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miércoles, 20 de junio de 2012

De Fassbinder a La Mancha


Jadis, si je me souviens bien, ma vie était un festin où s'ouvraient tous les coeurs, où tous les vins coulaient.  

(En alguna ocasión, si mis recuerdos son ciertos, mí vida era un festín donde todos los corazones se abrían y todo los vinos fluían)     Arthur Rimbaud, Une Saison en Enfer.



Ayer he estado viendo en la cadena ARTE, la parte documental de un ciclo cinematográfico dedicado a Fassbinder.

Con este director me ocurre lo mismo que con esa fotocopia borrosa de él que es Pedro Almodovar. Ambos personajes  me producen una especie de aversión previa –no necesariamente como cineastas, aunque no sé muy bien como se separa una cosa de la otra– que me resulta inevitable, aún reconociendo su carácter arbitrario y por lo tanto dudosamente justo.

Por eso ayer noche me dispuse a someter ese molesto prejuicio a un informe bastante extenso sobre el director, a fin de obtener los datos indispensables para confirmar o modificar mi intuición previa. Una vez más, a pesar de la desconfianza ontológica que profeso hacia cualquier intuición, mi primer juicio se confirmó.

Rainer Werner Fassbinder, al que hay que reconocerle esa fuerte personalidad y determinación que se requieren para conseguir el obsesivo fin de pasar a la historia a toda costa es, por así decirlo, un arquetipo. Tal vez uno de los más terminados que yo he conocido.

Probablemente se deba a la época en la que se produjo. Los años setenta. Los años en los que nos cegaba la intensa luz rasante de un amplio y brillante crepúsculo. El de la extinción definitiva del gran mito agresor de la modernidad, que se había iniciado en el siglo XIX.

Vista desde la perspectiva de hoy, la figura de este “artista” resulta patética hasta el sollozo. Sus desesperados esfuerzos por dar sin descanso una vuelta de rosca más a una supuesta provocación que sólo excitaba a la banda de lameculos que le aplaudían las gracias con babosa reverencia, sugieren más la necesidad de un asilo para niños malqueridos que otra cosa.

En un momento del reportaje, pasaron la filmación de una violenta discusión del artista con su madre. Ojo al detalle de la premeditación de filmarla y de escoger precisamente a “su madre”. En ella ambos debatían sobre un hecho que ocupaba aquellos días la primera de todos los medios alemanes de la época; los sucesivos suicidios en la prisión, de los miembros de la banda de asesinos conocida por la RAF, o banda de Baader.

Resumiré esa interesantísima discusión con una frase del sujeto, cuando su madre reprocha a los terroristas el hecho de ir matando fríamente a los rehenes de un secuestro; “…/…¡no son asesinos! Los asesinos no tienen razones para hacer lo que hacen; “ellos” sí las tienen…”

Debo decir, entre paréntesis, que la personalidad del sicópata Baader y la del director Fassbinder poseen a mi juicio múltiples puntos de coincidencia.

En otro momento del documental, Daniel Cohn Bendit, que interviene como testigo de la época de aquella Alemania, declara que lo que realmente reprochaba Fassbinder a la sociedad de su país era el hecho de haber “desaprovechado” la oportunidad que el final de la guerra le había ofrecido, y el haberse convertido en una sociedad capitalista y mediocre, únicamente interesada en el desarrollo económico.

Naturalmente os habréis dado cuenta de que en esa declaración falta un dato esencial: ¿en qué consistía “la oportunidad perdida”?

No es difícil responder a esa pregunta. Se puede suponer sin temor a error que se trataría de la “posibilidad” de convertirse en una sociedad anti-burguesa. Y, claro, una sociedad anti-burguesa es una sociedad proletaria. Porque, de momento, dos y dos son cuatro mientras no terminen de de-construir a Euclides. Que todo se andará.

Pero lo más interesante de esa declaración es la naturalidad con la que Dany “el rojo” se dirige al espectador; como si el reproche del cineasta que él describe fuera la cosa más evidente del mundo ¡aún hoy en día! Eso sí, sin mencionar lo de la “sociedad proletaria”, para evitar que nos muramos de risa. Decididamente son incorregibles.

De cualquier manera y visto hoy con ironía, la cosa no debería de pasar de ser un siniestro recuerdo de una época muy confusa. Pero es algo más grave a mí entender y por eso me he detenido a reflexionar sobre ello.

A principios de los ochenta, Don, un alemán amigo mío más joven que nuestra generación,  la de Fassbinder, Cohn Bendit y la mía, tuvo la arrogancia juvenil de dedicar, ante mí, exactamente el mismo reproche a aquella España que a la sazón comenzaba la Transición. Lamentaba mí amigo dolorosamente nuestra pérdida de “la oportunidad” proporcionada por la muerte del dictador. Es decir que, diez años después de hacerlo Fassbinder, la siguiente generación no había encontrado nada mejor para meterse en la mollera que aquel discurso surgido de una infancia malherida.

Mi amigo Don murió lamentable y prematuramente, como Fassbinder, de un atracón de sustancias estimulantes.

Y, por si fuera poco, la muy prestigiosa cadena franco-alemana ARTE considera actual el discurso de aquel ser desgraciado –elevado hoy en día al más alto pináculo de los altares de la Religión Progresista–, como elemento de reflexión (o tal vez de reproche) en torno a la actual sociedad alemana.

Fassbinder, a juzgar por los datos biográficos proporcionados por el documental y por los extraídos por mí de Internet, fue un espécimen arquetípico propio de la situación política en la que se encontraba la mitad occidental del mundo, durante la guerra fría. Con el factor añadido de las circunstancias especiales que se daban en la Alemania del momento.

No sólo se trataba de una especie de Rimbaud feo, con su disfraz, más de “caduco” que de “decadente”, su malditismo trasnochado, y su obsesión suicida por “desarreglar” sus sentidos para así convertirse en “un caso”. Además era un niño de la guerra, nacido 23 días después del grandioso Ocaso de los Dioses Rufianes, en el conocido como “Año Cero” de la reciente historia alemana.

Tuvo una niñez triste y difícil. Padres divorciados, cuando tenia seis años. Madre tísica. Educado a saltos entre vecinos, su madre, su nuevo padrastro y, a la muerte de este, su padre natural, médico expulsado de la comunidad sanitaria por alcohólico, o tal vez por abortista.

A los trece años ayuda a ese padre, reconvertido en especulador de la miseria ajena, a reconstruir casas destinadas a ser alquiladas a algunos de los millones de emigrantes que atrae cada día el milagro alemán. Estos hombre solitarios y excluidos empiezan a interesarle desde otro punto de vista al joven Rainer, que se asocia con un amigo homosexual para ligar con ellos en las estaciones de llegada.

Esa condición de homosexual se convertirá, llegada la hora, en una etiqueta “Gay”, complemento indispensable de la panoplia del “transgresor de manual".

Además, según la opinión de algunos de sus más próximos colaboradores, el pollo tenía un carácter odioso. Y además gozaba de un ego que excluía hasta el oxígeno del aire. Y además desarrollaba una arbitrariedad propia de la ruleta rusa. Y además le encantaba exhibir una crueldad sangrante. Y además era egoísta; rácano; paranoico; celoso; alcohólico y cocainómano; colérico; hiperactivo… y así hasta completar el completo cuadro clínico de un maníaco.

En resumen. Una auténtica perla malaya.

Todo eso en un ambiente político en las escuelas y universidades, en las que tenía lugar un legítimo y más que justificado ajuste de cuentas, por parte de unos hijos para tratar de afirmar así su propia inocencia, con unos padres que llevaban veinte años aparentando que todo lo sucedido antes de 1945 no tenía nada que ver con ellos.

En la aparición de toda una generación de imberbes iluminados, entre los que me incluyo, responsables a la larga del desastre cultural y político que hoy nos rodea en la mitad occidental del mundo, tuvo mucho que ver, además de otras múltiples causas, una actitud culpabilizada de los padres. Culpa a la que yo añadiría una culpa aún mayor, en el caso alemán; la de haberse dejado arrebatar el timón de la nave por una panda de traviesos marmitones alucinados. Los marmitones, para los que no lo sabeis, son los pinches de cocina del barco.

Luego vino el inevitable naufragio y sus bandas terroristas.

Confieso que no he visto ni una sola de las películas de este “genio”, las cuales pertenecen además, al parecer, a un género que no aprecio especialmente como es del melodrama.

Pero sí me interesaron, y mucho en algunos casos, las producciones de sus compañeros de generación: los Alexander Kluge, Wim Wenders, Werner Herzog y Volker Schlöndorf . Algunas de cuyas historias, como “El Joven Torless”, dirigida por Schlöndorf  e inspirada en la famosa novela de Robert Musil, o “El Amigo Americano” de Wenders están guardadas entre mis preferencias cinematográficas de siempre.

Pero eso no me parece demasiado relevante. El aspecto que me interesa de mis coetáneos, incluidos aquellos a los que la gente declara artistas y otras monadas, son sus actos y actitudes como personas. El cine es un entretenimiento de feria, como la mujer barbuda. Y yo ya he evolucionado hace muchos años, desde cuando me extasiaba angustiándome ante un galimatías de los maestros japoneses, hasta ahora que procuro simplemente pasar un rato interesado por una buena historia que alguien me cuente –ojalá– a cambio de unos euros.

Una vez conocida esta prenda, a lo mejor y para llevar a cabo un análisis de nuestra propia realidad actual como país, podría ser interesante valorar la relación entre el director alemán y el avatar manchego que le ha surgido aquí, y que no es otro que esa “señora gorda” que cuenta historias de porteras de las que oía en casa a “su madre” (oye, es como una fatalidad, ¿verdad?), que se hace llamar Pedro y al que aprecian mucho en Jolivuz, al parecer.

Aunque yo, la verdad, tengo cosas más interesantes que hacer.


viernes, 15 de junio de 2012

Tres correos

Estos días he recibido tres correos; dos de ellos son movilizadores de la conciencia cívica para cualquier persona decente, sin reclamar explícitamente esa intención; el tercero, por el contrario, consiste precisamente en una demanda de firma al final de una lista, como en los mejores tiempos de los linchamientos de papel de los años ochenta.

Además los dos primeros provienen de dos de vosotros, lo que les confiere un interés y una garantía añadidos.

En el primero de ellos, mí buen amigo Luis me confía su arrebatado malestar frente a la situación general de nuestro país, enfocada en su caso desde el ángulo de la insoportable proporción de responsables políticos a los que se les han destapado sus manejos de corrupción. Apoya su comentario con una lista de 129 nombres y cargos imputados en los tribunales, o depurados de sus respectivos partidos políticos. Luego habría que calcular la proporción de los impunes y sumar.

Dicho así, incluso podría parecer una banalidad. Y lo malo del caso es que efectivamente lo es. La salud moral de una sociedad se mide, entre otras cosas, por el grado de permeabilidad que presenta frente a los abusos del poder. Una sociedad permisiva con esos abusos, denota una grave dolencia que solo se desarrolla en el sentido de su agravamiento, ya que en la complicidad de sus miembros se encuentra su principal factor de impulso.

Cuando una sociedad convive sin mayores sobresaltos con la inmoralidad oficial, esa inmoralidad se transforma en una forma de vivir. O mejor, en “la forma de vivir”. Acordaros de la sociedad europea más civilizada de los años treinta y su acrítica actitud durante doce años frente a la senda emprendida hacia la barbarie.

A veces tengo la desastrosa sensación de que el único reproche que suscita la corrupción entre el personal, es la de la “injusticia” que supone el desigual nivel de oportunidad para ejercerla que ofrece la sociedad.

La misiva de mi amigo parece albergar un poco de esperanza en la llegada del “rescate” por parte de los que un dirigente comunista bautizó como “los hombres de negro”. Estos cocos siempre exhibiendo su legendaria originalidad para con sus ocurrencias pretendidamente ingeniosas.

Efectivamente ese rescate proporciona, para empezar, una evidencia impagable. La evidencia de una sociedad secularmente secuestrada por el poder de los mediocres. Y quien dice el poder dice la corrupción, que como todos sabemos consiste en vender ese poder en pequeñas (o grandes) proporciones a cambio de pasta.

Durante treinta años de profesión he tenido la oportunidad de vivir en primera persona casos inauditos de corrupción llevados a cabo por personajes de primer nivel político, cuyo grado de miseria moral solo era comparable al de su codicia.

Con la ventaja sideral que me proporciona mi actual beatífico estado de jubilado, algún día nos cabrearemos a gusto juntos, cuando os cuente esas historias con nombres y apellidos.

En cualquier caso, la carta de mi amigo Luis sí que indigna. Y no las babas de un viejo chocho en busca de notoriedad.

La segunda misiva también me la remite otro querido amigo de esta tertulia, Eduardo. En ella se incluía un montaje tipo power point, en el que se incluían los datos objetivos de la labor de la iglesia Católica, en términos de asistencia social.

Ni que decir tiene que mis opiniones sobre este y otros asuntos relacionados con esa iglesia, carecen en absoluto de ningún condicionamiento religioso, dada mí condición de agnóstico declarado y consecuente.

Pero agnóstico no quiere decir enemigo de esa religión ni de ninguna otra, siempre que entendamos por religión aquellas convicciones profundas que cada individuo de forma íntima posee, con relación a la existencia y sus posibles explicaciones.

La iglesia Católica es otra cuestión. Es una organización social y pública, cuya trayectoria histórica está llena de claroscuros, desde la perspectiva moral actual, pero que hoy en día no me parece que tenga mucho que reprocharse, si la comparamos con otras instituciones igualmente sociales y públicas. 

Pero hay aspectos de esa iglesia, poco o nada conocidos, que por la magnitud de las cifras que el documento que he recibido expone de forma ordenada y clara, deberían ser difundidos en esa enorme galaxia de comecuras que nos rodea sin compasión.

Las cifras de la labor de asistencia social llevada a cabo por esa institución son demoledoras, tanto en el número de personas asistidas como en su costo. Me he molestado en hacer la suma de ese coste en hospitales, colegios, albergues, centros de reeducación, misiones, cáritas, etc etc, y me salen 276 millones de euros anuales. Pero hay más; la conservación y mantenimiento de la parte del patrimonio artístico que está bajo su responsabilidad le ahorra 36.000 millones anuales de euros al estado…

Sin embargo, el aspecto más notable que presenta todo eso es, en mí opinión,  el carácter benévolo que tienen las innumerables contribuciones de esfuerzo personal, frente a los casos de sobra conocidos de oenegés montadas con el exclusivo propósito de crear puestos de “trabajo” remunerados por el estado, sin que se les conozca actividad alguna.

Lo dicho, una cosa es saber que la iglesia realiza una labor esencial de asistencia, y otra poner las cifras sobre la mesa.

La tercera misiva no se me envió. Se me coló en mi correo sin mí consentimiento, a través de ese prodigio de voyerismo/exhibicionismo que es Facebook.

Se trata de una carta de solicitud de proceso para una persona, con esperanza de cárcel, y con una lista de nombres debajo, en la que se me solicita mi indignada participación en el linchamiento y su correspondiente certificado de autentificación mediante mi firma.

Yo, sinceramente, creía que esas cosas formaban parte de aquella añorada (por algunos) época de los ochenta con su mala leche disfrazada de infantiloide ingenuidad. Pero no. El remitente, Máximo Pradera, es un personaje que desde que tuvo el infortunio de nacer en casa de su padre, no para de buscar con desesperación una oportunidad de acercarse a la “talla intelectual” de aquel.

Pero, a pesar de que los poderosos amigos de su poderoso padre han tratado de ponerle toda clase de andamios para que el chaval consiga una miaja de notoriedad, el joven Max, como le gusta que le llamen, no posee la indudable habilidad para el manejo eficaz de la oportunidad del que gozaba su padre y sus dos abuelos.

Porque en al caso de Máximo Pradera estamos ante uno de esos fenómenos históricos del franquismo, que serviría para describir todo un paradigma del poder y su ejercicio.

Empezando por su bisabuelo Víctor del que se dice,  «El nombre de Víctor Pradera –ha escrito el Jefe del Estado (Franco)–, unido para siempre a nuestra historia, obliga sin distinción a todos los españoles.»

El padre de esta perla, Javier Pradera, incombustible "intelectual" de toda la vida, comprendió muy pronto (no fue el único) que, entre aprovechar la inercia política creada por su abuelo y su padre, dirigentes fascistas rama tradicionalista asesinados por los nacionalistas vascos (lo que le valió al primero la concesión por parte de Franco del condado de Pradera) y ejercer así de huérfano del Régimen o, por el contrario, arrimarse al futuro que representaba en los años cincuenta el Partido Comunista, esta última opción era estéticamente más atractiva, en aquellos años del despertar ideológico de la universidad.

Pero la cabra tira al monte, como se suele decir, y, mira tú por donde, el pollo no encontró en toda la universidad mejor novia con la que casarse que con la hija de Rafael Sánchez Mazas, compañero del alma de José António Primo de Rivera, uno de los fundadores de Falange Española y también uno de los autores de la letra de su himno.

Claro que a Sánchez Mazas, como a multitud de aguerridos fascistas del franquismo, le salieron rana los descendientes, los Sánchez Ferlosio, y todos ellos se adhirieron con entusiasmo al PC burgués de Jorge Semprún. No al proletario de Santiago Carrillo, claro. 

A eso se lo llama asegurarse un futuro.

La verdad es que siempre pensé (en mi entorno era corriente), que la razón inconsciente por la que los hijos de los franquistas notables y poderosos se hacían de izquierdas era muy simple. ¿Quién es realmente poderoso? el que no pierde nunca ¿y cómo se hace para no perder nunca?

Fácil. Apostando a todos los caballos de cada carrera.

Javier Pradera fue algo así como un Günter Grass español. Se paso la vida sacándoles los trapos sucios a todo aquel que podía hacerle sombra. Hasta que se convirtió en el palanganero de Felipe González, mediante al título honorífico de “uno de los tíos más listos de España”, que le otorgó otro falangista hijo de falangistas que se llamaba Juan Luis Cebrían, cuando pasó de director de los informativos de la TV de Franco a director de El País.

Así es que nuestro amigo Máximo Pradera tenía, como todo dios, un bisabuelo paterno y un abuelo materno. Pero en su caso uno era jefe de la Comunión Tradicionalista, y el otro  jefe de la Falange. Y eso hacía que en él se cumpliese de forma natural el famoso Decreto de Unificación en virtud del cual Franco acabó con las ambiciones de ambos grupos y creó la Falange Tradicionalista y de las Jons.

O sea a Máximo (o mínimo) Pradera.


martes, 5 de junio de 2012

Raza de racistas.


Hace tiempo que vengo preguntándome cual podrá ser la salida al presente laberinto de palabras en el que nos adentramos día a día. Casi sin darnos cuenta.

Los significados habituales hasta el presente están siendo abolidos sistemáticamente. Es como si las “nuevas ideas”, por llamarlas así, no encontrasen la manera de formularse más que usurpando términos asociados a otros conceptos, a menudo contradictorios con los recién aparecidos.

Las nuevas ocurrencias, huérfanas de un contenido que haga honor a ese término,  carecen en consecuencia de una palabra que las codifique y se introducen en palabras existentes pegando una patada a la puerta, con técnica típica de los okupas.

De esta forma esa especie de duplicidad de significados consigue dos finalidades paralelas. Una es la contaminación de la comunicación hasta reducirla a una práctica simplemente estéril. Y la otra es la ocupación de un espacio intelectual al cual su vacío argumental no tendría acceso en circunstancias normales.

Francia está viviendo en estos días una polémica en la cual esa densa confusión se pone de manifiesto en cada referencia a la misma, en los medios de comunicación.

Los mimbres del lío proceden de la celebración de un aniversario (ignoro cual) de la abolición de la esclavitud, por una parte, y la actuación estelar de tres mujeres y un hombre, respecto del mismo, por otra.

Una de esas mujeres es la ministra de justicia; otra alguien que se ha autodenominado nada menos que presidenta de los “Indígenas de la República”, la tercera una empresaria. El hombre es un periodista de la televisión que ya ha sido condenado por incitación al odio y a la discriminación racial.

Como no se escapará a vuestra bien demostrada perspicacia, la celebración de un hecho como el de la abolición de la esclavitud es la oportunidad de oro para atizar candela a occidente, sumiéndose de lleno en el masoquismo auto-inculpatorio, que toca en este caso de lleno a uno de los pecados ontológicos del homo occidentalis : el colonialismo.

Nuestra ministra de justicia, Christine Taubira, es el paradigma de la obsesión hollandista por las paridades. Estos socialistas no es que sean de izquierdas; como decía Borges de los peronistas, son incorregibles; y lejos de haber aprendido algo del zapaterismo, insisten aumentando la dosis; este personaje, la ministra, reúne dos condiciones para aspirar a la progresista discriminación positiva : el género y el color. Es mujer y mulata.

Pero su rasgo más destacado al parecer es su empeño por ser más hollandista que el propio Hollande, y se le ha ocurrido dar un cante antirracista que ha dejado perplejos hasta los más oscuros de los negros del hexágono.

Ante la evidencia de la inveterada costumbre histórica de la práctica de la “trata” por parte de los árabes, que aún persiste en algunos lugares del Sudán, ha declarado muy seria que ese aspecto del problema había que “ponerlo de lado”, para no cargar de resquemor y mal rollo a los jóvenes magrebíes de los barrios problemáticos.

¿Cómo se os ha quedado el cuerpo, eh?

Pues, para remachar el clavo, Houira Bouteldja, presidenta de una fantasmagórica asociación denominada “Indigénes de la République”, se ha permitido amenazar en estos términos a todos los franceses que no lo sean de origen árabe o africano: “Incluso aquel que no tenga nada que reprocharse, deberá asumir a pesar de ello, toda su historia desde 1830. Cualquier blanco, el más antirracista de todos los antirracistas, el menos paternalista de los paternalistas, el más simpático de entre los simpáticos, deberá sufrir las consecuencias como los demás. Porque cuando ya no hay política, ya no hay detalles; no hay más que odio. Y, ¿quién pagará por todos? pagará cualquiera, ellos y ellas; cualquiera de vosotros. Por eso esto es grave y peligroso; si queréis salvar el pellejo, el momento es ahora”.

Si cambiásemos cuatro detalles este discurso no se habría atrevido a sostenerlo más que un miembro del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, en sus mejores años. Pero no se contentó con eso la criatura y en la televisión aportó a la lengua de Céline un neologismo: sou-chien. Lo aplicaba a los franceses europeos.

Este término hace referencia aparentemente a los franceses de souche, o sea de pura cepa; pero si ponemos el guión equivaldría a infra-perro, que teniendo en cuenta el valor moral que los árabes atribuyen al fiel amigo del hombre, pues eso.

Aparte de estos dos casos, acabo de oír en la tele a Anne Lauvergeon, fundadora y PDG del conglomerado nuclear francés, y líder mundial, AREVA, declarando que a la hora de contratar “…, para ser claros, a igualdad de méritos, lo siento pero se elegirá antes a la mujer y a cualquier persona distinta del macho blanco.”

Fascinante ella, tan rubia, tan Presidenta Directora General, tan amiga del Turco…

Claro que en el hollandato recién estrenado, quien verdaderamente ha hecho ruido, hasta el extremo de haber sido denunciado y condenado, ha sido el periodista Eric Zemmour. A este profesional se lo ocurrió recordar la constante histórica que constituye la siniestra práctica de la esclavitud, en la que no solo los negros fueron objeto de ella, ni los blancos los únicos que la practicaron, desde la edad de piedra.

Y, no contento con esa hazaña, se le ocurrió que tal vez sería saludable recordar que el hombre blanco occidental, que fue el último en incorporarse a esa modalidad económica, había sido el primero y único que decretó el fin de ese nauseabundo mercado. Todas los demás culturas que ejercieron y ejercen el derecho a la propiedad humana, nunca la abolieron por ley.

Y por si fuera poco, añadió que además de la existencia probada de esclavos blancos en manos de otras “culturas”, y en consecuencia la falsedad del racismo exclusivo de los occidentales, fue precisamente la colonización de los estados esclavistas lo que determinó la desaparición de la “trata” en ellos.

Casi nada. Él sí ha conseguido que los socialistas le hayan hecho despedir de su puesto de trabajo, ¡por racista!

¿Qué significa en efecto la palabra racista? Vaya usted a saber...

Con todo esto lo queda demostrado es que en la supuesta cuna de la democracia europea, la libertad de expresión y la igualdad ante la ley, dos de los principios por los que han muerto tanta gente decente no parecen vivir sus mejores tiempos.

En la Francia de 2012  una mujer árabe puede injuriar y amenazar gravemente a todos los franceses de origen europeo, con el único argumento de ese origen. Y una mujer rubia puede discriminar a los hombres blancos por la sola razón de su sexo y color de la piel.

Pero la justicia a quien discrimina en definitiva es a un hombre ¡por blanco y por bocazas!

Menos mal que soy “prietu y asturianu”, aunque no haya llegado a Francia en patera. 


lunes, 28 de mayo de 2012

El extraño caso de la Mutua quebrada



¿Y si resulta que la crisis no es lo que parece?

Los mil debates que han sido, o son, o serán, en torno a ”La Crisis” gravitan , en términos generales, sobre el sempiterno dilema: liberal versus antiliberal. Libertad de mercado o intervencionismo. O las dos cosas a un tiempo, en sus múltiples y posibles permutaciones.

 Y así sin parar… Pero eso sí, conclusiones de esas que sirven para parar de una vez el barullo, y ponernos a hacer algo con un mínimo de confianza, de eso… nada de nada. Al menos de momento.

Y vuelve a deslizarse en las tertulias y columnas periodísticas lo del “desencanto de la sociedad con los partidos políticos”. ¿Verdad que os suena? ¿cuántas veces en una vida puede un ciudadano desencantarse?

Fácil. Tantas cuantas se haya encantado. O mejor, lo hayan encantado, que encantar es un verbo transitivo. Y la pregunta es; ¿es bueno estar encantado? ¿preso de un encantamiento? ¿de un sortilegio?

Me temo que en una encuesta con el personal un poco bebido, que es cuando es verdaderamente sincero, la respuesta seria abrumadoramente afirmativa. Pero seriamente considerada la cuestión, mal asunto es para cualquiera andar por la vida poseído por el fantasma de una vana ilusión.

Y si se da el caso de que la mayoría de los individuos participan de la milonga,  entonces apaga y vamos.

La encuesta de un ciudadano llamado Herminio.

Si desde la lejana plataforma de este ignorante de la ciencia económica, pero no por eso menos inquieto por la situación, un ciudadano corriente, un héroe anónimo, se preguntara qué está pasando, y lo hiciera en términos diferentes de los estrictamente canónicos de la mencionada ciencia, tal vez  podría llegar a extraer algunas conclusiones interesantes de su peculiar encuesta.

¿Entonces, qué datos del problema serían comprensibles para ese ciudadano?

Varios.

Para empezar podría reflexionar sobre algo, no menos inexplicable por el hecho de ser generalmente asumido sin reparos, como es el aumento incesante del tamaño del aparato del estado en los últimos sesenta años.

Fenómeno este más que contradictorio, ya que comienza su imparable andadura en pleno  descredito del estado paternalista y sus modelos fundacionales por excelencia, tras la derrota de los regímenes totalitarios.

Todos derrotados, menos uno. ¡Ojo a este dato!

¿A que puede deberse pues esa contradicción?

Nuestro héroe podría pensar que ese, como cualquier otro hecho acontecido en la inmediata post-guerra, estaría fatalmente influido por el dramático estado de destrucción y desarticulación en el que se encontraban la mayoría de los estados participes del desastre.

Y, además y sobre todo, por el comienzo de una nueva guerra, incruenta esta vez, a la que precisamente por eso hubo que añadirle un adjetivo determinativo, “fría”, para que no se nos olvidase que aun sin cadáveres ni destrucciones se trataba de una verdadera guerra.

Nueva en muchos sentidos. Hoy diríamos que se trataba de una guerra virtual.

Algún día habrá que pensar un poco en eso de virtual. Que es en realidad el clásico “sí pero no” de toda la vida.

Y por si fuera poco deprimente el panorama, en las sociedades que participaban en esa guerra, sobrevivía el cenagoso fondo venenoso que dejan las totalitarismos, como triunfo pírrico tras su aplastamiento. Esta última y letal ponzoña no se hace visible, claro está,  más que cuando alcanzan de nuevo sus tenebrosos objetivos. Pero está ahí.

La guerra fría era un conflicto que ya había sido previsto en los años finales de la otra guerra, la caliente, por algunos esclarecidos estadistas, como fue el caso del premier británico Mr. Winston Churchill. Pero la guerra aniquila todo. Incluso a sus más destacados héroes, como fue el caso de aquel extraordinario político.

Y apartándolo a él, lo que se trataba de alejar del primer plano era su discurso. Una advertencia denunciada como alarmista en un primer momento, por parte de ciertos círculos políticos e intelectuales creados en la retaguardia occidental en el período de entreguerras por los eficaces servicios del agit-prop comunista.

En realidad de lo que M. Churchill quería avisar a occidente era de las consecuencias de unas peligrosas concesiones hechas con generosidad suicida al tirano Stalin, por parte de un presidente americano con su salud en estado terminal, y una obcecada tendencia a mirar el mundo a través de su ojo izquierdo.

La guerra fría, que se acabó finalmente con una vertiginosa cabalgada de ambos contendientes sobre un peligroso tigre: el del compromiso, supuestamente disuasorio, de un holocausto nuclear garantizado para ambos, es decir para toda la humanidad, transcurrió durante cuarenta años en un malvado juego de tira y afloja en el que nos la jugábamos cada día, con la subida de las apuestas por parte de ambos matones.

En esa desenfrenada carrera hacia el horror, cada rival trataba de despistar la desconfianza básica de su competidor, mediante maniobras y fintas que oscilaban entre la arrogante chulería del espionaje aéreo de un Gary Power en su U-2 sobre el territorio soberano de la URSS,  y las más sofisticadas técnicas de infiltración, llevadas a cabo por la banda de los Cinco de Cambridge, en lo que acabó manifestándose como el más escandaloso queso de gruyere de todos los servicios del mundo, después de haber sido el símbolo de su esencia durante ciento veinte años, el legendario Militar Intelligence 5 (MI 5), al servicio de su Graciosa Majestad Británica.

Pese a que las trampas en el dramático tablero de juego eran parte de las reglas del mismo, hoy sabemos que había un fullero mucho más hábil que el otro y,  aunque al final no le haya servido de mucho, entre las muchas artimañas puestas en marcha por el tahúr comunista, hubo una insidiosa trampa en especial que tuvo un largo y fructífero recorrido.

Se trataba de poner en marcha una serie de mecanismos de presión social que, haciendo una correctísima interpretación de las tendencias históricas emergentes, acabaran por hacer entrar en un malvado juego cíclico de reclamaciones/concesiones, a unas administraciones cada vez más obsesionadas con las encuestas que, con incrementos constantes de los servicios estatales de asistencia, trataban de satisfacer unas demandas sociales insaciables, y con ello lograr sus éxitos electorales.

Claro que para ellos, al fin y al cabo, se trataba de dinero público. Es decir un asunto nada personal. Incluso, como sabéis, hubo una ministra no hace mucho, que aún hoy sostenía con gran convicción que, en realidad, ese dinero público no es de nadie.

Lo malo es que estos juegos suelen ser más perversos de lo que los jugadores creen, y como estos padecen una ceguera crónica que les impide ver más allá de los plazos electorales, al final, pudiera ser que no se encontrasen inversores para rellenar la fila de abajo de la pirámide que están construyendo, y entonces todo se vaya al carajo.

Lo cierto, hoy y aquí, es que más servicios y prestaciones estatales representa más infraestructura funcionarial y contratada y, sobre todo, más dinero para financiarlos. En realidad se parece, como una gota de agua a otra, a una empresa Mutua de Seguros Generales cuyo logotipo debería ser una enorme pirámide.

Solo que con una diferencia sustancial. Sus ejecutivos, con contratos de duración limitada, no requieren especiales conocimientos financieros para el desempeño de su labor, y la empresa carece de un consejo de administración que autorice o censure sus cuentas.

Hombre, puede decir nuestro héroe que es un poco ingenuo, en cierto modo y siendo la ley de presupuestos la ley más importante de un gobierno, de alguna forma los electores ejercen como consejo de administración al valorar y aprobar, o rechazar en su caso, en las elecciones el proyecto o programa del futuro presidente de la Mutua.

Ya. Lo malo es que, primero: lo que tiene en la cabeza ese candidato es un objetivo que no rebasa en el plazo la fecha de esas elecciones; segundo: si sale elegido, su nuevo, urgente y único objetivo será el de ganar de nuevo las próximas; y tercero: los electores, a los que el dedo les impide ver la luna, se conformarán con los regalos prometidos. Y al resto que le den.

Por lo que, al minuto siguiente de sentarse en su sillón, el nuevo presidente de lo que sea, iniciará su siguiente campaña electoral y empezará a actuar de rey mago, repartiendo los bienes de los demás y los de sus descendientes. Y como nadie le exigirá un balance equilibrado sino más subvenciones, pues eso.

¡Ah! Y lo más divertido es que, si algo sale mal, el que se hará cargo del marrón será su sucesor. Aunque, como este ya lo sabe, lleva toda una vida entrenándose para ser campeón del mundo de huida hacia adelante.

Como nuestro amigo Herminio sabe perfectamente, la salud empresarial de una entidad de seguros sería óptima si ninguno de sus asegurados necesitara prestaciones. Claro. Todo ganancias.

El grave problema de esta especie de Mutua Nacional de Seguros Universales, es que el estado actual tiene cada vez más demanda de prestaciones y menos ingresos; ya que a medida que se suman damnificados, la pérdidas provocan las bajas de contribuyentes.

Pero nuestro amigo indagador no se engaña al respecto. El juego teórico consiste en que, para que las cuentas salgan, los que gastan tienen que conseguir el dinero para hacerlo. Y los beneficiarios de los regalos cuando les preguntan, como hizo Rafael “El Gallo “ ante la convocatoria de las primeras elecciones republicanas “¿Y todo esto quién lo paga?”, responden que los ricos con los impuestos.

Es decir, lo de siempre. Quitárselo a los ricos para dárselo a los pobres. La legendaria “redistribución”. La mala noticia es que los ricos no se dejan. Porque, cuando ganan dinero, raramente tienen como propósito repartirlo entre los que no lo ganan.

Y si les aprietan mucho se van a otro lado, con gran escándalo de los de siempre que consideran que un rico que comete el pecado de ganar dinero debe cumplir la penitencia de repartirlo entre los que no tienen ese vicio nefando.

Naturalmente no se necesita aspirar al Nobel de Economía para comprender que ninguna empresa es viable en esos términos ¿Cual es entonces la solución?

¡Ya lo tengo! exclama alborozado nuestro amigo Herminio. ¡la financiación externa!

Hombre sí… pero claro, como la necesidad de esa financiación extra no es consecuencia de una ampliación de la empresa, ni de la investigación de nuevos productos o mercados, o de la adquisición de bienes productivos, o del aprovechamiento de alguna oportunidad de negocio imprevista, sino simplemente de un puro desfase contable entre las cuentas de gastos e ingresos como consecuencia de gastar más de la cuenta, los potenciales financiadores tienen una enorme mosca detrás de la oreja.

Como es natural algunos de esos inversores, profesionales de ese tipo de pirueta financiera sin red, arriesgarán más a cambio de unos intereses astronómicos. Bueno, en realidad, proporcionales a los riesgos de no recuperar lo prestado.

Y lo que es aún más peligroso, pensará nuestro buen ciudadano, a medida que la situación empeore también la calidad de los prestamistas empeorará, es decir serán menos de fiar para el que pide el dinero, pudiendo incluso llegar a tener que llamar a la puerta del bar de Tony Soprano.

No sería ni el primero ni el segundo estado fallido que acabase entre las manos de los mafiosos.

El caso es que la cosa tiene mala pinta, porque los verdaderos responsables de este carajal, que son los ciudadanos, empiezan a encontrarse en estado de síndrome de dependencia. Esta patología la definen los especialistas en toxicomanía como el efecto derivado de lo que se conoce como tolerancia a ciertas sustancias.

La tolerancia es algo así como el estado que va adquiriendo un organismo al ir acostumbrándose a esas sustancias, que sustituyen con ventaja a sus propia funciones. Sus síntomas son provocados por el rechazo a volver a poner en marcha de nuevo dichas funciones, por parte del organismo, cuando es privado del mencionado agente externo.

O sea, no sé si me he explicado. Piensa deprimido nuestro sufrido héroe. El llamado pueblo se ha acostumbrado a chutarse inmoderadamente servicios y prestaciones en los últimos tiempos, cuya cantidad y naturaleza han ido rebasado ampliamente los límites del catálogo habitual de prestaciones de la seguridad social.

Esas prestaciones eran antes los remedios destinados a curar los verdaderos males sociales. Pero esas medicinas también se pueden consumir como drogas, y el consumidor necesitará, como en nuestro caso, unas dosis crecientes de las envasadas como “reivindicaciones”. Y además, perentoriamente.

Lo malo, piensa el buen ciudadano, es que, como ocurre con los estimulantes, una vez que el organismo se haya acostumbrado a que esa función natural llamada esfuerzo sea sustituida habitualmente por un derecho que la hace prescindible, la situación se habrá vuelto fatalmente crónica. Y cuando el paciente no disponga de su dosis de ayuda estatal, entrará sin remedio en un estado de síndrome de abstinencia, más conocido como el mono.

Cuando se está en esa situación, se necesita un aumento permanente de la dosis. Ante ese grave panorama, el estado se verá finalmente obligado a someter a sus ciudadanos a una cura de desintoxicación mediante un recorte drástico del suministro de asistencias, subvenciones, servicios, subsidios, ONGs, cambios de sexo y otras drogas.

Pero, claro, a ver quién es el guapo que vuelve ahora a meter el dentífrico en el tubo. Se estará diciendo Herminio. ¡Sobre todo con los sindicatos como camellos, jugándose su comisión! ¡Casi nada!

Pero…

¡¡¡ Chan, Chan !!! ¡En ese preciso momento llega el padrino Hessel y nos saca a la calle a los Indignados con mono!

O con perro-flauta.

A nuestro héroe le vienen entonces a la memoria recuerdos de cuando los hippys tenían alucinaciones y soñaban que vivían en medio de una selva con plantas de marihuana de varios metros de altura, sin más necesidades vitales planteadas que las de un librillo de papel de fumar y unas cerillas.

Y teme que en la mente actual de algunos individuos, por llamarla de alguna manera, resida una idea análoga, en la se ven a sí mismos disponiendo de un estado obligado por ley a proveerles la satisfacción de cualquier necesidad real o inventada que se les ocurra, sencillamente por la cara.  

Estos homínidos basarían su convicción en la posibilidad de ese “estado providencial”, en la certeza de poseer unos derechos ilimitados adquiridos por la simple razón de haber venido al mundo, y que les habrían sido usurpados históricamente hasta ahora.

Certeza esta que les habría sido sugerida desde círculos generalemnete bien informados.

Se ignora quién usurpó dichos “derechos”, ni cuándo, ni porqué. Bueno, por sugerir una pista,  diría el ciudadano Herminio, tal vez pudiera responderse a esas banalidades metafísicas  acudiendo al Manifiesto del Partido Comunista.

No perdáis de vista, en ese mismo sentido, que el delirio benéfico de esa banda de colgados está mucho más cerca de lo que parece de la vieja utopía marxista de la extinción del trabajo.

El engendro que podría acabar pariendo un embarazo social como el descrito no es nuevo; ya fue bautizado en su día como “estado corporativo”. Denominación esta que le debemos, como tantas otras ocurrencias semánticas, a la inagotable retórica de ese patético rufián de la política que fue Benito Mussolini.  

En resumen, pensó el buen ciudadano, si al crecimiento hipertrófico del estado se agrega su deriva paternalista y a todo ello añadimos la complacida y creciente tendencia a refugiarse en la masa, por parte del individuo, una de dos, o le ponemos remedio, o el inmediato futuro va a encontrarnos haciendo cola para entrar de regreso a la caverna platónica.

Y claro mientras tanto, indiferente a la realidad, la pirámide de la Mútua seguirá en pié creciendo y creciendo, en base a que la inagotable codicia de unos inversores, a los que encima se califica de especuladores, siga convenciéndoles de que sus elevados intereses les serán abonados puntualmente junto con el principal.

Pero como diría en su reflexión final sobre esta alarmante realidad nuestro héroe anónimo, mí compadre Higinio desde su México lindo:

“pos... ya no ‘ten pendejos güeys…, la pinche Mútua ‘ta tronada”.

¡Socorro!

martes, 22 de mayo de 2012

Una historia imposible o yo también soy sionista.





He leído estos días el texto de un judío. Se llama Olivier Ypsylantis y se declara sionista.

Tras haberlo hecho, he creído ver confirmada en él una convicción que tenía desde hace tiempo. La convicción de que yo también soy sionista.

Claro que esa convicción se asentó en un principio, en mí caso, más bien como fruto de una urgencia política inmediata; como una especie de respuesta a los pretendidos anti-sionismos explícitos, con sus anti-semitismos implícitos, que inundan mi espacio circundante.

Ciertamente, se trataba más bien de un reflejo instintivo que de una auténtica reflexión profunda, como la que exige en el momento presente un asunto de esa importancia. Creo que en él había más dosis de intuición que de información.

No es que la lectura del artículo me haya hecho caer de ningún caballo. Ni siquiera iba camino de Damasco, que es un lugar muy poco recomendable hoy en día. No. Era un texto interesante que me trasladó de nuevo ese asunto que estaba en reposo al primer plano del pensamiento.

Hace años que, parafraseando el libelo de Marx, “la cuestión judía” está situada entre los dos o tres asuntos que ocupan el centro de mi conciencia. Podría decir incluso que eso es precisamente lo que hace que me sienta un auténtico ciudadano de mí tiempo. Porque, para mí, nadie que haya tenido la dudosa fortuna de nacer en el “tiempo de Auschwitz” debería vivir ignorando ese hecho único de la historia de la humanidad.

Y no es la condición de judíos de las victimas lo que me afecta en especial. Para mí ellas son nada menos que simples seres humanos. Aún siendo consciente de que esa condición de ser judíos constituyó de hecho un factor esencial de la tragedia, para unos asesinos que creían en las razas.

La insoportable originalidad de la catástrofe consiste, para mí, en un hecho que muy bien podría haber tenido otros protagonistas, si no fuera porque su misma cualidad de acto único lo hace imposible.

Ese hecho es un fenómeno de apariencia contradictoria o al menos paradójica, y de una estremecedora simplicidad, que nunca había ocurrido hasta aquel fatídico momento histórico.

Se trata únicamente de que alguien imagine un acto imposible y acto seguido se ponga manos a la obra. Y, asombrosamente, ese acto imposible se transforma poco a poco en un hecho constatable, en virtud de la simple y sistemática abolición de las razones que impedían su posibilidad.

¿Cómo se opera ese prodigio?

Creo que, a partir de la Soah, podríamos establecer un estremecedor axioma que postularía que, la posibilidad de que algo inimaginable pueda llegar a tener lugar, es tanto más probable cuanto más imposible parezca.

Cuanto más descartado de antemano se tenga algo por ser descabellado; sin mayor reflexión porque atenta de una manera indiscutible contra las leyes establecidas de la lógica u otras, en este caso las de la moral; ese algo puede llegar a ser considerado como posible, con tal que alguien lo presente con la convicción y energía suficientes como para hacer creer a los demás que se puede llevarlo a cabo.

Cuanto más absurdo parezca, menos se habrá reflexionado sobre ello y menos argumentos se poseerán para descartarlo. Y si, como fue el caso, el ambiente poseyese el grado de desmoralización general apropiado, la capacidad de razonar habría disminuido en la misma proporción en la que habría aumentado la capacidad de asumir el absurdo. O lo imposible.

Y cuanto menos salidas posibles se vean a la situación, más crédito adquiere lo inverosímil, lo imposible, como propuesta de salvación.

En este caso, los obstáculos que hacían imposibles ciertas ideas eran de naturaleza moral. Se trataba entonces de convencer a un pueblo de actores y testigos de que esos obstáculos  morales que hacían impensable la tarea propuesta, representaban precisamente un impedimento para el fin último de hacer renacer de una nación hundida.

El futuro de esa nación precisaba, inexorablemente pues, su conversión en un ente desconocido hasta aquel momento, un organismo sin límites, algo históricamente inédito: el estado inmoral. Y así la nación, poco a poco, fue aceptando su progresivo desguace ético, hasta llegar a considerar la posibilidad de admitir lo inadmisible.

Y, en el colmo de la demencia colectiva, con el tiempo, muchos acabaron convencidos de que llevar a cabo lo imposible era posible, ya que ya no existían obstáculos y de hecho ya lo estaban haciendo.

Claro que todo esto no se produjo literalmente como yo lo pienso. Lo que yo pienso es el fondo de la cuestión. Cómo ocurrió en realidad es un simple y aterrador conjunto se anécdotas. Por eso la historia en sí de la Shoah hay que conocerla y cuanto más exactamente mejor; pero eso no es el fin, eso es el medio de poder aproximarse a la idea casi inconcebible de la maldad absoluta. Porque ocurrió lo inconcebible.

Por eso, la dimensión que alcanzó la tragedia, en números, suele parecer el argumento definitivo de su condición de acto único en la historia, pero no. En primer lugar, porque esos números no alcanzaron más que el cincuenta por ciento de los previstos en el plan. Y porque plantear una atroz competencia de números con otros genocidios no nos conduciría a ningún sitio.

Es único, porque la condición que distingue a ese plan de otras manifestaciones criminales colectivas, fue su original propósito de borrar definitivamente de la realidad a unos seres a los que se acusó del simple delito de haber nacido. Y eso, afortunadamente para todos, únicamente ocurrió esa vez en toda la historia de la humanidad.

El quebrantamiento de los límites del mal que supuso ese hecho, abrió definitivamente, ante cualquier ser decente, un abismo desconocido de posibilidades de maldad.

Fundamentalmente porque esos límites no podría romperlos la actitud de una persona o de un grupo limitado de personas, cuyo comportamiento, en todo caso, se explicaría en virtud de una patología más o menos conocida. Lo que abrió ese abismo fue la naturalidad con la que, por primera vez en la historia de la humanidad, un pueblo entero  admitió y contribuyó a que lo imposible se hiciera realidad.

Una vez que estas certezas se instalaron en mi conciencia, aquello que debería haber sido únicamente el objeto de un análisis más de la realidad política que me tocó vivir, el Estado de Israel, adquirió una dimensión, digamos “especial”. La necesidad de entender las razones de la existencia de ese estado, su cultura y su historia, constituyó el paso inevitable. Y me puse a ello.

El sionismo es uno de los fenómenos políticos más mencionados y menos estudiados de nuestra actual cultura política. Pero, a pesar de que estoy convencido de que el noventa por ciento de aquellos que usan ese término para apoyar alguna opinión no conoce ni siquiera el origen semántico del mismo, en realidad, eso no tiene verdadera importancia.

No la tiene por la sencilla razón de que, para quienes la usan, mi inquietud está mal planteada. Para lo que sí sirve ese término sin significado, y este es el fundamental propósito de su uso, es para emboscar un antisemitismo poco presentable en una sociedad políticamente correcta. Pero la mistificación no se hace ni siquiera de una forma premeditada. No. Es aun peor.

Para la mayor parte de sus usuarios es un simple eslogan memorizado sin más complicaciones, que les proporciona una especie de salvoconducto moral definitivo. Hoy en día para ser alguien en ciertos círculos hay que condenar el estado sionista de Israel. Y ya está.

Estos días se celebraba en el mundo árabe musulmán una efemérides instituida hace unos decenios que se conoce como la Nackbah (día de la catástrofe). Conmemora el día de la salida de los árabes de Israel que huyeron de la zona, tras la derrota de los agresores del recién fundado estado, en la guerra de 1948. 

Hasta ahí no se distingue de cualquier fiesta nacionalista que siempre celebra la derrota nacional que les proporciona el estatus de víctimas a sus partidarios.

Pero en este caso la tradición es mucho más moderna. Data de cuando se diseñó al pueblo palestino y se sentaron las bases para diseños ulteriores. Ej:

Nackba=Shoah.  Pueblo Palestino=Pueblo Judío.  Nacionalsocialismo=Sionismo.
Y la gran innovación : Apartheid=Franja de Gaza.

A quien opine que exagero solo les recomendaría que se preguntasen cuantas causas humanitarias distintas de la palestina defienden sus partidarios. Los de la kefiah enrollada en el pescuezo. Ninguna. Esos palestinos son para ellos los únicos pobres del mundo que merecen su atención. Y la pregunta es : ¿distinguen a estas víctimas de otras víctimas en el mundo? ¿o distinguen a estos verdugos de otros verdugos en el mundo?

Si es así…¿será porque son especiales... porque son judíos?

En ese conflicto que enfrenta a Israel con los que se declararon sus enemigos oficiales desde el día de su proclamación como estado, desgraciadamente no existen muchas opciones. Los que solo conocimos las catástrofes de las guerras por sus consecuencias, afortunadamente para nosotros, carecemos de sensibilidad para “sentir” un conflicto.

Pero si tratamos de acercarnos a la memoria vivida, fundamentalmente a través de algunos testimonios que hemos tenido el privilegio de conocer, estaremos en una posición mucho más favorable para no equivocarnos, a la hora de escoger entre esas escasas opciones.

Lo que ocurre allí es paradójicamente muy desconocido, a pesar de una proximidad geográfica, que ya ni siquiera lo es en el mundo globalizado. Y es poco conocido porque ese conflicto “goza” de todas las condiciones impuestas por el paradigma de la sociedad de la comunicación.

Ese paradigma se conoció en su día con el nombre de “Sociedad del Espectáculo”, a partir de un famoso libro canónico que hemos leído todos los que tenemos una cierta edad. En esa sociedad del espectáculo todo es espectáculo. La verdad queda abolida por “incompleta”, antigua y aburrida.

Y cuando la información, o sea el alimento de la mente, es espectáculo, ocurre que  la búsqueda de los indispensables datos fiables para un análisis honesto se hace infructuosa. Los intermediarios, “los mayoristas” que nos suministran esos datos, ya no son los legendarios corresponsales de guerra como lo eran Robert Cappa o Pierre Schœndœrffer, etc.

Ellos eran personas muy conscientes del compromiso moral que exige distinguir entre información y propaganda en su arriesgada profesión. Hoy se trata de otra cosa. Hay mucho chico aburrido en búsqueda de emociones fuertes con una cámara que hace las fotos sola, y los escenarios ya no ofrecen mucho peligro. Son platós al aire libre con servicio de catering.

Pero la existencia de seis millones de judíos, cifra maldita, no puede depender de una información/espectáculo diseñada ad hoc. Su conflicto se narra con los hechos, desnudos de toda retórica, de una lucha por la supervivencia. Por eso ellos han dado por perdida la batalla del espectáculo que les plantean sus adversarios.

Y yo me declaro sionista porque creo sinceramente que, correspondiéndonos a nosotros como espectadores de la tragedia aproximarnos a ese escenario, para desnudarlo de toda esa tramoya con la que los de siempre no cesan de disfrazar la historia, hay que hacerlo. Ni más ni menos que para exigir la verdad de esa historia. Y, después, elegir el campo.

Yo ya lo he hecho.

P.S.
En el escrito del que partía esta reflexión figuraba este enlace que os recomiendo ver. Un joven periodista italiano destacado en la zona nos ilustra con su propia reflexión. No sobre los palestino. No sobre los israelíes.

Sobre los periodistas.