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martes, 22 de mayo de 2012

Una historia imposible o yo también soy sionista.





He leído estos días el texto de un judío. Se llama Olivier Ypsylantis y se declara sionista.

Tras haberlo hecho, he creído ver confirmada en él una convicción que tenía desde hace tiempo. La convicción de que yo también soy sionista.

Claro que esa convicción se asentó en un principio, en mí caso, más bien como fruto de una urgencia política inmediata; como una especie de respuesta a los pretendidos anti-sionismos explícitos, con sus anti-semitismos implícitos, que inundan mi espacio circundante.

Ciertamente, se trataba más bien de un reflejo instintivo que de una auténtica reflexión profunda, como la que exige en el momento presente un asunto de esa importancia. Creo que en él había más dosis de intuición que de información.

No es que la lectura del artículo me haya hecho caer de ningún caballo. Ni siquiera iba camino de Damasco, que es un lugar muy poco recomendable hoy en día. No. Era un texto interesante que me trasladó de nuevo ese asunto que estaba en reposo al primer plano del pensamiento.

Hace años que, parafraseando el libelo de Marx, “la cuestión judía” está situada entre los dos o tres asuntos que ocupan el centro de mi conciencia. Podría decir incluso que eso es precisamente lo que hace que me sienta un auténtico ciudadano de mí tiempo. Porque, para mí, nadie que haya tenido la dudosa fortuna de nacer en el “tiempo de Auschwitz” debería vivir ignorando ese hecho único de la historia de la humanidad.

Y no es la condición de judíos de las victimas lo que me afecta en especial. Para mí ellas son nada menos que simples seres humanos. Aún siendo consciente de que esa condición de ser judíos constituyó de hecho un factor esencial de la tragedia, para unos asesinos que creían en las razas.

La insoportable originalidad de la catástrofe consiste, para mí, en un hecho que muy bien podría haber tenido otros protagonistas, si no fuera porque su misma cualidad de acto único lo hace imposible.

Ese hecho es un fenómeno de apariencia contradictoria o al menos paradójica, y de una estremecedora simplicidad, que nunca había ocurrido hasta aquel fatídico momento histórico.

Se trata únicamente de que alguien imagine un acto imposible y acto seguido se ponga manos a la obra. Y, asombrosamente, ese acto imposible se transforma poco a poco en un hecho constatable, en virtud de la simple y sistemática abolición de las razones que impedían su posibilidad.

¿Cómo se opera ese prodigio?

Creo que, a partir de la Soah, podríamos establecer un estremecedor axioma que postularía que, la posibilidad de que algo inimaginable pueda llegar a tener lugar, es tanto más probable cuanto más imposible parezca.

Cuanto más descartado de antemano se tenga algo por ser descabellado; sin mayor reflexión porque atenta de una manera indiscutible contra las leyes establecidas de la lógica u otras, en este caso las de la moral; ese algo puede llegar a ser considerado como posible, con tal que alguien lo presente con la convicción y energía suficientes como para hacer creer a los demás que se puede llevarlo a cabo.

Cuanto más absurdo parezca, menos se habrá reflexionado sobre ello y menos argumentos se poseerán para descartarlo. Y si, como fue el caso, el ambiente poseyese el grado de desmoralización general apropiado, la capacidad de razonar habría disminuido en la misma proporción en la que habría aumentado la capacidad de asumir el absurdo. O lo imposible.

Y cuanto menos salidas posibles se vean a la situación, más crédito adquiere lo inverosímil, lo imposible, como propuesta de salvación.

En este caso, los obstáculos que hacían imposibles ciertas ideas eran de naturaleza moral. Se trataba entonces de convencer a un pueblo de actores y testigos de que esos obstáculos  morales que hacían impensable la tarea propuesta, representaban precisamente un impedimento para el fin último de hacer renacer de una nación hundida.

El futuro de esa nación precisaba, inexorablemente pues, su conversión en un ente desconocido hasta aquel momento, un organismo sin límites, algo históricamente inédito: el estado inmoral. Y así la nación, poco a poco, fue aceptando su progresivo desguace ético, hasta llegar a considerar la posibilidad de admitir lo inadmisible.

Y, en el colmo de la demencia colectiva, con el tiempo, muchos acabaron convencidos de que llevar a cabo lo imposible era posible, ya que ya no existían obstáculos y de hecho ya lo estaban haciendo.

Claro que todo esto no se produjo literalmente como yo lo pienso. Lo que yo pienso es el fondo de la cuestión. Cómo ocurrió en realidad es un simple y aterrador conjunto se anécdotas. Por eso la historia en sí de la Shoah hay que conocerla y cuanto más exactamente mejor; pero eso no es el fin, eso es el medio de poder aproximarse a la idea casi inconcebible de la maldad absoluta. Porque ocurrió lo inconcebible.

Por eso, la dimensión que alcanzó la tragedia, en números, suele parecer el argumento definitivo de su condición de acto único en la historia, pero no. En primer lugar, porque esos números no alcanzaron más que el cincuenta por ciento de los previstos en el plan. Y porque plantear una atroz competencia de números con otros genocidios no nos conduciría a ningún sitio.

Es único, porque la condición que distingue a ese plan de otras manifestaciones criminales colectivas, fue su original propósito de borrar definitivamente de la realidad a unos seres a los que se acusó del simple delito de haber nacido. Y eso, afortunadamente para todos, únicamente ocurrió esa vez en toda la historia de la humanidad.

El quebrantamiento de los límites del mal que supuso ese hecho, abrió definitivamente, ante cualquier ser decente, un abismo desconocido de posibilidades de maldad.

Fundamentalmente porque esos límites no podría romperlos la actitud de una persona o de un grupo limitado de personas, cuyo comportamiento, en todo caso, se explicaría en virtud de una patología más o menos conocida. Lo que abrió ese abismo fue la naturalidad con la que, por primera vez en la historia de la humanidad, un pueblo entero  admitió y contribuyó a que lo imposible se hiciera realidad.

Una vez que estas certezas se instalaron en mi conciencia, aquello que debería haber sido únicamente el objeto de un análisis más de la realidad política que me tocó vivir, el Estado de Israel, adquirió una dimensión, digamos “especial”. La necesidad de entender las razones de la existencia de ese estado, su cultura y su historia, constituyó el paso inevitable. Y me puse a ello.

El sionismo es uno de los fenómenos políticos más mencionados y menos estudiados de nuestra actual cultura política. Pero, a pesar de que estoy convencido de que el noventa por ciento de aquellos que usan ese término para apoyar alguna opinión no conoce ni siquiera el origen semántico del mismo, en realidad, eso no tiene verdadera importancia.

No la tiene por la sencilla razón de que, para quienes la usan, mi inquietud está mal planteada. Para lo que sí sirve ese término sin significado, y este es el fundamental propósito de su uso, es para emboscar un antisemitismo poco presentable en una sociedad políticamente correcta. Pero la mistificación no se hace ni siquiera de una forma premeditada. No. Es aun peor.

Para la mayor parte de sus usuarios es un simple eslogan memorizado sin más complicaciones, que les proporciona una especie de salvoconducto moral definitivo. Hoy en día para ser alguien en ciertos círculos hay que condenar el estado sionista de Israel. Y ya está.

Estos días se celebraba en el mundo árabe musulmán una efemérides instituida hace unos decenios que se conoce como la Nackbah (día de la catástrofe). Conmemora el día de la salida de los árabes de Israel que huyeron de la zona, tras la derrota de los agresores del recién fundado estado, en la guerra de 1948. 

Hasta ahí no se distingue de cualquier fiesta nacionalista que siempre celebra la derrota nacional que les proporciona el estatus de víctimas a sus partidarios.

Pero en este caso la tradición es mucho más moderna. Data de cuando se diseñó al pueblo palestino y se sentaron las bases para diseños ulteriores. Ej:

Nackba=Shoah.  Pueblo Palestino=Pueblo Judío.  Nacionalsocialismo=Sionismo.
Y la gran innovación : Apartheid=Franja de Gaza.

A quien opine que exagero solo les recomendaría que se preguntasen cuantas causas humanitarias distintas de la palestina defienden sus partidarios. Los de la kefiah enrollada en el pescuezo. Ninguna. Esos palestinos son para ellos los únicos pobres del mundo que merecen su atención. Y la pregunta es : ¿distinguen a estas víctimas de otras víctimas en el mundo? ¿o distinguen a estos verdugos de otros verdugos en el mundo?

Si es así…¿será porque son especiales... porque son judíos?

En ese conflicto que enfrenta a Israel con los que se declararon sus enemigos oficiales desde el día de su proclamación como estado, desgraciadamente no existen muchas opciones. Los que solo conocimos las catástrofes de las guerras por sus consecuencias, afortunadamente para nosotros, carecemos de sensibilidad para “sentir” un conflicto.

Pero si tratamos de acercarnos a la memoria vivida, fundamentalmente a través de algunos testimonios que hemos tenido el privilegio de conocer, estaremos en una posición mucho más favorable para no equivocarnos, a la hora de escoger entre esas escasas opciones.

Lo que ocurre allí es paradójicamente muy desconocido, a pesar de una proximidad geográfica, que ya ni siquiera lo es en el mundo globalizado. Y es poco conocido porque ese conflicto “goza” de todas las condiciones impuestas por el paradigma de la sociedad de la comunicación.

Ese paradigma se conoció en su día con el nombre de “Sociedad del Espectáculo”, a partir de un famoso libro canónico que hemos leído todos los que tenemos una cierta edad. En esa sociedad del espectáculo todo es espectáculo. La verdad queda abolida por “incompleta”, antigua y aburrida.

Y cuando la información, o sea el alimento de la mente, es espectáculo, ocurre que  la búsqueda de los indispensables datos fiables para un análisis honesto se hace infructuosa. Los intermediarios, “los mayoristas” que nos suministran esos datos, ya no son los legendarios corresponsales de guerra como lo eran Robert Cappa o Pierre Schœndœrffer, etc.

Ellos eran personas muy conscientes del compromiso moral que exige distinguir entre información y propaganda en su arriesgada profesión. Hoy se trata de otra cosa. Hay mucho chico aburrido en búsqueda de emociones fuertes con una cámara que hace las fotos sola, y los escenarios ya no ofrecen mucho peligro. Son platós al aire libre con servicio de catering.

Pero la existencia de seis millones de judíos, cifra maldita, no puede depender de una información/espectáculo diseñada ad hoc. Su conflicto se narra con los hechos, desnudos de toda retórica, de una lucha por la supervivencia. Por eso ellos han dado por perdida la batalla del espectáculo que les plantean sus adversarios.

Y yo me declaro sionista porque creo sinceramente que, correspondiéndonos a nosotros como espectadores de la tragedia aproximarnos a ese escenario, para desnudarlo de toda esa tramoya con la que los de siempre no cesan de disfrazar la historia, hay que hacerlo. Ni más ni menos que para exigir la verdad de esa historia. Y, después, elegir el campo.

Yo ya lo he hecho.

P.S.
En el escrito del que partía esta reflexión figuraba este enlace que os recomiendo ver. Un joven periodista italiano destacado en la zona nos ilustra con su propia reflexión. No sobre los palestino. No sobre los israelíes.

Sobre los periodistas.




viernes, 18 de mayo de 2012

Sin que sirva de precedente

Si, ya sé que no es mí estilo y que, más que no interesarme, lo detesto. Estoy hablando de ese género periodístico denominado “people” por los pedantes.

Pero… je,je, ¿qué queréis? Esta historia creo que se sitúa más bien en ese espacio de aurora boreal que se encuentra justo entre la más sublime horterada y la más navajera gresca política.

¡Y trantándose, encima, de una historia de bragueta… ya te digo !

La que es o será Primera Dama del Estado Francés, Valérie Rotweiller -¡huy perdón! quiero decir Trierweiler-, ha declarado, así de seria como es ella, que no está dispuesta a ser un florero del Presidente. Mientras tanto, sigue casada con otro señor llamado Denis Trierweiler, con el que comparte tres hijos.

Dicen  que posee una silueta que no tiene nada que envidiar a la de Carla.  Procede de Angers, y al nacer se apellidaba Massonneau. 5ª en una familia de 6 hermanos, el medio social era el de una burguesía humilde de provincias; papá inválido de guerra y mamá azafata de congresos.

Denis, ese caballero, además de ser el marido de Rotweiller, -¡vaya otra vez! vale, pues lo dejo así, ya me habéis entendido- era su colega como periodista de  Paris Match, magazine en el que Valérie había entrado a trabajar después de obtener un DESS de ciencias políticas y, según las malas lenguas, una recomendación del otro François. El de verdad. Mitterrand.

Valérie, que es muy lista, siguió al partido socialista durante más de veinte años haciéndose muy amiga de los Hollande, cuando la pareja se presentaba como “François & Ségolène”.

El bueno de François, por su parte, ha engendrado una hija, en 1988, con Anne Hidalgo, primera adjunta del alcalde (o alcaldesa) de París, cuando en aquella época su pareja, la de François, era Ségolène Royal.

Pero… la Segolénè tampoco se estaba quieta y mantuvo al mismo tiempo un “affaire de cul” con quien acaba de hacerse cargo del puesto de Primer ministro de la República, Jean-Marc Ayrault.

Como habréis observado, la triangulación es uno de las aficiones más frecuentes en el piso de arriba del PS, Partido Socialista francés.

Y eso no sería más que un asunto de porteras (con uniforme) si no tuviera consecuencias para el contribuyente del vecino país. Pero las tiene.

Veamos.

1º. Anne Hidalgo presiona a Hollande para que se lleve de la alcaldía a M. o Mme. Delanoé a una cartera ministerial, y colocar su homenajeado trasero en su asiento.

A todo esto, Rotweiller como un fiera.

2º. Ségolène no quiere renunciar a su ansiado podio de la Assamblée National, y sus hijos (de ella y François) insisten a papá en que no puede darle de lado.

A todo esto, Rotweiller como un fiera.

3º. ¡Ah! Pero resulta que papá le ha prometido, más o menos, esa silla alta a François Beyrou (mis fuentes no aclaran nada respecto de un posible “affaire” entre los dos François)

A todo esto, Rotweiller como un fiera.

y 4º. Jean-Marc Ayrault ya es primer ministro; a pesar de que ha sido condenado por la justicia y de que muchos creyeron ver en él la silueta que tenía en el colimador Hollande, cuando declaró no querer a su lado a ningún reo de justicia. Si nos olvidamos, claro está, de DSK, por ejemplo.

No quiero seguir esta saga-braga con las aventuras de este último chaud lapin porque en ese caso, esto se haría interminable.

¡Ah! y, a todo esto, Rotweiller  buscando un párroco como si fuera un sabueso.

En fin mis queridos parroquianos, como habréis podido constatar no se aburren nada en este bendito país en el que continúo mon sejour.

Ya sabéis; aunque la cuota esté en los 500 puntos y Bankia se sujete con la punta de las uñas en el borde del sumidero…para asuntos del amor…

“Siempre nos quedará Paris…”

martes, 15 de mayo de 2012

Carta subliminal a una amiga





Mi querida e ingenua princesa de los normandos;

Tu amiga, y señora del que suscribe, sostiene que es urgente hacerte salir de la confusión y el desvarío, en materia de esa moderna superstición bautizada por sus autores con el estrafalario nombre de comunicación subliminal, confiando en que mi magra pero variada colección de saberes de diletante de guateque pueda contribuir a ello.

Vamos allá.

Vaya por delante la aclaración de que la existencia de una continua percepción de estímulos sensibles, no registrados en el pensamiento consciente, no ofrece la más mínima duda desde que, hace más de dos mil años, Aristóteles en su “Parva Naturalia” sugirió una curiosa intuición en la cual se apuntaba la posibilidad de que ciertos de esos estímulos tal vez afectaban a nuestros sueños.

Por lo tanto, ni se trata de negar que alguna influencia tienen sobre la tercera condición de los sueños, que según Freud es aquella en la que metabolizamos las sensaciones inconscientes que podrían suponer alguna  amenaza de ansiedad para nosotros, transformándolas en material inofensivo e incluso útil, ni que ese proceso pueda condicionar hipotéticamente de alguna manera nuestro subconsciente.

Ese proceso de nuestros sueños fue largamente estudiado por científicos solventes, como el Dr. Poetzle, que lo describió en una síntesis que se conoce como el efecto Poetzle. Algunos de sus seguidores, algo menos cuidadosos, llegaron a establecer cifras concretas, de escaso rigor científico, como las pretendidas 100.000 fijaciones oculares que afirmaban que realizaba el ojo humano durante una jornada de 24 horas.

Los neurólogos de la prestigiosa escuela del Gestalt, profundizaron en el conocimiento del funcionamiento de los neurotransmisores de la vista, en los años treinta, estableciendo constataciones científicamente comprobadas, como la que hace referencia a la fijación de una imagen en la retina y su relación con su proceso cerebral consecuente.

Según estos señores la primordial ley de la economía de energía que funciona de manera inexcusable en todos los procesos naturales, provoca que cada vez que la retina percibe un estímulo luminoso esa captación dure menos de una milésima de segundo; cerrando el objetivo acto seguido, porque ya no necesita más información.

Ante el enigma que representaba entonces la explicación de nuestra facultad de fijar una misma imagen durante un tiempo indefinido, descubrieron asombrados que esa necesidad del conocimiento la había satisfecho nuestro mecanismo cerebral mediante un “engaño” al nervio óptico. Consiste esa finta en el desencadenamiento de una vibración incesante de la retina, imperceptible para nosotros por su microscópico desplazamiento y su fulgurante velocidad.

De manera que cada imagen, infinitesimal en términos de duración, representa una imagen distinta de la anterior y de la siguiente. Una especie de serie de de fotos fijas. El nervio las traslada normalmente al cerebro, ya que para él son “diferentes”. Aunque “idénticas” para nosotros, a fin de producirnos la ilusión de ser una sola, e inmóvil.  

Hasta aquí, la ciencia. Ahora la superstición.

En el año 1957, un técnico publicitario llamado James Vicary, en situación profesionalmente delicada,  inventó un artefacto que llamó pomposamente algo así como taquistoscopio.

El avispado publicista sostenía muy serio que el tal invento conseguía nada menos que proyectar sobre una pantalla de cine imágenes manipuladas por él que, basándose en el truco seudocientífico de intercalar una imagen unitaria cada veinticuatro imágenes de rodaje, pasaba desapercibida para la visión consciente y penetraba subrepticiamente en nuestra mollera. O sea de contrabando.

Según declaró  el charlatán Vicary, había llevado a cabo un experimento práctico con su invento y, habiendo intercalado en una película mensajes del tenor “Si tiene Vd. sed beba una Coca-Cola”, habría cosechado de esta sencilla manera un éxito escandaloso de ventas, a la salida de la proyección.

Otra “prodigio” de la cultura de masas, un pretendido escritor llamado Vance Packard, no se sabe a ciencia cierta si en complicidad con el inventor o no, publicó un libro titulado “Las formas ocultas de la propaganda” a principios de los años sesenta que fue un éxito sensacional, y en el que supuestamente desvelaba el uso generalizado del truco de Vicary por parte de las grandes compañías industriales.

En aquellos años sesenta en los que empezaba a calar en la sociedad la gran corriente de desmoralización y masoquismo occidental de la que hoy estamos presenciando la resaca, el público era muy proclive a creerse cualquier teoría sobre un complot supuestamente promovido por la sociedad capitalista. Incluso el de una marca de patatas fritas. 

Pero claro, si bien estas cosas suelen ser flor de un día en cuanto a la consolidación de la superchería, el efecto sobre la seudo-cultura de la clase media es otro cantar. Y ahí tenemos todavía hoy flotando ese mito, al parecer insumergible, al igual que el de los Sabios de Sión y por idénticas razones. Es decir, gracias a la eterna necesidad humana de conceder más crédito a la explicación mágica y estrafalaria que a la científica.

Poco tiempo después de publicado el libelo de Packard, las diversas experiencias que se llevaron a cabo en los mismos términos expuestos por Vicary constituyeron una serie ininterrumpida de fracasos estrepitosos. Más tarde, el inventor trato de salvar su maltrecho prestigio y en el año 1962 no le quedó más remedio que confesar su fraudulenta conducta, al reconocer que había manipulado los “sensacionales” resultados de 1957.

La miserable explicación de su acto, debido al parecer a las dificultades por las que pasaba su empresa, no merece ni un comentario.

Las más recientes aplicaciones del fraude subliminal han sido aquellas que trataba de utilizarlo para mejorar los resultados en el aprendizaje de lenguas, o incluso los ejercicios de autosugestión derivados de él, para combatir la obesidad o el vicio de fumar.

Un tal doctor Trappery siguió investigando el asunto, hacia 1966, mediante una serie de experimentos cuyos resultados no fueron capaces de demostrar la más mínima influencia compulsiva en los sujetos sometidos a los mismos. Por último, en 2006 algunos científicos de un departamento de sicología social de la Universidad holandesa de Utrech sugirieron que, si bien las experiencias de Vicary eran un fraude confesado, cabía la posibilidad de que la hipótesis subliminal pudiera ser acertada.

Y es que los hay que no tienen remedio.

A fin de explicar como funciona la técnica elemental de la comuniación, podríamos afirmar que cualquiera que haya estado relacionado con el mundo de la comunicación, en cualquiera de sus variantes, sabe que todo mensaje emitido depende de seuis factores esenciales.

 A saber, el emisor, el receptor, el código, el canal, el texto, y el contexto.

El conocimiento profundo de todos esos factores determinará, pues, la facilidad o dificultad a la que se enfrenta cualquier estrategia de comunicación.

También podríamos establecer que la obtención del éxito en la comunicación es algo que se supone legítimo. Otra cuestión son los medios empleados para obtenerlo y el propósito del mensaje. Ambas cuestiones son de carácter moral, pero hoy estamos hablando únicamente de una de ellas; los medios.

En algunos casos, como fue el de la creación de un medio de venta sin precedentes, las grandes superficies, a principios de los sesenta se reveló la necesidad de establecer una estrategia mucho más compleja de lo habitual hasta entonces

La novedad esencial era el hecho revolucionario de que el comprador tenía acceso directo a los productos, sin la mediación tradicional del dependiente. Pero nadie tenía ni idea, entre los responsables de la idea, de cual sería el comportamiento de los futuros clientes ante ese hecho.

Para averiguarlo colocaron unas cámaras de grabación emboscadas entre los productos de los anaqueles, en las experiencias piloto, y registraron las variaciones en la dilatación de su pupila en el momento de acceder directamente a los productos por primera vez.

Los datos obtenidos a través de estas imágenes, grabadas sin que los clientes se hubiesen dado cuenta o las hubiesen autorizado, fueron analizados por los expertos, a fin de adelantarse a la serie de pautas de comportamiento probables por parte de los futuros clientes. 

Una dilatación súbita de la retina suponía una actitud infantilizante por parte del sujeto y, en consecuencia, una situación de vulnerabilidad de su voluntad.

Las medidas que se adoptaron a continuación iban indudablemente dirigidas hacia un control o condicionamiento de los comportamientos previsibles del público, en el sentido de inducirlos a la adquisición de bienes.

Toda forma concreta emitida ejerce una influencia concreta sobre determinados sectores concretos del público. Al igual que un color. O una palabra. O un olor. O un sabor. O un sonido.

O un silencio.

La provocación de evocaciones, sobradamente conocidas y catalogadas por los expertos como precursoras de estímulos del deseo, es uno de los recursos más empleados por los técnicos de la mercadotécnia.

El comunicador averigua cual es la idónea en cada caso, y cuando la descubre la utiliza. Es su profesión.

¿Podríamos calificar de subliminal esa práctica por parte de los comunicadores? Lo dudo. Quien emite un mensaje trata de influir en el receptor o, si prefieres, no puede evitar hacerlo y lo sabe antes de emitir. Cuando un escritor redacta su obra lo hace pensando en el efecto que producirá en sus lectores.

Y si es un buen profesional administrará de forma sabia sus recursos a fin de alcanzar un resultado más o menos previsible en aspectos tan variados e íntimos como las emociones, las opciones filosóficas o políticas, la intriga o tal vez la violencia.

Eso lo llevan a cabo diariamente todos los que se dedican a comunicar al público, y todos los que nos comunicamos privadamente, como lo estoy haciendo yo ahora mismo sin ir más lejos, y no la calificamos de subliminal.

Tal vez sea útil reflexionar sobre una especie de verdad de Perogrullo, “Todo aquel que dice que sabe que estamos manipulados no puede estarlo, por el simple hecho de saberlo”.

En caso contrario sería como un general que sabe que le están esperando en emboscada. Si continúa hasta meterse en ella es como si se emboscase a sí mismo. Que me temo que es lo que les gusta a los susodichos “manipulados”.

Hay miles de personajillos dedicados hoy en día a hacerle el nudo de la corbata al líder de turno, y han llegado a tal límite de estupidez que se han convencido de que ejercen una profesión de gran responsabilidad, y hasta escriben libros acerca del tema.

Particularmente y después de ganarme el cocido en ese mundo durante los últimos treinta años de mi vida, he llegado a la conclusión que todo esto de la comunicación que nos fascinó, en el peor sentido del término, desde las primeras lecturas en los lejanos sesenta de Roland Barthes & Co., es un fraude de proporciones siderales que ha alcanzado una hipertrófica posición de influencia en practicamente todos los ámbitos sociales.

Y seguramente tiene una mínima parte de auténtico interés; pero el noventa por ciento restante de la vaina es puro timo. Una trampa para gente insegura, llena de “listos” dispuestos a decirles lo que están deseando oír.

¡Si lo sabré yo!











lunes, 7 de mayo de 2012

les nouveaux sans-culottes

Os traigo hoy esa bonita foto de ahí arriba, porque en ella se encuentran dos o tres detalles dignos de ser comentados.

Para empezar, los rasgos fisonómicos de los presentes, entusiasmados partidarios de François Hollande que celebran en la plaza de la Bastilla el triunfo de quien era, según parece, su candidato a la presidencia del Estado Francés.

No sé a cuantas nacionalidades distinta de las francesa representan, desde su condición de votantes franceses. En cualquier caso y visto con la mirada de un no francés, parecen la representación genuina de la multiculturalidad.

Luego está la variada presencia textil. Al menos cuatro banderas ajenas, que yo sea capaz de identificar; egipcia, tunecina, marroquí y argelina. En otra foto desde otro ángulo se distinguían una croata, cerca de una irlandesa, y no muy lejos de una roja de todos lados, y la inevitable ecologista.

Según cuentan testigos presenciales en esa plaza de épicos y añejos hechos revolucionarios, los gritos de victoria más repetidos eran del tenor del: “¡Allah Ouh Akbar!” O la más “asimiliada”, “¡ C’est la victoire des Arabes!”, que no creo necesario transcribir al castellano.

Algunas observaciones en la red hablaban con indisimulada satisfacción meláncolica : “ C’est le retour de la France black-blanc-beurs de 1998”, (hace alusión al acrónimo B-B-B, negro-blanco-moro del penúltimo ocaso socialista del pasado siglo) evocando un salto atrás en el tiempo propio de los tristes e incorregibles devotos antiimperialistas del cretáceo ideológico.

Pero lo que más me ha llamado la atención de una escena, por lo demás presentida en los últimos tiempos, es el ángulo escogido por el fotógrafo (lapsus casual o elegido con una mala leche digna de mejores empeños).

Como cabecera de la imagen y justo en el ángulo más notorio, desde el punto de vista de la estructura formal de la misma, aparece una fecha. ¡1830!

En la historia contemporánea francesa y más concretamente en un siglo como el XIX, en el que se recorrieron en ese país todas las casillas disponibles del repertorio habido y por haber de los sistemas de gobierno, de la República al Imperio, pasando por Restauraciones tanto monárquicas como Imperiales para terminar en otra Repupblica, 1830 es la efemérides de dos acontecimientos poco oportunos para mencionarlos el día de la vuelta de la izquierda al poder en el solar vecino.

Uno, porque en Junio de ese año, con el bombardeo de Argel por parte del almirante Dupperé y el consiguiente desembarco y conquista de la ciudad por del general Bourmont, tiene lugar el desalojo de la potencia colonial otomana, y da comienzo la colonización francesa de ese país.

Y dos, porque, al mismo tiempo prácticamente (Julio de 1830) tiene lugar una de esas revoluciones liberales europeas, que tuvieron sus prolegómenos en el Cádiz de 1812, en las que se restaura la monarquía. Liberal pero monarquía.

Así que los alegres compadres de Sieur Hollande han elegido, seguramente debido a su analfabetismo endémico, los vagos ecos revolucionarios de la toma de una cárcel legendariamente tenebrosa en el imaginario de los sansculottes, en la que por todo trofeo liberador encontraron a un par de delincuentes famélicos y a un loco, y se retratan con ese aire farouche que adoptan siempre los revolucionarios de pacotilla, justo bajo la fecha de dos triunfos de sus teóricos adversarios.

Los colonizadores y los liberales.

Esta foto y su miserable anécdota no tendría cabida ni en este ni ningún otro rincón seguramente más culto y ameno, si no fuera porque, en mí modesta opinión, nos acerca un poco más, por si no tuviéramos suficientes pruebas, a un próximo período histórico, me temo que poco pródigo en lo intelectual y muy áspero en lo social. Esperemos que, al menos, sea breve.

Ojalá me equivoque.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Historia de una bomba.

No hace mucho me tropecé con la historia de un antiguo agente del KGB, Youri Alexandrovitch Bezmenov conocido hoy como Tomas David Shuman, desertor en su día y ciudadano canadiense en el presente.

Su caso no provocaba mayor interés para mí desde el punto de vista de su aventura, pero había un aspecto en el personaje que  me llamó la atención.

A finales de los años ochenta, tras la desaparición del imperio soviético, el bueno de Youry había tomado la decisión de explotar los activos depositados en la caja fuerte de su memoria. Hasta ahí tampoco había nada de original, respecto de similares iniciativas de otros fontaneros reconvertidos.

Pero donde el tema bifurcaba del camino banal para adentrarse en una vía interesante era en el terreno escogido por el ex–espía para exponer sus experiencias.

No había en esa opción nada que la relacionase con una secuela de alguna película de James Bond. No. Más bien tendía a acercarse, salvando las distancias, a los criterios del primer analista geopolítico de la historia, que fue Herodoto, pero con la imagen de los patéticos y verosímiles funcionarios del MI 6 de los relatos de Graham Green.

Empezó por hacerse contratar por universidades y otros organismos académicos para desarrollar unos seminarios sobre su experiencia profesional. Con una notable seriedad y rigor analítico, expuso en profundidad la situación geopolítica mundial de los años cincuenta; los posicionamientos respectivos de las principales potencias; los objetivos planteados por sus superiores en el inicio de la guerra fría; y por último las diferentes estrategias diseñadas por el estado mayor de su agencia para la consecución de dichos objetivos.

Cuando empezó su descripción de la estrategia general planteada al principio de los años sesenta, arrancó con un dato que dejó boquiabierto al auditorio y a mí mismo, cuando escuché la grabación del seminario.

La sorpresa saltó cuando comencé a oír hablar a este experto del otro juego; del “Gran Juego” y, nada más sonar la campana del primer round, me dejó KO con este increíble dato :

 “Las tácticas de desmoralización, subversión y desestabilización de las sociedades civiles occidentales, eje fundamental de la estrategia general para la voladura del sistema capitalista, estaban basadas en  las teorías del gran estratega clásico chino Tsun Tzu, que nos alecciona de cómo vencer al enemigo sin disparar un tiro, y se plantearon para un horizonte temporal en torno a los 15 o 20 años”

¿¿¿¿Un plan a 20 años vista, en el siglo XX????

Naturalmente, al enumerar los escenarios potenciales de las diversas acciones y su extensión geográfica, la primera cuestión que aparecía era la enorme complejidad con la que se enfrentaba la coordinación de todo aquel tablero en el que estaba planteado el gran juego.

Y en esa cuestión es dónde encontraban encaje los prolongados plazos previstos para su desarrollo. “Esos plazos son los necesarios para adoctrinar a toda la generación designada como vector central del plan”.

Los objetivos tácticos a alcanzar se inscribían en el entorno de la infiltración y propaganda en todos los círculos de la vida social de occidente. Centros de decisión político-económicos; sindicatos; centros religiosos; ejército; universidades e institutos; medios de comunicación; gabinetes de líderes de opinión etc.

El amigo Youry, desempeñó labores distintas a lo largo de sus casi veinte años de servicio en el exterior; tomó parte en el establecimiento de las redes, estaciones de enlace y centros regionales de coordinación, y ahora exponía, con una lógica sin fisuras, la calma y la meticulosidad que requería la tarea de establecimiento y ensamblaje de todas las piezas de aquella compleja estructura.

De vez en cuando ilustraba la descripción de aquella labor con el relato de alguna operación en concreto y es de destacar la apariencia que denotaba la figura del agente descrito, más bien propia de un profesional de las relaciones públicas o de un burócrata, que de la mítica imagen  que solemos tener del mismo.

Hay que consignar aquí que, en un larguísimo colofón, la conferencia acabó transformando al agente Youry en una especie de “padre” Youry, que colocó un indigesto vademecum de consejos morales pseudo-religiosos al sufrido auditorio, recomendádolos como medidas de defensa a adoptar, ante posibles agresiones futuras de naturaleza similar a la descrita.

(Como todos sabemos, los senderos de las vocaciones tardías son inescrutables).

Lo queda en el aire –no hay que olvidar que las conferencias están grabadas a final de los años ochenta– es el destino que tuvieron las estructuras expuestas en el relato, a partir del colapso de la Unión Soviética.

¿Qué ocurrió con las redes establecidas en los diversos países? Es cierto que sobre el destino de algunos de los cuadros de la agencia algo sabemos; léase el brillante itinerario del tovarisch Putin sin ir más lejos. Pero la cuestión es de mucho más calado.

Sobre todo ¿qué resultados prácticos obtuvieron durante los casi treinta años que estuvieron en plena actividad? ¿qué consecuencias han tenido, o pueden tener aún, los programas puestos en marcha en su momento, en el terreno del adoctrinamiento, la intoxicación y la identificación personal con los objetivos de la lucha?

No hay respuestas verificables para nada de esto.

Lo que sí sabemos es que, en el momento del desmoronamiento definitivo en 1991, la agencia se fragmentó en cuatro divisiones y, de igual modo que otros organismos fuertemente jerarquizados, como el propio ejercito rojo, se hundió temporalmente en la desorganización y el desconcierto.

Las redes quedaron en su mayoría a la intemperie y libradas a su propia iniciativa, al carecer de cobertura. Sería escasamente útil especular sobre lo ocurrido en cada caso.

Lo que es indudable es que la labor de subversión emprendida desde finales de los años cincuenta, y que sobrevivió hasta finales de los años ochenta, tuvo un protagonismo central, aunque con diferentes intensidades, en todos los acontecimientos políticos notables que tuvieron lugar en el mundo occidental de aquella época.

A mi juicio, no se trata tanto de valorar su intervención concreta, por ejemplo, en la revuelta juvenil de los sesenta que contribuyó decisivamente a los cambios socio-políticos operados por nuestras sociedades.

Porque si bien seguramente fue importante la intervención de algunos elementos concretos que ya hubieran experimentado la influencia de los programas a lo largo de su formación, estos siempre actuarían, seguramente, dentro de un conjunto más complejo y combinados con otros agentes socio-culturales.

Tambien es indudable la influencia que tuvo en los círculos intelectuales del momento, en los que los debates consistieron, tal vez más intensamente que otras épocas, en cruces e incluso colisiones de profundas  introspecciones filosóficas, con radicales posicionamientos políticos y apresuradas adscripciones a ideologías revolucionarias.

El marxismo desplegó todo su amplio abanico de disidencias, acompañado en esa danza por los múltiples interpretes de Trosky, que en occidente tenían su última frontera desde los tiempos de Stalin. Y la discusión sobre la represión alcanzó su éxtasis con asuntos como el realtivo a la siquiatría y a su reciente epìgono la anti-siquiatría. Asunto este último en el que los adictos a la URSS tendrían mucho que contar, seguramente.  

Pero en mí opinión, dónde me parece que su presencia activa fue más decisiva, ha sido en dos escenarios sociales de primer orden. En uno, el del trabajo, con las presiones socio-laborales de los años setenta y ochenta, y en el otro, el de la enseñanza, con su influencia decisiva en la revisión de los modelos de educación. Presencia que se produce, por otra parte, como resultado de su importante penetración en el seno de los sindicatos. 

En el primer caso, la presión ejercida sobre los estados, para ampliar los márgenes de la protección social más allá de la existente cobertura del desempleo y a la sanidad, fue poco a poco empujando a los diferente gobiernos a salirse del modelo del estado social, que procedía directamente de las estructuras de asistencia social inventada por Bismarck en el siglo anterior, e iniciar la marcha hacia otro modelo de estado socializado, de tinte claramente socialista.

Se le llamó “estado del bienestar”, y en él el ciudadano fue adoptando un papel cada vez más reivindicativo, consistente en la reclamación de unos supuestos derechos innatos al disfrute de los más variados bienes y servicios, como por ejemplo el derecho al trabajo o a la vivienda. 

Esto, en definitiva, constituía un cambio de paradigma: desde el del esfuerzo, al de la asistencia.

En el asunto de la implantación y desarrollo del estado de bienestar tenemos hoy las peores expectativas desde el punto de vista económico. Un estado, no solo hipertrofiado por su estructura sino, sobre todo, quebrado por la imposibilidad de financiar el número creciente e ilimitado de sus compromisos sociales, si ya sería inviable en un universo socialista como la historia se ha encargado de demostrar dramáticamente, enclavado en una sociedad capitalista es un puro suicidio.

Esto sin contar con que para muchos ciudadanos de los países periféricos, que no solo carecen de trabajo en ellos, sino que tampoco albergan la esperanza de hallarlo, ante la alternativa de elegir entre ser un parado sin subsidio en su país y serlo en el occidente de la asistencia social generalizada, la elección no ofrece duda. De hecho ya existe una corriente de emigración exclusiva hacia la seguridad social.

En el terreno de la enseñanza las consecuencias han seguido un itinerario más largo. Tan largo como el camino recorrido por la primera generación influida por el programa de subversión hasta llegar a los puestos de responsabilidad docente.

A partir de entonces y ocupando ya cargos decisivos en los sindicatos y organismos profesionales, la labor de adoctrinamiento y de influencia cultural empezó a realizarse en progresión exponencial y, como es lógico, las consecuencias en ese terreno resultaron infinitamente más graves, dadas las escasas posibilidades de reversibilidad del proceso.

Por otro lado, una sociedad que educa a sus futuros ciudadanos con una masa enseñante deficientemente preparada, desde el punto de vista estrictamente docente, y además cargada con una ideología caduca y lastrada por un rencor social de cerca de sesenta años de antigüedad, está empedrando su camino hacia un desastre que supondrá  un coste de varias  generaciones perdidas para la sociedad. En el mejor de los casos.

Aclaro que no estoy refiriéndome a nuestro país en particular sino a un llamado mundo occidental en el que, desde la eficaz siembra de dudas que puso en marcha la subversión de la que estamos hablando, el ciudadano está alcanzando unas cotas de pérdida de confianza y rechazo autodestructivo de su propia civilización, que no pronostican la aparición de ninguna alternativa tranquilizadora.

Y si además se empecina en exigir la puesta en marcha de un estado social utópico, teniendo en cuenta que toda utopía siempre prepara el terreno al totalitarismo, no hay mucho más que decir.

 Además, a estas consecuencias hay que añadir otros efectos secundarios, no previstos en el plan primitivo, que representan hoy la actualidad más cotidiana entre nosotros. 

El avance de las actitudes antisistema, más o menos encubiertas, que hoy pueblan las páginas de todo tipo, impresas o electrónicas, y los espacios cívicos ocupados por grupos más o menos indignados en muchos países, parecen síntomas del éxito creciente de aquella lejana iniciativa.

La instrumentalización de los espacios públicos, como arma de extorsión social a la democracia, fue perfeccionada por las SA nazis frente a la República de Weimar hasta el virtuosismo. Incluso es considerada por  muchos historiadores como el factor decisivo del triunfo electoral de la peste parda, en los comicios alemanes de septiembre de 1931, que señala el arranque de su irresistible ascensión.

La estrategia de desestabilización de la que vengo hablando, tiene una indudable responsabilidad en el revival de esa práctica a partir de los años sesenta, como medio de chantaje al estado por parte de los innumerables grupos antisistema surgidos a partir de aquellas fechas.

Grupo estos de los que derivarán posteriormente las actuales bandas autodenominadas pomposamente “tribus urbanas”.

De lo que se trata en realidad es de sectas de idólatras. De la cuerda de los ecologistas y otros adoradores del mito del “medio ambiente”, sembradores de mugre “bio” en las espacios salvajes. De los fundamentalistas de la salud ajena y las ligas anti-tabaco, entusiastas del botellón. De los detractores del sacrificio de animales pero, a su vez, partidarios de la eutanasia eugenésica. De los okupas enemigos de la propiedad; ajena, naturalmente. De los devotos predicadores del ateísmo. De los fustigadores de la familia que se pelean por el matrimonio gay… en fin, gente sin contradicciones, como se ve.

A todos los cuales, por cierto, no se les recuerdan manifestación reivindicativa alguna contra la conculcación de esos mismos “derechos” que reclaman violentamente, ni de otros más sangrantes y urgentes como la proscripción de los Derechos Humanos, en los estados totalitarios que los inspiraron y financiaron en su día.

Así mismo surgieron entonces los embriones de los nuevos nacionalismos, con sus fantasmagóricas pero sanguinarias guerras de liberación nacional (FLNA; ETA ; FLNC; FLNP), y toda clase de grupúsculos armados envasados en el gran paquete anti-imperialista (R.A.F. ; Brigate Rosse; Black Panthers). Inspirados todos ellos por el canon marxista-leninista, e iluminados por el espectro santificado de un psicópata global llamado Ernesto Gevara.

Por cierto, estos últimos trataron de vampirizar, y lo consiguieron a veces, a los (esos sí auténticamente indispensables) movimientos pro derechos humanos de los EEUU de la época.

Otros de los divertidos experimentos de esa era tan creativa los constituyeron los inventos geoestratégicos. Por ejemplo el que consistió en crear el hasta entonces inexistente “pueblo palestino”.

Diseñado desde la A a la Z  por el KGB y Nasser para servir de peón-víctima en el tablero socialista/laico del Oriente Medio de los ’60, en la actualidad ha cambiado de cliente y ahora se alquila (siempre como carne de cañón) a los organizadores de la embestida clerical/islamista de nuestros días, con la judeo-fobia como cordón umbilical.

Y, mientras tanto, esa eficiente criatura de los totalitarimos sigue practicando su fructífero racket a los estados europeos que con sus millones de euros contribuyen, sobre todo, a incrementar las fortunas personales de toda clase de corruptos sin escrúpulos, como lo fue en su día el terrorista Yashir Arafat.

Pero, pese a que todos o casi todos ellos nacieron en los tiempos de la subversión, estos son problemas de los que nos podremos ocupar en otra ocasión.

Hoy, las mencionadas sectas, avanzando por la senda dejada atrás por el retroceso de las democracias, presionan de manera incesante a los estados, extorsionándolos en las calles y empujándolos a intervenir en áreas cada vez más privadas como son las creencias, las costumbres y aficiones particulares, o la propia salud. 

Estas acciones de acoso tienden a quebrar cualquier territorio donde se manifieste la individualidad de los sujetos, tratando de someterlos a una masa manejable. No se si George Orwell se habrá inspirado en síntomas parecidos para describirnos ese estado paternalista y asfixiante del Big Brother, al que parecen propender con sumo entusiasmo tantos de nuestros conciudadanos hoy en día.

En términos generales podríamos estar ante una novísima versión, eso sí, mucho más insidiosa, del sempiterno “asalto al estado” totalitario. Una versión en cámara lenta de la Marcha sobre Roma, el Putch de la Cervecería o el Asalto al Palacio de Invierno.

¿Será “La Crisis” la prueba de la culminación inesperada de aquel lejano proceso subversivo?

Los sociólogos están hablando desde hace  tiempo de un cambio imparable en el sistema. La pregunta es : si se produce ese cambio en nuestro sistema democrático ¿hacia dónde podría orientarse la transformación? Me da mucho miedo especular sobre una respuesta a esa pregunta.

La conclusión a la que me lleva toda esta relación de malas noticias es algo arriesgada, en términos estrictamente intelectuales, y no la expresaré. 

Pero su versión literaria no me disgusta:

“Érase una vez una organización muy poderosa que depositó en el territorio de sus enemigos una bomba, que resultó ser el colmo de la sofisticación en materia de ingenios de demolición.

Pero no lo fue porque hubiesen sido capaces de inventar un prodigio técnico semejante. La explicación es aún más fantástica: un monstruo que se escapó al control de su Dr. Frankestein.

La bomba en cuestión fue diseñada para hacer explosión muchos años después de colocada. Pero algo salió mal y sus propietarios, vencidos y arruinados, la abandonaron armada en el lugar en el que la habían colocado.

Sin embargo, llegado el momento, y por alguna razón inexplicable, la bomba no explotó. Pero, a pesar de ello, su  contenido empezó a contaminar el espacio de manera no prevista. Su efecto, con el tiempo, se fue incrementando exponencialmente como si fuera una bola de nieve; y lo más asombroso del caso es que provocó en los destinatarios una inesperada situación crítica de tal magnitud, que acabó constituyendo la gran victoria póstuma de sus antiguos dueños, inventores y colocadores”.

Sujetos que, por cierto, observan el fenómeno asombrados, mientras van convirtiéndose aceleradamente en unos expertos imitadores de sus antiguos adversarios.

Aunque, la verdad sea dicha, un poco horteras.

¡…los pobres!