociedad que educa a sus futuros ciudadanos con una masa enseñante deficientemente preparada, desde el punto de vista estrictamente docente, y además cargada con una ideología caduca y lastrada por un rencor social de cerca de sesenta años de antigüedad, está empedrando su camino hacia un desastre que supondrá  un coste de varias  generaciones perdidas para la sociedad. En el mejor de los casos.

Aclaro que no estoy refiriéndome a nuestro país en particular sino a un llamado mundo occidental en el que, desde la eficaz siembra de dudas que puso en marcha la subversión de la que estamos hablando, el ciudadano está alcanzando unas cotas de pérdida de confianza y rechazo autodestructivo de su propia civilización, que no pronostican la aparición de ninguna alternativa tranquilizadora.

Y si además se empecina en exigir la puesta en marcha de un estado social utópico, teniendo en cuenta que toda utopía siempre prepara el terreno al totalitarismo, no hay mucho más que decir.

 Además, a estas consecuencias hay que añadir otros efectos secundarios, no previstos en el plan primitivo, que representan hoy la actualidad más cotidiana entre nosotros. 

El avance de las actitudes antisistema, más o menos encubiertas, que hoy pueblan las páginas de todo tipo, impresas o electrónicas, y los espacios cívicos ocupados por grupos más o menos indignados en muchos países, parecen síntomas del éxito creciente de aquella lejana iniciativa.

La instrumentalización de los espacios públicos, como arma de extorsión social a la democracia, fue perfeccionada por las SA nazis frente a la República de Weimar hasta el virtuosismo. Incluso es considerada por  muchos historiadores como el factor decisivo del triunfo electoral de la peste parda, en los comicios alemanes de septiembre de 1931, que señala el arranque de su irresistible ascensión.

La estrategia de desestabilización de la que vengo hablando, tiene una indudable responsabilidad en el revival de esa práctica a partir de los años sesenta, como medio de chantaje al estado por parte de los innumerables grupos antisistema surgidos a partir de aquellas fechas.

Grupo estos de los que derivarán posteriormente las actuales bandas autodenominadas pomposamente “tribus urbanas”.

De lo que se trata en realidad es de sectas de idólatras. De la cuerda de los ecologistas y otros adoradores del mito del “medio ambiente”, sembradores de mugre “bio” en las espacios salvajes. De los fundamentalistas de la salud ajena y las ligas anti-tabaco, entusiastas del botellón. De los detractores del sacrificio de animales pero, a su vez, partidarios de la eutanasia eugenésica. De los okupas enemigos de la propiedad; ajena, naturalmente. De los devotos predicadores del ateísmo. De los fustigadores de la familia que se pelean por el matrimonio gay… en fin, gente sin contradicciones, como se ve.

A todos los cuales, por cierto, no se les recuerdan manifestación reivindicativa alguna contra la conculcación de esos mismos “derechos” que reclaman violentamente, ni de otros más sangrantes y urgentes como la proscripción de los Derechos Humanos, en los estados totalitarios que los inspiraron y financiaron en su día.

Así mismo surgieron entonces los embriones de los nuevos nacionalismos, con sus fantasmagóricas pero sanguinarias guerras de liberación nacional (FLNA; ETA ; FLNC; FLNP), y toda clase de grupúsculos armados envasados en el gran paquete anti-imperialista (R.A.F. ; Brigate Rosse; Black Panthers). Inspirados todos ellos por el canon marxista-leninista, e iluminados por el espectro santificado de un psicópata global llamado Ernesto Gevara.

Por cierto, estos últimos trataron de vampirizar, y lo consiguieron a veces, a los (esos sí auténticamente indispensables) movimientos pro derechos humanos de los EEUU de la época.

Otros de los divertidos experimentos de esa era tan creativa los constituyeron los inventos geoestratégicos. Por ejemplo el que consistió en crear el hasta entonces inexistente “pueblo palestino”.

Diseñado desde la A a la Z  por el KGB y Nasser para servir de peón-víctima en el tablero socialista/laico del Oriente Medio de los ’60, en la actualidad ha cambiado de cliente y ahora se alquila (siempre como carne de cañón) a los organizadores de la embestida clerical/islamista de nuestros días, con la judeo-fobia como cordón umbilical.

Y, mientras tanto, esa eficiente criatura de los totalitarimos sigue practicando su fructífero racket a los estados europeos que con sus millones de euros contribuyen, sobre todo, a incrementar las fortunas personales de toda clase de corruptos sin escrúpulos, como lo fue en su día el terrorista Yashir Arafat.

Pero, pese a que todos o casi todos ellos nacieron en los tiempos de la subversión, estos son problemas de los que nos podremos ocupar en otra ocasión.

Hoy, las mencionadas sectas, avanzando por la senda dejada atrás por el retroceso de las democracias, presionan de manera incesante a los estados, extorsionándolos en las calles y empujándolos a intervenir en áreas cada vez más privadas como son las creencias, las costumbres y aficiones particulares, o la propia salud. 

Estas acciones de acoso tienden a quebrar cualquier territorio donde se manifieste la individualidad de los sujetos, tratando de someterlos a una masa manejable. No se si George Orwell se habrá inspirado en síntomas parecidos para describirnos ese estado paternalista y asfixiante del Big Brother, al que parecen propender con sumo entusiasmo tantos de nuestros conciudadanos hoy en día.

En términos generales podríamos estar ante una novísima versión, eso sí, mucho más insidiosa, del sempiterno “asalto al estado” totalitario. Una versión en cámara lenta de la Marcha sobre Roma, el Putch de la Cervecería o el Asalto al Palacio de Invierno.

¿Será “La Crisis” la prueba de la culminación inesperada de aquel lejano proceso subversivo?

Los sociólogos están hablando desde hace  tiempo de un cambio imparable en el sistema. La pregunta es : si se produce ese cambio en nuestro sistema democrático ¿hacia dónde podría orientarse la transformación? Me da mucho miedo especular sobre una respuesta a esa pregunta.

La conclusión a la que me lleva toda esta relación de malas noticias es algo arriesgada, en términos estrictamente intelectuales, y no la expresaré. 

Pero su versión literaria no me disgusta:

“Érase una vez una organización muy poderosa que depositó en el territorio de sus enemigos una bomba, que resultó ser el colmo de la sofisticación en materia de ingenios de demolición.

Pero no lo fue porque hubiesen sido capaces de inventar un prodigio técnico semejante. La explicación es aún más fantástica: un monstruo que se escapó al control de su Dr. Frankestein.

La bomba en cuestión fue diseñada para hacer explosión muchos años después de colocada. Pero algo salió mal y sus propietarios, vencidos y arruinados, la abandonaron armada en el lugar en el que la habían colocado.

Sin embargo, llegado el momento, y por alguna razón inexplicable, la bomba no explotó. Pero, a pesar de ello, su  contenido empezó a contaminar el espacio de manera no prevista. Su efecto, con el tiempo, se fue incrementando exponencialmente como si fuera una bola de nieve; y lo más asombroso del caso es que provocó en los destinatarios una inesperada situación crítica de tal magnitud, que acabó constituyendo la gran victoria póstuma de sus antiguos dueños, inventores y colocadores”.

Sujetos que, por cierto, observan el fenómeno asombrados, mientras van convirtiéndose aceleradamente en unos expertos imitadores de sus antiguos adversarios.

Aunque, la verdad sea dicha, un poco horteras.

¡…los pobres!


martes, 24 de abril de 2012

Hollande Inch’Allah

Bueno mis queridos amigos, debo declararos que presenciar en directo un acontecimiento político de primer orden en un país distinto al propio, como son las presentes elecciones francesas, y además en primera fila, permite al espectador experimentar perspectivas insólitas y diferentes puntos de vista que contribuyen a completar y enriquecer los diferentes frentes de reflexión que uno tiene planteados en permanencia.

Y uno de esos de primera urgencia es, en mí caso como sabéis, The Turkish Affair (o PIE). O sea la observación y análisis del desarrollo del Proyecto para la Islamización Europea.

Los medios de comunicación no adscritos a la marea del multiculturalismo embriagado de mala conciencia post–colonialista, es decir una mínima parte del espectro editorial, se hace eco estos días de iniciativas al respecto, cuanto menos extravagantes para una mente civilizada.

Por ejemplo el newsletter “Europa Israel”, cuyo título de cabecera no deja lugar a ninguna duda (ni falta que hace) sobre su tendencia, hablaba un día antes de la votación de la primera vuelta de dichas elecciones de las iniciativas respectivas, por una parte, de la autoridad religiosa islámica, es decir de la única autoridad que se reconoce entre los musulmanes, y por otra de la autoridad social–demócrata, o sea del Partido Socialista Francés, a propósito del voto de los ciudadanos musulmanes instalados en el Exágono.

“Los musulmanes de Francia no deben quedarse con los brazos cruzados. No deben contentarse con ser simples espectadores de estas elecciones. Deben ejercer de actores de su propio cambio. Y, para ser oídos, deben hacerse cargo de su propio destino ejerciendo su derecho al voto en conciencia”, declamaban en sus sermones, Kamel Kabtane rector de la Gran Mezquita de Lyon, Azzedine Gaci, de la mezquita de Villeurbanne, Laid Bendidi, de Saint–Fons o Fawzi Hamdi, rector de Vaulx–en–Velin.

El voto es el mejor medio “…de defender nuestra dignidad contra la islamofóbia y la estigmatización de los miembros de nuestra comunidad”. “La abstención o el voto en blanco están haram (prohibidos)”. Declaraba a los cuatro vientos Mohamed Salah Hamza, rector de la mezquita del 18º distrito de Paris, que acoge a sus acólitos en el patio del Parque de Bomberos de dicho distrito ante la falta de espacio (ver correspondencia con situaciones similares en las provincias catalanas).

Hasta aquí nada que objetar con respecto a los derechos de unos ciudadanos que no suelen estafar al fisco mucho más de lo que lo hacen los franceses de pura cepa. ¡Faltaría más! como repiten incesantemente esos demócratas españoles que se sientes obligados a recordar con esa jaculatoria quasi–religiosa su al parecer no muy asumida condición.

Sin embargo, cuando la película empieza a ponerse emocionante es cuando los encartados dan un pasito más hacia adelante en su entusiasmo democrático sobrevenido.

En el down–town financiero de la Défense y en la sala de oración de la mezquita provisional de Puteaux, acurrucada al pie del rascacielos de la Société Général, el mensaje era mucho más explícito. Ante un millar de fieles, se lanza abiertamente una llamada al voto a François Hollande por parte de los militantes del Front des Banlieues Indépendants, algo así como “frente de los arrabales independientes”(ríete tú de los delirios independentistas de nuestros grupos “folk”). Organización que teme una abstención masiva en los barrios populares.

Enardecían a sus entusiasmados auditorios estimulándoles a “votar contra los que no han cesado de criminalizar a la comunidad musulmana durante meses(…) y a ejercer el voto útil (ojo a la expresión en este caso), es decir a François Hollande”.

El target, como dicen los new–pedantes,  era el de movilizar a un conjunto de más de 700 mezquitas a favor del candidato socialista; objetivo que, vistos los resultados, han debido de alcanzar sobradamente.

Donde encontramos la verdadera ironía de la historia es en que el organizador de toda esta movida fue Abderrahmane Dahmane, anterior consejero de Nicolás Sarkozy en el departamento ministerial denominado (ojo al dato) “Diversité”. Antiguo consejero en la Mezquita de París, se había despedido del Elíseo en Marzo de 2011, justo cuando el partido del presidente, la UMP, acababa de convocar una convención sobre el Islam.

“La UMP es una peste para los musulmanes” sentenció antes de llamar a los musulmanes a rechazar la renovación de su adhesión al partido del gobierno. 

Como cereza del pastel reseñemos el lanzamiento, interesadamente agradecido, de un homenaje a los islamistas por parte del candidato socialista en forma de video, y titulado Hollande Inch’Allah, que sella esta, no sé si decir sorprendente, alianza.

Lo que ya no ofrece ninguna duda es que el debate de la inmigración y sus límites está servido en el centro de la mesa. Con tanta o mayor relevancia que los de las prestaciones sociales o el déficit económico. Y sino, id y consultad los resultados de BleuMarine, delicioso acrónimo que ha escogido ese mazacote político que es la hija de LePen.

Si a esto añadimos las “tranquilizadoras” noticias procedentes de Bélgica –otro país europeo del núcleo de los precursores de la civilización occidental– respecto de la realidad actual de una minoría en vías de convertirse en mayoría en el plazo corto, pues tendremos más razones para seguir insistiendo en la proximidad de un peligro real y actual, lejos de cualquier rastro de paranoia o hipérbole alarmista.

Lo verdaderamente preocupante no son las cifras absolutas con ser desmesuradas, no. Lo que pone los pelos como escarpias son los incesantes y vertiginosos incrementos.

La Universidad de Lovaina, una de las históricas sedes del conocimiento europeo y la más importante en lengua francesa del estado belga, acaba de publicar un libro en el que, en cifras reales, asegura que el número de musulmanes residentes en Bruselas constituye  ya una cuarta parte de población, con una cifra que llega a los 300.000, y que corresponden a la mitad de los residentes en todo el país. Esto hace de esa capital la ciudad más islamizada del continente.

Pero creo que hay un dato aún más significativo que las propias cifras: el nombre más frecuente entre los niños varones en Bélgica es el de Mohamed. Así mismo, ese nombre es el más utilizado en Amberes, segunda ciudad del país, en la que el 40% de los alumnos de las escuelas primarias son musulmanes.

Para no deprimirnos mucho, un solo dato más para terminar. Un sulfuroso grupo islamista belga llamado “Sharia4Belgium” (la cifra “4” es una aliteración de la preposición inglesa “FOR” = “para”) ha incrementado sus ladridos amenazadores en una nueva campaña de intimidación, en pos de la transformación del país en un estado islámico.

El pasado septiembre este mismo grupo  anunció el establecimiento de un “Tribunal de la Charia” en Amberes. El propósito declarado por este gang es el de establecer un sistema jurídico musulmán, paralelo  y en competencia con la autoridad del estado, en su papel de garante del derecho civil y la constitución.

La verdad es que si os soy sincero, tengo la sensación de predicar en el desierto.

¡Huy! ¿he dicho el desierto?

¡Hay que ver qué cosas se me ocurren…!



sábado, 21 de abril de 2012

¿Un elefante ha dicho usted?

Cuando yo era pequeño, en todos los aspectos, me sentía afligido a menudo cuando comparaba “lo español”, o sea todo lo que me rodeaba, con “lo de fuera”. Y fue precisamente entonces cuando empecé a tener la sensación de que estaba muy solo y de que más me valía hacerme a esa idea para toda la vida.


Esa sensación de soledad venía provocada por la bronca que montaban los miembros de mi entorno cercano, ante mis observaciones seráficamente irónicas sobre cualquier tema local. No hace falta aclarar que aquella conducta precozmente considerada como incorrecta pronto se convirtió en el rasgo más significativo de mi identidad que, tanto para mí como para mis censores, aún perdura. Y a mucha honra.


Y aunque en este caso no tenga ante mí una referencia social brillantísima, estoy en la Francia pre-electoral y el panorama político de nuestros vecinos da bastante pena, cuando estoy en el extranjero, la distancia se convierte en una especie de lente de aumento a través de la cual contemplo horrorizado los más descarnados detalles de nuestra condición de especie cimarrona.


Como siempre. Y esto de “cómo siempre”, no es una coletilla ociosa. Como siempre, es algo muy significativo porque nos conduce a la conclusión de que el flotador-salvavidas-que-siempre-nos-salva-de-todo, el franquismo, no funciona ya desde hace tiempo. No era el franquismo lo que no me gustaba de niño. Lo que no me gustaban eran los españoles. Porque no se parecían a los de fuera; que sí me gustaban. Igual que ahora, que ya no está aquel santo.


Me he enterado de “escandalazo” del accidentado viaje del Rey y de sus consecuencias…¿cómo las llamaríamos? ¿socio-políticas? Bueno eso lo dejo para los cursis de izquierdas que siguen inventando palabras con guión. Resulta que al Rey no se le ocurre mejor cosa que cometer tres delitos distintos encausados por tres tribunales distintos, pero que han pronunciado una misma condena: “ABDICACIÓN ¡AR!”.

  
El primero es ausentarse sin permiso. Da igual que en ausencia de protocolos que regulen los movimientos privados del monarca, como es el caso al parecer, sea absolutamente legítima la posibilidad de interpretación de algunos de esos movimientos por su parte. ¡Nada de eso! ¡hasta ahí podíamos llegar! ¡por esa regla de tres cualquier día podría ponerse a comer sin lavarse las manos, porque no lo dice ningún protocolo! Y la pregunta es ¿sin permiso de quién?  


El segundo es irse a África. Pero vamos a ver, ¿no había otro sitio más normal? ¿se ha tenido que acordar del continente más masacrado por los colonialistas, como si fuera un antiguo déspota negrero? Y, claro, para encontrarse rodeado de blancos ¡faltaría que se codease con los pobres negros masacrados y expoliados! Y la pregunta es ¿y qué pasa cuando privadamente y no como rey, va a salvar unos asuntos que acaban con la firma de una carga de trabajo millonaria para unos astilleros en, pongamos, Indonesia?  


Y el tercero, claro, tiene que ver con la caza de un elefante. Es decir, con ese disparate que es la delirante Declaración Universal de los Derechos del Animal, obra suprema de unos sujetos que han estado generalmente muy vinculados a aquellos estados que no tuvieron, o aún no tienen, homologación democrática. O sea que tenían abolida la otra Declaración. La de verdad. La de los Derechos del Hombre. Los angelitos.


A ver. Vamos a dejar las cosas claras. A mí no me gustan las corridas. Y, sin embargo, defiendo el derecho a que tengan lugar. Incluso dejé de cazar en su día porque me pareció que me gustaban más los animales vivos que muertos. Pero no se me ocurriría prohibir la caza regulada, porque mis gustos solo son míos. Supongo que los que se escandalizan por la caza de un elefante ignoran todo aquello que rodea esa práctica, como ignoran casi todo lo que rodea al objeto de cualquiera sus ruidosas y canónicas condenas.


La verdad es que cuando he visto al Borbón disculpándose me ha entrado una cierta irritación. No por la forma. En eso es un maestro. El criterio escogido, por él o por sus asesores no puede ser más eficaz: la forma más fácil. Como un niño. ¡Huy lo siento! ¡no lo volveré a hacer! Cualquiera de nuestro aguerridos políticos, en el prodigioso supuesto de que se le ocurriese pedir disculpas por algunas de las numerosas ocurrencias que nos obligan a padecer, se hubiera enrollado en una interminable jaculatoria de pedante retórica legalista, en la que acabaría señalando a otro como causante remoto de su chapuza.


No. Lo que me molestó es que el rey haya entrado en el juego. Que se haya dado por enterado de una bronca artificial, una vez más. Seguramente sus servicios le habrán recomendado como mal menor hacerse eco de la provocación, pero así y todo no me ha gustado. Precisamente porque no soy monárquico me gustaría que el rey ejerciera de ser normal y corriente, cuando no está en su trabajo. Me gusten más o menos sus aficiones.


Y, claro, he presenciado en la televisión, una vez más con rubor, esos concilios de obispos del ”progreso” que en juicios atronadores dejaban a Torquemada a la altura de un Pepito Grillo. ¡Que expresiones de cólera! ¡que venas hinchadas por el odio más impúdico!


 Cualquier observador que desconociese el ambiente cotidiano de nuestro país estaría preguntándose que gravísimo conflicto de estado se estaría tratando. Habría que explicarle que la única institución que funciona desde hace cerca de cuarenta años sin grandes sobresaltos, si exceptuamos aquel en el que nos salvó nuestro culo democrático, y a diferencia de las bandas de rufianes que suelen habitar en el resto de las pretenciosas e inoperantes estructuras políticas, se ha convertido en el enemigo a batir en los últimos tiempos.


Primero por personas cercanas, la Princesa, Urdangarín etc, porque los conspiradores siempre son cobardes, y todavía el Rey impone respeto. Por cierto, cualquiera de esos aprendices de Bruto, perdería el trasero acudiendo a los pies del soberano a poco que este mostrase un improbable interés por él.


 A través de todas estas maniobras, la única institución del Estado presentable fuera de nuestras fronteras está siendo objeto de un ataque combinado por parte de representantes de prácticamente todos los sectores ideológicos de la política. Y yo llevo años preguntándome porqué.


Y yo, que soy un anarquista viable, la única conclusión a la que llego es precisamente aquella que en mi niñez apareció cuando tuve conciencia de que, contradiciendo el discurso oficial, existía efectivamente otro mundo más allá de nuestras fronteras. La diferencia que he ido detectando con el tiempo respecto de nuestros vecinos más o menos próximos es que ellos no poseen desde hace siglos esa pulsión maldita que nos estimula a destruirnos mutuamente. En los salones o en los campos de batalla.


Y en períodos como el actual en el que la sangre no ocupa el primer plano, la escena requiere entonces un permanente ambiente de confusión y querella, que garantice la marcha hacia nuestro destino entrópico. Por eso una monarquía como esta, que se mantiene al margen de la bronca permanente y no sufre desgaste, y que la cobardía que padecemos admitió como mal menor en su día, está durando ya demasiado en su papel, y retrasa la llegada de un escenario soñado más que conocido, a lo 14 de Abril de 1931, que es el secreto deseo de casi todos los que me rodean.


Y lo peor es que hoy, como aquel fatídico día, ninguno de esos sabe de que se trata en realidad ni qué podría pasar al minuto siguiente de la caída de la monarquía.


Pero, según parece, eso es precisamente lo divertido.

lunes, 16 de abril de 2012

Las autonomías y otras danzas folklóricas

Uno de vosotros, bondadosos y pacientes lectores de estas jaculatorias, me ha enviado amablemente un artículo del profesor Tamames en el diario La Razón, cuyo contenido me ha traído al pensamiento un asunto que es de temer que alcance en breve una inquietante actualidad, y al que nunca había dedicado hasta ahora el tiempo de una reflexión ordenada.

La cuestión de las Autonomías.

El análisis del catedrático es, como suele ocurrir con todos sus trabajos, riguroso, equilibrado y sugerente.

Es esa última cualidad la que me ha estimulado a tratar de ordenar de otra forma, desde un ángulo personal y sin pretensión alguna, ciertos datos consignados en el mencionado articulo y relacionarlos con otros de carácter histórico algo menos actual, pero cuya extrapolación podría –¡ojalá!- abrir paso a otros registros de reflexión.

Ahí va.

Dos de los aspectos negativos que inevitablemente trajo consigo La Transición fueron, por un lado, que esta llegó muy tarde para los que esperábamos ansiosos la desaparición de la dictadura desde nuestra lejana adolescencia consciente de los años cincuenta, y por otro que, ese final, tuvo lugar demasiado pronto para que hubiesen desaparecido todos los protagonistas directos de las causas que la habían propiciado.

Como consecuencia de este segundo inconveniente, toda la serie de acontecimientos políticos que constituyeron el mecanismo del cambio de régimen estuvieron definitivamente mediatizados por hechos acontecidos cuarenta y cinco años antes. Esto es, a partir de Abril de 1931.

En consecuencia, aquellas generaciones a las que el futuro probablemente nos pertenecía más "legítimamente" que al resto, por habérsenos arrebatado el presente durante más de treinta años, tuvimos una vez más que conformarnos con los compromisos acordados por los antiguos vencedores y vencidos que, afectados por la misma mala conciencia que ambos padecieron al final de la carnicería, sacrificaron al miedo a una supuesta incapacidad ontológica del español a convivir en paz -como decía Franco-, cualquier aspiración homologable en las democracias occidentales.

Otra vez las dos Españas emergían como una fatalidad carpetovetónica. Eso sí, prometiéndonos esta vez no reincidir en sus funestos vicios y cargando sobre las espaldas de la tercera España, o sea de nosotros los inocentes, el resultado de sus malvados equilibrios.

¡Hacernos soportar el discurso perverso de quienes solicitaron de todos los españoles un reverente reconocimiento para aquellos "generosos benefactores de la nación", como Santiago Carrillo y su partido totalitario, por no haber ejercido su ”legítimo derecho a la revancha” y no habernos conducido a todos a la tapia del cementerio de Paracuellos, solo podría ocurrírsele a George A. Romero, director de “La Noche de los Muertos Vivientes”!

Pero fue así.

Cuando en los años de la II República aparecieron con forma de partidos político, y con ambiciones de poder supuestamente fundadas, las asociaciones de cultura tradicional que habían surgido a mediados del siglo XIX en algunas regiones, no tenían más posibilidades reales que las de tratar de convertirse en compañeros de viaje de las grandes formaciones políticas. Más o menos como ahora, pero sin ningún poder real en sus respectivos territorios.

El verdadero protagonismo histórico les vino otorgado por la trágica anomalía de la Guerra Civil, que para ellos representó la oportunidad de traducirla a los términos de su obsesión aldeana, transformándola en una guerra de independencia.

Solo tenemos que reflexionar sobre las llamativas contradicciones ideológicas que evidenciaban un partido ultraconservador y enredado en las faldas de las sotanas como era el Partido Nacionalista Vasco, y su compañero de juegos autonomistas Lluis Companys al que se le escuchó declarar satisfecho que en Cataluña no había problemas con el clero debido a que ya se habían “cargado” a todos los curas.

Pero los delirios identitarios de estos grupos “folk” avant la lettre, vienen de lejos. Proceden nada menos de las confusas y melancólicas interpretaciones románticas del concepto de estado-nación; remotos vestigios de la cruzada anti-ilustrada y anti-moderna que recorrerán todo el siglo XIX hasta desembocar al fin en los totalitarismos nazi-stalinistas.

El nacionalismo alemán, antes de su culminación en la barbarie nazi, tuvo un largo recorrido transportado por la Völkisch-Kultur, desde el primer tercio de esa centuria. Enraizado, nunca mejor dicho, tanto en la remotas aldeas de las llanuras del norte del país como en los umbrosos bosques bávaros, esta cosmovisión reunía en una sola pieza toda clase de supersticiones medievales, tradiciones exotéricas de la brujería local, pensamiento ultraconservador, idealismo nacionalista de corte étnico, ocultismo etc, todo ello animado y engalanado con los coros y danzas, el excursionismo, el nudismo higienista y la dieta vegetariana.

Eran depositarios del espíritu de la madre-tierra en la que debía enterrarse sólo a los propios para que su sangre, al volver al origen, cerrara el ciclo de la germinación endogámica. Y un poco incestuosa, porqué no decirlo.

Lo dicho. Unos hippies decimonónicos aunque no conste que clase de humos se gastaban.

Bueno, dicho así no parece gran cosa, pero lo que realmente le dio fuste fue el ataque frontal que creyó sufrir por parte de la modernidad. El rechazo de esta y la oposición de la tierra-madre frente a la técnica anónima y desenraízada, está en el fundamento del pensamiento filo-nazi de Martin Heidegger, sin ir más lejos.

El concepto de eugenesia es otra de las consecuencias “cultas” de estas corrientes aldeanas y con la mezcla del cientismo y otras obsesiones seudo-científicas del momento llegamos fácilmente a la descripción de la raza superior, etc, etc. Así cuando Sabino Arana relacionó entre sí, de forma consistente con la teoría etnocentrista del vascuence, diversas observaciones empíricas en torno a la boina creyó haber reconocido, por fín, el Dasein del hombre vasco. Por otro lado, si estáis interesados en conocer el origen del catalanismo buscad en las hemerotecas publicaciones de alrededor de 1830, y en ellas algún concurso de sardanas.

En fin, con todo estos ingredientes tendremos una descripción muy aproximada de los fundamentos que animaron y animan a los grupos “folk” de nuestro país, y que han propiciado que su ridículo fantasma haya producido el portento de convertir lo insignificante en indispensable, en virtud de los innumerables chantajes políticos ejercidos a la sombra del miedo patético del resto de partidos. Entonces y ahora.

Naturalmente un pensamiento de fundamento paranoiaco como es todo nacionalismo, es inseparable de una estrategia victimista. Reflexionad sobre las fechas de sus fiestas nacionales y encontrareis sin excepción, la efemérides de una sangrienta derrota de sus ideales. Pero, en nuestro caso como siempre, rizamos el rizo y las “víctimas” acusan a sus opresores de ¡nacionalistas! (españoles, claro)… el acabose.

La mala noticia, como expone con serenidad el profesor Tamames, es que todo este festival de coros y danzas va haber que pagarlo. Y como los grupos “folk” son pocos y pequeños, y la factura de la juerga astronómica, nos tocará apoquinar a los de siempre por más que no toquemos ningún chistu en esta kermesse.

Y el proceso, llamémoslo así, de reforma de la Constitución puede durar lo suficiente para que los que afeitamos canas vayamos despidiéndonos, desde ahora mismo, de llegar a saber por fin como acabó la Guerra Civil.

¡Tiene huevos!

miércoles, 11 de abril de 2012

Esto es lo que hay.

Esta vez, y sin que sirva de precedente, he recogido los comentarios aparecidos estos días en el diario El Mundo a propósito del “poema” de G.Grass, como colofón de la crónica precedente.

A menudo hablamos del ambiente reinante en España con relación al estado de Israel. Pues bien, esta pequeña reseña de opiniones, si bien no es una encuesta rigurosa, sí es una pequeña burbuja del caldo que se cuece en la hoya nacional.

(Con la ortografía y sintaxis originales; que también son rasgos significativos, en mí opinión)

Esto es lo que hay.


tacoronte

Günter Grass muy bien en decir lo que todos sentimos, Israel es el mayor peligro actual de niestro Planeta , el pasado de este Sr no tiene nada que ver para ver esta realidad, el estado de israel es un estado de terroristas genocidas que a la luz del dia estan exterminando a un pueblo.

leopold69

Pues si, a pesar del esfuerzo sionista de los Murdoch y compañía, somos siempre más los que pensamos que el pensamiento político paranoico de lideres como Sharon, Netanyahu o Barak no es bueno para nadie, y menos para los Israelis. Israel es como este perro que ladra y mostra los dientes a cualquiera que pasa, sea quien sea. Palabras electoralistas necias de Ahmadineyad son bienvenidas en el sector extremista judío porque justifican una reacción igual de necia. En el fondo Ahmadineyad y Netanyahu son políticos muy parecidos y nefastos para el mundo.

tasi
Yo no he leido el poema de este. sr. que ha cometido un error politico, pero el no es politico, la gran mayoria de los alemanes, no conocieron el holocausto, no se porque tienen que seguir pagando algo que no hicieron, estoy de acuerdo en que no debe repetirse, pero de ahi a estar bajo el yugo judio, de eso nada, además los judios cada vez tienen menos que reprochar a Alemania, en breve los alcanzaran a los Alemanes con los Libaneses, los palestino, los Ejipcios, los Sirios, y despues de que holocausto vamos a hablar

salcedo

Ese Nazi es tan peligroso como muchos que me anteceden.

barorojisimo
No Günter, está perfecto, es lo que todos sentimos. Gracias.

GeorgeOrwell

"Anti-semitic, its a trick we always use it” (Anti-semitismo es un truco que usamos siempre)

hispano1903

Pues sí que hay nazis, sí.

godmundo
Paso de volver con lo de siempre (judios, yankis, iran), sólo una cosa, este tío que escribe poemas en aleman no sé si será bueno, pero su asesor es la caña!! ha conseguido que se hable de él más que nunca, que crak!

Archimedes

Estaba claro en su anterior exposición que se refería al gobierno de Israel. Esta gente (los del gobierno israelí y todos los q lo apoyan) cuando se sienten atacados dicen que el ataque es contra la religión o contra el pueblo de Israel. Es como si por criticar a Rajoy se esté criticando a España entera.

Eladius

Guter Grass fue nazi, es normal que prefiera atacar a israel que a cualquier dictadura islamofascista de la region, de hecho los musulmens fueron aliados de los nazis. Lo curioso es que la izquierda haya adoptado esa idea de la extrema derecha, y se haya echado en la cama del islamismo abierta de piernas, penoso. Los que matan, asesinan, ponen bombas en trenes en Madrid, lapidan mujeres, homosexuales, dejan morir de hambre regiones enteras no son ISRALIES...son los mismos perros que defendeis muchos aqui.

Eladius
Hipano no es que haya nazis, es que muchos son de izquierda, pero no debe extrañar siempre la izquierda siempre ha coincidido con la ultraderecha en muchas cosas tanto ifeologicamente como en las formas agresivas callejeras y demagogia, y por supuesto en el antisemitismo. NO es de extrañar que el partido nazi tuviera a muchos socilaistas como miembros al principio, o que mussolini fuera socialsita antes de fundar el partido fascista.

Froy
Otro que sucumbe a la presión tras atreverse a criticar a Israel. No es cuestión del partido o el político que gobierne. Los gobiernos laboristas han sido tan belicosos o más que los derechistas.

Ebusus
Algún lejano día se podrá decir algo negativo sobre el estado de Israel, alguna política suya o sobre su religión sin ser llamado automaticamente nazi, anti-semita o querer prepretar otros holocausto. Ya es un poco cansina esta misma cantinela.

viernes, 6 de abril de 2012

Un caso clínico.Günter Grass

Ese incorregible enfermo intelectual que es Günter Grass, perseguido patológicamente por una especie la paranoia incurable en la que se combina la vergüenza y los remordimientos nunca asumidos del todo, derivados de su nacionalidad alemana y de su pasado juvenil en el seno de las Waffen SS, acaba de ofrecernos una nueva dosis de antisemitismo perfectamente coherente con su condición de izquierdista de manual.

Esta vez, el motivo es el debate suscitado estos últimos meses sobre el derecho reclamado por Israel de atacar preventivamente a cualquier estado en el supuesto de poseer la certeza y las pruebas de que representa una amenaza letal. Como sería el caso de la eventual posesión de armas atómicas por parte de un país como Irán, que declara abierta y obsesivamente hace años su objetivo de borrar del mapa al estado judío.

Como ya es habitual en este furibundo denunciante de biografías sospechosas en su país, tan exageradamente escandalosas por cierto que más parecen una huida hacia adelante de alguien con una conciencia poco tranquila, tras un par de años en los que no provocaba su aparición estelar en las portadas de la prensa, ha eructado un miserable panfleto judeófobo en forma de poema, rebosante de su habitual arrogancia inquisidora (nunca mejor dicho) marca de la casa.

He traducido solo un fragmento significativo de la versión francesa del escrito, publicado en el prestigioso Süddeutche Zeitung de Munich, porque el referido ”poema” es un insufrible coñazo de una redundancia soporífera.

Se titula “Lo que debe decirse”, y dice así:

¿Porqué me he callado durante tanto tiempo?
Por que creía que mis orígenes,
manchados por crímenes por siempre imperdonables,
me prohibía expresar esta verdad;
osar reprochar este acto a Israel,
un país del que soy y quiero seguir siendo amigo.

Por que es necesario decir ahora
aquello que mañana sería demasiado tarde
y por que nosotros los alemanes, con el peso de nuestro pasado,
podríamos convertirnos en cómplices de un crimen
previsible, y en consecuencia imposible
de justificar con las excusas habituales.

Debo admitir también que no volveré a callarme
porque ya estoy harto de la hipocresía de Occidente
y espero que muchos más estén dispuestos
a liberarse de las cadenas del silencio,
para pedir al autor de una amenaza evidente
que renuncie a la violencia, exigiendo
un control permanente y sin trabas
del potencial atómico israelita
y de las instalaciones nucleares iraníes
por una instancia internacional
aceptada por los dos gobiernos.

Ya no se trata únicamente de preguntarse a quién coño le importa lo que piense este octogenario que se ha pasado la vida practicando una indignación sinfónica de ecos wagnerianos, aunque para nuestra desgracia tenga su público. Se trata más bien, en mí opinión, de reflexionar sobre el argumento central de su siniestro estertor. Este constituye todo un enunciado canónico del discurso "antisionista-antisemita-judeófobo" de una buena parte de la opinión pública de izquierda, en la Europa actual.

La propuesta de Grass, supuestamente emanada de un pacifismo bon enfant y lleno de justas intenciones, nos ofrece una solución moral para la resolver el chantaje iraní, consistente en colocar en ambos platillos de la balanza de la Justicia Universal, y en un plano de igualdad, a unos adversarios que al parecer representan, en el caso del estado de Israel, una amenaza real para la paz mundial, en su condición de potencia nuclear, y en el de Irán, un pueblo que estaría sometido por un “fanfarrón”, ante el cual fingiría entusiasmo, y al que se “supondría dispuesto” a construir una bomba nuclear.

En fin; que a un sicópata que dirige una teocracia nazi-islamista proponiendo todos los días la aniquilación del pueblo de Israel y la desaparición del único estado del mundo creado por voluntad mayoritaria de la ONU; que estimula y financia a una buena parte del terrorismo mundial; que interviene de forma abierta en los conflictos de Oriente Medio, como el actual de Siria; que sostiene económica y militarmente a grupos declaradamente pro-nazis, como Hamás y Hezbolah; que ese sujeto digo, sea equiparado a la única democracia del área que puede exhibir la presencia de adversarios radicales, es decir islámicos, dentro de su propio parlamento; que ha sido agredido bélicamente en cinco ocasiones desde su constitución como estado por todas y cada una de sus vecinas dictaduras, tiranías medievales y teocracias totalitarias; y que debe su precaria pero real existencia precisamente al haberse dotado de una fuerza de disuasión creíble y suficiente, seria grotesco si no constituyese un síntoma sumamente alarmante en boca de sujetos con notable capacidad de influencia masiva, como es el caso de nuestro insigne Premio Nobel.

Tal vez sería pertinente preguntarle a este prodigio de ecuanimidad, si no le parecería igualmente conveniente y justo que esa “instancia internacional” visitara también a Rusia, China, EEUU, Gran Bretaña, Francia, India, Pakistán y Corea del Norte, en vista de que todos ellos poseen el arma definitiva. A no ser que el pecado no consista en poseer el arma nuclear, sino la condición de judíos de sus poseedores.

El tipo es una lumbrera como veis. Convendréis conmigo que con viejos sulfurosos como Hessel y Grass, ya no necesitamos para nada la tradicional sangre joven llena de enfervorecido entusiasmo transgresor. Y digo yo… ¿tendrá algo que ver la decrepitud agónica de la izquierda con este vertiginoso incremento de la edad de la “subversión”?¿será el termómetro de una especie de estado febril terminal? Ojalá.

Como no podía ser de otra manera ha habido reacciones variadas en el mundo de la política. El número dos de la embajada israelí en Berlín, Emmanuel Nahshon, ha destacado cómo “el único estado del mundo cuyo derecho a existir es puesto en cuestión incesante y públicamente es el de Israel”. Esto, cuando como exponía más arriba este es paradójicamente “el único estado del mundo cuya legitimidad ha sido avalada por la ONU”. A lo mejor es precisamente por eso.

Henryk Broder, editorialista conservador muy prestigioso en Alemania ha escrito en Die Welt que “Grass siempre había tenido problemas con los judíos, pero nunca lo había declarado de forma tan clara”. Para Broder, “Grass es el arquetipo del erudito antisemita”.

“Nunca en la historia de la República Federal, un intelectual de prestigio había atacado a Israel con tal cantidad de clichés”, ha resaltado el semanario Der Spiegel en su edición en línea. De igual manera, aunque sin nombrarlo expresamente, el ministro alemán de exteriores, Guido Westerwelle, ha publicado un comunicado en el que declara que “menospreciar los peligros del programa nuclear iraní, significa negar la gravedad de la situación” O sea, privar a Israel de las razones de su temor.

Internet también se ha incendiado en torno al dichoso “poema” entre defensores y detractores de Günter GraSS. En ese foro tiene lugar el combate de los términos. Israelofobia. Judeofobia. Antisionismo. Antisemitismo. Un catálogo semántico demasiado extenso para designar una sola cosa. El odio al judío.

Si son necesarias tantas palabras para explicar no sé cuantos matices que distinguen a su vez a unos términos de otros por sus pretendidas especificidades, y bla, bla, bla… eso es porque, en el fondo, de algo ha servido por fin la conciencia de la catástrofe humana que representó la Shoah.

Tras la hecatombe, el judío ha alterado, sin pedir autorización, el papel de su personaje en la gran tragedia de la historia. Ha tomado una decisión insólita. Inaudita. Ha decidido abandonar definitivamente su secular rol de víctima errante. Y, claro, los odiadores actuales necesitan un nuevo vocabulario adaptado al renovado guión de esa tragedia.

De alguna forma, el estado judío fue la consecuencia de que la barbarie nazi pusiera al judío ante la situación límite con la que culminaba una historia de veinte siglos de fobia incansable. Y con su creación todo cambió. Por eso el odiador de judíos de hoy en día lucha esforzadamente por ocultarse a sí mismo ese odio que esconde en el fondo de su espíritu, el odio secular, el de siempre; e igualmente por eso ninguno de ellos quiere que le identifiquen con esa barbarie que asumió su odio abiertamente y sin sentimiento de culpabilidad. Que lo legalizó. Que lo banalizó. Y que hizo todo eso con un lenguaje claro. Directo y sin matices.

Sin disfraz alguno. No sé si me explico.

martes, 27 de marzo de 2012

Civilización ( o sea, Civilización Occidental)

Canónicamente debería comentar el resultado de las elecciones autonómicas andaluzas. No lo voy a hacer por hastío.

Aunque con ello no acostumbro a tener mucho éxito entre mis contertulios, suelo utilizar un apotegma que declara a los gobernantes como la más genuina representación de los anhelos del pueblo, ya sea esto en una dictadura o en una democracia, del mismo modo que la nata está constituida por idéntica materia que la leche, y únicamente se distingue de esta porque ocupa la capas superiores.

Lo sucedido el pasado domingo corrobora fatalmente esa desagradable afirmación al habernos puesto inpúdicamente en evidencia una de las más deleznables interioridades morales de nuestro querido pueblo.

La denuncia pública y sin escapatoria posible de un tejido social gangrenado por la corrupción más obscena, lejos de liquidar definitivamente a un régimen que en treinta años había acabado por usurpar el espacio político al sistema democrático, esa denuncia, digo, ha sido deglutida y metabolizada civilmente por los votantes como lo que siempre ha sido: una forma de entender la vida

Al parecer, más de la mitad de los ciudadanos de esa región no rechaza la corrupción. Simplemente aguarda su oportunidad para participar en el reparto del botín. Incluso es posible que algunos de ellos la valoren como una conquista social.

Le temps ne fait rien à l’affaire, decía con sabiduría tonton George. Dos años tardó la Pepa en ser enterrada por el pueblo soberano al grito de ¡vivan las caenas! y doscientos tardó ese mismo soberano pueblo en enterrar otra oportunidad de salir de la mugre histórica, mientras gritaba entusiasmado ¡viva la podredumbre!

“Andalucía: una isla de sangre roja en un océano de sangre azul. Izquierda Unida hace fracasar el deseo de acceso al poder absoluto del señorito andaluz.”

Esta proclama propia de los tiempos del delirio anarco-comunista de Casas Viejas, ha sido proferida ayer mismo por un amigo progre en su “paredón” de FaceBook. Mi amigo no es un áspero campesino andaluz amargado por centurias de injusticia agraria. No.

Mi amigo es un excelente profesional madrileño de la fotografía, con formación universitaria en la especialidad de las ciencias económicas, de trato sensible y educado a quien, por una razón que no alcanzo a explicar, su conciencia reclama colocarse al lado de ese patético espectro llamado la izquierda. Sería tal vez interesante desvelar qué provoca esa especie de fervor estético, pero no estoy de humor.

Eso es lo que hay y eso es lo que somos.

Por eso quiero hablar de otra cosa. Bueno otra pero que es la misma. No sé si me entiendes.

¿Es nuestra civilización superiror a las otras? No. Simplemente las otras no son civilizaciones.

«Alcanzar la Ilustración consiste en abandonar la minoría de edad en al que el hombre se encuentra por su propia culpa. Ser menor de edad, es ser incapaz de servirse del propio entendimiento sin la dirección de otro. El hombre se encuentra por su propia culpa en ese estado de minoría de edad cuando no es la falta de entendimiento la causa, sino la falta de decisión y de coraje para servirse de ese entendimiento sin la dirección de otro. ¡Sapere aude! [¡Osa saber!] ¡Ten el coraje de servirte de tu propio entendimiento! Esa es la divisa de la Ilustración

Immanuele Kant. “Was ist Aufklärung?” (¿Qué es la Ilustración?)

Este continente está viviendo lo que yo estimo que es final de más de veinticinco siglos de ciclo inicial de nuestra civilización. Civilización que comenzó con las culturas mesopotámica, egipcia, judía, griega, latina y cristiano-romana, y que en el Renacimiento inició la revolución humanista que culminará en la Ilustración.

Existen CULTURAS diferentes. Cosmovisiones distintas. Maneras diversas de valorar colectivamente al individuo en su relación con el entorno y sus aspiraciones o expectativas. Cada una de ellas propone diversos planteamientos para intentar resolver los CONFLICTOS que esa relación conlleva. Al resultado de la puesta en práctica de esas propuestas es a lo que denominamos formas de convivencia. Estas están determinadas por sus distintos sistemas de ORGANIZACIÓN.

Cada cultura, pues, ha desarrollado sus formas de organización a lo largo de su historia, en función de sus particulares experiencias, de los conocimientos derivados de las mismas y de sus distintos entornos físicos o geográficos. En una palabra, las han definido según su TIEMPO, o sea su historia, y su ESPACIO, es decir su geografía.

Los conocimientos extraídos de las mencionadas experiencias, se adquirieron mediante la aproximación empírica a la realidad, y se desarrollaron en virtud de las intuiciones derivadas de ese contacto. Valorar esos conocimientos adquiridos y establecer reglas y códigos que los hiciesen útiles, constituyó la esencia de la cultura primitiva.

Los enigmas, o “huecos” en el conocimiento, que surgirán inevitablemente en esa práctica, serán el origen de las religiones. Estas, a falta de un método que hoy denominaríamos científico con el que racionalizar unas respuestas comprensibles para el hombre, crearon un universo de factores transcendentes, con los que aquel se tranquilizaba, y así se evitaba el efecto paralizador que la ignorancia y el temor a lo desconocido podrían desencadenar.

En esas cosmovisiones, o culturas, El HOMBRE no desempeñaba ningún papel especial. Estaba integrado en dicha realidad, creada por un ente superior, como una parte más de la misma y en competencia con el resto de sus rivales. El hecho singular de pensar, que distinguía a ese ser, era percibido como una simple característica práctica de esa especie.

Mientras las formas de organización derivaban de la naturaleza tribal o familiar de los clanes o grupos -una opción natural y zoológica compartida por todas las especies- una estructura jerárquica, generalmente basada en la experiencia, es decir en la edad, resolvía adecuadamente los problemas de convivencia individual.

Cuando los grupos tradicionalmente nómadas empezaron a asentarse en lugares concretos y más adecuados a nuevas expectativas, la proximidad espacial de diversas colectividades plantearon problemas inéditos de convivencia colectiva, que trataron de resolver por los mismos métodos violentos propios del nomadismo, inaugurando la serie interminable de los conflictos territoriales.

Compartiendo seguramente variables de una misma cultura, debió de llegarse en algún momento a la conclusión de que ese método antiguo no se adecuaba a la nueva realidad. Diversos clanes familiares seguramente empezaron a plantear anhelos y necesidades comunes más ambiciosos, para los que la colaboración de un mayor número de individuos era indispensable. Y claro, la tradicional organización jerárquica de origen clánico o familiar aportaba más problemas que soluciones. La nuevas expectativas demandaron un nuevo mecanismo de solución de conflictos entre los sujetos y aparecieron LAS REGLAS.

De todas las culturas que a lo largo de los tiempos han llevado a cabo ese intento, organizando esas reglas en códigos estables y poniéndolos en practica con mejor o peor fortuna, UNA SOLA de ellas evolucionó hacia una cosmovisión y una estrategia vital totalmente originales.

En su reflexión sobre la realidad, sus miembros extrajeron del conjunto al INDIVIDUO como ser viviente dotado de RAZÓN, y valoraron como una CUALIDAD SUPERIOR su capacidad de hacer proyectos, de dar forma a sus deseos. En consecuencia lo instituyeron como unidad esencial y MEDIDA DE TODAS LA COSAS.

Tras definirlo de esta forma, reconsideraron el valor del resto de esas cosas, que constituían su realidad, en función de ÉL. En resumen, lo situaron en el CENTRO de esa misma realidad.

Al realizar esta distinción categórica, los intereses y aspiraciones que se atribuyeron a ese individuo singular y simbólico, que representaba a todos los demás individuos, se codificaron en unas nuevas reglas que poseían unas características diferentes de las del resto de las definidas hasta entonces.

Eran los PRINCIPIOS. Se derivaban del carácter único y original de unos sujetos a los que definían como poseedores de CUALIDADES NATURALES. Esos principios individuales, que derivaban esas cualidades, aspiraban a ser universales, inamovibles y comunes al resto de todos aquellos a los que se consideraba semejantes.

Esas nuevas reglas eran precisamente lo que hacía diferentes a aquellos hombres de principios del resto de los seres vivientes.

Esos principios permanentes inspirarían las nuevas reglas de funcionamiento: LAS LEYES. Estas, basándose en la definición de la naturaleza de los individuos, ordenarían la convivencia entre ellos. Cuando esa nueva cultura surgida de aquellos principios humanizó el concepto del trabajo, vinculándolo a la cualidad de razonar, dio lugar a la TÉCNICA; cuando lo hizo en la actividad creativa: al ARTE, y en términos generales creó la idea de PROGRESO, es decir, la aspiración permanente de conseguir la superación de la etapa presente, en pos de nuevos horizontes incesantemente imaginados.

Esa cultura que descubrió en la RAZÓN el instrumento adecuado para liberar al hombre de la esclavitud de la fatalidad, sustituyéndola por el control de su propio destino, ha sido la que se denomina CIVILIZACIÓN OCCIDENTAL.

Civilización es uno de esos sustantivos que no tienen plural. Como VIDA.

Tratar de equiparar al resto de la culturas existentes con esta Civilización, llamándolas igualmente civilizaciones, es una actitud basada en el relativismo cultural. Ello sería correcto si se tratase de conceptos semejantes cualitativamente hablando. Pero existe una diferencia esencial que hace imposible esa homologación de conceptos : la Civilización parte del axioma HUMANISTA que declara al hombre principio y fin de la creación.

Para el resto de las culturas el hombre no es mas que una parte de esa creación sometido como el resto de la realidad a una voluntad superior. Sin más.

Es obvio que los orígenes remotos de nuestra Civilización deberíamos situarlos en las culturas primitivas de lo que hoy llamamos Oriente Medio y en el Mediterráneo oriental, cuyo desarrollo evolutivo dio lugar al primer concepto de Civilización. Concepto con el que los griegos clásicos distinguían a su pueblo del de los bárbaros que solo disponían de la cultura.

Más tarde, y con el final del Imperio Romano y la invasión del Islam, vinieron siglos en los que el concepto del hombre volvió a ser el de una criatura cuyo destino era manejado por dioses arbitrarios o por un dios todopoderoso, quienes regresaron del mundo arcaico a ocupar el lugar de la razón. Solo a partir del siglo XV y con la recuperación de la idea clásica de la cultura como instrumento de emancipación, el hombre vuelve a ocupar, ya definitivamente, el centro de la escena. Dos siglos más tarde, la Ilustración acabó de definirlo en virtud de la formulación de unos derechos naturales de aspiración universal, que le son propios y exclusivos.

El re-descubrimiento de la razón, y su valoración como la característica que distingue al ser humano del resto de los seres vivos, dota a ese ser de la capacidad de relacionarse con su entorno y sus semejantes en función de su voluntad y sus capacidades, y libre de cualquier poder externo a él, transcendente o arbitrario. Es lo que distingue y hace única a nuestra cultura, convirtiéndola en Civilización. El hombre libre lo es porque inventa algo definitivo: los PRINCIPIOS que definen esa libertad, y las reglas o leyes que la hacen posible.

La principal diferencia que distingue las REGLAS de los PRINCIPIOS, consiste en que aquellas son recursos prácticos que evolucionan y cambian con el desarrollo del conocimiento, mientras que estos son morales e inamovibles porque su función es la de DEFINIR; la de servir de referencia o baliza para el progreso.

En una palabra, las culturas en general poseen reglas tácticas que les permiten actuar sobre el entorno y los problemas concretos, pero viven sometidas a "fuerzas superiores" que suelen codificarse en los dogmas religiosos, porque, desde el punto de vista civilizado, sus miembros no han descubierto o inventado la libertad, o lo que es aun peor, la han descubierto y la rechazan.

La Civilización tiene un plan estratégico basado en una concepción del hombre, que establece unos principios que lo definen e identifican y que someten a él todo lo demás. En su relación con el entorno establece las reglas, de acuerdo con sus intereses, que teniendo carácter práctico, táctico, evolucionan a medida que se obtienen experiencias y conocimientos.

La civilización colocó al hombre en el centro del escenario, del universo, desplazando a los dioses o las supersticiones que trataban de explicar lo que solo la ciencia y la técnica, creaciones humanas, han ido desvelando.

Esta Civilización ha sido dominante en el mundo, porque resolvió MEJOR que las culturas los problemas que los hombres tenían planteados, en una competencia de eficiencia con ellas parecida a la que selecciona a las especies en la naturaleza.

PARECIDA pero no coincidente. Los demás seres vivos solo tienen instinto. No poseen la capacidad de pensar y razonar. Naturalmente dejo a un lado todos los conflictos, contradicciones, retrocesos y problemas morales que acompañaron y acompañan sin remedio a la evolución de la civilización, porque eso sería el objeto de otra reflexión.

Tampoco han escaseado, o escasean aún, los enemigos de esta civilización. Fuera y dentro de ella. En culturas teocráticas intolerantes, o en adversarios internos anti-ilustración, marxistas o relativistas, empeñados en aniquilar al humanismo desde su visión totalitaria de la existencia. Cabe esperar que su carácter irracional o su charlatanería cientista los condenarán antes o después.

Mientras la civilización permanecía fluyendo entre la minoría occidental que la concibió, el modo de vida y los valores promocionados por esa minoría se fueron extendiendo, haciéndose paulatinamente accesibles al resto de las culturas, ya que ese era su espíritu y la UNIVERSALIDAD su propósito último.

Esas culturas han ido asimilando los principios de la Civilización, más o menos hasta hoy. Y hoy ese control ya no reside en aquella minoría, al menos en las condiciones en las que antes lo poseía, precisamente porque su vocación es evolucionista, dinámica, y las condiciones han sido modificadas precisamente en virtud de su influencia.

En consecuencia, asistimos a una evolución radical del modelo inicial como resultado de sus propios desarrollos culturales y técnicos.

En cuanto a los principios, una vez divulgados y asimilados por la mayor parte de las culturas, han dotado a estas de la capacidad de asimilar el modelo dominante y hacer tras su maduración y mediante sus propias aportaciones, propuestas culturales originales más eficientes. A lo mejor porque no persiguen los mismos propósitos. O sea porque están proponiendo metas diferentes; modelos evolucionados a partir de los que occidente había planteado hasta ahora.

Tal vez podríamos considerar todo esto como un CAMBIO DE PARADIGMA.

Un nuevo proyecto cultural, dentro de la civilización. Nuevo porque la evolución ha tenido lugar en muy poco tiempo. Tan rápidamente, que sus últimos desarrollos ya no evocan en nada a aquellos que constituyeron sus orígenes. Y nuevo también porque, como consecuencia del avance imparable de la GLOBALIDAD, se ha roto la inercia geográfica de la anterior imagen tradicional, consistente en un área magistral concreta irradiando su influencia sobre el resto, desde su posición cenital.

Desde luego, mí generación será la que diga adiós a un poder de influencia secular europeo que en, la etapa presente, ya se desplaza rápida e inexorablemente hacia el Pacífico. El nuevo Mediterráneo del siglo XXI.

Pero esa es, paradójicamente, la mayor prueba de la universalidad e inmutabilidad de sus PRINCIPIOS.

Que, al fin y al cabo, era de lo que se trataba.