.

.

martes, 24 de julio de 2012

Mariscal de campo y playa

Bueno, para ser honesto, debo confesar ante todo mi irresistible fobia por un pintamonas indigno de ese nombre -que hace referencia a un honestísimo oficio- llamado Javier Mariscal.

A su deleznable condición de okupa en una profesión que, hasta su llegada a lomos del socialismo del jefe de los GAL, reunía a profesionales contrastados entre los que he tenido el honor de figurar, añade la de siembraboñigas y co-creador, junto a lumbreras del pelaje de Ceseepe o El Hortelano, de lo que algunos conocemos como la cultureta de “El Chafardero Indomable”(*).

Javier Mariscal representa, con una exactitud de reloj suizo, el paradigma de esa condición tan carpetovetónica como es el recurso a la improvisación cutre, ante cualquier problema nacional de los muchos que este país ha padecido históricamente.

El rechazo de la cultura burguesa (o cultura ilustrada), única cultura posible para superar el analfabetismo proletario en todo el mundo, con argumentos tan sutiles como el de calificarla de “franquista”, no es que produzca arcadas intelectuales, es algo mucho más grave y de consecuencias incalculables.

Cuando el Partido Socialista Obrero Español alcanzó el poder, tras años de presiones más o menos discutibles desde el punto de vista democrático, se encontró con que, al liquidar al viejo partido histórico en el exilio, se había quedado sin uno de los recursos esenciales de toda formación política, como es su soporte intelectual; o sea, un conjunto de personalidades prestigiosas del ámbito cultural que le proporcionan una especie de garantía moral.

Pero, ”a este país no lo va a conocer ni la madre que lo parió”, dijo con su refinado estilo ese prodigio intelectual que es Alfonso Guerra, cuyos  más reconocidos méritos culturales consistieron en el desempeño de la dirección del TEU de la Universidad de Sevilla, eso sí, escuchando a Gustav Malher que, escasamente conocido en su barrio sevillano, le proporcionó el aura sagrada de pontífice cultural entre el entusiasta grupo de analfabetos frotachepas del que siempre supo estar rodeado, hasta que la historia y los españoles lo elevaron al pináculo del poder.

Una vez más el voluntarismo, la confianza en la magia de las palabras, fue el mísero recurso que la corta inteligencia de aquel líder encontró. Lo que proponía como cambio, no consistía en una revisión a fondo de los funestos argumentos históricos de nuestro pobre país; se trataba simplemente ( ¡Tó p’al pueblo!) de un cambio de nombres en la nómina de corruptos y trincones que han constituido secularmente la consecuencia, sino la causa, de los males que nos afligen desde el paleolítico.

La improvisación, virtud aclamada con entusiasmo por nuestra sociedad como signo de identidad nacional, frente a la reflexión, el estudio, la dedicación y la curiosidad que han encaminado siempre el progreso de este mundo, puso en evidencia de nuevo su fatal vigencia.

Si hacían falta intelectuales para constituir la imagen de la “nueva España” (¡otra vez!), se buscaban bajo esa premisa fundacional del socialismo moderno, que se expresa con la instrucción del “como sea y donde sea, ¡pero ya!”, o sea por ejemplo, entre los dibujantes de míseros “fancines” de El Rastro madrileño. Rojos, claro. O sea Javier Mariscal y sus acólitos.

El prestigio de lo cutre; de lo basto; de lo maleducado; de lo feo; de lo mediocre, no era el resultado de una sofisticada búsqueda, al estilo del malditismo parisino post-romántico. Era el resultado del afán de ejercer el poder a costa de lo que sea, por parte de quienes carecían del más mínimo repertorio cultural. Sin criterios todo vale. Y cualquiera es doctor, como muy bien decía el tango. 

De esa forma, y con ingentes inversiones para el lanzamiento de los nuevos talentos con cargo a los presupuestos del estado, el emborronapapeles Javier Mariscal se montó en marcha en el tren de la cultura progre del que nadie se apea, y esto es lo malo de estas cosas, aunque el poder político cambie de mano. Y ahí sigue. De Almodovar, que es el trasunto de Mariscal en el cine y con el que este prepara “un proyecto”, ya he hablado demasiado para sus méritos.

La irresistible ascensión de esta clase de rufianes de la cultura no suele tener más límite que el que poseen su propia estupidez y cinismo. O sea ninguno. Y hoy el Doktor Mariskal imparte cursos en la ya definitivamente devaluada Universidad Internacional de Verano de Santander.

Observad el incomparable “estilo” de este consumado artista, en la pluma de la becaria de turno, en El Mundo.
 

“Es como si Franco no hubiera muerto” dijo el diseñador Javier Mariscal para referirse a la situación actual del arte en España. “Parece ser que desde la gestión de los Presupuestos Generales del Estado hay unas tendencias políticas a dejar la cultura (sic)” Es obvio que nuestro héroe desconoce las más elementales reglas de la sintaxis y, lo que es aun peor, el significado elemental de los conceptos que manipula.

"Estos señores no sé si son hijos o nietos de Franco, pero están en las mismas: cultura es igual a rojos, igual a gente que no está de acuerdo con nuestras ideas...", declaro. "Alucino por un tubo, cultura es algo tan, tan importante que si no lo tuviéramos, nos estaríamos matando unos a otros", prosiguió para explicar que es la salsa que ayuda a la gente a convivir (la becaria tampoco es manca, la criatura).

"Si en algo hay que recortar hay que hacerlo en otro tipo de cosas, pero en enseñanza, educación y cultura, no", indicó para señalar que es algo básico para sobrevivir y tener una sociedad cada vez más justa. Aun así, se consideró una persona muy optimista (!) y puso como ejemplo su propia experiencia en la que empezó de cero y pasó de trabajar en una fábrica en la que empleaban a niños, a desarrollar su labor en un estudio en el que se crean conceptos e ideas. "Hoy en día me niego a ver sobre todo los telediarios", confesó para explicar que no sigue la actualidad a través de los medios de comunicación. "Si me leo algo de algún periódico son las contraportadas, alguna 'columnita' y algo de deporte para animarme y decir 'Hemos ganado la Copa Davis...'", prosiguió para indicar que prefiere no conocer las cosas malas que le destrozan el día. (¡Uffffh! ¡que tortura ochessss..!)

Como ilustración, utilizó su situación personal: "Hace un año fue desastroso para mí, en el estudio tuve que hacer una reconversión bestial y nos pilló completamente sin darnos cuenta debiendo muchísimo dinero a los bancos". "Yo no sé si el señor Rajoy es presidente de España, no lo he visto entrar ni salir de La Moncloa, cosa que me da mucho relajo", apuntó. "O la señora aquella, Santamaría, o quien sea con peineta...", añadió para reafirmar su desconocimiento de los asuntos políticos y del rescate económico que protagoniza las informaciones. "Por eso, no puedo hacer una viñeta de esta actualidad", concluyó.

(Fin de la reseña)

¡Y este tipo da conferencias de prensa y sus estupideces son publicadas!

Bueno, comprenderéis que, una vez comprobada la capacidad mental de este homínido, no queda nada por añadir. Su brillantez intelectual solo es comparable a la paupérrima calidad de sus garabatos.

Pregunta: ¿Qué demonios hace un incapacitado mental como este impartiendo una cátedra en la veraniega universidad de  La Magdalena, codeándose (espero que no) con gente de la talla de un Vargas Llosa?

Respuesta. Lo malo es que no hay respuesta, porque estas cosas ya ocurren aquí con tan automática frecuencia, que a nadie se le habrá ocurrido hacer la pregunta. Probablemente porque nadie se atreve. Tal es el poder que gentuza como este mariscal de pacotilla han ido acumulando entre un pueblo sobrado de soberbia ignorancia. Pueblo, por otra parte, que ya ha conseguido el prodigio de poseer (y eso debe de constituir otra “conquista” de la clase trabajadora) unos ídolos tan ignorantes como él mismo.

Pero aun hay algo aun peor, si cabe,… algunos amigos que cuentan con mi mayor respeto y cariño, y que me honran leyendo estas pobres ocurrencias, han sucumbido al dudoso encanto de este funesto personajillo, y esto me sume en una más de esas perplejidades que siembran mí ya de por sí (apaciblemente) inquieta existencia.

Será que tiene que haber de todo en la viña del Señor. Seguro.

Claro que luego uno bebe lo que le da la gana. ¡Hasta ahí podíamos llegar!
 
 (*)Impagable periódico de historieta creado por el incomparable Cifré para “El Pulgarcito”, en el que trabajaba el legendario Reporter Tribulete, que en todas partes se mete.

PS
http://www.youtube.com/watch?v=glpfA6wL9NI&feature=player_embedded

En este enlace este mariscal de tebeo se nos muestra en su total y patética realidad. Si teneís valor podeis echarle un vistazo. Comprobareis que mi mala leche no ha exagerado en absoluto las "calidades" del sujeto, que ya en el '87 era idéntico a sí mismo. Entre otras lindezas declara  ".../...amar a una persona, o una cosa, que es lo mismo...". ¡Asombroso!


martes, 3 de julio de 2012

Vicente y los Argonautas

Bueno, pues sí. Ya somos historia futbolística. No futbolera, que es término post-moderno. Como bocata. Como cubata. O como mogollón.

Una buena parte de nuestro euro-afro-suramericano mundo ha seguido con creciente interés nuestro victorioso viaje a la Cólquida, en busca de ese nuevo Vellocino de Oro que es el triple triunfo consecutivo en las grandes competiciones de futbol. Luego hablaremos de los modernos Argonautas, y de la prudencia de Jasón-Vicente del Bosque.

Este acontecimiento mediático –que es lo que mayormente es en realidad–, gracias al incremento de espectacularidad proporcionado por la actual tecnología y a su difusión a escala global, supone una conmoción social de innegable importancia, que merece ser analizada desde múltiples puntos de vista.  

Por ejemplo; acabo de leer una columna de Gabriel Albiac, (http://www.abc.es/historico-opinion/index.asp?ff=20120702&idn=1503018495412) intelectual al que respeto y admiro, y con el que coincido a menudo en sus valoraciones, en la que plantea una reflexión muy interesante sobre el papel del juego–pasatiempo en relación con la angustioso paso del tiempo.

Al término de la lectura me vino casi automáticamente a la mente una anécdota de mí agitada adolescencia, en la que mi padre, tratando seguramente de reducir a lo esencial nuestra sempiterna diferencia de criterios en forma de bronca, me hizo una pregunta de carácter metafísico para la que, sorprendentemente, mi probada capacidad de respondón descarado no encontró entonces  respuesta.

La pregunta en cuestión fue planteada en los siguientes términos : “¿para que coño crees que estás en esta vida? ¿para divertirte? “. Confieso que el enigma existencial que me planteaba semejante interrogante me dejó absolutamente noqueado en aquel momento.

Finalmente, con los años, por fin alcancé la cordura y vi con meridiana claridad que, si bien seguía sin tener ni idea de para que estaba en esta vida, y lo que era todavía más grave, me importaba un bledo la respuesta, de lo que estaba convencido es de que para lo que seguro que NO estaba era para angustiarme con el paso del tiempo y la agónica idea de la muerte garantizada.

Y claro, como decía aquel, dos y dos son cuatro; lo mejor para seguir sin angustiarse con el paso del tiempo son, precisamente, los pasatiempos. Que por eso se llaman precisamente así. Naturalmente no soy tan rematadamente frívolo como para pensar que constituyen la esencia de la vida, pero se trata de algo a lo que no es prudente menospreciar, como suelen hacer de oficio muchas de esas exquisitas seseras que se esconden detrás de graves ceños fruncidos.

Sí, sí, esos mismos que a ese incomparable pasatiempo al que solemos conocer como el arte, tienen que colgarle una fúnebre túnica de graves pliegues pseudo–intelectuales, para que pase el fielato de sus angustiadas mentes.

Jugué al futbol en el patio del colegio, como el noventa por ciento de los chicos de mí generación que no pertenecían al diez por ciento restante de “nenazas”, aunque mi precoz tendencia al individualismo narcisista, pronto me hizo inclinarme por deportes de acrobacia, de esos que poseen fundamentos estéticos mucho más evidentes, mezcla de circo y ballet, como eran la gimnasia olímpica o los saltos de trampolín, que además en aquella época proporcionaban mucho más prestigio entre las chicas. No se olvide, además, que Tarzán era entonces para nosotros lo que Spiderman es ahora para los capullitos actuales.

A pesar de mi incorregible individualismo, siempre tuve un gran respeto por los equipos que han entendido con claridad que son eso : equipos. Nunca me importó mucho el hecho de que ganasen o no. Lo que admiraba era su ética deportiva y su correspondiente formulación estética. Me gustaba mucho el Barça de entonces. Era el equipo que jugaba bien y, aunque nunca ganase nada frente al Real Madrid, sabía perder muy bien, porque se entrenaba para ello continuamente.

Ahora resulta que el Barça sigue jugando muy bien, tal vez incluso mejor, pero han perdido algo. Todavía no han aprendido a ganar. Perdieron la clase que exhibían porque han abandonado su vocación. Se pasan la vida disculpándose y dando explicaciones de algo tan sencillo como es ganar en un juego. Antes tenían elegancia perdiendo y ahora se han convertido en unos paletos ganando.

Claro, todo empezó a fastidiarse cuando a alguien se le ocurrió la estupidez de decir que el Barça era algo más que un club de futbol. Supongo que se referían a que gozaba de una categoría similar a la de un club de bailarines de sardana que, como sabe todo cristo, son la vanguardia de la lucha por la emancipación nacionalista.

Eso me recuerda que, cuando estuve relacionado con la gente del comic, la frustración mayor de aquellos profesionales de eso tan extraordinario que es la creación de un tebeo, era la de que el mundo no los considerase artistas. Incluso trataron de presionar para conseguir hacerse conocer por el patético apelativo de décimo arte. Para echarse a llorar…

La selección nacional de España tuvo siempre, hasta hace seis u ocho años, una imagen de bonito envoltorio lleno de figuras rutilantes y dramáticamente vacío de juego, estilo y personalidad, que lo abocaba sin remedio al fracaso. Era exactamente la representación más fiel de una España cañí, que cubría habitualmente sus carencias debajo de un aparatoso disfraz de falsa alegría y aldeana retórica triunfalista.

Hasta ahora. Y algo que ahora me deja perplejo es la archidemostrada capacidad de nuestros deportistas profesionales actuales para entender mejor que otros aquello a lo que se dedican, y conseguir de esa forma imponer a sus competidores una maneras, un estilo, un lenguaje propio, que en definitiva es la clave para poseer la iniciativa y en consecuencia alcanzar el triunfo.

Digo que me deja perplejo, porque si admitimos que estas brillantes manifestaciones, que se llevan a cabo lejos de nuestros fronteras por primera vez en nuestra historia, simbolizan sin ningún género de dudas una realidad, de igual manera que lo hacían durante el penoso período anterior ¿dónde diablos está ahora esa brillante realidad?

Pero detengámonos un momento en la estructura de esos ganadores. Los individuales son otra cosa porque compiten entre sí al tiempo que lo hacen con sus adversarios extranjeros. Pero los que forman en equipos, están constituidos por un conjunto de profesionales que no representan a las regiones de las que proceden, precisamente porque son la selección del país.

¿Os parecería demasiado cogido por los pelos el argumento de que esa coherencia que representan el conjunto de unos deportistas formados, educados y desarrollados en diferentes orígenes regionales y que es el principal soporte del triunfo, pudiera ser que se originase y desarrollase precisamente por que en ese fenómeno están ausentes los inventos autonómicos?

Cuando Pelías-Florentino le negó a Jasón-Vicente del Bosque el trono del RealMadrid que había merecido sobradamente, este decidió partir hacia la Cólquida de las grandes competiciones en el Argos de la selección con sus fieles Argonautas, en busca de una preciada piel, legendaria e inalcanzable. El Vellocino de los títulos internacionales.

Y tras tres furiosas batallas frente a unos fabulosos adversarios que atemorizaban al mundo, Jasón-Vicente condujo con prudente maestría a sus Argonautas hasta el reino de Eates y ha regresado trayéndose del tirón, la ilusión, la recuperada confianza en el triunfo, y tal vez un poco de esa esperanza de la que algunos están verdaderamente necesitados.

¡Ah! Y, además, el pellejo de la dichosa oveja, claro.

miércoles, 20 de junio de 2012

De Fassbinder a La Mancha


Jadis, si je me souviens bien, ma vie était un festin où s'ouvraient tous les coeurs, où tous les vins coulaient.  

(En alguna ocasión, si mis recuerdos son ciertos, mí vida era un festín donde todos los corazones se abrían y todo los vinos fluían)     Arthur Rimbaud, Une Saison en Enfer.



Ayer he estado viendo en la cadena ARTE, la parte documental de un ciclo cinematográfico dedicado a Fassbinder.

Con este director me ocurre lo mismo que con esa fotocopia borrosa de él que es Pedro Almodovar. Ambos personajes  me producen una especie de aversión previa –no necesariamente como cineastas, aunque no sé muy bien como se separa una cosa de la otra– que me resulta inevitable, aún reconociendo su carácter arbitrario y por lo tanto dudosamente justo.

Por eso ayer noche me dispuse a someter ese molesto prejuicio a un informe bastante extenso sobre el director, a fin de obtener los datos indispensables para confirmar o modificar mi intuición previa. Una vez más, a pesar de la desconfianza ontológica que profeso hacia cualquier intuición, mi primer juicio se confirmó.

Rainer Werner Fassbinder, al que hay que reconocerle esa fuerte personalidad y determinación que se requieren para conseguir el obsesivo fin de pasar a la historia a toda costa es, por así decirlo, un arquetipo. Tal vez uno de los más terminados que yo he conocido.

Probablemente se deba a la época en la que se produjo. Los años setenta. Los años en los que nos cegaba la intensa luz rasante de un amplio y brillante crepúsculo. El de la extinción definitiva del gran mito agresor de la modernidad, que se había iniciado en el siglo XIX.

Vista desde la perspectiva de hoy, la figura de este “artista” resulta patética hasta el sollozo. Sus desesperados esfuerzos por dar sin descanso una vuelta de rosca más a una supuesta provocación que sólo excitaba a la banda de lameculos que le aplaudían las gracias con babosa reverencia, sugieren más la necesidad de un asilo para niños malqueridos que otra cosa.

En un momento del reportaje, pasaron la filmación de una violenta discusión del artista con su madre. Ojo al detalle de la premeditación de filmarla y de escoger precisamente a “su madre”. En ella ambos debatían sobre un hecho que ocupaba aquellos días la primera de todos los medios alemanes de la época; los sucesivos suicidios en la prisión, de los miembros de la banda de asesinos conocida por la RAF, o banda de Baader.

Resumiré esa interesantísima discusión con una frase del sujeto, cuando su madre reprocha a los terroristas el hecho de ir matando fríamente a los rehenes de un secuestro; “…/…¡no son asesinos! Los asesinos no tienen razones para hacer lo que hacen; “ellos” sí las tienen…”

Debo decir, entre paréntesis, que la personalidad del sicópata Baader y la del director Fassbinder poseen a mi juicio múltiples puntos de coincidencia.

En otro momento del documental, Daniel Cohn Bendit, que interviene como testigo de la época de aquella Alemania, declara que lo que realmente reprochaba Fassbinder a la sociedad de su país era el hecho de haber “desaprovechado” la oportunidad que el final de la guerra le había ofrecido, y el haberse convertido en una sociedad capitalista y mediocre, únicamente interesada en el desarrollo económico.

Naturalmente os habréis dado cuenta de que en esa declaración falta un dato esencial: ¿en qué consistía “la oportunidad perdida”?

No es difícil responder a esa pregunta. Se puede suponer sin temor a error que se trataría de la “posibilidad” de convertirse en una sociedad anti-burguesa. Y, claro, una sociedad anti-burguesa es una sociedad proletaria. Porque, de momento, dos y dos son cuatro mientras no terminen de de-construir a Euclides. Que todo se andará.

Pero lo más interesante de esa declaración es la naturalidad con la que Dany “el rojo” se dirige al espectador; como si el reproche del cineasta que él describe fuera la cosa más evidente del mundo ¡aún hoy en día! Eso sí, sin mencionar lo de la “sociedad proletaria”, para evitar que nos muramos de risa. Decididamente son incorregibles.

De cualquier manera y visto hoy con ironía, la cosa no debería de pasar de ser un siniestro recuerdo de una época muy confusa. Pero es algo más grave a mí entender y por eso me he detenido a reflexionar sobre ello.

A principios de los ochenta, Don, un alemán amigo mío más joven que nuestra generación,  la de Fassbinder, Cohn Bendit y la mía, tuvo la arrogancia juvenil de dedicar, ante mí, exactamente el mismo reproche a aquella España que a la sazón comenzaba la Transición. Lamentaba mí amigo dolorosamente nuestra pérdida de “la oportunidad” proporcionada por la muerte del dictador. Es decir que, diez años después de hacerlo Fassbinder, la siguiente generación no había encontrado nada mejor para meterse en la mollera que aquel discurso surgido de una infancia malherida.

Mi amigo Don murió lamentable y prematuramente, como Fassbinder, de un atracón de sustancias estimulantes.

Y, por si fuera poco, la muy prestigiosa cadena franco-alemana ARTE considera actual el discurso de aquel ser desgraciado –elevado hoy en día al más alto pináculo de los altares de la Religión Progresista–, como elemento de reflexión (o tal vez de reproche) en torno a la actual sociedad alemana.

Fassbinder, a juzgar por los datos biográficos proporcionados por el documental y por los extraídos por mí de Internet, fue un espécimen arquetípico propio de la situación política en la que se encontraba la mitad occidental del mundo, durante la guerra fría. Con el factor añadido de las circunstancias especiales que se daban en la Alemania del momento.

No sólo se trataba de una especie de Rimbaud feo, con su disfraz, más de “caduco” que de “decadente”, su malditismo trasnochado, y su obsesión suicida por “desarreglar” sus sentidos para así convertirse en “un caso”. Además era un niño de la guerra, nacido 23 días después del grandioso Ocaso de los Dioses Rufianes, en el conocido como “Año Cero” de la reciente historia alemana.

Tuvo una niñez triste y difícil. Padres divorciados, cuando tenia seis años. Madre tísica. Educado a saltos entre vecinos, su madre, su nuevo padrastro y, a la muerte de este, su padre natural, médico expulsado de la comunidad sanitaria por alcohólico, o tal vez por abortista.

A los trece años ayuda a ese padre, reconvertido en especulador de la miseria ajena, a reconstruir casas destinadas a ser alquiladas a algunos de los millones de emigrantes que atrae cada día el milagro alemán. Estos hombre solitarios y excluidos empiezan a interesarle desde otro punto de vista al joven Rainer, que se asocia con un amigo homosexual para ligar con ellos en las estaciones de llegada.

Esa condición de homosexual se convertirá, llegada la hora, en una etiqueta “Gay”, complemento indispensable de la panoplia del “transgresor de manual".

Además, según la opinión de algunos de sus más próximos colaboradores, el pollo tenía un carácter odioso. Y además gozaba de un ego que excluía hasta el oxígeno del aire. Y además desarrollaba una arbitrariedad propia de la ruleta rusa. Y además le encantaba exhibir una crueldad sangrante. Y además era egoísta; rácano; paranoico; celoso; alcohólico y cocainómano; colérico; hiperactivo… y así hasta completar el completo cuadro clínico de un maníaco.

En resumen. Una auténtica perla malaya.

Todo eso en un ambiente político en las escuelas y universidades, en las que tenía lugar un legítimo y más que justificado ajuste de cuentas, por parte de unos hijos para tratar de afirmar así su propia inocencia, con unos padres que llevaban veinte años aparentando que todo lo sucedido antes de 1945 no tenía nada que ver con ellos.

En la aparición de toda una generación de imberbes iluminados, entre los que me incluyo, responsables a la larga del desastre cultural y político que hoy nos rodea en la mitad occidental del mundo, tuvo mucho que ver, además de otras múltiples causas, una actitud culpabilizada de los padres. Culpa a la que yo añadiría una culpa aún mayor, en el caso alemán; la de haberse dejado arrebatar el timón de la nave por una panda de traviesos marmitones alucinados. Los marmitones, para los que no lo sabeis, son los pinches de cocina del barco.

Luego vino el inevitable naufragio y sus bandas terroristas.

Confieso que no he visto ni una sola de las películas de este “genio”, las cuales pertenecen además, al parecer, a un género que no aprecio especialmente como es del melodrama.

Pero sí me interesaron, y mucho en algunos casos, las producciones de sus compañeros de generación: los Alexander Kluge, Wim Wenders, Werner Herzog y Volker Schlöndorf . Algunas de cuyas historias, como “El Joven Torless”, dirigida por Schlöndorf  e inspirada en la famosa novela de Robert Musil, o “El Amigo Americano” de Wenders están guardadas entre mis preferencias cinematográficas de siempre.

Pero eso no me parece demasiado relevante. El aspecto que me interesa de mis coetáneos, incluidos aquellos a los que la gente declara artistas y otras monadas, son sus actos y actitudes como personas. El cine es un entretenimiento de feria, como la mujer barbuda. Y yo ya he evolucionado hace muchos años, desde cuando me extasiaba angustiándome ante un galimatías de los maestros japoneses, hasta ahora que procuro simplemente pasar un rato interesado por una buena historia que alguien me cuente –ojalá– a cambio de unos euros.

Una vez conocida esta prenda, a lo mejor y para llevar a cabo un análisis de nuestra propia realidad actual como país, podría ser interesante valorar la relación entre el director alemán y el avatar manchego que le ha surgido aquí, y que no es otro que esa “señora gorda” que cuenta historias de porteras de las que oía en casa a “su madre” (oye, es como una fatalidad, ¿verdad?), que se hace llamar Pedro y al que aprecian mucho en Jolivuz, al parecer.

Aunque yo, la verdad, tengo cosas más interesantes que hacer.


viernes, 15 de junio de 2012

Tres correos

Estos días he recibido tres correos; dos de ellos son movilizadores de la conciencia cívica para cualquier persona decente, sin reclamar explícitamente esa intención; el tercero, por el contrario, consiste precisamente en una demanda de firma al final de una lista, como en los mejores tiempos de los linchamientos de papel de los años ochenta.

Además los dos primeros provienen de dos de vosotros, lo que les confiere un interés y una garantía añadidos.

En el primero de ellos, mí buen amigo Luis me confía su arrebatado malestar frente a la situación general de nuestro país, enfocada en su caso desde el ángulo de la insoportable proporción de responsables políticos a los que se les han destapado sus manejos de corrupción. Apoya su comentario con una lista de 129 nombres y cargos imputados en los tribunales, o depurados de sus respectivos partidos políticos. Luego habría que calcular la proporción de los impunes y sumar.

Dicho así, incluso podría parecer una banalidad. Y lo malo del caso es que efectivamente lo es. La salud moral de una sociedad se mide, entre otras cosas, por el grado de permeabilidad que presenta frente a los abusos del poder. Una sociedad permisiva con esos abusos, denota una grave dolencia que solo se desarrolla en el sentido de su agravamiento, ya que en la complicidad de sus miembros se encuentra su principal factor de impulso.

Cuando una sociedad convive sin mayores sobresaltos con la inmoralidad oficial, esa inmoralidad se transforma en una forma de vivir. O mejor, en “la forma de vivir”. Acordaros de la sociedad europea más civilizada de los años treinta y su acrítica actitud durante doce años frente a la senda emprendida hacia la barbarie.

A veces tengo la desastrosa sensación de que el único reproche que suscita la corrupción entre el personal, es la de la “injusticia” que supone el desigual nivel de oportunidad para ejercerla que ofrece la sociedad.

La misiva de mi amigo parece albergar un poco de esperanza en la llegada del “rescate” por parte de los que un dirigente comunista bautizó como “los hombres de negro”. Estos cocos siempre exhibiendo su legendaria originalidad para con sus ocurrencias pretendidamente ingeniosas.

Efectivamente ese rescate proporciona, para empezar, una evidencia impagable. La evidencia de una sociedad secularmente secuestrada por el poder de los mediocres. Y quien dice el poder dice la corrupción, que como todos sabemos consiste en vender ese poder en pequeñas (o grandes) proporciones a cambio de pasta.

Durante treinta años de profesión he tenido la oportunidad de vivir en primera persona casos inauditos de corrupción llevados a cabo por personajes de primer nivel político, cuyo grado de miseria moral solo era comparable al de su codicia.

Con la ventaja sideral que me proporciona mi actual beatífico estado de jubilado, algún día nos cabrearemos a gusto juntos, cuando os cuente esas historias con nombres y apellidos.

En cualquier caso, la carta de mi amigo Luis sí que indigna. Y no las babas de un viejo chocho en busca de notoriedad.

La segunda misiva también me la remite otro querido amigo de esta tertulia, Eduardo. En ella se incluía un montaje tipo power point, en el que se incluían los datos objetivos de la labor de la iglesia Católica, en términos de asistencia social.

Ni que decir tiene que mis opiniones sobre este y otros asuntos relacionados con esa iglesia, carecen en absoluto de ningún condicionamiento religioso, dada mí condición de agnóstico declarado y consecuente.

Pero agnóstico no quiere decir enemigo de esa religión ni de ninguna otra, siempre que entendamos por religión aquellas convicciones profundas que cada individuo de forma íntima posee, con relación a la existencia y sus posibles explicaciones.

La iglesia Católica es otra cuestión. Es una organización social y pública, cuya trayectoria histórica está llena de claroscuros, desde la perspectiva moral actual, pero que hoy en día no me parece que tenga mucho que reprocharse, si la comparamos con otras instituciones igualmente sociales y públicas. 

Pero hay aspectos de esa iglesia, poco o nada conocidos, que por la magnitud de las cifras que el documento que he recibido expone de forma ordenada y clara, deberían ser difundidos en esa enorme galaxia de comecuras que nos rodea sin compasión.

Las cifras de la labor de asistencia social llevada a cabo por esa institución son demoledoras, tanto en el número de personas asistidas como en su costo. Me he molestado en hacer la suma de ese coste en hospitales, colegios, albergues, centros de reeducación, misiones, cáritas, etc etc, y me salen 276 millones de euros anuales. Pero hay más; la conservación y mantenimiento de la parte del patrimonio artístico que está bajo su responsabilidad le ahorra 36.000 millones anuales de euros al estado…

Sin embargo, el aspecto más notable que presenta todo eso es, en mí opinión,  el carácter benévolo que tienen las innumerables contribuciones de esfuerzo personal, frente a los casos de sobra conocidos de oenegés montadas con el exclusivo propósito de crear puestos de “trabajo” remunerados por el estado, sin que se les conozca actividad alguna.

Lo dicho, una cosa es saber que la iglesia realiza una labor esencial de asistencia, y otra poner las cifras sobre la mesa.

La tercera misiva no se me envió. Se me coló en mi correo sin mí consentimiento, a través de ese prodigio de voyerismo/exhibicionismo que es Facebook.

Se trata de una carta de solicitud de proceso para una persona, con esperanza de cárcel, y con una lista de nombres debajo, en la que se me solicita mi indignada participación en el linchamiento y su correspondiente certificado de autentificación mediante mi firma.

Yo, sinceramente, creía que esas cosas formaban parte de aquella añorada (por algunos) época de los ochenta con su mala leche disfrazada de infantiloide ingenuidad. Pero no. El remitente, Máximo Pradera, es un personaje que desde que tuvo el infortunio de nacer en casa de su padre, no para de buscar con desesperación una oportunidad de acercarse a la “talla intelectual” de aquel.

Pero, a pesar de que los poderosos amigos de su poderoso padre han tratado de ponerle toda clase de andamios para que el chaval consiga una miaja de notoriedad, el joven Max, como le gusta que le llamen, no posee la indudable habilidad para el manejo eficaz de la oportunidad del que gozaba su padre y sus dos abuelos.

Porque en al caso de Máximo Pradera estamos ante uno de esos fenómenos históricos del franquismo, que serviría para describir todo un paradigma del poder y su ejercicio.

Empezando por su bisabuelo Víctor del que se dice,  «El nombre de Víctor Pradera –ha escrito el Jefe del Estado (Franco)–, unido para siempre a nuestra historia, obliga sin distinción a todos los españoles.»

El padre de esta perla, Javier Pradera, incombustible "intelectual" de toda la vida, comprendió muy pronto (no fue el único) que, entre aprovechar la inercia política creada por su abuelo y su padre, dirigentes fascistas rama tradicionalista asesinados por los nacionalistas vascos (lo que le valió al primero la concesión por parte de Franco del condado de Pradera) y ejercer así de huérfano del Régimen o, por el contrario, arrimarse al futuro que representaba en los años cincuenta el Partido Comunista, esta última opción era estéticamente más atractiva, en aquellos años del despertar ideológico de la universidad.

Pero la cabra tira al monte, como se suele decir, y, mira tú por donde, el pollo no encontró en toda la universidad mejor novia con la que casarse que con la hija de Rafael Sánchez Mazas, compañero del alma de José António Primo de Rivera, uno de los fundadores de Falange Española y también uno de los autores de la letra de su himno.

Claro que a Sánchez Mazas, como a multitud de aguerridos fascistas del franquismo, le salieron rana los descendientes, los Sánchez Ferlosio, y todos ellos se adhirieron con entusiasmo al PC burgués de Jorge Semprún. No al proletario de Santiago Carrillo, claro. 

A eso se lo llama asegurarse un futuro.

La verdad es que siempre pensé (en mi entorno era corriente), que la razón inconsciente por la que los hijos de los franquistas notables y poderosos se hacían de izquierdas era muy simple. ¿Quién es realmente poderoso? el que no pierde nunca ¿y cómo se hace para no perder nunca?

Fácil. Apostando a todos los caballos de cada carrera.

Javier Pradera fue algo así como un Günter Grass español. Se paso la vida sacándoles los trapos sucios a todo aquel que podía hacerle sombra. Hasta que se convirtió en el palanganero de Felipe González, mediante al título honorífico de “uno de los tíos más listos de España”, que le otorgó otro falangista hijo de falangistas que se llamaba Juan Luis Cebrían, cuando pasó de director de los informativos de la TV de Franco a director de El País.

Así es que nuestro amigo Máximo Pradera tenía, como todo dios, un bisabuelo paterno y un abuelo materno. Pero en su caso uno era jefe de la Comunión Tradicionalista, y el otro  jefe de la Falange. Y eso hacía que en él se cumpliese de forma natural el famoso Decreto de Unificación en virtud del cual Franco acabó con las ambiciones de ambos grupos y creó la Falange Tradicionalista y de las Jons.

O sea a Máximo (o mínimo) Pradera.


martes, 5 de junio de 2012

Raza de racistas.


Hace tiempo que vengo preguntándome cual podrá ser la salida al presente laberinto de palabras en el que nos adentramos día a día. Casi sin darnos cuenta.

Los significados habituales hasta el presente están siendo abolidos sistemáticamente. Es como si las “nuevas ideas”, por llamarlas así, no encontrasen la manera de formularse más que usurpando términos asociados a otros conceptos, a menudo contradictorios con los recién aparecidos.

Las nuevas ocurrencias, huérfanas de un contenido que haga honor a ese término,  carecen en consecuencia de una palabra que las codifique y se introducen en palabras existentes pegando una patada a la puerta, con técnica típica de los okupas.

De esta forma esa especie de duplicidad de significados consigue dos finalidades paralelas. Una es la contaminación de la comunicación hasta reducirla a una práctica simplemente estéril. Y la otra es la ocupación de un espacio intelectual al cual su vacío argumental no tendría acceso en circunstancias normales.

Francia está viviendo en estos días una polémica en la cual esa densa confusión se pone de manifiesto en cada referencia a la misma, en los medios de comunicación.

Los mimbres del lío proceden de la celebración de un aniversario (ignoro cual) de la abolición de la esclavitud, por una parte, y la actuación estelar de tres mujeres y un hombre, respecto del mismo, por otra.

Una de esas mujeres es la ministra de justicia; otra alguien que se ha autodenominado nada menos que presidenta de los “Indígenas de la República”, la tercera una empresaria. El hombre es un periodista de la televisión que ya ha sido condenado por incitación al odio y a la discriminación racial.

Como no se escapará a vuestra bien demostrada perspicacia, la celebración de un hecho como el de la abolición de la esclavitud es la oportunidad de oro para atizar candela a occidente, sumiéndose de lleno en el masoquismo auto-inculpatorio, que toca en este caso de lleno a uno de los pecados ontológicos del homo occidentalis : el colonialismo.

Nuestra ministra de justicia, Christine Taubira, es el paradigma de la obsesión hollandista por las paridades. Estos socialistas no es que sean de izquierdas; como decía Borges de los peronistas, son incorregibles; y lejos de haber aprendido algo del zapaterismo, insisten aumentando la dosis; este personaje, la ministra, reúne dos condiciones para aspirar a la progresista discriminación positiva : el género y el color. Es mujer y mulata.

Pero su rasgo más destacado al parecer es su empeño por ser más hollandista que el propio Hollande, y se le ha ocurrido dar un cante antirracista que ha dejado perplejos hasta los más oscuros de los negros del hexágono.

Ante la evidencia de la inveterada costumbre histórica de la práctica de la “trata” por parte de los árabes, que aún persiste en algunos lugares del Sudán, ha declarado muy seria que ese aspecto del problema había que “ponerlo de lado”, para no cargar de resquemor y mal rollo a los jóvenes magrebíes de los barrios problemáticos.

¿Cómo se os ha quedado el cuerpo, eh?

Pues, para remachar el clavo, Houira Bouteldja, presidenta de una fantasmagórica asociación denominada “Indigénes de la République”, se ha permitido amenazar en estos términos a todos los franceses que no lo sean de origen árabe o africano: “Incluso aquel que no tenga nada que reprocharse, deberá asumir a pesar de ello, toda su historia desde 1830. Cualquier blanco, el más antirracista de todos los antirracistas, el menos paternalista de los paternalistas, el más simpático de entre los simpáticos, deberá sufrir las consecuencias como los demás. Porque cuando ya no hay política, ya no hay detalles; no hay más que odio. Y, ¿quién pagará por todos? pagará cualquiera, ellos y ellas; cualquiera de vosotros. Por eso esto es grave y peligroso; si queréis salvar el pellejo, el momento es ahora”.

Si cambiásemos cuatro detalles este discurso no se habría atrevido a sostenerlo más que un miembro del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, en sus mejores años. Pero no se contentó con eso la criatura y en la televisión aportó a la lengua de Céline un neologismo: sou-chien. Lo aplicaba a los franceses europeos.

Este término hace referencia aparentemente a los franceses de souche, o sea de pura cepa; pero si ponemos el guión equivaldría a infra-perro, que teniendo en cuenta el valor moral que los árabes atribuyen al fiel amigo del hombre, pues eso.

Aparte de estos dos casos, acabo de oír en la tele a Anne Lauvergeon, fundadora y PDG del conglomerado nuclear francés, y líder mundial, AREVA, declarando que a la hora de contratar “…, para ser claros, a igualdad de méritos, lo siento pero se elegirá antes a la mujer y a cualquier persona distinta del macho blanco.”

Fascinante ella, tan rubia, tan Presidenta Directora General, tan amiga del Turco…

Claro que en el hollandato recién estrenado, quien verdaderamente ha hecho ruido, hasta el extremo de haber sido denunciado y condenado, ha sido el periodista Eric Zemmour. A este profesional se lo ocurrió recordar la constante histórica que constituye la siniestra práctica de la esclavitud, en la que no solo los negros fueron objeto de ella, ni los blancos los únicos que la practicaron, desde la edad de piedra.

Y, no contento con esa hazaña, se le ocurrió que tal vez sería saludable recordar que el hombre blanco occidental, que fue el último en incorporarse a esa modalidad económica, había sido el primero y único que decretó el fin de ese nauseabundo mercado. Todas los demás culturas que ejercieron y ejercen el derecho a la propiedad humana, nunca la abolieron por ley.

Y por si fuera poco, añadió que además de la existencia probada de esclavos blancos en manos de otras “culturas”, y en consecuencia la falsedad del racismo exclusivo de los occidentales, fue precisamente la colonización de los estados esclavistas lo que determinó la desaparición de la “trata” en ellos.

Casi nada. Él sí ha conseguido que los socialistas le hayan hecho despedir de su puesto de trabajo, ¡por racista!

¿Qué significa en efecto la palabra racista? Vaya usted a saber...

Con todo esto lo queda demostrado es que en la supuesta cuna de la democracia europea, la libertad de expresión y la igualdad ante la ley, dos de los principios por los que han muerto tanta gente decente no parecen vivir sus mejores tiempos.

En la Francia de 2012  una mujer árabe puede injuriar y amenazar gravemente a todos los franceses de origen europeo, con el único argumento de ese origen. Y una mujer rubia puede discriminar a los hombres blancos por la sola razón de su sexo y color de la piel.

Pero la justicia a quien discrimina en definitiva es a un hombre ¡por blanco y por bocazas!

Menos mal que soy “prietu y asturianu”, aunque no haya llegado a Francia en patera. 


lunes, 28 de mayo de 2012

El extraño caso de la Mutua quebrada



¿Y si resulta que la crisis no es lo que parece?

Los mil debates que han sido, o son, o serán, en torno a ”La Crisis” gravitan , en términos generales, sobre el sempiterno dilema: liberal versus antiliberal. Libertad de mercado o intervencionismo. O las dos cosas a un tiempo, en sus múltiples y posibles permutaciones.

 Y así sin parar… Pero eso sí, conclusiones de esas que sirven para parar de una vez el barullo, y ponernos a hacer algo con un mínimo de confianza, de eso… nada de nada. Al menos de momento.

Y vuelve a deslizarse en las tertulias y columnas periodísticas lo del “desencanto de la sociedad con los partidos políticos”. ¿Verdad que os suena? ¿cuántas veces en una vida puede un ciudadano desencantarse?

Fácil. Tantas cuantas se haya encantado. O mejor, lo hayan encantado, que encantar es un verbo transitivo. Y la pregunta es; ¿es bueno estar encantado? ¿preso de un encantamiento? ¿de un sortilegio?

Me temo que en una encuesta con el personal un poco bebido, que es cuando es verdaderamente sincero, la respuesta seria abrumadoramente afirmativa. Pero seriamente considerada la cuestión, mal asunto es para cualquiera andar por la vida poseído por el fantasma de una vana ilusión.

Y si se da el caso de que la mayoría de los individuos participan de la milonga,  entonces apaga y vamos.

La encuesta de un ciudadano llamado Herminio.

Si desde la lejana plataforma de este ignorante de la ciencia económica, pero no por eso menos inquieto por la situación, un ciudadano corriente, un héroe anónimo, se preguntara qué está pasando, y lo hiciera en términos diferentes de los estrictamente canónicos de la mencionada ciencia, tal vez  podría llegar a extraer algunas conclusiones interesantes de su peculiar encuesta.

¿Entonces, qué datos del problema serían comprensibles para ese ciudadano?

Varios.

Para empezar podría reflexionar sobre algo, no menos inexplicable por el hecho de ser generalmente asumido sin reparos, como es el aumento incesante del tamaño del aparato del estado en los últimos sesenta años.

Fenómeno este más que contradictorio, ya que comienza su imparable andadura en pleno  descredito del estado paternalista y sus modelos fundacionales por excelencia, tras la derrota de los regímenes totalitarios.

Todos derrotados, menos uno. ¡Ojo a este dato!

¿A que puede deberse pues esa contradicción?

Nuestro héroe podría pensar que ese, como cualquier otro hecho acontecido en la inmediata post-guerra, estaría fatalmente influido por el dramático estado de destrucción y desarticulación en el que se encontraban la mayoría de los estados participes del desastre.

Y, además y sobre todo, por el comienzo de una nueva guerra, incruenta esta vez, a la que precisamente por eso hubo que añadirle un adjetivo determinativo, “fría”, para que no se nos olvidase que aun sin cadáveres ni destrucciones se trataba de una verdadera guerra.

Nueva en muchos sentidos. Hoy diríamos que se trataba de una guerra virtual.

Algún día habrá que pensar un poco en eso de virtual. Que es en realidad el clásico “sí pero no” de toda la vida.

Y por si fuera poco deprimente el panorama, en las sociedades que participaban en esa guerra, sobrevivía el cenagoso fondo venenoso que dejan las totalitarismos, como triunfo pírrico tras su aplastamiento. Esta última y letal ponzoña no se hace visible, claro está,  más que cuando alcanzan de nuevo sus tenebrosos objetivos. Pero está ahí.

La guerra fría era un conflicto que ya había sido previsto en los años finales de la otra guerra, la caliente, por algunos esclarecidos estadistas, como fue el caso del premier británico Mr. Winston Churchill. Pero la guerra aniquila todo. Incluso a sus más destacados héroes, como fue el caso de aquel extraordinario político.

Y apartándolo a él, lo que se trataba de alejar del primer plano era su discurso. Una advertencia denunciada como alarmista en un primer momento, por parte de ciertos círculos políticos e intelectuales creados en la retaguardia occidental en el período de entreguerras por los eficaces servicios del agit-prop comunista.

En realidad de lo que M. Churchill quería avisar a occidente era de las consecuencias de unas peligrosas concesiones hechas con generosidad suicida al tirano Stalin, por parte de un presidente americano con su salud en estado terminal, y una obcecada tendencia a mirar el mundo a través de su ojo izquierdo.

La guerra fría, que se acabó finalmente con una vertiginosa cabalgada de ambos contendientes sobre un peligroso tigre: el del compromiso, supuestamente disuasorio, de un holocausto nuclear garantizado para ambos, es decir para toda la humanidad, transcurrió durante cuarenta años en un malvado juego de tira y afloja en el que nos la jugábamos cada día, con la subida de las apuestas por parte de ambos matones.

En esa desenfrenada carrera hacia el horror, cada rival trataba de despistar la desconfianza básica de su competidor, mediante maniobras y fintas que oscilaban entre la arrogante chulería del espionaje aéreo de un Gary Power en su U-2 sobre el territorio soberano de la URSS,  y las más sofisticadas técnicas de infiltración, llevadas a cabo por la banda de los Cinco de Cambridge, en lo que acabó manifestándose como el más escandaloso queso de gruyere de todos los servicios del mundo, después de haber sido el símbolo de su esencia durante ciento veinte años, el legendario Militar Intelligence 5 (MI 5), al servicio de su Graciosa Majestad Británica.

Pese a que las trampas en el dramático tablero de juego eran parte de las reglas del mismo, hoy sabemos que había un fullero mucho más hábil que el otro y,  aunque al final no le haya servido de mucho, entre las muchas artimañas puestas en marcha por el tahúr comunista, hubo una insidiosa trampa en especial que tuvo un largo y fructífero recorrido.

Se trataba de poner en marcha una serie de mecanismos de presión social que, haciendo una correctísima interpretación de las tendencias históricas emergentes, acabaran por hacer entrar en un malvado juego cíclico de reclamaciones/concesiones, a unas administraciones cada vez más obsesionadas con las encuestas que, con incrementos constantes de los servicios estatales de asistencia, trataban de satisfacer unas demandas sociales insaciables, y con ello lograr sus éxitos electorales.

Claro que para ellos, al fin y al cabo, se trataba de dinero público. Es decir un asunto nada personal. Incluso, como sabéis, hubo una ministra no hace mucho, que aún hoy sostenía con gran convicción que, en realidad, ese dinero público no es de nadie.

Lo malo es que estos juegos suelen ser más perversos de lo que los jugadores creen, y como estos padecen una ceguera crónica que les impide ver más allá de los plazos electorales, al final, pudiera ser que no se encontrasen inversores para rellenar la fila de abajo de la pirámide que están construyendo, y entonces todo se vaya al carajo.

Lo cierto, hoy y aquí, es que más servicios y prestaciones estatales representa más infraestructura funcionarial y contratada y, sobre todo, más dinero para financiarlos. En realidad se parece, como una gota de agua a otra, a una empresa Mutua de Seguros Generales cuyo logotipo debería ser una enorme pirámide.

Solo que con una diferencia sustancial. Sus ejecutivos, con contratos de duración limitada, no requieren especiales conocimientos financieros para el desempeño de su labor, y la empresa carece de un consejo de administración que autorice o censure sus cuentas.

Hombre, puede decir nuestro héroe que es un poco ingenuo, en cierto modo y siendo la ley de presupuestos la ley más importante de un gobierno, de alguna forma los electores ejercen como consejo de administración al valorar y aprobar, o rechazar en su caso, en las elecciones el proyecto o programa del futuro presidente de la Mutua.

Ya. Lo malo es que, primero: lo que tiene en la cabeza ese candidato es un objetivo que no rebasa en el plazo la fecha de esas elecciones; segundo: si sale elegido, su nuevo, urgente y único objetivo será el de ganar de nuevo las próximas; y tercero: los electores, a los que el dedo les impide ver la luna, se conformarán con los regalos prometidos. Y al resto que le den.

Por lo que, al minuto siguiente de sentarse en su sillón, el nuevo presidente de lo que sea, iniciará su siguiente campaña electoral y empezará a actuar de rey mago, repartiendo los bienes de los demás y los de sus descendientes. Y como nadie le exigirá un balance equilibrado sino más subvenciones, pues eso.

¡Ah! Y lo más divertido es que, si algo sale mal, el que se hará cargo del marrón será su sucesor. Aunque, como este ya lo sabe, lleva toda una vida entrenándose para ser campeón del mundo de huida hacia adelante.

Como nuestro amigo Herminio sabe perfectamente, la salud empresarial de una entidad de seguros sería óptima si ninguno de sus asegurados necesitara prestaciones. Claro. Todo ganancias.

El grave problema de esta especie de Mutua Nacional de Seguros Universales, es que el estado actual tiene cada vez más demanda de prestaciones y menos ingresos; ya que a medida que se suman damnificados, la pérdidas provocan las bajas de contribuyentes.

Pero nuestro amigo indagador no se engaña al respecto. El juego teórico consiste en que, para que las cuentas salgan, los que gastan tienen que conseguir el dinero para hacerlo. Y los beneficiarios de los regalos cuando les preguntan, como hizo Rafael “El Gallo “ ante la convocatoria de las primeras elecciones republicanas “¿Y todo esto quién lo paga?”, responden que los ricos con los impuestos.

Es decir, lo de siempre. Quitárselo a los ricos para dárselo a los pobres. La legendaria “redistribución”. La mala noticia es que los ricos no se dejan. Porque, cuando ganan dinero, raramente tienen como propósito repartirlo entre los que no lo ganan.

Y si les aprietan mucho se van a otro lado, con gran escándalo de los de siempre que consideran que un rico que comete el pecado de ganar dinero debe cumplir la penitencia de repartirlo entre los que no tienen ese vicio nefando.

Naturalmente no se necesita aspirar al Nobel de Economía para comprender que ninguna empresa es viable en esos términos ¿Cual es entonces la solución?

¡Ya lo tengo! exclama alborozado nuestro amigo Herminio. ¡la financiación externa!

Hombre sí… pero claro, como la necesidad de esa financiación extra no es consecuencia de una ampliación de la empresa, ni de la investigación de nuevos productos o mercados, o de la adquisición de bienes productivos, o del aprovechamiento de alguna oportunidad de negocio imprevista, sino simplemente de un puro desfase contable entre las cuentas de gastos e ingresos como consecuencia de gastar más de la cuenta, los potenciales financiadores tienen una enorme mosca detrás de la oreja.

Como es natural algunos de esos inversores, profesionales de ese tipo de pirueta financiera sin red, arriesgarán más a cambio de unos intereses astronómicos. Bueno, en realidad, proporcionales a los riesgos de no recuperar lo prestado.

Y lo que es aún más peligroso, pensará nuestro buen ciudadano, a medida que la situación empeore también la calidad de los prestamistas empeorará, es decir serán menos de fiar para el que pide el dinero, pudiendo incluso llegar a tener que llamar a la puerta del bar de Tony Soprano.

No sería ni el primero ni el segundo estado fallido que acabase entre las manos de los mafiosos.

El caso es que la cosa tiene mala pinta, porque los verdaderos responsables de este carajal, que son los ciudadanos, empiezan a encontrarse en estado de síndrome de dependencia. Esta patología la definen los especialistas en toxicomanía como el efecto derivado de lo que se conoce como tolerancia a ciertas sustancias.

La tolerancia es algo así como el estado que va adquiriendo un organismo al ir acostumbrándose a esas sustancias, que sustituyen con ventaja a sus propia funciones. Sus síntomas son provocados por el rechazo a volver a poner en marcha de nuevo dichas funciones, por parte del organismo, cuando es privado del mencionado agente externo.

O sea, no sé si me he explicado. Piensa deprimido nuestro sufrido héroe. El llamado pueblo se ha acostumbrado a chutarse inmoderadamente servicios y prestaciones en los últimos tiempos, cuya cantidad y naturaleza han ido rebasado ampliamente los límites del catálogo habitual de prestaciones de la seguridad social.

Esas prestaciones eran antes los remedios destinados a curar los verdaderos males sociales. Pero esas medicinas también se pueden consumir como drogas, y el consumidor necesitará, como en nuestro caso, unas dosis crecientes de las envasadas como “reivindicaciones”. Y además, perentoriamente.

Lo malo, piensa el buen ciudadano, es que, como ocurre con los estimulantes, una vez que el organismo se haya acostumbrado a que esa función natural llamada esfuerzo sea sustituida habitualmente por un derecho que la hace prescindible, la situación se habrá vuelto fatalmente crónica. Y cuando el paciente no disponga de su dosis de ayuda estatal, entrará sin remedio en un estado de síndrome de abstinencia, más conocido como el mono.

Cuando se está en esa situación, se necesita un aumento permanente de la dosis. Ante ese grave panorama, el estado se verá finalmente obligado a someter a sus ciudadanos a una cura de desintoxicación mediante un recorte drástico del suministro de asistencias, subvenciones, servicios, subsidios, ONGs, cambios de sexo y otras drogas.

Pero, claro, a ver quién es el guapo que vuelve ahora a meter el dentífrico en el tubo. Se estará diciendo Herminio. ¡Sobre todo con los sindicatos como camellos, jugándose su comisión! ¡Casi nada!

Pero…

¡¡¡ Chan, Chan !!! ¡En ese preciso momento llega el padrino Hessel y nos saca a la calle a los Indignados con mono!

O con perro-flauta.

A nuestro héroe le vienen entonces a la memoria recuerdos de cuando los hippys tenían alucinaciones y soñaban que vivían en medio de una selva con plantas de marihuana de varios metros de altura, sin más necesidades vitales planteadas que las de un librillo de papel de fumar y unas cerillas.

Y teme que en la mente actual de algunos individuos, por llamarla de alguna manera, resida una idea análoga, en la se ven a sí mismos disponiendo de un estado obligado por ley a proveerles la satisfacción de cualquier necesidad real o inventada que se les ocurra, sencillamente por la cara.  

Estos homínidos basarían su convicción en la posibilidad de ese “estado providencial”, en la certeza de poseer unos derechos ilimitados adquiridos por la simple razón de haber venido al mundo, y que les habrían sido usurpados históricamente hasta ahora.

Certeza esta que les habría sido sugerida desde círculos generalemnete bien informados.

Se ignora quién usurpó dichos “derechos”, ni cuándo, ni porqué. Bueno, por sugerir una pista,  diría el ciudadano Herminio, tal vez pudiera responderse a esas banalidades metafísicas  acudiendo al Manifiesto del Partido Comunista.

No perdáis de vista, en ese mismo sentido, que el delirio benéfico de esa banda de colgados está mucho más cerca de lo que parece de la vieja utopía marxista de la extinción del trabajo.

El engendro que podría acabar pariendo un embarazo social como el descrito no es nuevo; ya fue bautizado en su día como “estado corporativo”. Denominación esta que le debemos, como tantas otras ocurrencias semánticas, a la inagotable retórica de ese patético rufián de la política que fue Benito Mussolini.  

En resumen, pensó el buen ciudadano, si al crecimiento hipertrófico del estado se agrega su deriva paternalista y a todo ello añadimos la complacida y creciente tendencia a refugiarse en la masa, por parte del individuo, una de dos, o le ponemos remedio, o el inmediato futuro va a encontrarnos haciendo cola para entrar de regreso a la caverna platónica.

Y claro mientras tanto, indiferente a la realidad, la pirámide de la Mútua seguirá en pié creciendo y creciendo, en base a que la inagotable codicia de unos inversores, a los que encima se califica de especuladores, siga convenciéndoles de que sus elevados intereses les serán abonados puntualmente junto con el principal.

Pero como diría en su reflexión final sobre esta alarmante realidad nuestro héroe anónimo, mí compadre Higinio desde su México lindo:

“pos... ya no ‘ten pendejos güeys…, la pinche Mútua ‘ta tronada”.

¡Socorro!