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jueves, 13 de septiembre de 2012

Olvidos, Protágoras y otros sonrrojos.

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Al parecer el Celtiberia Show de este bendito verano se ha propuesto prolongar su divertido programa de variedades hasta las próximas navidades.

Al scoop de esa buena señora que involuntariamente ha visto elevado a la categoría de “obra de arte” el zurcido pictórico que le hizo del Ecce Homo de su pueblo, se le acaba de unir el regocijo, provocado por los jadeos digitales de una concejal manchega, de ese abundante fenotipo nacional, bajito y con mala leche, que es el típico “salido” de las películas de Alfredo Landa.

Como ya estoy harto de la serie interminable de columnas, comentarios, tertulias, etc, conteniendo los más aburridos y previsibles enfoques y “análisis” del hecho, me he propuesto añadir el mío, pero apoyándome esta vez para ello un diálogo de Platón.

En él, el sabio sofista Protágoras, en su charla con Sócrates, nos ofrece la maravillosa historia de la creación de los seres mortales por Zeus, en el curso de la cual, además, hace su aparición, en una de las primeras transgresiones del orden establecido que se conocen, un ocurrente sujeto lleno de iniciativa llamado Prometeo.

Dejadme que os lo cuente, y enseguida entenderéis porqué, en mí humilde opinión, viene a cuento de la anécdota erótica de marras.

Resulta que un día en el que Zeus se encontraba especialmente inspirado, el destino le sugirió la idea de crear a las especies mortales (ojo ya para empezar, con el adjetivo que emplea el tal Protágoras) que no existían hasta entonces. Y así, él y sus once secuaces, los dioses del Olimpo, emprendieron la tarea en el “interior de la tierra, mezclando el fuego y la tierra y todo lo que se mezcla con el fuego y la tierra”.

Más tarde, y llegado el momento de sacarlos a la luz, encargaron a dos titanes, o sea a dos descendientes de los antiguos dioses a los que Zeus y su equipo olímpico habían mandado al paro, Prometeo (el previsor) y Epimeteo (el imprevisor), que se pusieran a ordenar y distribuir la cualidades y capacidades disponibles entre los seres recién creados, como los dioses mandan.

Epimeteo, que era más joven e inexperto, le pidió insistentemente a su hermano mayor que le dejase hacer el trabajo, y que, una vez realizado este, viniese él a controlar el resultado. Prometeo se dejó convencer y, sin más, empezó el reparto.

En él, el joven titán equilibró las cualidades de manera que, por ejemplo, dotaba de velocidad a los débiles y de fuerza sin rapidez a los otros. A unos les proporcionaba garras y otras armas, y a los que les daba una naturaleza sin ellas les proporcionaba otras capacidades de supervivencia.

A los pequeñitos los equipaba con alas para poder huir, o un seguro refugio bajo tierra. A los de talla más grande, esa condición les garantizaba la existencia, de forma que todos se compensaban. Y lo hizo de esta manera para evitar que ninguna especie mortal, o si lo preferís viviente, pudiera ser aniquilada, tras garantizarles que mediante el recurso de la huida se  evitaba la destrucción mutua.

Además, para protegerlas de las estaciones creadas por Zeus, les proveyó de pelajes densos y pieles gruesas, no solo para defenderse del frío sino también para aislarse del calor, además de servirles de colchón adaptado a cada una de ellas. También los calzó con pezuñas o almohadillas mullidas desprovistas de sangre.

A continuación les procuró alimentos. A unos la hierba de la tierra, a los otros los frutos de los árboles y unos terceros las raíces. Hubo a quienes les dio como alimentos la carne de otros animales, y a esos les acordó una progenitura más escasa, mientras que a sus presas les dio una prole más numerosa, garantizando así la salvaguardia de la especie.

Sin embargo, como Epimeteo no era lo que se dice un sabio, distribuyó absolutamente todas las cualidades entre las especies animales, dejando a la pobre especie humana sin un mísero don divino. Al darse cuenta de su descuido no supo qué hacer, y justo cuando se encontraba desesperado apareció Prometeo para revisar el reparto.

Pronto vio que todos los mortales vivían armoniosamente provistos de todo lo necesario menos el hombre que, desnudo, carecía de zapatos, de piel y de armas. El hombre no tenia nada, ni para alimentarse, ni para protegerse del frío o del calor. Su destino estaba trazado. Perecería en cuanto saliese de la tierra para vivir en la luz.

No sabiendo como preservar al hombre, Prometeo decidió robar las habilidades de Hefaistos, el dios herrero (las artes del fuego) y de Athena, la diosa de los artesanos y artífices (las otras artes). Y así sería como le haría ese regalo al hombre. De esa forma, pues, el hombre adquiriría los saberes de la vida, pero no el saber político, que estaba en posesión de Zeus.

Para llevar a cabo su propósito, Prometeo descartó entrar en la Acrópolis que habitaba Zeus y estaba vigilada por su temibles guardaespaldas, y penetró en el taller en el que Hefaistos y Athena desarrollaban juntos sus artes. Allí robó el arte de servirse del fuego, además del fuego (y sin poseer fuego no habría modo para nadie de adquirirlo, ni de utilizarlo), el resto de las artes y regaló todo a los hombres.

Y es de ese hecho del que se derivan las comodidades de la vida que goza la especie humana y también, más tarde, la persecución de Prometeo por un robo instigado por Epimeteo, y la que se le vino encima.

Como el hombre se había hecho de esta forma con una parte de los privilegios de los dioses, fue el primero de los vivientes en reconocerlos y comenzó a levantar altares y estatuas en su honor. Después, gracias al arte correspondiente, no tardó en comenzar a emitir sonidos articulados y palabras.

Además inventó las casas, los vestidos, el calzado y los alimentos procedentes de la tierra. Así equipados, al principio, los hombres vivían dispersos; no tenían ciudades, sucumbiendo a menudo ante las bestias feroces, teniendo en cuenta que su habilidad de artesanos les resultaba suficiente para asegurar la alimentación, pero no lo era para sostener una guerra contra esas bestias feroces.

En efecto, aun no poseían el arte político del que se derivaba el arte de la guerra. Intentaban  juntarse  a veces fundando ciudades para asegurar su salvaguardia, pero pronto se portaban de forma injusta los unos con los otros, dado que no tenían el arte político, dispersándose entonces de nuevo y pereciendo.

Zeus, temiendo que aquellos hombres que levantaban estatuas y altares en su honor, acabasen aniquilándose, envió a su mensajero Hermes para aportarles los bienes del aidôs o el Pudor (o la Vergüenza, o la Discreción, o la Dignidad, o el Sentido del Honor que vienen a ser todos lo mismo. ¿vais pillando?) y del dikê o la Justicia, (o la Norma, o la Regla) para constituir el orden de las ciudades y los lazos de amistad que uniesen a los hombres.

Hermes preguntó entonces a Zeus cómo debía repartir esto nuevos dones entre los hombres. “¿Debo distribuirlos como se ha hecho con las otras artes? ¿Por ejemplo, para que un solo hombre poseedor del arte de la medicina atendiese a un gran número de profanos, al igual que ocurría con el resto de las profesiones?¿Es así como debo establecer el sentimiento del Derecho y del Pudor en la humanidad?¿O es necesario que los distribuya indistintamente entre todos?”

“Repártelos indistintamente entre todos y que todos tomen parte de esos sentimientos” replicó Zeus; “ya que no podría haber ciudades si solamente un pequeño número de hombres gozasen de ellos, como ocurre con el resto de las disciplinas”. “Además, instaura en mi nombre la siguiente ley: Se ajusticiará como si fuese una enfermedad para la ciudad a todo hombre que se muestre incapaz de participar del sentimiento del Pudor y del Derecho.”

Lo que le ocurrió a Prometeo, y sobre todo a su hígado, cuando lo pilló Zeus, es materia para otra charla. Pero lo que hemos visto que Protágoras le contó a Sócrates es algo sobre lo que merece la pena reflexionar.

Siempre me tuve por un ser muy pudoroso. A veces tuve dudas de si no sería incluso un poco pudibundo (que si bien entonces no sabía exactamente lo que podría significar eso en realidad, me sonaba fatal). Sin embrago, en eso como en casi todo sufrí una transformación radical.

Hasta el extremo de sostener hoy, sin miedo a que me caiga la mundial, que el Pudor, o la Vergüenza, lejos de ser el la máscara que oculta aquello que no nos gusta de nosotros mismos y escondemos a los demás, es, por el contrario, el escudo con el que salvaguardamos aquello que tiene más valor para cada uno. Lo que le define como individuo. Lo que no comparte con nadie. O sea de su Intimidad.

Ahí es donde residen, por ejemplo, las preferencias sexuales y religiosas, que los impúdicos triunfantes de hoy pretenden expropiar y exhibir. Y es que en esos dos ámbitos, sin ir más lejos, los demás no tienen ningún pito que tocar ya que, por su propia naturaleza, no son materia opinable.

El Pudor señala la frontera donde cada cual decide que se interrumpe su relación directa o indirecta con los demás. Si esa frontera desapareciera, nosotros desapareceríamos también para convertirnos en ellos. O sea, en nada.

Protágoras nos cuenta que Zeus sabe que será imposible una ciudad regida solo por profesionales, como los zapateros o como los médicos. Una ciudad sin ciudadanos individuales. La ciudad es inviable si cada uno de sus habitantes no posee, de manera propia e íntima, la idea de una Justicia que oriente sus decisiones para no lesionar a sus semejantes.

El Sentido del Honor; la Dignidad; el Respeto y el Amor Propio, que son fundamentos individuales, son los muros con los que el Pudor protege aquello que nos distingue.

La ausencia de Pudor, de Vergüenza, fue proclamada entusiásticamente como virtud transgresora, justo cuando la verdadera transgresión pasó de ser una valiente postura moral frente a los totalitarios y los intolerantes, a convertirse en una actitud grotesca y barata, cuando no gratuita. Al día siguiente, esa festejada actitud se convirtió en el certificado de defunción del Pudor del que nos hablaba Protágoras.

¿Qué clase de pecado original tratará de perdonarse a sí mismo el nudista que acude, no a un rincón apartado de la vista pública en el que poner su anatomía en contacto directo con el aire y el sol, sin trapos intermedios ni testigos, sino a lugares sociales, en los que poder  proclamar públicamente su “triunfo sobre el pecado del Pudor”?

Lugares en los que, como si se tratase de una asociación de alcohólicos anónimos, se practica la esterilización colectiva de la emoción provocada por esa maravilla única que es el desnudo humano, hasta convertirse en una aburrida kermesse de eunucos post-modernos en pelota. Desnudo humano, por cierto, que tan homenajeado fue, por estúpidos “reaccionarios” como Fidias, Praxíteles y el resto de los artistas conciudadanos de Protágoras,

Esa es la victoria de los im-púdicos. Esto es, la de los sin-vergüenzas.

Hoy en día, a la impudicia se la presenta como el paradigma de la sinceridad. Como el arma definitiva contra la hipocresía. Curiosamente, el supuesto derribo de un tabú privado: el Pudor, ha dado lugar a la entronización de uno nuevo ídolo colectivo: la Sagrada Información. ¡Bravo! ¡Todo un triunfo de la desmitificación!

 ¡La obscenidad mediática es la nueva conquista del pueblo!  ¡Gracias Güiquilics!

Por otro lado, este delirio está dando lugar a curiosos fenómenos de compensación, que están proporcionando opíparos beneficios a industrias tan improbables hasta hace cuatro días, como las fábricas de esos pasamontañas que adquieren abundantemente los manifestantes, okupas, atracadores, terroristas o policías, todos los cuales necesitan neutralizar tanto escrutinio (de escrutar) divulgador, ya que les va el pellejo en el asunto.

Igualmente, los recursos tecnológicos proporcionan las nuevas hojas de parra de toda la vida de dios, pero digitales, para ocultar determinadas intimidades, (como los rostros de los niños, policías, testigos protegidos, etc,) del insaciable afán revelador imperante. Son, en cierto modo, patéticos eufemismos del Pudor, que no hacen sino demostrar su indispensabilidad.

El Pudor es algo basado siempre en unos principios, por eso es una manifestación moral. Y la primera condición que define a la moral es su carácter privado, individual. Una moral colectiva es la de una secta. O de su avatar, la ideología.

Y, a pesar de que los profetas de esas cosas suelan presentarse como amorales, no engañan a nadie; conocemos la monserga. “El camino más corto para acabar con la inmoralidad es la abolición de toda moral”. Sin moral alguna no puede haber inmorales. Claro, solo hay amorales, que son los mismos inmorales de siempre, pero con coartada. De igual modo, el “triunfo” sobre la mentira se consigue haciéndola imposible. Esto es, aboliendo definitivamente la verdad.

¡Puro relativismo, chato. Puro bigbroder!

Si a eso añadimos los actuales medios técnicos, al alcance hoy de cualquier analfabeto y capaces de demoler los vulnerables tabiques que deberían proteger nuestra intimidad, el resultado es la grotesca pelotera que acabamos de presenciar, con la exhibición pública de la intimidad de una persona, por más reproches de imprudencia que se puedan hacer a su gozosa iniciativa (por cierto, habría que ver esos reproches serían los mismos si Olvido no fuera joven y hermosa).

En mi opinión, la actitud del impúdico tarado que haya podido difundir las intimidades de Olvido, me inspira la de quien entra descojonándose en una cafetería con un cinturón explosivo, pero no para vengar algo o reivindicar cualquier cosa, no, no… como terrorismo en estado puro.

Simplemente para hacer una risas.

PS
Se me olvidó indicaros que la foto de arriba muestra al pueblo soberano de Yébenes esperando a su concejala para llamarla “puta”, “guarra” y “zorra”. Como dios manda.


   

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Chorizos envueltos en papel de periódico.


Desde Fuerteventura, lugar en el que no me encuentro precisamente desterrado como lo estuviera en su tiempo Unamuno, se contempla el horizonte patrio con una mezcla de irritación, no por previsible menos fastidiosa; de vergüenza, a la que afortunadamente uno no se acostumbra; y de desesperanzado aburrimiento, que aquí uno consigue neutralizar en virtud de una naturaleza especialmente propicia para espíritus no convencionales.

En determinados aspectos, como por ejemplo la evolución de los precios inmobiliarios, sin ir más lejos, da la sensación de que la actualidad llega a este lugar con el mismo ritmo privilegiadamente lento con el que esta bendita tierra desempeña todo su cometido vital.

Sin embargo, el escasamente saludable hábito de leer la prensa diaria le proporciona a cada cual la dosis de actualidad necesaria para no sucumbir del todo a la tentación de relajamiento con la que este benéfico clima nos seduce a quienes no buscamos la excitación de un verano ibicenco.

He tratado de esquivar las oportunistas anécdotas que año tras año tratan de hacerse un hueco a codazos en las portadas de los medios, aprovechando el vacío dejado por sus habituales okupas, pero la acostumbrada actuación circense, en el mes de Agosto, de ese patético guiñol que es el alcalde Marinaleda, ha superado ampliamente esta vez las cutres acrobacias a las que nos tenía habituados.

A causa de mi innato descreimiento acerca del origen genético de ciertas peculiaridades regionales, siempre he sentido una sensación embarazosa al constatar la abundancia de cierta variedad de sujeto estrafalario con el que la región andaluza contribuye a la acreditada variedad franquista  de los pueblos y las gentes de España.

No es aventurado afirmar que a especímenes tan acabados de ese especial pelaje, como han sido o son el mencionado alcalde de Marinaleda, Su Santidad Clemente I, el inolvidable Papa del Palmar de Troya o el gran “en­­–mano” Juan Guerra y el resto de cofrades, es muy difícil encontrarles parangón alguno, fuera de los límites de la Comunidad Autónoma Andaluza. En esa tierra poseen sin lugar a duda el copyright de esta y otras apreciadas especies varietales.

A pesar de ello, esta nueva erupción de la triste infección que padece el tal alcalde, no me habría provocado otra cosa que el ligero aunque molesto escozor propio de la picadura de un mosquito, si no hubiera ocurrido casi simultáneamente con la noticia del asesinato de una veterana policía municipal en Madrid, a manos de un desalmado rufián, y justo, sobre todo, cuando acababa de concluir la lectura del último ensayo de Mario Vargas Llosa, “La civilización del espectáculo”.

No hace muchos años, estos tres hechos tal vez no hubiesen tenido entre sí ninguna relación significativa para mí; pero precisamente la lectura de la última obra del premio Nobel me proporcionó la clave de su íntima relación, dentro del actual panorama: la reducción de cualquier  hecho “cultural” a la categoría de “titular mediático”.

Entendiendo por cultural toda manifestación antropológica, individual o colectiva, propia de nuestra civilización, y por titular mediático cualquier noticia susceptible de provocar la distracción, el entretenimiento o el interés de su receptor.

Divertimentos cuya duración aproximada no suele exceder, por supuesto,  la fracción de tiempo necesaria para su comprensión, como establecen los actuales libros de estilo de los diversos medios de comunicación.

No voy a perder ni un segundo comentando esa caricatura de una caricatura que es el trampantojo sevillano del sub-payaso de Chiapas. Otros lo han hecho en sus columnas de una manera mucho más brillante de lo que yo sería capaz. Tampoco me parece necesario añadir nada a lo ya expresado en términos de indignación –esta vez sí justificada– respecto del asesinato de la funcionaria de policía.

Mí reflexión se sitúa en el terreno del estado actual de la conciencia moral ciudadana de una mayoría de personas que me rodean, y no solo en nuestro país, y del que Vargas Llosa hace un lúcido análisis en su ensayo-programa.

Lo denomino así porque, si bien en una primera lectura se puede extraer la sensación de que los contenidos podrían haber sido objeto de una profundización mayor, más tarde, uno se da cuenta que desarrollar en toda su complejidad cada uno de los temas tratados en sus capítulos constituiría una labor casi imposible.

El ensayo constituye pues, en mí humilde opinión, un catálogo razonado del estado de las principales materias culturales en la actualidad, destinado a estimular una reflexión global sobre la deriva en la que se encuentran navegando.

El panorama actual de lo que ha sido para mí hasta el momento presente la civilización, o sea la occidental, presenta unos rasgos más que inquietantes. No en lo que se refiere a una siempre indispensable evolución, como la experimentada por ella a lo largo de toda su historia.

La amenaza procede, en mí opinión, de la desaparición paulatina y acelerada de los paradigmas que hicieron posibles hasta ahora sus principios y aspiraciones, para ser sustituídos por una colección de certezas, cuya garantía de verosimilitud mayor reside en su indiscutible carácter "técnico". O sea “objetivo”.

McLuhan nos advirtió hace ahora casi cincuenta años del peligro de la  usurpación del mensaje por parte de unos medios cada día más poderosos.

El rol central de los medios de comunicación como agentes intermediarios en el desarrollo de la cultura y la maduración ciudadana, ha ido derivando su cometido original de “medio” al servicio de ese propósito civilizador, hacia el de una simple y macrocefálica plataforma de poder que compite con creciente ventaja con el resto de las estructuras sociales, gobierno, finanzas, sindicatos, etc, quienes, a su vez, van transformando sus primitivos y nobles fines históricos, en nuevos objetivos de vocación hegemónica.

Esta evolución tiene, de entrada, una consecuencia catastrófica en el plano moral. La referencia ética, que constituía tradicionalmente el principal factor de autoridad intelectual entre las publicaciones periódicas y el signo de identidad de los diferentes principios que representaban cada una de ellas, se ha ido diluyendo en el magma amorfo del relativismo y el oportunismo táctico.

Tanto los grotescos payasos a los que he hecho referencia más arriba, como lo patibularios miembros de las bandas terroristas que nos humillan sin reposo con su insufrible y vomitiva monserga, encuentran cumplida acogida en las páginas y espacios de información de primer rango en los medios de cualquier inspiración ideológica. 

Y es precisamente este hecho, el de que, como digo, no exista discriminación ideológica alguna en el fenómeno, lo que constituye el mayor escándalo y el más estremecedor síntoma de lo que, al parecer, se nos viene encima.

El objetivo fundamental que justifica la acción de todos aquellos que se sitúan al margen del sistema democrático no es, como podría parecer a primera vista, la destrucción de ese sistema. Ese asunto ya no lo estiman posible ni los más delirantes. El propósito primero y único de su demencial proceder es el de “existir”. Tener presencia. Y nada existe en la mente de los demás hasta que órganos como “El País” no lo proclaman en el púlpito de sus primeras páginas.

Luego, si dos y dos son cuatro, su hipotética ausencia de esos prestigiosos escenarios determinaría su desaparición. Pero para eso habría que empezar por redefinir qué es una noticia y qué un remitido envuelto en un atentado.

Otro de los síntomas de la enfermedad que está extendiéndose en nuestras sociedades es el de nuestra indiferencia; el de la falta de atención con la que presenciamos estos hechos, atribuyéndoles la condición de “normales”.

La complicidad objetiva de uno de los mayores centros de influencia existentes, si no el mayor, como son los medios de comunicación, con los delincuentes autoproclamados antisistema, contribuye eficazmente a la existencia y perpetuación de estos. Este hecho es considerado por los escasos testigos que se paran a reflexionar sobre él, como una fatalidad fruto de la “lógica interna” del hecho de informar.

Esa justificación, que los mencionados medios se preocupan de difundir  en virtud de una estrafalaria teoría sobre su papel de simples “notarios” de lo que sucede (teoría puesta en circulación por esa lumbrera del periodismo y excelso creador de lenguaje que es José María “Butanito” García), o de otra referente a los sacrificados “mensajeros” a los que siniestros complotadores ejecutan para negar la veracidad de sus mensajes, son “tragadas” sin pestañear por la inmensa mayoría de los usuarios de la supuesta información.

Guy Debord, fundador de una espectral y pretenciosa “Internacional Situacionista”, y uno de los apóstoles de la “nueva realidad” -que los círculos intelectuales de los sesenta pretendían vender como pura y simple “muerte de la realidad” - escribió a finales de la era dorada de nuestros veinte años un libro titulado “La sociedad del espectáculo”, y algunos lo leímos dejándonos enredar por su retórica enrevesada y asfixiante.

Hoy Vargas Llosa lo comenta en su ensayo, descifrando con finura la torpe trampa marxista que encerraba en su inextricable y arrogante prosa. Pero si algo es oportuno recordar hoy, es que en aquellos polvos que constituían la profecía que probablemente de forma involuntaria escondía el situacionista Debord, está el origen de los lodos que anegan las  confusas molleras de las actuales generaciones.

En fin, gracias a que un puñado de “colgaos” se han empeñado día tras día en convencerme de que Marinaleda se encuentra en un claro, entre el bosque de Sherwood y la selva Lacandona, me he alegrado mucho de haber traído “La civilización del espectáculo” a este interminable horizonte de luz que es esta isla.

Si llego a leerlo en Asturias y en invierno no creo que hubiese sobrevivido.

Olfato que tiene uno.



viernes, 31 de agosto de 2012

El insomnio de una noche de verano


En la entrada de su confortable madriguera, la pequeña comadreja asomó prudentemente su cabecita. Esta parecía verdaderamente insignificante al lado de la ciclópea cruz medio derrumbada de aquella tumba. Se trataba del destartalado panteón familiar de Ángel Pantaleón Torcido Siracusa, notario, en el que se había levantado un último acta notarial; el de su propia defunción.

Entornando levemente sus minúsculos ojillos entre los hirsutos bigotes de su hocico, trató de hacerse una idea aproximada de los peligros reales que, en aquella ocasión, encerraba la siempre arriesgada expedición nocturna que se disponía a emprender.

La luna llena extendía su cegador reflejo por todo el camposanto. Debido a ello, aquel habitualmente recóndito escenario había adquirido una súbita e inusitada grandeza. Era casi tan espectacular en su reposada y silenciosa belleza como lo había sido bajo el ruido y la furia cuando, sumergido por cataratas de lluvia; bajo el aterrador efecto estroboscópico de los relámpagos; y con la ensordecedora cacofonía de los truenos, se despidió de la última primavera en medio de una tormenta memorable.

En el extremo contrario del cementerio, aquella atmósfera de lúgubre entropía reflejaba su más ruinosa realidad en una escuadra de máquinas excavadoras oxidadas e inmóviles, a las que la crisis inmobiliaria había paralizado en pleno inicio de la demolición del cementerio, cuyos terrenos deberían haber acogido al ansiado polideportivo municipal.

Esa noche, en aquella escena de ruinas, solo se echaba en falta algún sonido o eco lejano que para completar su romántica melancolía. Pero no sonó el remoto tañido de una campana, ni el emotivo trémolo de un nocturno de Chopin. Nada.

Hasta que…

Fue una especie de chasquido prolongado. Un ruido entre mecánico y humano. Algo así como el sonido que emitiría un estropajo de aluminio al iniciar la limpieza del tubo del desagüe de un lavabo, en el roñoso aseo de una estación de servicio.

Por el lado oscuro, –siempre hay un lado oscuro en todos los lugares, incluso en un cementerio-, y entre el macizo de cipreses que conseguía elevar vegetalmente la altura del desconchado muro de cierre, comenzaron a agitarse levemente los hierbajos que cubrían unas antiguas tumbas vacías, cansadas de esperar nuevos inquilinos.

La forma, que empezó a desvelarse poco a poco mientras entraba en la zona iluminada emitiendo aquel sonido indefinible, provocaba una vaga inquietud. No se trataba de nada concreto. Era como si arrastrara una levísima aura terrorífica en torno a su silueta.

 Aquello acabó por activar todas los circuitos de alarma del pequeño mustélido, quien con un vertiginoso giro de ciento ochenta grados sobre sí mismo, se eclipsó en una fracción de segundo dentro de su segura madriguera.

El paso trabajosamente lento de la silueta, y los gestos que empezaban a percibirse con mayor precisión, parecían más bien el resultado de una premeditada y bien estudiada puesta en escena, que de cualquier expresión espontánea de aquel estrafalario bulto.

Cuando la intensa y lechosa luz del plenilunio alcanzó a iluminar lo que parecía ser el cráneo de aquel espectro, un conjunto de rasgos vagamente perdidos en una maraña de arrugas dibujaron un tenebroso rostro. En su horrible rictus se mezclaban, apenas contenidos, el rencor, la ira, el odio y una patética mirada cuya expresión oscilaba entre la de un grotesco perdonavidas de gama baja y la de un mal aseado proxeneta jubilado.

Una figura de espaldas, en primer plano, abrió los brazos con gesto de acogida y con la indisimulada satisfacción de quien retira el paño que cubre la tarta de cumpleaños exclamó :

“¡Señoras y señores; Mario Conde regresa a la política!”

Bueno, no fue exactamente así como yo lo presencié en ese contenedor de basura televisiva que es TeleCinco. Pero así es precisamente como yo lo vi. Lo juro.

El cementerio de los quiméricos manas que ya no caen del cielo, incluído el fantasma recurrente del polideportivo, es solo el forillo. El decorado del escenario de un esperpento que se representa en este rincón geográfico, con sus actos y sus entreactos, incansablemente, y cuyos protagonistas están, una vez más, tratando de defenderse del apuro en el que se encuentran metidos, por el viejo y desacreditado método de negar tozudamente la realidad.

“Bueno…, allá ellos”, diría con evidente sabiduría mi fracción más incorregiblemente individualista, si no fuera porque ese tipo de actitudes puede tener -¡Dios no lo quiera!- consecuencias fatales para todos.

No voy a repetir una vez más lo dicho hasta la saciedad en estos humildes comentarios. Repasad los manuales de historia. En ellos está retratada mil veces la situación de hoy, en múltiples soportes; desde en daguerrotipos de mediados del siglo XIX hasta en colgajos actuales de YouTube.

Cuando a la situación económica le da por recordarnos que nos hemos equivocado de rumbo, y nos previene de la fatal colisión hacia la que nos dirigimos, cerramos los ojos y llamamos a papá, como los niños en la montaña rusa.

Pero aunque al entreabrir los párpados papá no esté, sabemos que puede aparecer. Murió varias veces a lo largo de la historia, siempre después de causar múltiples destrozos. Y como lo atestiguan fielmente los archivos, a pesar de sus diferentes disfraces, siempre se trata del mismo papá.

La angustia aumenta y a las “cabezas de turco” políticas les suceden sin solución de continuidad lo “chivos expiatorios” políticos, quienes, por otro lado, tienen bien asumido que eso va incluído en el sueldo. Pero claro, todo ese cabreo no reduce un céntimo las hipotecas. ¡Se hace urgente el milagro!

Y… ¡Chan, chán!  Ahí es donde aparecen los zombies; lo freaks redivivos; los chamanes amateurs de toda la vida; los trileros de la historia; los filibusteros políticos y los aspirantes al papel de protectores padres, o padrecitos, de los pueblos.

Todos nosotros hemos sido testigos de las tristes actitudes adoptadas por los parientes de alguien aquejado de un mal incurable. Personas normalmente razonables y en principio poco proclives a las soluciones milagrosas, nos confiesan inesperadamente haber acudido, con una última y remota esperanza, a reclamar los servicios de algún renombrado curandero, en busca del ansiado remedio-milagro para su ser querido.

Cualquiera con un mínimo de buen corazón entenderá y disculpará semejantes gestos de impotencia.

Pero cuando una población está habituada al milagro que se opera cotidianamente en la llamada sociedad del bienestar, vive esa ficción con un desenfadado entusiasmo, sin querer darse cuenta de que se trata de un peligrosa enfermedad en la que la gravedad se incrementa aceleradamente como consecuencia de lo que no es más que una suicida huida hacia delante. Y cuando se termina ese prodigio, empieza el pánico.

Entonces no son ya unos bienintencionados parientes quienes tratan de salvar a un tercero. Se trata de los propios moribundos los que claman por el milagro. Y lo hacen, no porque crean que el mal no tiene remedio. No. En el fondo saben muy bien que el único remedio está en sus manos, y que consiste en responsabilizarse de una vez de su anterior irresponsabilidad y resignarse por fin, todos juntos, a pagar el precio de la terapia salvadora.

Pero no. Piden el milagro para seguir sin hacerse cargo de su propio desastre.

Esta situación no se presenta hoy por primera vez. La conocen todos aquellos que tengan más de treinta años y podrían describirnos con pelos y señales lo que ocurrirá a continuación.

Los vendedores de crecepelo descargarán sus camionetas, con el género que bajo nuevas etiquetas encierra siempre el mismo producto. Son los charlatanes de siempre, presentes en todas las ferias que se montan en torno a las sociedades en crisis. Paupérrimas imitaciones de todo a cien de las ferias de antaño, en las que aquella soberbia mujer barbuda ha sido sustituida por una troupe de torpes prestidigitadores a los que se les han muerto las palomas hace mucho tiempo.

¡Ya han montado sus tenderetes, financiados por aquellos que apuestan siempre a todos los caballos, y ya están empezando a tratar de agitar a la legión de calvos, señalando a los verdaderos causantes de su alopecia!

Los políticos. En bloque. No las personas. La profesión.

Acordaros de aquel mequetrefe austriaco del bigotillo de mosca y aires de orador de barbería, en los años treinta. Pronto encabezó las masas de descontentos hambrientos. Solo tuvo que encontrar al “culpable”: los políticos de la República de Weimar. “Sucios tramposos embaucadores de la buena fe de un gran pueblo, traicionado previamente por esos mismos tramposos de la política”.

Aquí, en los años noventa, toda una generación de estúpidos impacientes con aro en la oreja, fue encandilada por un personaje con pinta y tabarra de dependiente pelmazo de El Corte Inglés, que promocionó ante la audiencia de la escasa media docena de neuronas que poseía aquel club de cretinos, el prodigioso atajo financiero recién descubierto por él, llamado “El Pelotazo”.

Lo que queda actualmente de ese empalagoso tahúr se asomaba hace un par de días por la pantalla del televisor en casa de los que necesitan urgentemente un milagrito.

En el plató, cuatro periodistas comentaban la movida. El habitualmente desmitificador Alfonso Rojo, defendía la idea de que es muy sano que entren en política personajes ajenos a esa profesión, como ocurre frecuentemente en los USA.

Olvidaba decir Alfonso que en ese país los outsiders pertenecen siempre a uno de los dos grandes partidos en liza, como fue el caso de Ronald Reagan o Arnold Schwarzenegger, miembros del Partido Republicano.

No suelen ser visionarios creadores de “terceras vías” como han sido los casos de Marina Le Pen y su BleuMarine, Rosa Díaz y su UPyD, Jesús Gil y su GIL, otros ruizes-mateos, y ahora este calamidad.

En otra silla de pontificar se aposentaba esa especie de muñeco de ventrílocuo de tertulia llamado Javier Nart, que suele auto-divulgar un currículo personal que es el asombro de propios y extraños por la aparente imposibilidad física de que haya podido hacer tantas cosas importantes como declara, en el número de años que aparenta haber vivido.

Y, por si eso fuera poco, esta perla añade al resto el dudoso mérito de ser el cursi más pedante de las ondas hertzianas, cuyo incomparable truco estilístico consiste en expresarse únicamente y sin excepción, con frases lapidarias. En esta ocasión y fiel, una vez más, a su peculiar modelo prosódico declaró : “Creo en el mensaje, pero no creo en el autor”. Y se quedó tan tranquilo.

En general esa era la “opinión” más generalizada en aquel “erudito” sanedrín. Todos los reunidos se pusieron a participar con entusiasmo en el  populista concurso del “tiro al político”, suscribiendo al pie de la letra la demagogia extra-plana del ex-banquero-ex-convicto-ex-presidiario.

Este, en medio de un galimatías lingüístico huérfano de la más misérrima retórica, y en el que uno, al cuarto de hora de tabarra, trataba inútilmente de identificar un par de ideas hilvanadas, engolaba de vez en cuando su voz de feriante afónico, para recriminar a los actuales gobernantes su vergonzosa FALTA DE MORALLLLLL…

Así, rodando incansablemennnnnte la ele, para darle ese énfasis especial, propio de un torquemada de aldea dirigiéndose a sus acojonados feligreses desde el púlpito de su chamizo. Este personaje, que se ganó esa reverencia tan ibérica de los que admiran las hazañas del Dioni tanto como a los números uno de las oposiciones a la Abogacía del Estado y por idénticas razones (que sería largo exponer aquí), anunciaba con aire apocalíptico la buena nueva de su “vuelta” a la palestra política.

Que un rufián de pacotilla, como este, se permita hablar públicamente de moral en un país que presenció y financió la insufrible serie de juicios que acabaron por dejar en unos pocos años de trullo, para un chorizo perfumado con Varón Dandy como él, lo que debería haber sido una condena ejemplar, tendría que ser suficiente pista para acabar de entender la madera de la que está hecho ese país.

La única buena noticia en medio de todo este carajal es que, como país original, el nuestro bate récords. Y si en todos lados el estado providencia suele ser una tienda, un mostrador de reparto a pie de calle, aquí no. Aquí tiene dos plantas.

La primera es la normal. La del estado benefactor. La segunda es la correspondiente a la economía sumergida. Y precisamente es en esa otra instancia, delictivamente providencial, donde reside la única causa por la que, afortunadamente, los zombies lo tienen aquí bastante más crudo. Por ahora.

Porque no hay que olvidar que, por ventura para nosotros, para que el mencionado macarra del bigotito de mosca pudiera montar la que montó, tuvo que vivir en un país en el que, en 1933, a falta de carbón se atizaba la calefacción con toneladas de los devaluados reichmarks de la época y, durante las noches, se guardaba sitio en la cola de la comida benéfica.

De momento, aquí seguimos con el tinto de verano, y que no falte.

¡Aunque sea Don Simón!

martes, 28 de agosto de 2012

We don't walk alone

En la evolución del contexto cultural en el que nos movemos desde hace bastantes años los sujetos de mi edad y generaciones adyacentes, y a lo largo de todo este tiempo, se han ido extraviando muchas de las referencias morales que nos parecían esenciales, y aún nos lo parecen a algunos, para la construcción de los observatorios desde los que elegimos nuestras prioridades.

Pero eso, siendo lo malo del asunto, no es lo peor. Lo peor es que esas pérdidas no solo no representan lamentablemente ninguna inquietud para la mayoría de nuestros conciudadanos, sino que los vacíos que dejan se van transformando en balizas del nuevo sendero por el que discurre el ser humano en dirección a una nueva versión de la cultura, cuyos primeras manifestaciones me producen escalofríos.

Este estado de cosas ha provocado, hace ya cierto tiempo, la aparición en muchos de nosotros de algunas estrategias defensivas; la generación de algunos anticuerpos que nos permiten una inquieta pero, de momento, eficaz inmunidad, aunque me temo, ojalá me equivoque, que con fecha de caducidad.

Así pues, se han operado algunos cambios. Por ejemplo, la selección de las  referencias culturales, políticas y, en definitiva, morales que tradicionalmente llevábamos a cabo entre las elites intelectuales, siempre había estado más o menos ordenada por géneros, o segmentos creativos homogéneos. Filosóficos. Literarios. Musicales. Pictóricos. Cinematográficos. Etc.

Esto ha cambiado para mí desde hace tiempo, y esa discriminación de mis guías intelectuales ha tenido que desechar aquel criterio selectivo clásico, siempre respetuosamente distante, para dejar paso a otro más  elemental, más próximo. Más sintético, porque tal vez se ha hecho más urgente.

Un criterio en el que el elemento cardinal está directamente relacionado con una única y mucho más esencial actividad del autor: aquella en la que vive su propia historia. Esa historia íntima que se destila después de múltiples maneras en su obra. Tal vez esto parezca a primera vista tan simplificador como pretencioso. No lo es para mí.

Se trata de acercarse a alguien que posee un particular sentido de la vida y lo manifiesta a través de una actividad intelectual. Y lo hace de un modo tan evidente, tan desnudo de artificio, que parecería que la forma concreta de esa actividad, la novela, el cuadro, la película, etc, es decir, el elemento conductor cuya perfección nos invita a aproximarnos, se situase deliberadamente en una especie de segundo plano.

Ese acercamiento produce un efecto clarificador en el lector-espectador.  Este se ve inesperadamente identificado con el material más genuino del proceso creativo de ese autor, y que es aquel que mejor lo identifica. No solamente como artista o creador sino en su totalidad. Es decir, como ser humano.

La proximidad con el creador no es ya únicamente de naturaleza estética, como solía ser en términos clásicos; posee más bien un sentido de identificación personal más universal, en el que el goce de la obra es inseparable de una especie de sentimiento de intimidad entre los propios principios y los del autor. Es el maestro-amigo.

Y es entonces cuando se produce el efecto más sorprendente. De pronto, las personalidades de algunos autores, creadores de obras en diferentes disciplinas, que jamás se habían presentado ante nosotros más que con su exclusiva identidad artística, aparecen estrechamente relacionados entre sí por una misma esencia: su común visión general de la vida.

Naturalmente, para mí, mis guías tienen algo más en común. Son personas heterodoxas. Especiales. Difícilmente encajables en los rígidos anaqueles de la cultura oficial. Están en ellos porque sería impensable ignorar el mérito de su quehacer; pero por más que los pusilánimes del canon intenten encontrar un espacio reconocible que los pudiese acoger para su propia tranquilidad, solo encuentran el de “inclasificables”.

Y, algo aun más definitivo: la izquierda, que no pudo nunca recuperarlos para sus filas, como suele intentar con cualquier intelectual notable, no ha tenido más remedio que homologarlos culturalmente, aunque en términos ideológicos los deteste.    

­¿Qué relación se podría establecer, por ejemplo, entre autores tan aparentemente diversos como el historiador Georges Bensoussan; el director de cine Clint Eastwood; el chanteur Georges Brassens y el literato Mario Vargas Llosa? Si partimos de un  criterio estrictamente profesional, ninguno. Salvo el hecho, claro está, del reconocimiento unánime de su maestría, del que todos ellos gozan en sus respectivos círculos.

Todos ellos poseen, así mismo, una trayectoria profesional lo suficientemente dilatada y coherente, como para poder identificar sin error esos principios de los que estamos hablando, que transcienden su obra, y a los que habrá que empezar a llamar por su nombre. Los  principios morales. Y su consecuente proyección ética y estética, claro.

Un análisis atento de la obra de los cuatro nos muestra una evolución, en la que a medida que iban alcanzando esa madurez formal que proporciona al autor un lenguaje propio, se nota un progresivo interés por lo esencial, una especie de necesidad de dejar claro qué es aquello que realmente importa.

Y sino, comprobémoslo.

George Bensoussan, del que tengo el honor de ser amigo, no es únicamente un gran historiador. Es mucho más. Su dedicación al estudio de las obsesiones genocidas de la vieja Europa, que culminan hasta ahora con Auschwitz -ese hecho histórico que marcó para siempre la conciencia de la humanidad- ha dado como resultado uno de los más importantes trabajos de reflexión histórica sobre la condición humana actualmente, y sin cuyo conocimiento resultaría casi imposible comprender qué nos pasa ahora mismo.

Su trabajo incesante para la difusión entre los más jóvenes  del conocimiento de nuestros hechos más reprobables, y los precedentes que ayudan a comprenderlos como es el miedo a la libertad, no solo representa un esfuerzo indispensable si queremos que la memoria no deje de cumplir su mejor función, sino que contribuye con su lúcida y, a pesar de ello, esperanzada mirada sobre la conciencia del hombre, a que las generaciones que empiezan ahora mismo a vivir puedan evitar la funesta tentación de refugiarse en la indiferencia. 

“En el desarrollo de las sociedades modernas, desde principios del siglo XIX en particular, el hombre ya no es la referencia cardinal que venía siendo en las sociedades tradicionales. Es de ahí de donde procede la nostalgia que nos inspira el mundo que hemos perdido, como si, más allá de las quimeras ruralistas y arcaizantes, alimentásemos en lo más íntimo de nuestro ser, el duelo y el llanto por un universo del que éramos el centro. Haciendo de la eficacia (éxito) el único fundamento de la legitimidad de una acción, el reparto de funciones (especialización) y la técnica nos muestran a un hombre que ha perdido su posición en el centro del cuadro, para ser un simple punto de la periferia del mismo, convertido así en una pasión inútil”. (Europa, une passion génocidaire, G. Bensoussan ,2006)

Mario Vargas Llosa es, fundamentalmente, un testigo privilegiado de nuestra era. No lo digo por el simple hecho de que haya podido vivir íntimamente  los ambientes culturalmente más sensibles de nuestro siglo XX, sino porque al elegir la incómoda posición de “hombre libre”, en medio de los ambientes predominantemente okupados por la supremacía moral de la izquierda, liberó a muchos de nosotros de nuestras posiciones poco confortables en el debate cuando, como sísifos arrastrando la gigantesca piedra de la culpa de nuestro irrenunciable individualismo, se nos precipitaba una y otra vez al fondo del abismo.

Él contribuyó notablemente, al menos para mí, al hallazgo de la clave, simplísima y al mismo tiempo poco menos que innasumible, de la armonización del amor propio (l’amour de soi) con el ineludible compromiso con la sociedad. Y eso, en el dramático momento en el que las construcciones intelectuales de cartón piedra de nuestra juventud se venían estrepitosamente abajo.

Por otra parte, no quiero privarme de la travesura de subrayar el prodigio que constituye, en su caso, el hecho de conseguir hacerse publicar en medios tan hostiles a su proclamado liberalismo como “El País” o “Le Monde”.

¿Sutilezas de su incombustible agente Balcells, musa editorial de la cultura  de izquierdas desde los tiempos añejos de “la gauche divine”? ¿O cálculo económico del sanedrín de PRISA, que pasa por encima del odio africano que provoca el autor en la mayoría de sus fieles catecúmenos, mediante la chapucera coartada consistente en separar al escribidor del ciudadano?

(A propósito de PRISA, debo dejar constancia de la única discrepancia que mantengo con el premio Nobel. Su proclamada simpatía por ese cargante pepito grillo que es Juan Cruz, perejil inevitable, por lo que se ve, en todos los guisos culturales de nuestro territorio hispanohablante)

 “…pero al hombre culto la cultura le servía por lo menos para establecer jerarquías y preferencias en el campo del saber y de los valores estéticos. En la era de la especialización y el derrumbe de la cultura las jerarquías han desaparecido en una amorfa mezcolanza en la que, según el embrollo que iguala a las innumerables formas de vida bautizadas culturas, todas las ciencias y las técnicas se justifican y equivalen, y no hay modo alguno de discernir con un mínimo de objetividad qué es bello en arte y qué no lo es. Incluso hablar de este modo resulta ya obsoleto, pues la noción misma de belleza está tan desacreditada como la clásica idea de cultura”. (La civilización del espectáculo. M. Vargas Llosa, 2012)

Por su parte, el director Clint Eastwood, nos ha dejado, en un trabajo personal, inconfundible, una crónica triste y desolada de la civilización de la violencia autodestructiva (Bird) o social (Grand Torino, Sin piedad) pero también la muestra de su esperanzado sentido de la compasión (One million dollars baby), así como de su irrenunciable pasión de vivir (Los puentes de Madison). Todo ello formulado con un lenguaje, cuya estética hecha de sutiles matices no podría expresar con mayor precisión la actitud ética que anima la mirada de este cineasta sobre la existencia, ni su inmenso amor hacia los seres que parecen encontrase en los márgenes de su banalidad.

El coraje que manifiesta su declarada militancia “libertaria”, en medio de un mundo de corrección política como el de Hollywood, y su nada oculta simpatía política por el Partido Republicano, pone en más de un apuro ideológico a quienes no les queda más remedio que reconocer su inmenso talento, desde posiciones diametralmente opuestas.

Otro ser a quien su enorme corazón no le cabía en su cuerpo de poeta, Georges Brassens, ha impartido durante más de treinta años una de las lecciones de humanidad más fieramente enternecedoras que jamás se hayan escuchado.

Tierno corazón, disfrazado de feroz terrorista de la cultura e insaciable comecuras, armado únicamente con su incomparable lenguaje para fustigar sin piedad a todos los convencionalismos acomodaticios, los nacionalismos aldeanos, las ideologías idiotizantes, la mortal rutina del aburrimiento pequeño-burgués, los militarismos ridículos, los periodistas maledicentes, etc.

Enarbolando siempre un orgulloso pabellón de individualista libérrimo, revindicó, al mismo tiempo y sin sombra de contradicción, el afecto y la amistad incondicionales como valores supremos de las relaciones humanas, y dirigió su tierna mirada conmovida sobre esa legión de humildes seres infelices que suelen rodearnos sin que los veamos, ya fueran putas, huérfanos, borrachos o viejos en trance de despedida.

Nada quedó fuera de su fina observación y extraordinario sentido de la ironía, envuelto todo ello en una poesía llena de clasicismo y construída mediante un lenguaje de una inusitada belleza.

En L’Épave, un borracho, al que en su desventurada noche, y tras ser expulsado de la taberna al acabársele el dinero, los marginales del barrio lo van despojando de lo poco que aun posee, hasta los propios calzoncillos, es descubierto por una pobre puta callejera que, a pesar de su experiencia, se siente escandalizada por su total desnudez y va a llamar a un guardia. 

El borracho, trasunto del Brassens más anarquizante, narra con estupor su decepcionante experiencia, y su asombro alcanza su cenit cuando evoca al madero que lo arropa con su capelina para que no coja frío, tendido como está en el suelo. 

Le représentant de la loi                 El representante de la ley
Vint d’un pas débonnaire                Llegó con paso cansino
Sitôt qu’il m’aperçut                        Y en cuanto me vio
Il s’écria “!Tonnerre!                        Exclamó: “! Rediós !
On est en plein hiver                       Estamos en pleno invierno               
Et si vous vous geliez…”                Y se puede congelar…”            
Et de peur que je n’atrappe            Y temiendo que pudiera
Une fluxion de poitrine                    Agarrar un buen trancazo
Le bougre il me couvrit                   El tipo me cubrió
Avec sa pélerine.                            Con su esclavina.
Ça ne fait rien,                                ¡Hay que ver que
il y a des flics bien singuliers!.         Guardias más raros hay!

Et depuis ce jour là,                         A partir de ese día
Moi, le fier, le bravache,                  Yo, aquel chulo, aquel bocazas,
Moi, dont le cri de guerre                Yo, cuyo grito de guerra
Fut toujours ­­“Mort aux vaches!”      Siempre fue“¡La madera al paredón!”
Plus une seule fois                          Ni una sola vez
Je n’ai pu le brailler                         Volví a bramarlo.
J’essaye bien encore                      Y aunque aun lo intento,
Mais ma langue honteuse               Mi lengua avergonzada
Retombe lourdement                      Se esconde torpemente
Dans ma bouche pâteuse.              En mi boca gangosa.
Ça ne fait rien                                 ¡Hay que ver que
Nous vivons un temps                    Tiempos más raros vivimos!
 bien singulier!

Con esta canción, el bueno de tonton Georges, haciendo de un guardia el único ser al que el pobre borracho conmovió, y en el que encontró un poco de compasión, no dejó de sorprender una vez más a quien no quería ver en él más que a un supuesto revolucionario de manual, cuando, precisamente, su revolución consistió en desenmascarar a esos pretendidos rebeldes de cóctel que siempre están demasiado ocupados persiguiendo fantasmagóricas utopías, mientras a su lado tienen lugar pequeñas historias a las que les hubiese venido muy bien que les prestasen un poco de atención.

Como hacía el tío George. Y como lo sigue haciendo para algunos de nosotros.

El irrenunciable individualismo en el seno de la sociedad; la autonomía profesional; el respeto y la defensa incansable de la libertad y de las leyes democráticas que la soportan; el ejercicio permanente del sentido común; una reivindicación infatigable de la libertad allí donde esté sojuzgada; la nobleza de espíritu; un irónico desdén por las consignas, eslóganes y lugares comunes y, en resumen, una actitud resueltamente moral, forman las opciones compartidas de estas cuatro personas, a las que debemos -al menos yo- una inestimable ayuda en la búsqueda diaria de un camino despejado en la intrincada maraña que nos rodea. 

 Ellos forman hoy por hoy uno de los núcleos intelectuales, sino el más relevante, que todavía me permite relacionarme con aquello que antes llamábamos cultura, sin morir en el intento.

¡Bendigo aquí a la providencia que me permite ser uno…

y no caminar solo!