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lunes, 28 de enero de 2013

Con mucho margen.

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Hace unos días me desperté con una palabra grabada en la mente. Una palabra banal, en torno a la que no se me hubiese ocurrido perder un segundo, en circunstancias normales. Pero fue precisamente su carácter banal el que provocó mi extrañeza, dada su obstinada presencia, similar a la de una bola de chicle en la suela del zapato.

La dichosa palabra era : margen.

¿A qué margen en concreto hacía referencia? De pronto empecé a darme cuenta de que ese término, seguramente como muchos otros, tiene una estructura significante poliédrica, no solo en cuanto a su polisemia, sino al complejo conjunto de usos lingüísticos en los que participa.

 De entrada, lo primero que me vino a la mente eran los márgenes de una pagina escrita. Esos espacios blancos a los que como diseñador siempre les di un gran valor visual, en la medida de que bien utilizados salvan a menudo una árida página de texto desnudo, y a los que, también con frecuencia, el editor o cliente suelen referirse con un pequeño reproche irónico : “Cómo se nota que no pagas tú el papel…!”

Los márgenes de un escrito, premeditados o espontáneos, y ya sea lo escrito impreso o caligráfico, contienen un fuerte valor expresivo que influyen en la lectura del texto, con sutiles  sugerencias no por inconscientes menos reales.

Pero esa especie de marco en torno de una superficie o espacio acotado está presente en multitud de otras áreas.

Por ejemplo, también son márgenes los bordes de un campo de fútbol. Espacio marginal que constituye un ecosistema, en el que diversas bandas de depredadores ejercen su función.

Así, ahí tiende su emboscada permanente esa mezcla de cazador y taxidermista de emociones visuales que es el reportero gráfico de la sección de deportes. Siempre oteando la cuatro esquinas del terreno de juego, al acecho de la contorsión atlética a la que transformará en  grupo escultórico, congelándola en una instantánea

Por el contrario, otra especie de oteadores se pasa el encuentro sin mirar ni siquiera de reojo al campo. Son los servicios de orden. Los del club y los de las fuerzas de policía. Mirando hacia la grada, ocupan ese margen neutro como una fuerza de interposición entre los aguerridos atletas y los energúmenos que integran las harkas de seguidores, cuyo número creciente está convirtiendo en marginales a los espectadores normales. 

Los agentes actúan de testigos, no sé si asombrados o hastiados, de una serie ininterrumpida de aullidos, aspavientos y actitudes matasietes, más dignos de ser expuestos en la vitrina de una clínica psiquiátrica, que de llenar un estadio. 

Por último, ese mismo margen, dividido en dos mitades, sirve de corredor de observación al otro servicio de orden, el del orden reglamentario del futbol. Se trata de los sufridos árbitros auxiliares, o linieres, a los que en algunas categorías inferiores podrían en toda justicia condecorar con la medalla individual al mérito deportivo, con distintivo rojo, como corresponde a los riesgos asumidos por su integridad física, en aras de su inquebrantable afición.

La esencia del concepto del margen es su condición fronteriza. Esta se manifiesta de una manera mucho más oblicua o, como se dice ahora, transversal, cuando cargando con las notas a pie de página de un libro, aparece como algo neutral, como un observatorio descomprometido, como un supuesto espacio objetivo.

A esas notas a pie de página, precisamente el margen, les confiere su condición esencial: la de no ser responsabilidad del autor del texto, más allá del hecho de haberlas elegido.

Sin embargo, cuando el adjetivo marginal se exhibe con la desenvoltura de quien luce un traje de Paul Smith o un bolso de Louis Vuitton, para el protagonista de ambas actitudes, tanto su discurso supuestamente sulfuroso contra el mundo establecido, o stablishment, como sus actitudes pretendidamente transgresoras, mantienen una relación tan estrecha con el objeto rechazado, que forman con él un todo armónico e indisoluble.

Con otra enorme ventaja que suele tener esa actitud, además, y que consiste en poseer el billete de vuelta, que va implícito en el de ida, para ser utilizado una vez la excursión por el margen haya agotado su espectacular encanto, o se hayan alcanzado debidamente los propósitos sublimadores de la aventura.

Otra variante es la de los que creen haber encontrado en el margen el solar de esa utopía manoseada hasta el delirio en sus sueños de holgazanes aburridos. El lugar donde se materializa la experiencia libertaria subvencionada.

Realmente hay poco margen para ser verdaderamente marginal.

Probablemente podríamos afirmar que la única posición realmente próxima a ese concepto de marginal, sería la del escéptico o la del indiferente. Aunque, bien mirado, su condición cínica también represente en sí misma una opción, y por tanto un compromiso moral. O mejor dicho, inmoral, que es la opción no ambigua del malo.

Otro fenómeno, este más grave, consiste en que todos estos sujetos que obtienen su certificado de marginales  de la señorita Pepis en las tribunas públicas del progresismo y otros foros no menos indignados, mantienen una relación parasitaria con otros seres a los que denominan marginados.

A pesar de la evidente proximidad ortográfica de ambos términos, su relación no es ni remotamente de carácter semiótico. Para empezar, la mayor parte de las veces, los marginados ignoran que lo son hasta que el pulgón marginal se adhiere a su existencia, y se lo aclara con la consiguiente palmadita paternalista en la espalda.

La otra gran diferencia entre ambos términos es que, así como lo marginal es una actitud con fecha de caducidad, lo marginado es una condición casi ontológica, que hace de estos seres un activo político heredable, y cuya evolución hacia la superación de su marginalidad está descartada ya que dejaría sin su nutriente principal a la colonia de pulgones parásitos.

Pero…¿cómo son posibles prodigios como los descritos?

Pues porque, en definitiva, el espacio marginal es la quintaesencia del espacio virtual, irreal o inexistente más allá de nuestra imaginación. Es, asimismo, una especie de área o recinto abstracto del espacio real, sin cuya materialidad no podría existir.

Ese lugar denominado espacio real se llama así porque tiene límites. Y los tiene incluso si a estos hay que medirlos mediante el número infinito, ya que este no deja de ser un término manejable matemáticamente.

El margen o espacio marginal es aquel que se encuentra inmediatamente después de esos límites y vinculado irremediablemente a ellos. Podríamos decir que todo espacio real está envuelto por un espacio virtual al que llamamos margen.

Y es aquí donde empiezan los malentendidos. Los diferentes espacios reales, concretos, están separados entre sí por márgenes compartidos. En consecuencia, esta especie de pasillos, estando situados entre espacios reales contiguos, pero no perteneciendo a ninguno de ellos en concreto, constituyen los lugares más adecuados para servir de sede al relativismo.

En ellos mora el margen de duda. El margen de tolerancia. El margen de error. Ahí es donde cohabita lo que es con lo que no es. En el margen es donde se verifica esa mostrenca afirmación pseudo-fatalista del “Nunca pasa nada”.

Probablemente el margen, esa parte borrosa de los límites donde nunca llueve pero siempre está mojado, es la más apasionante de la realidad. Porque ahí es donde pueden patinar nuestras certezas; aunque no se caigan, porque para caer hace falta un espacio real, no virtual. Es el espacio perfecto para la práctica de la acrobacia intelectual sin red. Sin riesgo.

Para la especulación.

¿Tendrá esto último algo que ver con el margen de beneficio, o será demasiado traído por los pelos?

Lo digo porque el margen de beneficio es evidentemente  relativo. Es el espacio virtual existente entre dos espacios bien reales y cuantificables; el de la oferta y el de la demanda. Ese margen, que rodea a ese otro espacio real que es el coste, se añade y se integra en él para constituir el precio.

Que una vez establecido, por otro lado, probablemente es uno de los raros espacios reales que carecen de márgenes. Lo cual explicaría porqué, a veces, los precios se vuelven volátiles.   

Pero voy dejar al margen esta singular metamorfosis ornitológica del precio, porque podría conducir a esta reflexión, ya de por sí bastante delirante, hacia territorios definitivamente inescrutables.  

La amplitud de un margen no siempre está clara. Unas veces hay un holgado margen de acción. En otras ese margen es estrecho. O también se puede dar el caso en el que pueda amparar la posibilidad de añadir una oportunidad inesperada a algo que parecía definitivo. Ocurre cuando se descubre que aún hay, o cabe, un cierto margen de intervención.

Una reducción drástica de los márgenes podría conducir a la asfixia, que es lo que me sugieren los botones de las americanas raquíticas que actualmente lucen los nuevos cachorros de ejecutivo, anillados y con cresta, del horizonte contiguo.

Mediante el uso transitivo del verbo marginar se puede decretar una condena al ostracismo de sujetos u objetos. Pero siempre me intrigó el hecho de que aquellas personas que fueron puestas al margen de un colectivo, por parte de quien tenía o se arrogaba autoridad suficiente para hacerlo, seguían estando presentes a pesar de su situación de postergación.

Era algo así como cuando un entrenador decide sentar en el banquillo a un componente del equipo. Y por si fuera poco, la historia nos ha demostrado que mientras estés al margen existes, y siempre cabe la posibilidad de que vuelvas.

Y es así como el margen en el que se margina al incómodo, demuestra la neutralidad natural de ese curioso espacio del que venimos hablando al cumplir su auténtica función : la de neutralizar.

Pero los márgenes, como todo lo inconcreto, producen temor. Su genuina indefinición inquieta, y esa es la razón por la que algunos tratan de trazar los márgenes, en un intento patético de enjaular el aire.

En fin, si has llegado hasta este punto de esta tabarra, es sin duda porque me has otorgado un generoso margen de confianza o bien porque dispones de un notable margen de paciencia.

En cualquier caso, gracias.

viernes, 18 de enero de 2013

Semana de moros y catalanes

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Bonita semana. No podemos quejarnos.

En el horizonte internacional, ese trastero caótico en que se ha convertido en los últimos veinticinco años el continente africano, sobre todo en su subcontinente norte, ha proporcionado de nuevo la noticia caliente de la semana, con los acontecimientos de ese estado cuasi inexistente llamado Malí.

Hace unos meses, en medio del conflicto “primaveral” de Libia, ya se advertían las desastrosas consecuencias que la ocurrencia francesa iba a acarrear, sobre todo en la zona sur de ese país, el Sahel, y en las borrosas fronteras de este, entre Argelia, Niger y Malí.

La retirada de los mercenarios con los que Gadhafi había reforzado su ejercito desde hacía años, de origen sahariano o tuareg, junto con el saqueo de sus arsenales ocultos en el desierto, hacía previsible la confluencia y potenciación de grupos armados de muy diversa procedencia, pero que, disponiendo de bases logísticas en un territorio cuya hostilidad natural pueden explotar tácticamente, coinciden en el propósito de crear un fantasmagórico estado jihadista, el “Sahelistan”, a imagen de los talibanes afganos.

La “liberación” de Libia fue una jugada petrolífera muy arriesgada del gobierno de Sarkozy, en la que no había contado con la intervención de un personaje decisivo como es el maquiavélico emir de Katar, Hamad Khalifa Al Tani.

La pretensión de este último de penetrar en la explotación del petróleo libio, cuyo práctico monopolio creía garantizado el gobierno francés tras negociar su apoyo militar al “gobierno rebelde”, trastocó todas las piezas de aquel confuso tablero.

Ciertos observadores occidentales consideran que, tras la audaz contribución militar del emir katarí en el conflicto, cambiando súbitamente su papel de mediador por el de beligerante con el envío de sus aviones Mirage para combatir  la fuerzas de Gadhafi, se escondía una estrategia de extensión de la influencia wahabita, de la que es uno de los principales promotores junto con Arabia Saudita, en el área y su consecuente desestabilización.

Ahora mismo, podríamos concluir que un carajal como el provocado por la torpe diplomacia del voluntarista Sarkozy en Libia, y sobre todo en el Sahel, podría proporcionarle a un político gris y de aspecto diletante, tan parecido en muchos aspectos a nuestro inolvidable Zapatero, como es François Hollande, la oportunidad de aparecer como un líder capaz de llevar a cabo una gesta pacificadora en la región, con la derrota de los narcoterroristas saharianos, la liberación del norte del país y la reconstrucción del estado malí.

A pesar de la opinión de muchos catastrofistas, el conflicto desatado en el Sahel de hoy en día no se parece demasiado, en sus condiciones estratégicas, tácticas y logísticas, al que se libra en Afghanistán. En opinión de los expertos, este duraría varios meses y se iniciaría primero con la derrota de la ofensiva jihadista en el sur, hasta conseguir finalmente su neutralización definitiva en su bases de partida en el Norte, aunque podría asimismo provocar algún desastre parcial.

Pero las fuerzas francesas, aun con un timorato apoyo de sus aliados en los aspectos no combatientes del conflicto, tienen una abrumadora ventaja en todos los aspectos, frente a unas bandas heterogéneas que adolecen de una escasa cohesión militar y que parecen haber empezado su empeño por un error monumental.

Este consistiría en haber planteado una ofensiva abierta sin la menor oportunidad, en lugar de emprender una acción de guerrillas que hubiese sido mucho más adecuada a la naturaleza de sus fuerzas, frente a un ejército perfectamente adaptado al terreno y con varios años de experiencia y endurecimiento en el conflicto afgano, como es el ejército francés,

Ese ejército ya es experto en operaciones africanas en medios desérticos o semi-desérticos, estando constituido por hombres y material perfectamente adaptados a esa clase de teatros. Además, posee bases militares y logísticas en África occidental ( Tchad, Burkina Faso, Costa de Marfil etc), y la metrópoli, a efectos de operaciones aéreas o reavituallamiento, se encuentra a una distancia razonable.

Además, cara a los aspectos mediáticos de este conflicto y teniendo en cuanta el carácter desértico del escenario, es previsible que se produzcan unos daños en la población civil muy escasos en comparación con otros conflictos recientes.

Y todo eso sin contar con la colaboración de los estados limítrofes que, con la excepción de Argelia, no poseen unas fuerza armadas preparadas para un conflicto internacional, pero que aborrecen en general lo que representan los narcoterroristas, impidiendo en consecuencia la creación de esos santuarios que suelen ser indispensables para este tipo de campaña.

Tampoco cuentan estas bandas de forajidos con una población afín entre la que camuflarse, como es el caso en Afghanistán, ya que los habitantes de las aldeas saharianas aborrecen frecuentemente del fundamentalismo islámico.

Si a ello añadimos la colaboración activa de Argelia, no solo con la cesión de su espacio aéreo al paso de la aviación francesa, sino con la participación de unas fuerzas armadas como las suyas, veteranas de veinte años de lucha contra los islamistas, y que actúa habitualmente sin muchas contemplaciones, la esperanza de victoria de los talibanes sharianos parece muy escasa.

Veremos.

Y mientras tanto aquí, el culebrón catalán sigue proporcionándonos su ración diaria de ocurrencias. Ahora resulta que el catalán no solo es una lengua homologable a los grandes idiomas universales, sino que entra de pleno derecho en la hasta ahora desconocida categoría de singularidad lingüística silente. Sí señor. Como suena. O mejor dicho, como no suena.

La película muda “Blancanieves” es la favorita en los V Premios Gaudí de la Academia del Cine Catalán, a la mejor película en lengua catalana. En fin, no es por joder, pero teniendo en cuenta que, según las crónicas catalanas, su lengua fue prohibida durante treinta y cinco años por el franquismo, esta manifestación insonora en ese idioma demuestra sin asomo de duda que ese relato histórico es una falacia.

A una lengua que es capaz de manifestarse en silencio, es metafísicamente imposible aplicarle cualquier decreto de prohibición.

Y es que, a fuerza de enredarse en su enmarañada crónica victimista mezclada con una pretenciosa arrogancia cultural, estos amantes de la sardana acaban siempre haciéndose un lío, y luego pasa lo que pasa… 

Pero, ojo, tal vez cabría pensar que el mencionado silogismo pudiera no resultar cierto, a pesar de todo. En esa nación ocurren cosas fantásticas como la que sigue.

Una autorizada fuente en materia de fenómenos singulares de la realidad catalana, como parece ser el Consejero de la Presidencia y portavoz (sonoro) del Govern, Francesc Homs, acaba de dejar sin aliento, nunca mejor dicho, a la comunidad científica internacional, al apuntar la posibilidad de que el gobierno centralista-colonialista de Madrid pudiera estar planeando declarar inconstitucional ese prodigio consistente en la aspiración de oxígeno de origen inequívocamente catalán, y su correspondiente exhalación transformado en dióxido de carbono, no menos genuinamente ampurdanés.

 A los conocidos sistemas de hematosis, o respiración, adaptados sus diversos hábitats por los seres vivos, ya sean animales o plantas, hay que agregar, a partir de ahora, uno descubierto por ese ilustre sujeto: consiste nada menos que en la respiración catalana. Fenómeno genuino e inconfundible que distingue, al parecer sin error posible, a los hombres y mujeres nacidos en esa nación.

Se trata sin duda, de otra impagable aportación a la ciencia y el saber universales, llevada a cabo en el seno de esa admirable cultura, y solo comparable en transcendencia al prodigioso invento de la patata, allá por los años treinta, inestimable aportación llevada a cabo por el ilustre científico Popov, miembro emérito de la Academia de la Ciencia Soviética.

Estas son las cosas por las que merece la pena vivir en estos tiempos.

Si no te mueres de risa, claro.



jueves, 10 de enero de 2013

2013. La venganza de Pitágoras.

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Cuando alguien retó a los entusiastas miembros de la secta pitagórica, poniendo ante sus narices la relación entre dos lados de un cuadrado y su diagonal o, lo que es lo mismo, una raíz cuadrada de dos y el primer número irracional, estos quedaron estupefactos.

A su excelso truco de ilusionistas matemáticos, basado en la perfección esencial de lo par y lo impar, le acababan de descorrer el velo de la racionalidad con el que mantenían embelesado a su público, y les habían arruinado el numerito, nunca mejor dicho.

En su cosmología, el Límite, severo vigilante que imponía la cordura a la universal propensión al caos, disciplinaba de forma inflexible tanto a la Unidad como a la Diversidad, mediante determinadas y precisas medidas numéricas de proporción. 

Los números, principio y fin de su cosmología, se organizaban en torno al símbolo de la Tetraktys. Una especie de triángulo constituído por La Unidad (1),origen del todo; la Díada (2) origen de lo dual, maculino/femenino, etc; la Tríada (3) lo triples niveles, celeste, terrestre, infernal, etc; el Cuarternario (4) los elementos tierra, aire, fuego y agua.

Todo ello era la Década (10); resultado de sumar 1+2+3+4 = 10= 1+0= 1, es decir el universo completo.

La progresión de los números se determinaba a partir del Uno o La Unidad, que no era un número cuantitativo sino una esencia superior definida. De ella surgía La Díada, es decir, Dos Unos que representaban lo indefinido.(Olvidaos de la Diada Catalana por un momento)

De ambos se derivaban los números Uno y Dos. Y de la unión de ese Uno definido o limitado, y del Dos indefinido o ilimitado, aparecían el resto de los números.

Dicho así no parece gran cosa, pero aquellos prestidigitadores construyeron a partir de esos aparentemente humildes materiales nada menos que el concepto de lo idéntico como la propiedad que poseen las cosas de ser ellas mismas, simbolizado por número Uno, o la idea de lo diferente, simbolizado por el Dos.

Ese conjunto de lo idéntico y lo diferente, al mismo tiempo, constituía la totalidad de lo verdadero.

El mundo era limitado/idéntico y el universo ilimitado/diferente. El mundo ocupaba el centro del universo y este le rodeaba. Relacionándose ambos en virtud de parámetros numéricos que determinaban la armonía del conjunto.

En definitiva, lo verdadero, todo lo que existía universalmente, eran números, cuya relación era racional para aquella animada banda de optimistas que observaban a sus congéneres con una escéptica mirada de suficiencia.

La aventura pitagórica está envuelta en su misticismo y su inmoderada tendencia al secretismo, ascetismo y vegetarianismo radical. Todo lo cual hace de esta secta una especie de precursores del esoterismo y tal vez, que me perdonen los aludidos, de la masonería. Su pasión por símbolos geométricos no puede ser más análoga, así como sus referencias a la ciencia matemática como religión.

Pero, como he dicho, la aparición de la irracionalidad, como cualidad de algunos números desconocida para nuestros héroes, fue descubierta para colmo en el propio territorio de la geometría, tan querido y frecuentado por los alumnos del gran sabio de Samos.

Y toda aquella fabulosa peripecia acabó con estos sumidos en una profunda perplejidad, de la que ya no levantarían cabeza.

Con historias apasionantes como esta, uno no puede por menos que establecer ciertas curiosas analogías (probables síntomas del desconcierto que le produce la época presente) y reflexionar sobre la deriva numérica que se ha producido en el rumbo de la historia reciente, cuya derrota nos lleva directamente al reino absolutista del Dios Dígito.

Sustituyamos al los sagrados Uno y Dos pitagóricos, por los Uno y Cero de los algoritmos binarios, y nos hallaremos en pleno territorio digital.

¿Significa esto una especie de retorno al universo pitagórico? La pregunta sería una estupidez retórica si la planteásemos en términos científicos.

Pero, lo que es indiscutible es que la pretensión de aquellos sofistas de encuadrar el universo en un espacio eminentemente numérico, por oposición a cosmologías coetáneas ajenas al mismo, tiene una relación directa con esta otra oposición establecida actualmente entre un sistema de razonamiento llamado analógico, con sus premisas y conclusiones, y otro denominado digital, de naturaleza eminentemente tecnológica.

Oposición que parece abocada irremediablemente a la derrota aplastante del primero a manos del segundo.

¿Habrá retornado Pitágoras, como lo han hecho otros brujos a lo largo de la historia? ¿Estaremos sufriendo las consecuencias de su matemático cabreo?

En cualquier caso echadle un vistazo al número 2013 de ahí arriba y a su versión inversa. Por lo menos esos números, vistos así, parecen bastante estimulantes. ¿O no?

Qué queréis que os diga, tal como están las cosas… algo es algo.

Por cierto, ¡feliz eros!

lunes, 17 de diciembre de 2012

El horror

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La única manera de evitar que un asesino lleve a cabo una acción tan malvada como esta, es meterle una bala en la cabeza.

¡Lástima que en Newtown no hubiera nadie para hacerlo!

Por favor, pónganse en cola los ciudadanos a los que una declaración como esta escandalice, hasta el extremo de sentirse obligados a detectar urgentemente en mí algún desequilibrio nervioso que les tranquilice.

No se molesten. Eso es exactamente lo que pienso. Esa es la fría, meditada y única conclusión a la que llega un tipo como yo, ante de la noticia de lo ocurrido ayer en esa escuela de un pequeño pueblo del estado de Connecticut.

Creo que la sensación de horror a la que uno se enfrenta cuando lee la noticia del asesinato a sangre fría de veinte criaturas y tres adultos, le provoca una conmoción tal que altera todo los registros de su conciencia y le obliga a mirar de frente el hecho, descartando cualquier subterfugio.

Esa sensación no es más intensa que la que me produjo en su día la masacre de setenta y siete estudiantes cometida por Breivik en Noruega. Ni la que un alemán llamado Tim Kretschmer llevó a cabo en Winnenden con dieciséis victimas; o la de los ocho asesinadas por Pekka Auvinen en la escuela de la localidad de Jokela en Finlandia, etc…

Así podría ir estableciendo un trágico mapamundi de la violencia, que desmintiera esa falacia que permanece oculta dentro del incurable antiamericanismo europeo, en la que se sitúa la sede central de la infamia criminal en los Estados Unidos.

Es el desarme moral de Occidente lo que está detrás de esta orgía de violencia autodestructiva. Las conclusiones apresuradas y simplificadoras a las que nos tienen habituados los medios de comunicación, urgen en escoger, en el repertorio previsto, las “causas” que dejan al verdadero culpable al margen.

Culpable convertido en “víctima”, él mismo, de unas circunstancias sociales injustas. Léase “lobo solitario surgido de la miseria de los barrios periféricos”; “miembro de un pueblo martirizado históricamente, como el palestino”; “ser desesperado cegado por la opresión”, etc.

Eso sí, cuando se trata de un “sujeto próximo a la ideología de extrema derecha”, entonces por fin la compasión se torna indignación. O, en el caso de que el suceso haya tenido lugar en África, la cosa se despacha rápidamente. Ya se sabe... son africanos.

Y, finalmente, si el hecho ha sucedido en los EEUU, entonces la causa son las armas.

Así de sencillo.

Tal vez se podría escribir una historia en la que un arma se escapa de su estuche, en busca del instrumento indispensable para  llevar a cabo su malvado designio : el asesino. Lo irá a encontrar entre los pacientes psiquiátricos que ignoran su patología y conviven con el resto de sus conciudadanos pacíficamente, hasta que el arma profética les desvela su auténtica condición y los obliga a poner en marcha sus violentas pulsiones.

Consecuencia: si no hubiera armas se acabarían los crímenes. Y, de paso, la locura. ¿Cómo no lo habrán detectado los especialistas? ¿Será que los siniestros mercaderes de armas han llevado a cabo una exitosa labor de lobbying entre la profesión psiquiátrica?

La psicoanalista de Tony Soprano hubiera podido obtener un sonado éxito profesional con su paciente, si simplemente le hubiese sustraído el revólver que ocultaba en el bolsillo de la americana. ¡Qué ocasión perdida!

Sin embargo los hechos son tozudos y algunos detalles deberían sacudir la modorra moral en la que chapoteamos, tras el re-descubrimiento del “relativismo moral”, heredero del nihilismo decimonónico.

Por ejemplo, no he leído ni oído nada respecto del hecho de que todas estas tragedias se han desarrollado, sin excepción, en ambientes en los que la única persona armada era el asesino. Por eso, en la mayor parte de las ocasiones, las matanzas tuvieron lugar en escuelas; pero también en clínicas; en colonias de vacaciones, etc. Es decir, en escenarios en los que la impunidad estaba garantizada por la ausencia de una posible respuesta contundente.

Esa cobardía del asesino cabalga, además, sobre la actual cultura de la erosión del concepto de responsabilidad individual; sobre la obsesión por la psicologización de cualquier conducta; sobre la desacralización de la vida humana; sobre la anulación de las fronteras entre el bien y el mal; sobre un rechazo ciego de la identificación precisa del mal, al objeto de combatirlo frontalmente, y sobre rechazo del derecho individual a la propia defensa, que entrega la suerte de la víctima a una especie de ruleta del destino.

 La reivindicación, surgida en la década de los setenta, del “perdedor”(The Loser) como víctima de un orden esencialmente injusto, frente a la figura tradicional del héroe como personificación del bien, representó un cambio mucho más profundo que su mera formulación estética.

Constituyó el triunfo de la filosofía del victimismo, en la que el propio hecho de que la figura del “perdedor” coincidiera con la personalidad del malvado estereotipado, era pasado por alto así como la alegoría moral que contenían la historias con final feliz. Se hacía  prevalecer así el “prestigio” de esa supuesta víctima, como heroico representante de la sacrosanta transgresión revolucionaria anti-sistema.

Ahí es donde comenzó la irresistible ascensión de las nuevas categorías que se han entronizando paulatinamente en nuestra cultura de masas. Ahí es donde “lo oscuro”, “lo feo”, “lo sucio”, o “ lo siniestro” se instalaron como paradigmas de “lo complejo”, o sea, “lo interesante”. Con traca final en esa abominación estética que representó la "Punk-Kultur".

Frente a ello, la supuesta simplicidad bobalicona de la belleza, la bondad o la moralidad, identificadas de esta forma tan sencilla con el conservadurismo reaccionario y “la injusticia” inherente a los principios sobre los que reposaba hasta ese momento nuestra civilización.

Los protagonistas de la nuevas historias de la cultura popular, dejaron de ser los representantes del orden de la reciente sociedad civil y democrática, para ser sustituidos por personajes de moral ambigua, cuando no explícitamente delictiva, cuyas mentes “complejamente” desordenadas servían para sublimar con eficacia los rencores inconscientes y los resentimientos ocultos en las “masas silenciosas”.  

Cuando leo las estúpidas simplificaciones con las que algunos cronistas ignorantes y mentalmente perezosos tratan de explicarnos lo que pasa, identificando en una torpe analogía  la realidad de la población armada actual de los Estados Unidos con el legendario Far West, no puedo por menos que recordar las historias de mí niñez, cuando en aquellos míticos escenarios descritos por John Ford la responsabilidad individual era el único recurso al alcance de sus personajes.

Cuando ningún pseudo-análisis  psicológico amparaba a los malvados. Cuando la vida humana era sagrada porque consistía en la única pertenencia real de los individuos. Cuando la distinción entre el bien y el mal era nítida y el mal era erradicado sin contemplaciones. Cuando los que acababan dónde les correspondía justamente, bajo tres pies de tierra, eran los  “bad-men” y no veinte niños indefensos.

Eran tiempos en los que a nadie se le ocurría plantear una revisión de la famosa Segunda Enmienda de la Constitución americana, cuyo origen republicano ya he narrado en otra ocasión y en cuya filosofía basó un industrial de las armas de fuego un popular apotegma publicitario: “Los hombres nacen distintos. Samuel Colt los hace iguales”.

No hay que extrañarse, pues, de que hoy en día, siniestros sujetos inmaduros educados en ese contexto sin referencias morales solidas, en el que cualquier cosa puede y “debe” ser contestada desde la ignorancia y la falta de un mínimo rigor intelectual, lleven a cabo disparates como el que comento, con una desenvoltura y unas consecuencias tan trágicas.

Siempre cabe la esperanza de que todo esto no sea más que el precio que la humanidad tiene que pagar, en el proceso de cambio de una época agotada, hacia algo de lo que no tenemos ni idea de cual puede ser su futura fisonomía.

Y que a mí, si soy verdaderamente sincero, me da mucho miedo.

viernes, 14 de diciembre de 2012

La Doxa.

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Me han remitido una conferencia leída por mí amigo el historiador Georges Bensoussan, al que he mencionado aquí en otras ocasiones, en un acto del CRIF, Consejo Representativo de las Instituciones Judías de Francia.

En su ponencia, este historiador hace un repaso de la actitud de una mayoría de la intelectualidad francesa actual, con respecto al conflicto palestino-israelí, y constata el conformismo general existente frente a un discurso masificado en materia de cultura, en el que los sucesivos sectores intelectuales ha ido estableciendo a lo largo del tiempo ciertas reglas que ya se han convertido en “evidencias”.

En base a ellas se clasifican los liderazgos y las exclusiones. Es el pensamiento único. Aquel en el que no se oponen argumentos contra argumentos, sino en el que se invita al sujeto a explorar “aquello que piensa en nosotros silenciosamente”, según la fórmula de Michel Foucault. El pensamiento general. La Doxa de los clásicos.

¡Ay de aquél que no se avenga a ella!

Le remití a mí respetado amigo Luis E. el texto y me respondió planteando algunas cuestiones al respecto. Con su permiso le contestó desde aquí a algunas de ellas, porque considero interesante debatir estas cuestiones más allá del diálogo personal.

¿Qué es “judío”? ¿Una religión?¿Un pueblo?¿Una raza?(¡Dios no lo quiera!)

Efectivamente la cuestión del significado del término "judío", ya sea como sustantivo o adjetivo, suele plantear un problema a muchas personas.

Yo solo puedo hablar por mí y creo que, si tuviera esa inquietud, le pediría una definición a cualquiera de aquellos que llevan dos mil años persiguiéndolos. Él debe saberlo… siempre en la hipótesis, claro está, de que hubiese reflexionado alguna vez sobre las "razones" de su persecución, cosa que está por demostrar.

No me he preguntado jamás por la identidad de los judíos porque siempre he desconfiado de todo lo referente a las identidades, en general. Tal vez el haberme dedicado a diseñarlas durante años, en su vertiente corporativa, tenga algo que ver en esa desconfianza.

Mi actual simpatía por los judíos es relativamente reciente. Procede de los años ochenta, en los que una mirada atenta sobre un hecho histórico que no había ocupado, hasta aquel momento, más espacio en mí mente del que cualquier otro, la Shoah, dio lugar a una especie de revisión inesperada de ciertas categorías morales, cuyos valores habían permanecido invariables en mí conciencia a lo largo de mí vida.

Ese hecho conmocionó todo el andamiaje que soportaba hasta entonces esa conciencia. Creo que puedo decir sin temor a parecer ridículamente transcendente que, con el tiempo y la profundización en los diversos aspectos comprometidos en ese hecho histórico, mi ya maltrecho espíritu político, tras la desastrosa experiencia soixanthuitard, me llevó al replanteamiento radical de mis postulados.  

¿Un estado judío?

La aspiración a un estado propio, la lucha consecuente para lograrlo, y su proclamación final, tienen sus raíces legítimas implantadas en ese territorio desértico, aparte de las ancestrales,  en pleno período turco y por emigrantes judíos que llegaron al mismo tiempo que otros emigrantes, procedentes estos de las futuras “arabias, sirias, irakes, y jordanias”.

Estas eran simples regiones del Imperio Otomano hasta entonces, y solo llegaron a hacerse realidad como estados por la voluntad arbitraria de las potencias vencedoras de la Primera Guerra Mundial.

Que la supuesta legitimidad de esos estados “creados” sea comparada a la del único estado del mundo que se constituyó por acuerdo de todos los países reunidos en la ONU, podría considerarse una simple boutade, sino fuera por el cobarde cinismo que encierra.

Pero todo ese relato histórico no tiene demasiado valor argumental para mí. La razón suficiente para el establecimiento del Estado de Israel es la Shoah.

La culpabilidad moral que pesa sobre Occidente respecto de esa catástrofe es de una evidencia tal, que basta con comprobar, como señala Bensoussan, los esfuerzos incesantes desplegados para encontrar motivos de inculpación de los israelíes en no importa qué actos condenables, esfuerzos que denotan una especie de conducta patológica.

Un ejemplo de esa peculiar forma de sublimación, por transferencia de la propia culpa hacia la víctima, la hemos padecido y la padecemos aún los españoles desde hace años, en la esquina oriental del Cantábrico.

De todo el catálogo de pecados atribuidos históricamente a los judíos, ninguno ha sido considerado más imperdonable que el de tomar la decisión, tras la catástrofe de la Shoah, de abandonar definitivamente el rol de víctima que la historia les había otorgado.

Asi mismo resulta insoportable la presencia permanente de un estado que nos recuerda nuestra responsabilidad, y al que, a pesar de sus repetidos esfuerzos, los amigos musulmanes no han conseguido aun echar al mar.

Claro, el problema que plantea esa nueva realidad, con el declinar de los eternos recursos acusatorios de misterio, de conspiración, o de poder mundial, etc, frente a una presencia a la luz del día avalada por la voluntad, el esfuerzo, la eficacia y la construcción de una sociedad basada en los principios más elementales de la civilización, es difícilmente digerible por sectores mayoritarios de la sociedad occidental, carcomidos por la mencionada culpabilidad histórica inasumida. 

La prueba fehaciente de ello es la delirante actitud de esos sectores, al poner en platillos morales simétricos a una teocracia que hace del asesinato de inocentes una de sus sendas de ascensión al Paraíso, con un estado en el que, por ejemplo, un juez del Tribunal Supremo, de religión musulmana, metió en la cárcel a un ex-presidente del Estado Israelí, una vez probada su culpabilidad.

¿Podríamos imaginar a un juez de confesión judía condenando a la cárcel por corrupción, en Cisjordania, a la viuda de Arafat, por ejemplo?

Un estado en el que los ciudadanos disconformes con la acción de su gobierno se manifiestan airadamente en las calles y en los medios de comunicación, mientras que los cadáveres de sus homólogos de la franja de Gaza son arrastrados por una motocicleta por las calles de la ciudad, entre el alborozo de los paseantes, no deja demasiados argumentos a cualquier persona de buena voluntad.

Lo demás, para un heterodoxo como yo, es mera retórica. 

La Doxa de la que habla el historiador.

viernes, 7 de diciembre de 2012

Mis primos.

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No pertenecen a mi familia carnal. Ni son García, ni son Artime. Son Cortés; son Salazar; son Maya; son Giménez; son Gabarri; son Montoya; son Heredia. Y muchos de ellos no son más que Emilito; Quillito; Pepe; Antonio… etc.

Y ahora mismo, en mí reencuentro, son sobre todo Miguel Palacios y sus chicos.

Son mis primos gitanos.

Los encontré cuando comenzaba a encontrarme a mí mismo. Cuando intentaba dar mis primeros pasos de adulto y para ello necesitaba llenar mi mochila con cosas propias, una vez que aquellas que se me habían proporcionado hasta entonces se estaban volviendo insuficientes, dudosas o demasiado manoseadas.

Y así, al lado de Frederic Chopin, Anton Dvorak, y Ludwig v Beethoven, coloqué sin el menor esfuerzo a Charly Parker, a John Coltrane y a Miles Davis; a Carl Perkins, Elvis Presley y Eddy Cochran; a Yves Montand, Lèo Ferré y Georges Brassens; a Domenico Modugno, Marino Marini y Tony Dallara.

Y, al lado de todos ellos ocuparon un lugar destacado Manuel Soto “El Sordera”, “Fosforito”, “Chaquetón”, José Menese, Enrique Morente, María Vargas, tía Anica “La Periñaca”” y Dolores Vargas “La Terremoto”.

Porque, en pequeñas capitales provincianas como Oviedo, cosas como la naciente afición al cante tenían la ventaja de la proximidad con los protagonistas. Y así conocí a un vendedor ambulante de telas, gitano de origen catalán, de nombre Antonio Cortés, que si bien no era un virtuoso de la guitarra poseía los conocimientos y el arte necesarios para iniciarnos, a mí, y a una buena parte de la joven burguesía local en los principios del compás.

Más tarde un sobrino de D. Antonio, Pepín Salazar, llegó a acompañar como primera guitarra a Pilar López y su gran ballet español, en sus giras internacionales. En esa época también conocí a Emilito, enorme guitarrista de Antonio Gades, y enorme persona llena de simpatía e ingenio.

En el principio de los setenta conocí al boxeador Antonio Jiménez “Gitano Jiménez” . Doble Campeón de España en los pesos ligero junior y pluma, y Campeón de Europa de los pluma. Antonio invitó a su boda algunos amigos entre los que me cupo el honor de figurar . Y una boda gitana no es cualquier cosa.

Otro Giménez, Pepe, malvivía de la caridad en Oviedo y compensaba con un bastón y una tablilla la malformación de un pié que padecía, para llevar a cabo su afición al taconeo sin perder el compás en las fiestas a las que le invitaba aquella pequeña burguesía éclairée ovetense.

Después, mientras estudiaba en Madrid, la influencia de Peret y el “ventilador” nos proporcionó a mis amigos y a mí una cierta notoriedad como rumberos, con la que nos garantizamos la invitación a un sinfín de eventos con mantel y copa, en aquella aparentemente interminable fiesta que fueron los años sesenta.

Aquella creciente afición al cante constituyó la clave de la armonía y la naturalidad con la que siempre pude aproximarme a esas excelentes personas que son los gitanos. Así conocí en mis años malagueños a un inconmensurable artista de la danza como fue Mario Maya.

En los años ochenta descubrí el Estrecho y en él a otro personaje inolvidable. El “Quillito”. Pescador habilísimo, me permitió acompañarle en sus “pescatas”, aunque siempre se escurrió a la hora de enseñarme su arte. Ellos son así. Pero donde nos hicimos parientes fue en las fiestas en las que le encargaban de cantar y a las que me llevaba de guitarrista. Menos mal que él era lo suficientemente bueno que no se notase mucho mi deplorable técnica a la hora de acompañarle una farruca.

Pero la fiesta se ha ido acabando y uno se va quedando solo, y como ese era el vínculo que me había relacionado siempre con esa otra rama de mi familia, ya hacía tiempo que no la frecuentaba.

Pero, en una de esas piruetas a la que tan aficionado es el destino, de pronto, han vuelto a aparecer en mi horizonte. Y lo han hecho de una manera absolutamente inesperada para mí.

Miguel Palacios, un gitano cabal, pastor de la Iglesia Evangelista, iglesia que tiene entre los gitanos un gran predicamento, nunca mejor dicho, se vinculó a una iniciativa emprendida por algunos enseñantes del Liceo Francés de Madrid, y que tuvo por objeto una visita conjunta de alumnos de esa institución y jóvenes gitanos de la parroquia de Miguel, al campo de exterminio de Auschwitz.

Miguel hace años que se interesó por la historia del genocidio gitano llevado a cabo por la barbarie nazi. Ha estudiado este acontecimiento a fondo, acudiendo por ejemplo a cursos dictados por el Centro Yad-Vashem de Israel.

La historia de esa otra abominación es casi desconocida. Pero, pese a la diferencia cuantitativa que presenta frente a la Shoah, además de otros aspectos que pueden, así mismo, distinguir a ambas tragedias, no por eso deja de representar la voluntad de aniquilación de un pueblo por parte los verdugos pardos.

Este reencuentro que he tenido con mis primos ha estado lleno de nuevas emociones, al tener lugar en un contexto totalmente nuevo para mí. He asistido y participado modestamente al acto de clausura del viaje, en un ambiente de fuerte emoción.

La solidez moral de ese conjunto de muchachos gitanos que he podido constatar, tiene un significado totalmente distinto del que pude observar entre sus jóvenes compañeros de viaje payos. Y lo tiene especialmente para mí, porque resultaba evidente que mi vieja relación afectiva con ese pueblo me proporcionaba una proximidad que no podía ser experimentada de igual manera por el resto de asistentes.

Mi relación con los gitanos que he conocido a lo largo de mi vida, de diferente condición social o cultural, ha constituido uno de esos escasos privilegios que un ser humano tiene la ocasión de disfrutar.

Su sentido del respeto, del honor en su más legítima expresión, su buena educación y, sobre todo, su fiel afecto, si uno es capaz de hacerse merecedor de él, constituyen un capital a plazo de una vida entera. Son inextinguibles.

No conozco ningún otro colectivo en el que esas condiciones sean más generales, más homogéneas y más duraderas.

Por eso quiero tanto a mis primos.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Malas noticias, para variar.

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Son tres.

La primera nos informa de la decisión del gobierno español de votar en la ONU a favor del reconocimiento, por parte de esa organización, de la Autoridad Palestina como Estado no Miembro.

La segunda, es la exhumación del cadáver de Yasser Arafat para someterlo a un nuevo examen, por parte de una comisión “experta” , que determine si la muerte del dirigente palestino fue debida a un envenenamiento.

La tercera, da cuenta de la petición al gobierno de Hungría, por parte del líder del grupo parlamentario del partido de extrema derecha Jobbik, de una lista de los judíos que representan una “amenaza para la seguridad nacional”.

Respecto de la primera de estas pésimas noticias cabe decir que, de los dos bloques en los que Europa se ve dividida con relación a la demanda palestina, España ha escogido el peor. Como Francia, sin ir más lejos.

Es obvio que el resultado de la votación de la Asamblea General de la ONU va a ser favorable a la petición. La mayoría de los estados miembros de esa organización corresponde a aquellos en los que la democracia brilla por su ausencia. Pero, en la práctica, nada cambiará sobre el terreno. No existirá un Estado Palestino soberano hasta el momento en que Israel lo reconozca. Y ese reconocimiento solo puede llegar si se alcanza un acuerdo directo entre las dos partes.

Pero que un gobierno como el nuestro, que día tras otro nos recuerda su posición de rechazo riguroso frente a las pretensiones negociadoras de los terroristas de ETA y que no cesa en sus reproches a aquellos que han contribuido a la presencia de los representantes de esos terroristas en la instituciones, se avenga a colaborar en la consecución de un triunfo político, no por más simbólico menos peligroso, de los representantes de otros terroristas tan sanguinarios o más que los de la ETA, constituye una mezcla repugnante de cobardía, ceguera y de falta de lealtad a unos principios que, al parecer, aquí son de quita y pon.

Que un país como Francia lo haga, entra dentro de su tradicional y peligroso juego diplomático, en relación al mundo árabe. Esa actitud fue inaugurada por De Gaulle en 1947, con su complicidad en la fuga de Amin Al-Husseini, muftí de Jerusalem y amigo de Hitler, cuando se encontraba custodiado en Francia por acuerdo de los Aliados en espera de juicio. Esa perla ya había sido condenado a muerte en numerosos países como criminal de guerra, por las atrocidades llevadas a cabo por la 13 SSDivisión “Al-Handjar” creada bajo su patrocinio con bosnios musulmanes.

Ese siniestro personaje, que pertenecía al mismo clan que la madre de Arafat, fue en su día uno de los creadores de la actual galaxia terrorista palestina. Francia pues, siguiendo esa inercia suicida de mirar para otro lado, con consecuencias como la del actual ambiente socialmente explosivo en los barrios mayoritariamente musulmanes de las grandes ciudades, se enfrenta un futuro cada día más inquietante.

Por otra parte, el triunfo de este intento proporcionará a los palestinos la posibilidad, por ejemplo, de denunciar ante el Tribunal Penal Internacional al estado de Israel, cosa que no podía llevar a cabo siendo simplemente una organización terrorista, como hasta ahora. Pero esa plataforma no tendrá consecuencias penales, naturalmente, y la AP lo sabe perfectamente. Pero, claro, es que ella no persigue ese fin. Su objetivo es una vez más el de jugar sus cartas en el tablero en el que sabe que gana la partida mano a mano : el de la propaganda. El TPI es un púlpito más desde el que proclamar la culpa secular de los judíos.

Las declaraciones de nuestro ministro de Asuntos Exteriores pretextando una supuesta contribución a la paz en la zona, no pasarían de ser una simpleza intolerable, en alguien con su nivel de responsabilidades, si no fuera porque refuerzan la posición de una de las partes del conflicto.

Una parte que no ha desperdiciado, hasta la fecha, ni una ocasión de apoderarse repetidamente de las portadas de todos los medios de comunicación mediante la estrategia de acudir a las mesas de negociación durante meses, cuando tenían decidido de antemano romperlas en cuanto ya no quedasen más aplazamientos para la firma de esos acuerdos.

Que todo un ministro de Exteriores de un país como España ignore una estrategia tan grosera no es admisible. Israel hace años que propone sin éxito la única forma de solucionar el conflicto: negociaciones directas y sin intermediarios entre la llamada Autoridad Palestina y el Estado de Israel. Pero esa mesa de negociación ha sido, es y será rechazada, simplemente porque implicaría el desenmascaramiento de los verdaderos fines de los palestinos y de sus patrocinadores, como son la destrucción del Estado de Israel, y la expulsión de Occidente de la zona.

Este gobierno, como los anteriores, no sabe qué hacer frente a ese conflicto. Pero considera desaconsejable inclinarse por un estado, que es el único en la zona con el que compartimos los principios de nuestra civilización. O sea con nuestro único y auténtico aliado. Seguramente algún día tendremos que lamentarlo.

Respecto de la segunda noticia, esta no sería seguramente más que una anécdota, propia de una película de bajo presupuesto, sino fuera porque pone al descubierto algunos de los aspectos más abyectos del antisemitismo.

En un reciente artículo, el filósofo P.A.Taguieff reflexionaba sobre el origen y desarrollo de uno de los postulados de ese eterno antisemitismo, como es el de calificar al pueblo judío de “conspirador”. Aunque el pináculo del monumento a esa “cualidad judía” lo constituye sin duda el libelo “Los Protocolos de los Sabios de Sión”, la cosa viene de mucho más lejos en la historia.

Sayyid Qutb (1906/1966), miembro eminente de la secta de los Hermanos Musulmanes, comentaba la sura V del Corán en estos términos, “…desde los primeros días del Islam, el mundo musulmán debió afrontar los problemas derivados de los complots judíos […] Sus intrigas han continuado, y siguen urdiendo otros nuevos hasta el día de hoy.” Esas intrigas serían una tendencia permanente en el espíritu judío, al igual que su propensión a la mentira y sus inclinaciones criminales.

Existen al parecer para los musulmanes una tradición en los envenenamientos judíos, que se remontaría hasta el intento de asesinato por ese método del propio Profeta. Este hecho habría tenido lugar cuando, con motivo de la derrota de la tribu judía de los Banû Nadhîr en la batalla de Khaybar, en el 628, una viuda de esa tribu trató de vengarse, matando a Mahoma mediante el envenenamiento de un plato de cordero que este se disponía a comer. Según la leyenda, el propio cordero habría producido el prodigio de hablar, para prevenir a aquel santo varón del peligro que corría si le hincaba el diente.

A partir de esta y otras leyendas parecidas, según Al-Tabarí el más ilustre de los historiadores árabes, “Los que mueren envenenados son también mártires”. Y si la mencionada batalla de Khaybar representa en la cultura islámica el símbolo de la victoria musulmana sobre los judíos, el intento de envenenamiento del Profeta por la mujer judía ha legitimado la acusación del pueblo judío como complotadores y envenenadores para la eternidad.

Si juntamos estos datos con la sospecha difundida acerca de la muerte de Yasser Arafat a causa del polonio que le habrían inoculado agentes judíos, tendremos el cuadro de referencia en el que situar el previsible hallazgo de las pruebas irrefutables de un siniestro complot sionista, y la proclamación del archi-terrorista Arafat como mártir de la causa.

La tercera mala nueva del día es la que refiere que un sujeto llamado Marton Gyongyosi, líder del grupo parlamentario del partido de extrema derecha Jobbik, tercera fuerza política del país, pretende que el gobierno redacte la lista de aquellos judíos que puedan representar “un peligro para la seguridad del país”.

Esa lista incluiría a miembros del propio parlamento. Esta demanda se ha producido tras la afirmación por parte del ministro de Asuntos Extranjeros, Zsolt Nemeth, de que Budapest estaría a favor de una solución pacífica del conflicto israelo-palestino, que satisficiese a la vez a los israelíes de origen húngaro, los judíos húngaros y a los palestinos de Hungría.

A esta declaración le ha respondido el tal Gyongyosi que Nameth se había apresurado a aliarse con Israel,  según la agencia Hungary.hu. “ Yo sé cuantas personas de ascendencia húngara viven en Israel y cuantos israelíes viven en Hungría. Pienso, asimismo, que ese conflicto representa una buena ocasión para censar a las personas con antecedentes judíos que viven aquí, particularmente en el parlamento y en el gobierno húngaros, y que representan un riesgo para la seguridad nacional.”

Gusztav Zoltai, presidente de la Asociación de congregaciones judías de Hungría, le respondió declarando, “Yo soy un superviviente de la Shoah. Para la gente como yo, esto provoca muchos temores, incluso si sabemos que no persigue más que fines políticos. Pero es una vergüenza para Europa…una vergüenza para el mundo.”

Como era de esperar, posteriormente, el líder fascista se disculpó cobardemente, escondiéndose tras una supuesta mala interpretación de sus palabras. En las últimas elecciones húngaras, en 2010, el partido Jobbik obtuvo un 16,67% de los votos y 47 escaños en el parlamento.

Hay días que sería mejor no levantarse.