Bonita semana de noticias que llevamos. Bueno, en realidad, noticias… lo que se dice noticias –en el sentido que este término tenía hasta hace unos años- no ha habido ninguna.
Me explicaré. Ha habido tres grandes titulares. Cronológicamente: 1º) el canje de un montón asesinos por un secuestrado en Israel/Franja de Gaza. 2º) El anuncio-bazofia de nuestros asesinos del norte, anunciando que se va acercando el momento en el que se harán con el poder, según el plan acordado con los progres. 3º) El festín antropofágico de caimán linchado que se han pegado la otra banda de asesinos islámicos. Los indignados de Libia.
Y llegados a este punto, deberíamos reflexionar sobre la curiosa deriva que va adquiriendo la relación entre el titular y el texto en el nuevo periodismo.
Cuando yo trabajaba en ese otrora soberbio oficio del periodismo, había un tipo en la sala de redacción que se ocupaba de redactar los titulares. Era generalmente uno de los mejores redactores y un hombre de plena confianza del director, ya que su función era una parte esencial en la identidad del medio. El estilo de los titulares denotaba la categoría profesional del mismo, además de exponer sutilmente su tenor ideológico. Algunos de esos titulares eran auténticas joyas del lenguaje. Alguien debería hacer una antología.
Un lector de periódicos, hablo de uno de los de verdad, recorría entonces de un vistazo las secciones, leyendo únicamente los titulares. En unos escasos minutos había adquirido una matizada síntesis de su contenido total, reservando el placer de la lectura del los textos para el momento adecuado. Ese singular momento cada cual lo situaba según unas sagradas reglas muy particulares: bien mientras comía en solitario, apoyándolo en la frasca del vino ; o a la hora del café en compañía de otros lectores y salpicando la lectura con jugosos comentarios; tal vez en la íntima soledad del WC; iniciando la senda del sueño - variante siesta o variante nocturna- etc. etc.
Naturalmente, aun siendo indispensable, el titular era un atributo del texto. Formaban un todo, es cierto, tanto lo urgente del titular como lo sosegado del texto. Pero lo esencial, la razón última del un medio de comunicación, era literaria, era el texto. El titular era la emoción de efecto inmediato, eléctrico, y el texto la reflexión y el estilo. Pero las emociones a las que apela el titular siempre deambulan por la estrecha senda que separa lo interesante de lo sensacional. Por eso siempre ha habido buenos y malos periódicos.
En los malos, en aquellos de titulares compuestos en cuerpos por encima de cien puntos, empezó todo. Una afirmación sensacional y difícil de creer lo es menos a medida que aumenta la masa negra de las letras. Pones, “el mundo se acabará el próximo miércoles” en una tipografía elegante como la Times y en un cuerpo de 10,5 puntos y no te hace caso ni el Tato. Lo compones en una Block que es una tipografía alemana clásica -en la que los nazis escribían sus papeles apestosos, por cierto- gruesa y pétrea, y lo haces además en un cuerpo 170 y se agotarán los condones por aquello de morir pasándoselo de miedo. Nunca mejor dicho.
¿Qué está ocurriendo actualmente entre el titular y el texto? Pues a mí me parece sencillo de explicar. Se han invertido los papeles. Una vez que los lectores comenzaron a metamorfosearse en espectadores, la capacidad de sugestión de la imagen, por un lado extraordinariamente interesante por la complejidad de los mecanismos de su percepción, pero por otro extremadamente peligrosa para el ejercicio de la reflexión por su carácter fuertemente emotivo, han transformado a la parte más emotiva del tándem titular/texto, es decir al titular, en nuevo protagonista del hecho comunicativo. La reflexión esta siendo derrotada por goleada por la emoción. Vamos perdiendo el partido.
Ya, ya sé, falta mucho hasta el pitido final, pero uno juega los minutos que le dan, oye…
Y aquí llegan los ejemplos de hoy. El gobierno de Israel acuerda con la asociación de terroristas llamada Hamás, el canje del soldado Gilad Shalit por 1207 asesinos condenados por matar a centenares de inocentes. ¿Cual es la noticia? Era evidente que Israel tenía que conseguir traer a casa a un soldado que simbolizaba a todo el pueblo judío, hoy en día, y que no se encontraba prisionero en manos de un enemigo militar como consecuencia de una guerra. Había sido secuestrado por una banda de criminales y permaneció privado de todo contacto con los suyos o con instituciones que se ocupan de los prisioneros como Cruz Roja, Amnisty International, Human Rigths Wacht etc etc. durante cinco años.
¿Cuánto tiempo llevaba Israel detrás de este canje? Años. ¿Porqué lo han llevado a cabo ahora precisamente? Seguramente se lo sirvió en bandeja Abbas con su desinflado viaje de propaganda a la ONU. A Hamás se le ofrecía una oportunidad de oro para coger a su rival de la Mutaka con los pantalones bajados. E Israel lo sabía tan bien como ellos. Total, todos ganan. Cada cual en su terreno.
Insisto, no hay noticia. Todo sigue igual. Tal vez lo que sí podríamos hacer es reflexionar sobre lo que Adam Smith llamó valor de cambio. En este caso, 1 soldado contra 1207 asesinos; lo cual no hace más que poner en evidencia lo que vale para cada contendiente uno de los suyos. ¿Cambiaría por casualidad Hamas o Fatah a uno de sus condenados en las cárceles israelíes, contra 1027 secuestrados judíos? ¡El día que los pájaros mamen!
Pero todo dios se ha pasado una semana comentando una NO NOTICIA.
Otro titular que todavía culebrea por las primeras de toda la prensa es el anuncio-bazofia de los héroes esos del norte. ¡Pero hombre si la secuencia lleva anunciada una eternidad! Primero, por parte del gobierno y sus palanganeros judiciales, cesión de legalidad para las chicas esas tan monas y los de la mosca de pelos debajo de la boca, que ellos aprovechan, como estaba previsto, para sentarse en los terciopelos de las poltronas de los gobiernos municipales, instituciones forales, etc.
Segundo, montarles a los abertzales una pitanza en el choco del Palacio de Ayete, -sí, sí, donde se reunía Franco con sus excrementos por el verano, je, je…- para que unos cuantos donnadie consigan algo de notoriedad y unas propinas, y todo porque tienen entrada en esa prensa extranjera que sigue creyendo que en España la sombra del Galápago sigue saliendo las noches de luna llena del Pardo para matar de nuevo a algún García Lorca vasco.
Tercero, que los picapiedras estos paguen prenda a su compinche del gobierno central, regalándoles una nada con sifón en forma de discurso hortera y trasnochado que no les compromete a nada, para que los Jaureguis de turno puedan darse montones de palmadas en la espalda unos a otros, como si se hubiesen contado un chiste malo. Y lo mejor es que sí se lo han contado: “los tronzatroncos abandonan definitivamente la famosa lucha armada” ¡Que descojono, oye!
Fijaros si es poco noticia que ya sabemos cual va a ser el siguiente titular: “Los partidos abertzales legalizados ganan las elecciones autonómicas en las provincias vascongadas; el PNV consigue colocar a Iruin de chófer del lendakari Otegui”.
(Provincias Vascongadas, así es como yo aprendí a llamarlas cuando alguien me dijo que existía un paisajín, una especie de teatrin de guiñol, al final del Cantábrico y que, los muy grandones, se atrevían a compararlo con la Scala de Milán asturiana…¡probinos!)
Y hasta la siguiente : “El lendakari del Gobierno Vasco proclamará unilateralmente, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, la independencia del País Vasco de las siete provincias, para la que solicitará su ingreso en la institución internacional” A Abbas le salió mal; pero fue porque no estudió suficientemente a fondo el caso de Kosovo, y también porque hay demasiado petróleo en el patio trasero de su vertedero.
¿Cómo va a haber una noticia si todos sabemos lo que va a pasar? ¡Pues nada! Dale que te pego. Toda la dichosa semana con la NO NOTICIA.
Y para terminar, los mártires de Gadaffi , que nunca murieron aplastados por ejército del nota beduino gracias a Dios, aprovecharon precisamente el no haber muerto para linchar alegremente al que tenía que ser su genocida. Siempre me pregunté, de pequeño, que si unos antropófagos se revelaban contra su jefe se lo comerían. Pues mira…
¿Cuánto tiempo hace que ya sabemos a ciencia cierta quienes son y que quieren esas perlas desdentadas que ayer acabaron con las reservas de munición de un año celebrando la heroica muerte del sátrapa? A este, atrapado en una alcantarilla como amargo símbolo de la justicia eterna, un jovenzuelo parece haberle dado -“a moro muerto gran lanzada”- matarile con su propia pistola chapada en oro. Ese chico acaba de entrar en la nómina de futuros millonarios contando su conmovedora historia a algún productor de Hollywood. Que, a lo mejor, hasta es judío.
Aparte de regodearse con las atroces imágenes que los propios antropófagos no olvidaron de grabar y colgar en el trasmallo electrónico en el acto, -alguna vez tendremos que ocuparnos de esta reciente y exitosa modalidad de onanismo- ¿dónde está la noticia, una vez más?
-Elemental querido Watson. LA NOTICIA ESTÁ EN EL TITULAR.
Lo que sí espero que acabe por ser una verdadera noticia es que a nuestros gobernantes occidentales se les pase el ciego que llevan encima y se den cuenta de ¡que llega el turco! Como le pasó a Felipe II. Lo malo es que a lo mejor ya es muy tarde.
Menos mal que aun queda mucho partido, oye…
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viernes, 21 de octubre de 2011
sábado, 8 de octubre de 2011
¡Maldición! ¡Soy un "maquero"!
Un desconsolado llanto denotaba la frustración, tal vez desmesurada para un alma tan pequeña como debía ser la mía, cuando mi madre depositaba de forma inconsideradamente descuidada la cuchara sobre aquel paradigma de la perfección que representaba para mí la tenue membrana satinada que se había formado en la superficie de aquella papilla, al enfriarse. Esa prodigiosa textura competía en términos de estímulo de placer absoluto, con aquel color imposible que sólo volvería a reconocer, años más tarde, en algunos tonos de amarillo lechoso que se ven en la raya del horizonte justo unos segundos antes de que salga sol.
Textura, color y sabor formaban un todo exquisito que fracasaba cuando aquella desdichada cuchara caía con un catastrófico efecto, solo comparable al producido por el pié de un estúpido adulto sobre el primoroso castillo de arena acabado de construir en la playa.
Es el recuerdo más remoto que conservo sobre mi sempiterna e incómoda obsesión por esa condición que deberían poseer todas las cosas, en mi opinión, y que es que su estado perfecto.
Su estado perfecto no significa la perfección. Eso no es más que una míserable utopía; una aspiración de conformistas sofisticados con mala conciencia. Su estado perfecto es simplemente ser como son. Se trata de aquel estado en el que están las cosas cuando decidimos si nos gustan o no.
Lo que quiero decir es facilmente comprensible en el caso ejemplar de aquellas palabras que dejan de ser como son. O sea como nos gustan.
Cuando era lo suficientemete pequeño como para creer que todavía podría llegar a aprender todo lo que había que aprender, escuché un día la palabra “moña”. Inmediatamente comprendí que se trataba de un eufemismo para evitar mencionar a la borrachera por su digno nombre. Pero lo que me llamó negativamente la atención no fué esa solución que los hipócritas suelen encontrar para defenderse de su miedo a las palabras; lo que me resultó realmente irritante fué la distorsión de una soberbia palabra como es “moño” que, al reflejarla en el espejo deformante de esos miedos, la transformaba en un pingajo léxico deforme y afeminado.
Otro tanto me ocurrió el día que dejé de pronunciar el término “moda”, sin reparar en su infame morfología. El modelo del que malvadamente hicieron derivar la palabreja, es otro monumento de la forma privilegiada de la que habla la Ley del Todo de la teoría del Gestaldt. La palabra “modo”.
Pero, como toda persona decentemente dotada de itelecto sabe, las palabras no son inocentes.
El vocablo “moda” no expresa simplemente una deformación fruto de la pereza y la inanidad intelectual de multitud de nuestros hermanos homúnculos. Eso no pasaría de ser una enfermedad leve. La “moda” nació con vocación usurpadora. Usurpadora de la voluntad individual.
No soy de los partidarios de las explicaciones basadas en supuestos complots. Es evidente que desde el nacimiento de este concepto -simultaneo a la gozosa aparición de la burguesia- han sido multitud los oportunistas que han derivado intereses más o menos legítimos del fenómeno, pero habría que ser mucho más ingenuo de lo que yo soy para creer que la moda está manejada por algún oscuro gabinete de poder. La realidad es mucho peor.
La moda es uno de esos leviatanes a los que, una vez puestos en circulación, resulta tan fácil controlarlos como devolver la pasta del dentífrico al tubo, una vez vaciado. Tiene una existencia propia, y los humanos son sus gozosas víctimas.
Pero en esto, como en todo lo demás, no hay ni rastro de determinismo. Cada cual decidirá si sabe de qué se trata y si opta por integrarse en el juego o seguir por libre.
Particularmente no creo que la moda tenga ningún aspecto positivo. Es un sistema de integración disciplinada basado en la condición de piezas indiscriminadas en un organismo ( la sociedad )de los seres individuales, fuera del cual no hay existencia posible. El grado de adaptación al mismo se valora de acuerdo con el seguimiento más o menos fiel a sus preceptos. La exclusión de la que la propia sociedad de la moda hace objeto a los seguidores torpes, los horteras, es una especie de terapia saludable que permite establecer las referencias negativas indispensables, como guía para catecúmenos.
El mecanismo de la moda es tan eficiente que ha creado modelos periféricos; los dandys, snobs, enfants térribles, malditos etc, que constituyen su vanguardia. Son miembros destacados del mismo cuya distancia a los estándares genéricos permanece constante y que representan el falso conflicto interno indispensable a toda estructura de poder que pretenda mantenerse en ejercicio.
A veces en mi intento de permanecer al margen de este fenómeno, he optado por decisiones que me parecían incontaminadas. Pero la moda es, además de infinidad de otras cosas, un fenómeno comunicativo y como tal puede absorber cualquier cosa situada fuera de sus límites con un simple titular de prensa.
El manejo de la noticia de la muerte de Steve Jobs es una de las manifestaciones más recientes de ese poder.
Adquirí mis primeros equipos Apple, dentro del cuadro de la dotación profesional de mi antigua empresa, hacia 1987. Las razones de la opción de esas máquinas entre la oferta disponible en el momento, era la adecuación incomparablemente más adaptada a nuestras necesidades concretas de los sistemas ofrecidos por McIntosh. Desde entonces hasta el momento, mi incurable pereza me ha aconsejado no cambiar de sistema, aunque solo sea por evitar un nuevo aprendizaje.
Y mira tú por donde, después de venticinco años y en cuatro días de duelo, me he enterado de que, al parecer y sin mí consentimiento, formo parte de una “tribu”. De una moda.
O sea,que a pesar de que mi música portatil la envaso en otra mochila electrónica desde mucho antes de la aparición del I-Pod de marras, y a pesar de que tengo un terminal telefónico vulgar y con botones.
Soy un “maquero”.
¡Maldita sea mí estampa!
Textura, color y sabor formaban un todo exquisito que fracasaba cuando aquella desdichada cuchara caía con un catastrófico efecto, solo comparable al producido por el pié de un estúpido adulto sobre el primoroso castillo de arena acabado de construir en la playa.
Es el recuerdo más remoto que conservo sobre mi sempiterna e incómoda obsesión por esa condición que deberían poseer todas las cosas, en mi opinión, y que es que su estado perfecto.
Su estado perfecto no significa la perfección. Eso no es más que una míserable utopía; una aspiración de conformistas sofisticados con mala conciencia. Su estado perfecto es simplemente ser como son. Se trata de aquel estado en el que están las cosas cuando decidimos si nos gustan o no.
Lo que quiero decir es facilmente comprensible en el caso ejemplar de aquellas palabras que dejan de ser como son. O sea como nos gustan.
Cuando era lo suficientemete pequeño como para creer que todavía podría llegar a aprender todo lo que había que aprender, escuché un día la palabra “moña”. Inmediatamente comprendí que se trataba de un eufemismo para evitar mencionar a la borrachera por su digno nombre. Pero lo que me llamó negativamente la atención no fué esa solución que los hipócritas suelen encontrar para defenderse de su miedo a las palabras; lo que me resultó realmente irritante fué la distorsión de una soberbia palabra como es “moño” que, al reflejarla en el espejo deformante de esos miedos, la transformaba en un pingajo léxico deforme y afeminado.
Otro tanto me ocurrió el día que dejé de pronunciar el término “moda”, sin reparar en su infame morfología. El modelo del que malvadamente hicieron derivar la palabreja, es otro monumento de la forma privilegiada de la que habla la Ley del Todo de la teoría del Gestaldt. La palabra “modo”.
Pero, como toda persona decentemente dotada de itelecto sabe, las palabras no son inocentes.
El vocablo “moda” no expresa simplemente una deformación fruto de la pereza y la inanidad intelectual de multitud de nuestros hermanos homúnculos. Eso no pasaría de ser una enfermedad leve. La “moda” nació con vocación usurpadora. Usurpadora de la voluntad individual.
No soy de los partidarios de las explicaciones basadas en supuestos complots. Es evidente que desde el nacimiento de este concepto -simultaneo a la gozosa aparición de la burguesia- han sido multitud los oportunistas que han derivado intereses más o menos legítimos del fenómeno, pero habría que ser mucho más ingenuo de lo que yo soy para creer que la moda está manejada por algún oscuro gabinete de poder. La realidad es mucho peor.
La moda es uno de esos leviatanes a los que, una vez puestos en circulación, resulta tan fácil controlarlos como devolver la pasta del dentífrico al tubo, una vez vaciado. Tiene una existencia propia, y los humanos son sus gozosas víctimas.
Pero en esto, como en todo lo demás, no hay ni rastro de determinismo. Cada cual decidirá si sabe de qué se trata y si opta por integrarse en el juego o seguir por libre.
Particularmente no creo que la moda tenga ningún aspecto positivo. Es un sistema de integración disciplinada basado en la condición de piezas indiscriminadas en un organismo ( la sociedad )de los seres individuales, fuera del cual no hay existencia posible. El grado de adaptación al mismo se valora de acuerdo con el seguimiento más o menos fiel a sus preceptos. La exclusión de la que la propia sociedad de la moda hace objeto a los seguidores torpes, los horteras, es una especie de terapia saludable que permite establecer las referencias negativas indispensables, como guía para catecúmenos.
El mecanismo de la moda es tan eficiente que ha creado modelos periféricos; los dandys, snobs, enfants térribles, malditos etc, que constituyen su vanguardia. Son miembros destacados del mismo cuya distancia a los estándares genéricos permanece constante y que representan el falso conflicto interno indispensable a toda estructura de poder que pretenda mantenerse en ejercicio.
A veces en mi intento de permanecer al margen de este fenómeno, he optado por decisiones que me parecían incontaminadas. Pero la moda es, además de infinidad de otras cosas, un fenómeno comunicativo y como tal puede absorber cualquier cosa situada fuera de sus límites con un simple titular de prensa.
El manejo de la noticia de la muerte de Steve Jobs es una de las manifestaciones más recientes de ese poder.
Adquirí mis primeros equipos Apple, dentro del cuadro de la dotación profesional de mi antigua empresa, hacia 1987. Las razones de la opción de esas máquinas entre la oferta disponible en el momento, era la adecuación incomparablemente más adaptada a nuestras necesidades concretas de los sistemas ofrecidos por McIntosh. Desde entonces hasta el momento, mi incurable pereza me ha aconsejado no cambiar de sistema, aunque solo sea por evitar un nuevo aprendizaje.
Y mira tú por donde, después de venticinco años y en cuatro días de duelo, me he enterado de que, al parecer y sin mí consentimiento, formo parte de una “tribu”. De una moda.
O sea,que a pesar de que mi música portatil la envaso en otra mochila electrónica desde mucho antes de la aparición del I-Pod de marras, y a pesar de que tengo un terminal telefónico vulgar y con botones.
Soy un “maquero”.
¡Maldita sea mí estampa!
sábado, 1 de octubre de 2011
(Malas) Noticias de Libia
Hasta ahora no me había atrevido a dibujar un contorno ni siquiera aproximado del perfil del conflicto libio. Pero empieza a haber informaciones, si se sabe buscar en la confusa chatarrería de Internet.
¿Os acordais de Irak? Las famosas armas de destrucción masiva nunca fueron encontradas. Ya. Lo que conviene recordar asímismo es que el gobierno de Sadam tuvo dos meses de respiro, graciosamente concedidos por Chirac y su palanganero Villepin, para llevar a cabo un posible truco de prestidigitación, digno del mejor Hudini. Lo digo porque en el zoco de armamento en el que se está convirtiendo Libia, y del que os daré más datos después, se han encontrado, depósitos de todo tipo de armas químicas y componentes de armas nucleares almacenados en el desierto. Restos que Gadaffi escondió a los controladores internacionales, tras su acuerdo del desmantelamiento de sus proyectos nucleares.
Pues bien, entre ese siniestro amasijo perdido en los arenales del desierto y sin vigilancia alguna, han aparecido contenedores de una sustancia muy particular: el llamado Yellowcake. El mismo que las tropas aliadas encontraron en Irak en cantidades significativas. Con el nombre de Yellowcake designan los especialistas occidentales a un producto que es ni más ni menos que un precursor altamente radioactivo del combustible nuclear. Únicamente con él no pueden producirse armas atómicas, pero sí facilmente bombas de las denominadas ”sucias”.
Y aquí es donde comienza a ser muy inquietante el escenario libio en el momento presente.
Si en Irak se pudo neutralizar y poner en lugar seguro toda la almoneda armamentística hallada el los stocks del ejercito de Sadam, es porque había tropas americanas pisando el terreno. Eso no está sucediendo en Libia, donde desde hace cuatro meses existe un mercado abierto, con oferta de todos los artefactos procedentes de los arsenales saqueados por los “rebeldes demócratas” en venta al por menor, cuyos clientes detectados hasta la hora presente por los servicios occidentales son diversas versiones de una conocida canción. Es decir, las distintas franquicias del terrorismo jihadista.
El pueblo irakí y las tropas aliadas tuvieron que sufrir tras la ocupación los ataques encarnizados de los terroristas islamistas, pero se consiguió que la normalidad democrática se fuese instalando, y en eso estamos aún. Eso no está sucediendo en Libia, por la simple razón de que no hay tropas occidentales sobre el terreno y son esos mismos islamistas quienes tienen el poder.
Y en medio de este desastre, una noticia ha saltado en los círculos de informadores que se ocupan de algo más que de acompañar alborozados la orgía de tiros al aire de los alegres rebeldes democráticos en sus dudosas hazañas liberadoras: ¡unos 20.000 misiles tierra–aire del modelo Grinch SA–24, también conocidos por la designación Igla–S, versión rusa del famoso Stinger americano, han desaparecido de los depósitos en los que estaban almacenados, y circulan por toda Libia a la búsqueda de uno o otro comprador!
Un equipo de la CNN y de la Human Rights Watch han entrado en un almacén cercano a la base de la Khamis Brigade, fuerzas especiales de Gadhafi, al suroeste de Trìpoli, donde se han encontrado con docenas de cajas de embalaje vacías de dichas armas, con etiquetas en ruso e inglés en las que se reseña su contenido : Missile 9M324. (foto).
El Director de Emergencias de la Human Rigths Watch, Peter Boukaert que dice haber visto el mismo escenario en otros polvorines saqueados, un poco por toda Libia, agrega que: ” …en todas las ciudades que he visitado, las primeras cosas que desaparecen son los misiles tierra–aire”.
La CIA proveyó de miles de misiles Stinger a los mouhaidines afganos, en la guerra contra la Unión Soviética, considerándose a menudo que el disponer de ese artefacto supuso el punto de inflexión hacia su victoria, para los llamados “freedom figthers” islamistas. Más tarde, cuando los chicos buenos empezaron a mostrar su patita de chicos malos, los americanos invirtieron decenas de millones de dolares en tratar de que los misiles restantes regresasen a casa. Inutilmente. Se sospecha que al llegar más tarde las tropas occidentales, algunas de las bajas iniciales en combate en aquellos parajes se debieron a estas armas, pintadas ahora con los colores talibanes.
¿De qué se trata en efecto? El Stinger o su versión rusa el SA–2, es un arma de guía infrarroja u óptica que se dispara desde el hombro por un soldado. Es decir, indetectable por su escasa masa y su total movilidad. Es absolutamente letal para cualquier cosa que vuele en un entorno de uno 5 Km. del tirador, y a una altura de hasta 3,5Km. Aviones de carga o pasaje, helicópteros, aviones sin piloto, misiles de crucero, etc. volando a baja cota en misiones de combate o de ayuda humanitaria, son los objetivos típicos de este misil.
Oficiales occidentales consultados por la CNN se han declarado severamente alarmados por la posibilidad de que este tipo de armas robadas de los depósitos gadafistas acaben cayendo en las manos equivocadas. Como por ejemplo las de Iran.
Los gobiernos vecinos de Niger y Chad, sospechan que muchas de estas armas ya hayan podido entrar clandestinamente a través de sus fronteras y acaben en poder de al Qaeda del Magreb. Y no son solo misiles, también hay detonadores y explosivos plásticos Sentex. El propio Buckaert recuerda a la cadena americana que: “… dos simples obuses de artillería son suficientes para construir un camión–bomba”.
Por último según la agencia Debka, se sabe de fuentes militares israelíes que el domingo 25 de Septiembre fuerzas de seguridad egipcias, actuando en base a una información de la inteligencia occidental, encontraron cerca de Ismailia contenedores vacíos de los mencionados misiles, en lo que parece ser una ruta de aprovisionamiento de Gaza desde Libia. Algunos de los contenedores encontrados tenían etiquetas en ruso indicando otro inquietante contenido: minas marinas MDM–3, del mismo tipo de las usadas por Gadhafi en los puertos libios al principio de conflicto. En calquier caso, la presencia de miembros de Hamás y Hezbolah con los bolsillos repletos de petrodólares iranís en Bengazi y mezclados con los anárquicos comandos próximos al Consejo Nacional de Transición, fué detectada hace ya meses por agentes de la CIA.
Lo dicho. Me temo que en Libia se está dibujando un escenario confuso y muy peligroso, en el que bandas terroristas y oportunistas de diverso pelaje, mezclados con delincuentes, contrabandistas y aventureros a la búsqueda de emociones fuertes, se están aprovechando del caos sin pisarse de momento la manguera y en el que una vez más los servicios de inteligencia occidentales están brillando por lo “acertado” de sus análisis, a juzgar por la volátil actitud de los gobiernos que les pagan el sueldo, que siguen convencidos del progreso de la democracia en la zona, cogidos de la mano de sus aliados fundamentalistas.
Hay demasiados invitados en esta fiesta, atraídos por el petroleo de la bodega. Pero huele a Somalia. La razón por la que nunco hubo apoyo aereo, portaviones, fragatas, tropas especiales, vigilancia satélite, ni visitas de jefes de gobierno europeos en aquel paupérrimo pais del cuerno, fue que allí no había petroleo. Pero… aun así, Libia no deja de ser una especie de Somalia. Con una estructura social tribal y nómada como dudoso recurso para empezar a articular una sociedad vertebrada, que nunca existió en ese lugar, y cuya eventual transformación en clanes armados al estilo somalí o afgano no debería descartarse.
Ojalá esa riqueza petrolera sea la solución y no el problema.
Y, a todo esto, uno solo de esos SA–2, en las proximidades de un aeropuerto, puede ser el preludio de otra tragedia. Con la simple presión de un delirio místico sobre un disparador.
Dios no lo quiera
¿Os acordais de Irak? Las famosas armas de destrucción masiva nunca fueron encontradas. Ya. Lo que conviene recordar asímismo es que el gobierno de Sadam tuvo dos meses de respiro, graciosamente concedidos por Chirac y su palanganero Villepin, para llevar a cabo un posible truco de prestidigitación, digno del mejor Hudini. Lo digo porque en el zoco de armamento en el que se está convirtiendo Libia, y del que os daré más datos después, se han encontrado, depósitos de todo tipo de armas químicas y componentes de armas nucleares almacenados en el desierto. Restos que Gadaffi escondió a los controladores internacionales, tras su acuerdo del desmantelamiento de sus proyectos nucleares.
Pues bien, entre ese siniestro amasijo perdido en los arenales del desierto y sin vigilancia alguna, han aparecido contenedores de una sustancia muy particular: el llamado Yellowcake. El mismo que las tropas aliadas encontraron en Irak en cantidades significativas. Con el nombre de Yellowcake designan los especialistas occidentales a un producto que es ni más ni menos que un precursor altamente radioactivo del combustible nuclear. Únicamente con él no pueden producirse armas atómicas, pero sí facilmente bombas de las denominadas ”sucias”.
Y aquí es donde comienza a ser muy inquietante el escenario libio en el momento presente.
Si en Irak se pudo neutralizar y poner en lugar seguro toda la almoneda armamentística hallada el los stocks del ejercito de Sadam, es porque había tropas americanas pisando el terreno. Eso no está sucediendo en Libia, donde desde hace cuatro meses existe un mercado abierto, con oferta de todos los artefactos procedentes de los arsenales saqueados por los “rebeldes demócratas” en venta al por menor, cuyos clientes detectados hasta la hora presente por los servicios occidentales son diversas versiones de una conocida canción. Es decir, las distintas franquicias del terrorismo jihadista.
El pueblo irakí y las tropas aliadas tuvieron que sufrir tras la ocupación los ataques encarnizados de los terroristas islamistas, pero se consiguió que la normalidad democrática se fuese instalando, y en eso estamos aún. Eso no está sucediendo en Libia, por la simple razón de que no hay tropas occidentales sobre el terreno y son esos mismos islamistas quienes tienen el poder.
Y en medio de este desastre, una noticia ha saltado en los círculos de informadores que se ocupan de algo más que de acompañar alborozados la orgía de tiros al aire de los alegres rebeldes democráticos en sus dudosas hazañas liberadoras: ¡unos 20.000 misiles tierra–aire del modelo Grinch SA–24, también conocidos por la designación Igla–S, versión rusa del famoso Stinger americano, han desaparecido de los depósitos en los que estaban almacenados, y circulan por toda Libia a la búsqueda de uno o otro comprador!
Un equipo de la CNN y de la Human Rights Watch han entrado en un almacén cercano a la base de la Khamis Brigade, fuerzas especiales de Gadhafi, al suroeste de Trìpoli, donde se han encontrado con docenas de cajas de embalaje vacías de dichas armas, con etiquetas en ruso e inglés en las que se reseña su contenido : Missile 9M324. (foto).
El Director de Emergencias de la Human Rigths Watch, Peter Boukaert que dice haber visto el mismo escenario en otros polvorines saqueados, un poco por toda Libia, agrega que: ” …en todas las ciudades que he visitado, las primeras cosas que desaparecen son los misiles tierra–aire”.
La CIA proveyó de miles de misiles Stinger a los mouhaidines afganos, en la guerra contra la Unión Soviética, considerándose a menudo que el disponer de ese artefacto supuso el punto de inflexión hacia su victoria, para los llamados “freedom figthers” islamistas. Más tarde, cuando los chicos buenos empezaron a mostrar su patita de chicos malos, los americanos invirtieron decenas de millones de dolares en tratar de que los misiles restantes regresasen a casa. Inutilmente. Se sospecha que al llegar más tarde las tropas occidentales, algunas de las bajas iniciales en combate en aquellos parajes se debieron a estas armas, pintadas ahora con los colores talibanes.
¿De qué se trata en efecto? El Stinger o su versión rusa el SA–2, es un arma de guía infrarroja u óptica que se dispara desde el hombro por un soldado. Es decir, indetectable por su escasa masa y su total movilidad. Es absolutamente letal para cualquier cosa que vuele en un entorno de uno 5 Km. del tirador, y a una altura de hasta 3,5Km. Aviones de carga o pasaje, helicópteros, aviones sin piloto, misiles de crucero, etc. volando a baja cota en misiones de combate o de ayuda humanitaria, son los objetivos típicos de este misil.
Oficiales occidentales consultados por la CNN se han declarado severamente alarmados por la posibilidad de que este tipo de armas robadas de los depósitos gadafistas acaben cayendo en las manos equivocadas. Como por ejemplo las de Iran.
Los gobiernos vecinos de Niger y Chad, sospechan que muchas de estas armas ya hayan podido entrar clandestinamente a través de sus fronteras y acaben en poder de al Qaeda del Magreb. Y no son solo misiles, también hay detonadores y explosivos plásticos Sentex. El propio Buckaert recuerda a la cadena americana que: “… dos simples obuses de artillería son suficientes para construir un camión–bomba”.
Por último según la agencia Debka, se sabe de fuentes militares israelíes que el domingo 25 de Septiembre fuerzas de seguridad egipcias, actuando en base a una información de la inteligencia occidental, encontraron cerca de Ismailia contenedores vacíos de los mencionados misiles, en lo que parece ser una ruta de aprovisionamiento de Gaza desde Libia. Algunos de los contenedores encontrados tenían etiquetas en ruso indicando otro inquietante contenido: minas marinas MDM–3, del mismo tipo de las usadas por Gadhafi en los puertos libios al principio de conflicto. En calquier caso, la presencia de miembros de Hamás y Hezbolah con los bolsillos repletos de petrodólares iranís en Bengazi y mezclados con los anárquicos comandos próximos al Consejo Nacional de Transición, fué detectada hace ya meses por agentes de la CIA.
Lo dicho. Me temo que en Libia se está dibujando un escenario confuso y muy peligroso, en el que bandas terroristas y oportunistas de diverso pelaje, mezclados con delincuentes, contrabandistas y aventureros a la búsqueda de emociones fuertes, se están aprovechando del caos sin pisarse de momento la manguera y en el que una vez más los servicios de inteligencia occidentales están brillando por lo “acertado” de sus análisis, a juzgar por la volátil actitud de los gobiernos que les pagan el sueldo, que siguen convencidos del progreso de la democracia en la zona, cogidos de la mano de sus aliados fundamentalistas.
Hay demasiados invitados en esta fiesta, atraídos por el petroleo de la bodega. Pero huele a Somalia. La razón por la que nunco hubo apoyo aereo, portaviones, fragatas, tropas especiales, vigilancia satélite, ni visitas de jefes de gobierno europeos en aquel paupérrimo pais del cuerno, fue que allí no había petroleo. Pero… aun así, Libia no deja de ser una especie de Somalia. Con una estructura social tribal y nómada como dudoso recurso para empezar a articular una sociedad vertebrada, que nunca existió en ese lugar, y cuya eventual transformación en clanes armados al estilo somalí o afgano no debería descartarse.
Ojalá esa riqueza petrolera sea la solución y no el problema.
Y, a todo esto, uno solo de esos SA–2, en las proximidades de un aeropuerto, puede ser el preludio de otra tragedia. Con la simple presión de un delirio místico sobre un disparador.
Dios no lo quiera
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Los trinos de la Trini
Bueno mis queridos amigos, el curso ya ha comenzado. O lo que es lo mismo, las vacaciones no son más que un feliz recuerdo.
Y, de todos los acontecimientos que nos esperaban ansiosos por llenar nuestras almas de zozobra e inquietud, he escogido uno que reune los ingredientes necesarios para aglutinar en una noticia todo lo que de crepuscular, obtuso y descorazonador ha tenido el último período gubernamenteal.
Aunque la amenaza palestina, reiterada a lo largo de los últimos tres meses, sobre una declaración unilateral del Estado palestino en la Asamblea General de la ONU de la que esperaban el placet indispensable, ha acabado en un fiasco con poco relieve informativo - seguramente para no contrariar el famoso adagio de Abba Evan sobre la secular capacidad de los palestinos de “no perder ocasión de perder una ocasión” - nuestra ínclita ministra de Asuntos Exteriores tampoco dejó pasar la oportunidad de obsequiar a la Asamblea con un discurso que ha hecho levantar la ceja circunspecta a algunos comentaristas internacionales.
¿Y a qué se debió esa inesperada y raramente frecuente atención provocada por nuestra “Trini”, que suele tener que pasar dos veces por el mismo sitio para que se enteren de que está presente?
Pues, en mi humilde opinión, a que esos comentaristas desconocen las claves que descifran las marañas de contradicciones que han sido el cimiento fundamental del discurso zapaterista durante sus dos legislaturas.
Después de enarbolar la bandera rojo-verdi-negra, con la kefiah arafática enrrollada alrededor del pescuezo de ZP, en la primera fila de todas las romerias pro-palestinas de Europa, héteme aquí que nuestra “Trini” se descuelga de pronto con frases de la talla de: “España tiene el deber de considerar a Israel como la encarnación del proyecto de la patria del pueblo judío”.
Cuando al camarada Abbas empezó a alargársele la ceniza del cigarrillo que le colgaba de la boca, en un rostro petrificado por la sorpresa, la Jimenez remató la faena con el recuerdo de las numerosas guerras y atentados sufridos por Israel añadiendo sin pestañear que ”la seguridad del Estado Judio es la prioridad de España”.
O sea que, después servir de caja de resonancia a las toneladas de manipulaciones que el servicio de Agit-Prop palestino lleva vertidas en nuestra sociedad. Después de constituirse en el vocero de los pacifistas pro Sadam Hussein. Después de condenar las guerras defensivas del estado de Israel, por “falta de proporcionalidad”. Después de alinearse en la arrogancia moral, típica de todos los antisémitas de izquierdas, con cualquier pacifista de flotilla que trata de matar a palos a quienes intentan de virificar si lo que dicen es cierto, respecto de su carga.
Después de todo eso, resulta que los que lo habíamos presenciado nos habíamos equivocado. Israel y su seguridad están situados en la vanguardia de nuestras prioridades.
Claro que, como el alacrán bíblico, la autoflagelación de su cultura europea y cristiana es una necesidad endocrina de la izquierda, aunque se sostenga el cilicio con una mano y el Dry Martini con la otra.
“La identidad de España no es nada sin su herencia judía y árabe”
Multiculturalismo en estado puro. Ya sabeis; o somos árabes y judios, o no somos nada.
Antes muertos que cristianos.
¿Qué les pasa? ¿Hasta dónde pueden llegar en su estupidez? ¡ Qué alivio ! Dentro de unos días ya no tendremos que seguir preguntándonos cosas como estas. Aunque no hay que fiarse. A lo mejor los que vienen nos siguen martirizando con nuevos jeroglíficos.
Y en gallego, que tampoco es manco.
P.S.
¡Ah! Otra cosita…
LAS COSAS EN SU SITIO.
Acaba de caer en mis manos una nota de mi admirado Pierre-André Taguieff, en la que se puntualiza el sobrevalorado papel de “resistente” del indignado abuelete Stéphane Hessel.
A esta clase de “lideres morales”, la edad y una pretendidamente sólida reputación, cuyas raíces se hunden en un pretérito casi perfecto dado el nivel de mitificación con el que se maquilla la ignorancia de la historia, les permiten gozar actualmente de una circunstancia muy favorable como es la rareza de su estirpe de “heroes” (especie en vías de extinción).
Pues bien, el adorado icono del Movimiento del 11 M participó en la Resistencia Francesa durante la segunda Guerra Mundial desde una modesta oficina de Londres entre Mayo de 1941 hasta finales de Marzo de 1944, y esa decisión, que raros franceses de su época adoptaron, no puede ni debe menospreciarse.
Es a partir de esa fecha cuando entra en la sección R de la BCRA ( Oficina Central de Inteligencia y Acción ) en Londres. A fines de Marzo de 1944 un avión Lysander le deposita en Francia para participar en la misión denominada “Greco” que consiste en reorganizar sobre el terreno francés las diversas redes de radio clandestinas, de cara a la inminente invasión del continente por parte de los Aliados. Su corta participación en la lucha sobre el territorio francés se desarrollará entre principios del mes de Abril de 1944 y el 9 de Julio del mismo año en que es detenido por la Gestapo.
Nadie puede negar la contribución de Stephane Hessel a la causa de la liberación de Europa. Simplemente se trata de situarla en el nivel en el que realmente tuvo lugar.
Un nivel útil, pero secundario.
Y, de todos los acontecimientos que nos esperaban ansiosos por llenar nuestras almas de zozobra e inquietud, he escogido uno que reune los ingredientes necesarios para aglutinar en una noticia todo lo que de crepuscular, obtuso y descorazonador ha tenido el último período gubernamenteal.
Aunque la amenaza palestina, reiterada a lo largo de los últimos tres meses, sobre una declaración unilateral del Estado palestino en la Asamblea General de la ONU de la que esperaban el placet indispensable, ha acabado en un fiasco con poco relieve informativo - seguramente para no contrariar el famoso adagio de Abba Evan sobre la secular capacidad de los palestinos de “no perder ocasión de perder una ocasión” - nuestra ínclita ministra de Asuntos Exteriores tampoco dejó pasar la oportunidad de obsequiar a la Asamblea con un discurso que ha hecho levantar la ceja circunspecta a algunos comentaristas internacionales.
¿Y a qué se debió esa inesperada y raramente frecuente atención provocada por nuestra “Trini”, que suele tener que pasar dos veces por el mismo sitio para que se enteren de que está presente?
Pues, en mi humilde opinión, a que esos comentaristas desconocen las claves que descifran las marañas de contradicciones que han sido el cimiento fundamental del discurso zapaterista durante sus dos legislaturas.
Después de enarbolar la bandera rojo-verdi-negra, con la kefiah arafática enrrollada alrededor del pescuezo de ZP, en la primera fila de todas las romerias pro-palestinas de Europa, héteme aquí que nuestra “Trini” se descuelga de pronto con frases de la talla de: “España tiene el deber de considerar a Israel como la encarnación del proyecto de la patria del pueblo judío”.
Cuando al camarada Abbas empezó a alargársele la ceniza del cigarrillo que le colgaba de la boca, en un rostro petrificado por la sorpresa, la Jimenez remató la faena con el recuerdo de las numerosas guerras y atentados sufridos por Israel añadiendo sin pestañear que ”la seguridad del Estado Judio es la prioridad de España”.
O sea que, después servir de caja de resonancia a las toneladas de manipulaciones que el servicio de Agit-Prop palestino lleva vertidas en nuestra sociedad. Después de constituirse en el vocero de los pacifistas pro Sadam Hussein. Después de condenar las guerras defensivas del estado de Israel, por “falta de proporcionalidad”. Después de alinearse en la arrogancia moral, típica de todos los antisémitas de izquierdas, con cualquier pacifista de flotilla que trata de matar a palos a quienes intentan de virificar si lo que dicen es cierto, respecto de su carga.
Después de todo eso, resulta que los que lo habíamos presenciado nos habíamos equivocado. Israel y su seguridad están situados en la vanguardia de nuestras prioridades.
Claro que, como el alacrán bíblico, la autoflagelación de su cultura europea y cristiana es una necesidad endocrina de la izquierda, aunque se sostenga el cilicio con una mano y el Dry Martini con la otra.
“La identidad de España no es nada sin su herencia judía y árabe”
Multiculturalismo en estado puro. Ya sabeis; o somos árabes y judios, o no somos nada.
Antes muertos que cristianos.
¿Qué les pasa? ¿Hasta dónde pueden llegar en su estupidez? ¡ Qué alivio ! Dentro de unos días ya no tendremos que seguir preguntándonos cosas como estas. Aunque no hay que fiarse. A lo mejor los que vienen nos siguen martirizando con nuevos jeroglíficos.
Y en gallego, que tampoco es manco.
P.S.
¡Ah! Otra cosita…
LAS COSAS EN SU SITIO.
Acaba de caer en mis manos una nota de mi admirado Pierre-André Taguieff, en la que se puntualiza el sobrevalorado papel de “resistente” del indignado abuelete Stéphane Hessel.
A esta clase de “lideres morales”, la edad y una pretendidamente sólida reputación, cuyas raíces se hunden en un pretérito casi perfecto dado el nivel de mitificación con el que se maquilla la ignorancia de la historia, les permiten gozar actualmente de una circunstancia muy favorable como es la rareza de su estirpe de “heroes” (especie en vías de extinción).
Pues bien, el adorado icono del Movimiento del 11 M participó en la Resistencia Francesa durante la segunda Guerra Mundial desde una modesta oficina de Londres entre Mayo de 1941 hasta finales de Marzo de 1944, y esa decisión, que raros franceses de su época adoptaron, no puede ni debe menospreciarse.
Es a partir de esa fecha cuando entra en la sección R de la BCRA ( Oficina Central de Inteligencia y Acción ) en Londres. A fines de Marzo de 1944 un avión Lysander le deposita en Francia para participar en la misión denominada “Greco” que consiste en reorganizar sobre el terreno francés las diversas redes de radio clandestinas, de cara a la inminente invasión del continente por parte de los Aliados. Su corta participación en la lucha sobre el territorio francés se desarrollará entre principios del mes de Abril de 1944 y el 9 de Julio del mismo año en que es detenido por la Gestapo.
Nadie puede negar la contribución de Stephane Hessel a la causa de la liberación de Europa. Simplemente se trata de situarla en el nivel en el que realmente tuvo lugar.
Un nivel útil, pero secundario.
lunes, 25 de julio de 2011
annus horribilis
La verdad es que no pensaba escribir nada hasta la vuelta de vacaciones. Pero, como siempre, ha ocurrido algo terrible sobre lo que uno no puede dejar de reflexionar aunque sea en términos de urgencia y a falta de unos datos mínimos en los que basar un análisis causal.
Pero es que la indignación y la conmoción que ese casi centenar de vidas que han sido aniquiladas me provocan, son en sí mismas, si necesidad de más detalles, un hecho que nos concierne a todas las personas civilizadas irremisiblemente.
El retrato robot del autor que los medios de comunicación progresistas se han apresurado a lanzar al aire es ciertamente inquietante para una persona con mis conviciones.
Me explico. Entré en la página del perfil de Facebook de Anders Behring, autor confeso de la massacre, antes de que la policía la clausurase (http://publicintelligence.net/wp-content/uploads/2011/07/FireShot-capture-020-Anders-Behring-Breivik-nb-no_facebook_com_people_Anders-Behring-Breivik_100002651290254.png.)
Tanto en su posición antitotalitaria, como en su advertencia ante la “invasión” islamista de Europa, así como en sus preferencias literarias y de pensamiento : El Proceso; La Crítica de la Razón Pura; 1984; El Principe; Leviathan; La Divina Comedia; La Republica; obra de Shakespeare; de Williams James, de John Stuart Mills etc, etc, no puedo por menos que reconocer su coherencia ideológica, al tiempo que una gran turbación se apodera de mí. Me reconozco a mí mismo indudablemente en la totalidad de esos planteamientos.
¿Qué explicación puedo darme que no me conduzca directamente a la camisa de fuerza? Por el momento creo que una reflexión sobre la tradicional imprudencia de los medios, capaces de condenar a cualquiera con una ligereza únicamente comparable a su congénito analfabetismo, les llevaría, una vez más, a tratar de forzar los hechos hasta que encajen con un modelo establecido de antemano. Yo mismo encajaría sin atisbo de duda en su definición de “neocom”. Cosa que asumo, por otra parte, sin temblarme el pulso lo más mínimo. Y el sicópata noruego respondería también, al menos aparentemente, a ese perfil ideológico conservador.
Por si fuera poco, al parecer él es alguien que practica deportes. Y yo también. Y para colmo le gustan las armas. Como a mí. Y parece ser pro-israelí. Y ahí estamos.
Claro que, por otra parte, podría ser mi nieto. Y que tonteó con los masones. Y que tiene una extraña granja “Bio” en la que, curiosamente, entraban abonos químicos industriales por toneladas. Y que acaba de asesinar a un centenar de ciudadanos.
Mira tú, en eso ya no nos parecemos nada.
Pero como la actualidad se desliza a una vertiginosa velocidad, y nuestra española sociedad, ejemplo de modernidad y progresismo, no puede dejar escapar una oportunidad de dar el cante, he aquí que una psicóloga sevillana, profesora de la Universidad de Sevilla, de nombre María José Lera y persona de rompe y rasga como su fisonómía nos sugiere (foto), acaba de proporcionar un scoop mundial (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=132857), al plantear una hipótesis que dará que pensar a todas las cancillerías, servicios secretos y agencias de seguridad del mundo conocido.
Y dice así:”… Si esto es así, el blog de Fjordman muestra que Breivic sería un extremista neocon que odia a los inmigrantes y especialmente a los musulmanes y, además pro-israelí; véase el blog, «por qué la lucha de Israel también es nuestra lucha». Podría ser que, al final, los tentáculos del Estado de Israel no estén tan lejos de esta matanza; al fin y al cabo no habría sido la primera que cometen ni, lamentablemente, será la última. Eso sí, la Liga Juvenil de Trabajadores Noruega (AUF), el Ministro de Asuntos Exteriores noruego y su gobierno al completo han recibido un tremendo golpe”.
Y continúa: “Justamente quienes más se han posicionado en el rechazo a la política genocida de Israel hacia el pueblo palestino son quiénes más sufren, previamente advertidos por Israel de su «tremenda osadía»… algo que en el lenguaje israelí significa que se pagan las consecuencias”.
Más claro ni el agua.
Bueno, independientemente de la ya habitual ignorancia léxica, sintáctica y morfológica de nuestra ilustre profesora de universidad, de lo que no cabe la menor duda es del grado de odio irrefrenable a los judíos que padece este angelito.
En fin mis queridos cofrades, esto va para largo y yo me voy al trópico canario a olvidarme de este, hasta ahora, annus horribilis y como desde mi más tierna infancia escolar para mí los años empiezan y terminan con las vacaciones:
¡Feliz año nuevo a todas y todos!
Pero es que la indignación y la conmoción que ese casi centenar de vidas que han sido aniquiladas me provocan, son en sí mismas, si necesidad de más detalles, un hecho que nos concierne a todas las personas civilizadas irremisiblemente.
El retrato robot del autor que los medios de comunicación progresistas se han apresurado a lanzar al aire es ciertamente inquietante para una persona con mis conviciones.
Me explico. Entré en la página del perfil de Facebook de Anders Behring, autor confeso de la massacre, antes de que la policía la clausurase (http://publicintelligence.net/wp-content/uploads/2011/07/FireShot-capture-020-Anders-Behring-Breivik-nb-no_facebook_com_people_Anders-Behring-Breivik_100002651290254.png.)
Tanto en su posición antitotalitaria, como en su advertencia ante la “invasión” islamista de Europa, así como en sus preferencias literarias y de pensamiento : El Proceso; La Crítica de la Razón Pura; 1984; El Principe; Leviathan; La Divina Comedia; La Republica; obra de Shakespeare; de Williams James, de John Stuart Mills etc, etc, no puedo por menos que reconocer su coherencia ideológica, al tiempo que una gran turbación se apodera de mí. Me reconozco a mí mismo indudablemente en la totalidad de esos planteamientos.
¿Qué explicación puedo darme que no me conduzca directamente a la camisa de fuerza? Por el momento creo que una reflexión sobre la tradicional imprudencia de los medios, capaces de condenar a cualquiera con una ligereza únicamente comparable a su congénito analfabetismo, les llevaría, una vez más, a tratar de forzar los hechos hasta que encajen con un modelo establecido de antemano. Yo mismo encajaría sin atisbo de duda en su definición de “neocom”. Cosa que asumo, por otra parte, sin temblarme el pulso lo más mínimo. Y el sicópata noruego respondería también, al menos aparentemente, a ese perfil ideológico conservador.
Por si fuera poco, al parecer él es alguien que practica deportes. Y yo también. Y para colmo le gustan las armas. Como a mí. Y parece ser pro-israelí. Y ahí estamos.
Claro que, por otra parte, podría ser mi nieto. Y que tonteó con los masones. Y que tiene una extraña granja “Bio” en la que, curiosamente, entraban abonos químicos industriales por toneladas. Y que acaba de asesinar a un centenar de ciudadanos.
Mira tú, en eso ya no nos parecemos nada.
Pero como la actualidad se desliza a una vertiginosa velocidad, y nuestra española sociedad, ejemplo de modernidad y progresismo, no puede dejar escapar una oportunidad de dar el cante, he aquí que una psicóloga sevillana, profesora de la Universidad de Sevilla, de nombre María José Lera y persona de rompe y rasga como su fisonómía nos sugiere (foto), acaba de proporcionar un scoop mundial (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=132857), al plantear una hipótesis que dará que pensar a todas las cancillerías, servicios secretos y agencias de seguridad del mundo conocido.
Y dice así:”… Si esto es así, el blog de Fjordman muestra que Breivic sería un extremista neocon que odia a los inmigrantes y especialmente a los musulmanes y, además pro-israelí; véase el blog, «por qué la lucha de Israel también es nuestra lucha». Podría ser que, al final, los tentáculos del Estado de Israel no estén tan lejos de esta matanza; al fin y al cabo no habría sido la primera que cometen ni, lamentablemente, será la última. Eso sí, la Liga Juvenil de Trabajadores Noruega (AUF), el Ministro de Asuntos Exteriores noruego y su gobierno al completo han recibido un tremendo golpe”.
Y continúa: “Justamente quienes más se han posicionado en el rechazo a la política genocida de Israel hacia el pueblo palestino son quiénes más sufren, previamente advertidos por Israel de su «tremenda osadía»… algo que en el lenguaje israelí significa que se pagan las consecuencias”.
Más claro ni el agua.
Bueno, independientemente de la ya habitual ignorancia léxica, sintáctica y morfológica de nuestra ilustre profesora de universidad, de lo que no cabe la menor duda es del grado de odio irrefrenable a los judíos que padece este angelito.
En fin mis queridos cofrades, esto va para largo y yo me voy al trópico canario a olvidarme de este, hasta ahora, annus horribilis y como desde mi más tierna infancia escolar para mí los años empiezan y terminan con las vacaciones:
¡Feliz año nuevo a todas y todos!
jueves, 30 de junio de 2011
Sarasas
En estos días, cuando comienzan los festejos del Carnaval Sarasa en este país, país que es la envidia del mundo en cuanto a su favorable legislación respecto de la legalización y el reconocimiento público de las relaciones extravagantes (perdón, diferentes), y en estos mismos días digo, el estado de New York acaba de declarar legal el matrimonio homosexual, arrogándose, según determinadas opiniones, unas prerrogativas normativas de dudosa legitimidad.
En los Estados Unidos no suelen abundar los debates de política interna a nivel de todo el país, es decir que transcienden el ambito estatal. Este es el caso del llamado “matrimonio gay”. El Senado del estado de New York lo acaba de instaurar por 33 votos a favor frente a 29 en contra, el pasado día 18. Para darse cuenta del ambiente reinante en este debate, basta leer las declaraciones del alcalde demócrata de New York City, Michael Bloomberg : ” Recordad que cuando empezamos, los negros eran esclavos, los católicos de New York no podían celebrar la misa, las mujeres no podían votar ni ser elegidas. Y en algunos lugares, la homosexualidad era considerada como un crimen”.
Eso está muy claro. Salvo que lo que se le olvidó señalar al alcalde es que, hoy en día, los homoxesuales no son esclavos, gozan del derecho de acudir a la misa que prefieran, pueden votar, pueden ser elegidos y pueden casarse a condidición de observar las reglas que rigen esa institución desde hace siglos (edad, alteridad, etc) y que son las mismas para todos los ciudadanos.
Si bien una encuesta reciente revela que una mayoría de neoyorquinos (58%) eran favorables a la instauración del “matrimonio” homosexual, es necesario precisar que resultados de consultas similares precedieron a la neta victoria en referendum, de los adversarios de una eventual instauración, en el 2009, en estados considerados progresistas como California y Maine.
Respecto de la forzada analogía entre las dificultades que los homosexuales pudieran encontrar en la actual sociedad americana y las sufridas por las minorias negras en los años de las movilizaciones pro–derechos humanos, George Weigel dirigente de la Ethics and Public Policy Center, denunciaba la usurpación de legitimidad de esos movimientos revindicativos de los años sesenta, por parte del movimiento gay.
Según este tratadista, el estado de New York no posee la competencia necesaria para dar cobertura jurídica a la solicitud de un grupo privado de presión, que persigue la aceptación social de su exigencia en base a esa cobertura legal. Esa iniciativa supondría la redefinición de una institución humana fundamental, con un origen histórico muy anterior a la del propio Estado. Y todo como resultado de la simple obstinación de un colectivo que no se conforma únicamente con la tolerancia de la sociedad hacia sus peculiaridades y las de cualquier otro ciudadano.
Pero Weigel va más lejos al señalar que existe una tentación permanente, en los estados modernos actuales, de usurpar la voluntad individual mediante lo que denomina la recreación de la realidad. Una especial forma de tendencia totalitaria. El Movimiento Americano Pro Derechos Civiles reclamaba en su momento el reconocimiento de unos principios morales presentes en la Constitución y arrinconados por malvadas costumbres y prejuicios arcaícos, mientras que el movimiento gay demanda ahora la reinvención de una realidad que está basada precisamente en esos mismos principios. Acceder a esa demanda representaría de hecho una modificación de los mismos.
Por último, este dirigente social trata de llamar la atención de los llamados libertarios americanos [equivalentes a los liberales versión europea], tradicionales guardianes de la ortodoxia constitucional y que en este caso han apoyado la petición de los homosexuales, advirtiéndoles de la carga de relativismo moral que encierra la solicitud, en su opinión.
Llama la atención, o al menos me la llama a mí, el terreno en el que el debate sobre el famoso “Matrimonio Sarasa” está teniendo lugar en los USA. Ningún parecido con lo ocurrido aquí, con ocasión del vergonzoso “trágala” del gobierno socialista. Circunstancia que explica, en mí humilde opinión, el desastroso final del asunto.
Por lo que he podido leer, e independientemente de los medios políticos, religiosos o extrictamente sociales que han participado en el debate americano, el campo referencial admitido por todos ellos ha sido, y aún es hoy en día, el territorio de la declaración de derechos humanos, contenida en la Constitución. Y, una vez admitido ese campo de juego, las cuestiones que plantea la modificación de determinadas leyes estatales, exponen sobre el tablero de la moral constitucional cosas tan interesantes como es la necesidad de establecer un límite en los criterios que determinan qué relaciones humanas caben en el adjetivo “natural” y cuales no.
Ni que decir tiene que el viejo tabú del incesto, o la actual y pestilente pedofília, pueden ser los extremos entre los que cabe un catálogo de combinaciones “naturales” que desafía la imaginación más enfermiza. Un vistazo a los bajorrelieves de algunos templos sudasiáticos, o indostánicos, pueden constituir un muestrario realmente sugerente, si no quiere uno meterse en berenjenales (término nunca mejor traído) más próximos y montaraces.
Y ¿quién le pone el cascabel al gato? ¿dónde se sitúa la raya roja?
Una vez abierta la veda, no veo demasiado claro qué razones van a constituir los argumentos del magistrado, cuando le rompa el corazón a algún pastor que, legítimamente, anhele normalizar por fín su relación ocultada durante años de incompresión e intolerancia por parte de quienes no ven en un rebaño de cabras más que el origen remoto del queso manchego bien curado, con el que se deleítan a la sombra de una parra. ¿Y qué decirle a quien nunca encontró más comprensión y dulce compañía que la que siempre le proporcionaron las calladas y perfumadas sandías de su huerto?
Esta mañana escuchaba en la radio una entrevista que le hacían a un reprentante, o presidente, o vocal, o cabo furriel del Movimiento Sarasa, con relación a “la problemática” que planteaba
(¡Ufff! ¡Con esta calor…!) los festejos previstos en el barrio de Chueca. Era evidente que el periodista quería hablar de los detalles curiosos de la fiesta, como esa extraordinaria iniciativa de los “conciertos sordos” (¡Silent Disco’s, chato!). Con auriculares. Para no dar la tabarra a los vecinos. No sé si los promotores de la idea habrán reparado en algún detalle que podría crear situaciones “inesperadas”. Por ejemplo, ¿habrán tenido en cuenta la tendencia a gritar que suelen tener las personas que hablan con los auriculares puestos?
Imaginaros el quiosco de la música con el grupo rapero encerrado en una especie de pecera transparente e insonorizada. Gesticulando con ese estilo tan peculiar de mover las manos y los dedos que tienen esos telepredicadores de fin de semana con medallón. Y, ahora llenad la plaza imaginaria con unos miles de personajes, más disfrazados que de costumbre si eso es posible, exhibiendo todo el trousseau de ropa interior femenina imaginable, meneando furiosamente las crestas multicolores, y machacando con entusiamo el asfalto con sus zapatos de seis pisos. Todo eso, mientras descoyuntan sus gimnásticos cuerpos en el silencio musical, y berrean a grito pelado en la oreja de su pareja lo guay que es la movida de este año.
La “señá Engracia”, del nº5 de la plaza, 4º derecha exterior, que solía sentarse un “ratico” en la losa del balcón con su abanico y su cervecita, o el botijo fresquito, a presenciar la cabalgata de los maricones [“porque m’entretiene, ¿sabe usted?”] se quedará unos minutos perpleja tratando de entender qué está pasando allá abajo. “Pues la luz no se l’han cortao…” pensará, interrogándose sobre el prodigio de ver tocar a los músicos y no oir ni una nota, mientras los miembros de una muchedumbre multicolor, debajo de su balcón, ahullando y gesticulando, parecen a punto de depedazarse mutuamente de un momento a otro.
“ ’cucha Eusebio, qu’esto v’acabar mal, que te lo digo yo… ¿no será mejor avisar a los municipales?”
No sé. A lo mejor es un riesgo calculado. O simplemente no es lo que parece y forma parte una “istalación” de un artista muy cotizado en Dinamarca, al que Gallardón ha subvencionado para dar envidia al alcalde de New York. Vaya usted a saber…
El replicante del Movimiento de Homosexuales, Lesbianas, Transexuales y Transgénicos Varios, no le entraba al trapo al entrevistador y se empecinaba en repetir, con la insistencia del conejo de Duracell, que no solo se trataba de pasárselo bien, sino, sobre todo, de recordar sin descanso las revindicaciones pendientes. Y yo, mientras sudaba como un pollo trotando por el estadio, escuchaba preguntándome con perplejidad en que podían consistir la mencionadas revindicaciones “pendientes”.
Si ya se casan, alquilan úteros, adoptan criaturas, gozan de las ventajas fiscales de cualquier pareja de hecho o de contrahecho, ¿a que podía referirse aquella delicada libélula?... De pronto, una duda maliciosa provocó un súbito estremecimiento en mi mente. ¿Porqué se refirió a las famosas revindicaciones con aquel aire misterioso y conspirativo?¿Porqué no se les había dado la habitual publicidad, por parte de un colectivo que no se distigue precisamente por su discreción?¿Estará el lobby sarasa reclamando una ley que les permita denunciar a aquellos que “no entienden”?¿ al estilo de los reos de la ley de menosprecio de la Aido?
Bueno, apartè de mi cabeza semejante pesadilla, tratando de convencerme de que no es bueno para la mente correr a pleno sol. El reportero fue abandonando todo propósito de llevar al mensajero gay al terreno que le interesaba y dió por terminada la entrevista. La entrevista se terminó pero el escenario de las ondas fue inmediatamente ocupado por la estrafalaria sintaxis del sarasa de guardia de la emisora, quien sin darse descanso ni pausa, fue ametrallando a los oyentes con una crónica minuciosamente detallada, sobre los entresijos de la boda de esa pepona que es el Príncipe de Mónaco, quien, según los rumores, amenaza con estrenar una revista de varietés en su pequeño estado–teatro, presentando como super–vedette a una especie de armario empotrado que pretende nada menos que convertirse en la heredera de nuestra llorada musa Grace Kelly.
Debo confesar que, desde hace años, esa especie de imposición dictatorial a la que nos vemos sometidos los que somos radioyentes, por parte de los directores de programa de manera inmisericorde, y que consiste en tener en nómina a uno o más sarasas inpúdicos, me puede acabar produciendo una úlcera de duodeno.
Si no me falla la memoria, todo empezó con la irrupción en las ondas de un super–¬plumerazo venezolano, mezcla de reinona de belleza y actor de culebrón, al que al parecer “adoraban” sus tele–radio–oyentes en su país. No tengo ni idea de quien fué la lumbrera que intuyó el éxito potencial que encerraba esta perla del Caribe, pero acertó de pleno. Un año después de que empezase a castigarnos con su prosa zarrapastrosa, se habían abierto las ventanillas de enganche del resto de las emisoras, y una cola interminable de batas de cola, y gacelas desmuñecadas daba la vuelta a la manzana.
Hoy en día, ocupan los más variados espacios temáticos. Si al descaro propio del género se le añade la desmesura y la osadía que las legiones de analfabetos que soportamos suelen exhibir en cualquier ámbito de la comunicación, el resultado sería asombroso sino fuera por que nos conocemos demasiado a nosotros mismos como para asombrarnos.
La crónica social (ojo al término) o del corazón o del tomate, es el terreno para el que parecen estar mejor dotados genéticamente. Y, aunque están empezando a invadir el territorio de la gastronomía, no se pierdan como curiosidad antropológica, los especialistas en “cultura”.
Están los que aconsejan con irritado distanciamiento, qué color de calcetines conviene ponerse para acudir a una conferencia al Ateneo. Estos pueden ser reaccionarios melancólicos que añoran las alegres fiestas del franquismo, con sus constructores de moratalaces y puertos deportivos o poseedores de licencias de importación de chocolates belgas y estraperlistas de penicilina.
Tambien los hay rojos(más bien carmesís)a quienes Castro les privó de sus palacetes coloniales y sus ingenios azucareros o cafetales en Santa Clara, pero que llaman fascista a cualquiera a quien no le guste “El combo de José Luis y sus furiosos rumberos”. Estos rojos son “cultos” por familia, y, como los reaccionarios, estuvieron de niños en Suiza. Son tan horteras los unos, en su babeante culto a Botticelli, al que tratan como una propiedad privada, como los otros en su devoción a Juan de Ávalos.
Las alegres comadres del teatro hace ya muchos años que colocaron las alambradas y miradores de vigilancia para impedir que alguien que “no entienda” pueda contaminar lo que es su exclusivo territorio.¿Qué decir del diseño de interiores? ¿O del gremio de anticuarios? Cualquier intromisión, ya sea por descuido, es considerada hostil por definición, y toda esa potencia corporativa que constituye uno de nuestros rasgos más definitorios, se pone en marcha automáticamente para excluir al intruso.
Cuando la humanidad parecía caminar hacia la integración de cualquier diferencia, por el simple método de reducir esas diferencias a su verdadera naturaleza, es decir, al plano de lo privado, y liberando de esta manera a la comunidad de conflictos estériles, de improviso, como secuela inesperada de la “lucha anticolonialista” y en medio de los delirios diferenciadores de regiones, razas, sectas, clanes, géneros y especies vegetales, aparecieron los sarasas como movimiento revindicativo.
O sea, que si eramos pocos parió la abuela.
Pero asi están las cosas. Ya he dejado de fumar porque se me recomendó desde instancias inapelables. Vale. Pero desde la inalcanzable altura de mí innegociable desobediencia advierto y prevengo contra todo intento de colocarme cualquier murmullo seductor con olor a Varón Dandy.
¡Estoy en guardia y seré implacable!
¡Estais avisados!
En los Estados Unidos no suelen abundar los debates de política interna a nivel de todo el país, es decir que transcienden el ambito estatal. Este es el caso del llamado “matrimonio gay”. El Senado del estado de New York lo acaba de instaurar por 33 votos a favor frente a 29 en contra, el pasado día 18. Para darse cuenta del ambiente reinante en este debate, basta leer las declaraciones del alcalde demócrata de New York City, Michael Bloomberg : ” Recordad que cuando empezamos, los negros eran esclavos, los católicos de New York no podían celebrar la misa, las mujeres no podían votar ni ser elegidas. Y en algunos lugares, la homosexualidad era considerada como un crimen”.
Eso está muy claro. Salvo que lo que se le olvidó señalar al alcalde es que, hoy en día, los homoxesuales no son esclavos, gozan del derecho de acudir a la misa que prefieran, pueden votar, pueden ser elegidos y pueden casarse a condidición de observar las reglas que rigen esa institución desde hace siglos (edad, alteridad, etc) y que son las mismas para todos los ciudadanos.
Si bien una encuesta reciente revela que una mayoría de neoyorquinos (58%) eran favorables a la instauración del “matrimonio” homosexual, es necesario precisar que resultados de consultas similares precedieron a la neta victoria en referendum, de los adversarios de una eventual instauración, en el 2009, en estados considerados progresistas como California y Maine.
Respecto de la forzada analogía entre las dificultades que los homosexuales pudieran encontrar en la actual sociedad americana y las sufridas por las minorias negras en los años de las movilizaciones pro–derechos humanos, George Weigel dirigente de la Ethics and Public Policy Center, denunciaba la usurpación de legitimidad de esos movimientos revindicativos de los años sesenta, por parte del movimiento gay.
Según este tratadista, el estado de New York no posee la competencia necesaria para dar cobertura jurídica a la solicitud de un grupo privado de presión, que persigue la aceptación social de su exigencia en base a esa cobertura legal. Esa iniciativa supondría la redefinición de una institución humana fundamental, con un origen histórico muy anterior a la del propio Estado. Y todo como resultado de la simple obstinación de un colectivo que no se conforma únicamente con la tolerancia de la sociedad hacia sus peculiaridades y las de cualquier otro ciudadano.
Pero Weigel va más lejos al señalar que existe una tentación permanente, en los estados modernos actuales, de usurpar la voluntad individual mediante lo que denomina la recreación de la realidad. Una especial forma de tendencia totalitaria. El Movimiento Americano Pro Derechos Civiles reclamaba en su momento el reconocimiento de unos principios morales presentes en la Constitución y arrinconados por malvadas costumbres y prejuicios arcaícos, mientras que el movimiento gay demanda ahora la reinvención de una realidad que está basada precisamente en esos mismos principios. Acceder a esa demanda representaría de hecho una modificación de los mismos.
Por último, este dirigente social trata de llamar la atención de los llamados libertarios americanos [equivalentes a los liberales versión europea], tradicionales guardianes de la ortodoxia constitucional y que en este caso han apoyado la petición de los homosexuales, advirtiéndoles de la carga de relativismo moral que encierra la solicitud, en su opinión.
Llama la atención, o al menos me la llama a mí, el terreno en el que el debate sobre el famoso “Matrimonio Sarasa” está teniendo lugar en los USA. Ningún parecido con lo ocurrido aquí, con ocasión del vergonzoso “trágala” del gobierno socialista. Circunstancia que explica, en mí humilde opinión, el desastroso final del asunto.
Por lo que he podido leer, e independientemente de los medios políticos, religiosos o extrictamente sociales que han participado en el debate americano, el campo referencial admitido por todos ellos ha sido, y aún es hoy en día, el territorio de la declaración de derechos humanos, contenida en la Constitución. Y, una vez admitido ese campo de juego, las cuestiones que plantea la modificación de determinadas leyes estatales, exponen sobre el tablero de la moral constitucional cosas tan interesantes como es la necesidad de establecer un límite en los criterios que determinan qué relaciones humanas caben en el adjetivo “natural” y cuales no.
Ni que decir tiene que el viejo tabú del incesto, o la actual y pestilente pedofília, pueden ser los extremos entre los que cabe un catálogo de combinaciones “naturales” que desafía la imaginación más enfermiza. Un vistazo a los bajorrelieves de algunos templos sudasiáticos, o indostánicos, pueden constituir un muestrario realmente sugerente, si no quiere uno meterse en berenjenales (término nunca mejor traído) más próximos y montaraces.
Y ¿quién le pone el cascabel al gato? ¿dónde se sitúa la raya roja?
Una vez abierta la veda, no veo demasiado claro qué razones van a constituir los argumentos del magistrado, cuando le rompa el corazón a algún pastor que, legítimamente, anhele normalizar por fín su relación ocultada durante años de incompresión e intolerancia por parte de quienes no ven en un rebaño de cabras más que el origen remoto del queso manchego bien curado, con el que se deleítan a la sombra de una parra. ¿Y qué decirle a quien nunca encontró más comprensión y dulce compañía que la que siempre le proporcionaron las calladas y perfumadas sandías de su huerto?
Esta mañana escuchaba en la radio una entrevista que le hacían a un reprentante, o presidente, o vocal, o cabo furriel del Movimiento Sarasa, con relación a “la problemática” que planteaba
(¡Ufff! ¡Con esta calor…!) los festejos previstos en el barrio de Chueca. Era evidente que el periodista quería hablar de los detalles curiosos de la fiesta, como esa extraordinaria iniciativa de los “conciertos sordos” (¡Silent Disco’s, chato!). Con auriculares. Para no dar la tabarra a los vecinos. No sé si los promotores de la idea habrán reparado en algún detalle que podría crear situaciones “inesperadas”. Por ejemplo, ¿habrán tenido en cuenta la tendencia a gritar que suelen tener las personas que hablan con los auriculares puestos?
Imaginaros el quiosco de la música con el grupo rapero encerrado en una especie de pecera transparente e insonorizada. Gesticulando con ese estilo tan peculiar de mover las manos y los dedos que tienen esos telepredicadores de fin de semana con medallón. Y, ahora llenad la plaza imaginaria con unos miles de personajes, más disfrazados que de costumbre si eso es posible, exhibiendo todo el trousseau de ropa interior femenina imaginable, meneando furiosamente las crestas multicolores, y machacando con entusiamo el asfalto con sus zapatos de seis pisos. Todo eso, mientras descoyuntan sus gimnásticos cuerpos en el silencio musical, y berrean a grito pelado en la oreja de su pareja lo guay que es la movida de este año.
La “señá Engracia”, del nº5 de la plaza, 4º derecha exterior, que solía sentarse un “ratico” en la losa del balcón con su abanico y su cervecita, o el botijo fresquito, a presenciar la cabalgata de los maricones [“porque m’entretiene, ¿sabe usted?”] se quedará unos minutos perpleja tratando de entender qué está pasando allá abajo. “Pues la luz no se l’han cortao…” pensará, interrogándose sobre el prodigio de ver tocar a los músicos y no oir ni una nota, mientras los miembros de una muchedumbre multicolor, debajo de su balcón, ahullando y gesticulando, parecen a punto de depedazarse mutuamente de un momento a otro.
“ ’cucha Eusebio, qu’esto v’acabar mal, que te lo digo yo… ¿no será mejor avisar a los municipales?”
No sé. A lo mejor es un riesgo calculado. O simplemente no es lo que parece y forma parte una “istalación” de un artista muy cotizado en Dinamarca, al que Gallardón ha subvencionado para dar envidia al alcalde de New York. Vaya usted a saber…
El replicante del Movimiento de Homosexuales, Lesbianas, Transexuales y Transgénicos Varios, no le entraba al trapo al entrevistador y se empecinaba en repetir, con la insistencia del conejo de Duracell, que no solo se trataba de pasárselo bien, sino, sobre todo, de recordar sin descanso las revindicaciones pendientes. Y yo, mientras sudaba como un pollo trotando por el estadio, escuchaba preguntándome con perplejidad en que podían consistir la mencionadas revindicaciones “pendientes”.
Si ya se casan, alquilan úteros, adoptan criaturas, gozan de las ventajas fiscales de cualquier pareja de hecho o de contrahecho, ¿a que podía referirse aquella delicada libélula?... De pronto, una duda maliciosa provocó un súbito estremecimiento en mi mente. ¿Porqué se refirió a las famosas revindicaciones con aquel aire misterioso y conspirativo?¿Porqué no se les había dado la habitual publicidad, por parte de un colectivo que no se distigue precisamente por su discreción?¿Estará el lobby sarasa reclamando una ley que les permita denunciar a aquellos que “no entienden”?¿ al estilo de los reos de la ley de menosprecio de la Aido?
Bueno, apartè de mi cabeza semejante pesadilla, tratando de convencerme de que no es bueno para la mente correr a pleno sol. El reportero fue abandonando todo propósito de llevar al mensajero gay al terreno que le interesaba y dió por terminada la entrevista. La entrevista se terminó pero el escenario de las ondas fue inmediatamente ocupado por la estrafalaria sintaxis del sarasa de guardia de la emisora, quien sin darse descanso ni pausa, fue ametrallando a los oyentes con una crónica minuciosamente detallada, sobre los entresijos de la boda de esa pepona que es el Príncipe de Mónaco, quien, según los rumores, amenaza con estrenar una revista de varietés en su pequeño estado–teatro, presentando como super–vedette a una especie de armario empotrado que pretende nada menos que convertirse en la heredera de nuestra llorada musa Grace Kelly.
Debo confesar que, desde hace años, esa especie de imposición dictatorial a la que nos vemos sometidos los que somos radioyentes, por parte de los directores de programa de manera inmisericorde, y que consiste en tener en nómina a uno o más sarasas inpúdicos, me puede acabar produciendo una úlcera de duodeno.
Si no me falla la memoria, todo empezó con la irrupción en las ondas de un super–¬plumerazo venezolano, mezcla de reinona de belleza y actor de culebrón, al que al parecer “adoraban” sus tele–radio–oyentes en su país. No tengo ni idea de quien fué la lumbrera que intuyó el éxito potencial que encerraba esta perla del Caribe, pero acertó de pleno. Un año después de que empezase a castigarnos con su prosa zarrapastrosa, se habían abierto las ventanillas de enganche del resto de las emisoras, y una cola interminable de batas de cola, y gacelas desmuñecadas daba la vuelta a la manzana.
Hoy en día, ocupan los más variados espacios temáticos. Si al descaro propio del género se le añade la desmesura y la osadía que las legiones de analfabetos que soportamos suelen exhibir en cualquier ámbito de la comunicación, el resultado sería asombroso sino fuera por que nos conocemos demasiado a nosotros mismos como para asombrarnos.
La crónica social (ojo al término) o del corazón o del tomate, es el terreno para el que parecen estar mejor dotados genéticamente. Y, aunque están empezando a invadir el territorio de la gastronomía, no se pierdan como curiosidad antropológica, los especialistas en “cultura”.
Están los que aconsejan con irritado distanciamiento, qué color de calcetines conviene ponerse para acudir a una conferencia al Ateneo. Estos pueden ser reaccionarios melancólicos que añoran las alegres fiestas del franquismo, con sus constructores de moratalaces y puertos deportivos o poseedores de licencias de importación de chocolates belgas y estraperlistas de penicilina.
Tambien los hay rojos(más bien carmesís)a quienes Castro les privó de sus palacetes coloniales y sus ingenios azucareros o cafetales en Santa Clara, pero que llaman fascista a cualquiera a quien no le guste “El combo de José Luis y sus furiosos rumberos”. Estos rojos son “cultos” por familia, y, como los reaccionarios, estuvieron de niños en Suiza. Son tan horteras los unos, en su babeante culto a Botticelli, al que tratan como una propiedad privada, como los otros en su devoción a Juan de Ávalos.
Las alegres comadres del teatro hace ya muchos años que colocaron las alambradas y miradores de vigilancia para impedir que alguien que “no entienda” pueda contaminar lo que es su exclusivo territorio.¿Qué decir del diseño de interiores? ¿O del gremio de anticuarios? Cualquier intromisión, ya sea por descuido, es considerada hostil por definición, y toda esa potencia corporativa que constituye uno de nuestros rasgos más definitorios, se pone en marcha automáticamente para excluir al intruso.
Cuando la humanidad parecía caminar hacia la integración de cualquier diferencia, por el simple método de reducir esas diferencias a su verdadera naturaleza, es decir, al plano de lo privado, y liberando de esta manera a la comunidad de conflictos estériles, de improviso, como secuela inesperada de la “lucha anticolonialista” y en medio de los delirios diferenciadores de regiones, razas, sectas, clanes, géneros y especies vegetales, aparecieron los sarasas como movimiento revindicativo.
O sea, que si eramos pocos parió la abuela.
Pero asi están las cosas. Ya he dejado de fumar porque se me recomendó desde instancias inapelables. Vale. Pero desde la inalcanzable altura de mí innegociable desobediencia advierto y prevengo contra todo intento de colocarme cualquier murmullo seductor con olor a Varón Dandy.
¡Estoy en guardia y seré implacable!
¡Estais avisados!
lunes, 27 de junio de 2011
Empezar por los principios. (y II)
La Historia es una película “indispensable”.
[“Indispensable”. Ese era el adjetivo definitivo usado por los pedantes de cine–club, cuando yo era catecúmeno, para designar una obra que tenía que formar parte inexcusablemente del repertorio de cualquier aficionado que se preciase. Lo malo era que solían referirse casi siempre a los infumables coñazos perpetrados por los “maestros japoneses”]
Pero a esta otra película, “La Historia”, hay que aproximarse ligero de prejuicios, si pretendemos que nos sirva de alguna ayuda. Y es que el mundo está lleno de espectadores que saben lo que van a ver antes de verlo. Se han aprendido el método para interpretar esta película con tanto entusiasmo que, vean lo que vean, el resultado es siempre el mismo.
La historia es el resultado de la investigación de un especialista que ha indagado los hechos, con más o menos éxito, a partir de un planteamiento personal, subjetivo. Por lo tanto siempre será una hipótesis abierta, que se irá cerrando y precisando a medida que las investigaciones aporten más datos con los que se que vayan rectificando y balizando los límites de su interpretación.
Los problemas empezaron cuando la investigación comenzó a seguir un método basado en una teoría filosófica de la historia. Se trataba, en ese caso, de considerar lo que le ocurre al ser humano (o sea, la historia) como algo previsible e incluso predecible. Ese prodigio se produce en virtud de los términos en los que se ha definido a ese ser humano. Esto es, como un simple elemento de un conjunto.Y ese conjunto actúa según el papel que le han atribuido unas supuestas reglas inmanentes y científicas que rigen el juego de la historia. Así. Como suele decirse: ¡con dos cojones!
Ese “científico” método provoca que los datos investigados no sean interpretados como un medio para entender los hechos, sino ordenados en un conjunto que responde a un modelo propuesto previamente. De esta manera, el resultado final corresponda a la interpretación decidida de antemano. Aunque haya que hacerlo a martillazos. Aunque sea preciso mentir o tragiversar. Cada episodio histórico así elaborado constituirá una nueva prueba de la coherencia de la tesis inicial.
No en vano los anarquistas del XIX trataban a la Historia de prostituta y a los episodios de clientes.
En definitiva, es como si pretendiesemos re–escribir la historia tal como nos gustaría que hubiese ocurrido, en lugar de estudiarla como probablemente ocurrió en realidad. Esa manía constituye un apartado especialmente significativo de lo que podríamos llamar la “realidad mágica”. Esa “peculiar” realidad gozaba de un notable éxito en el siglo XIX, entre quienes tenían dificultades para asumir racionalmente la vida tal como es, y que aún es, hoy como ayer, un colectivo mucho más numeroso de lo que podría parecernos.
Esa mayoría amedrentada que tenía tras de sí una larga y angustiada tradición, ya era, en el siglo XVIII, la principal destinataria del racionalista mensaje ilustrado.
Pero la predisposición antropológica hacia la idea religiosa [que es en el fondo una interpretación metafísica de la realidad] como refugio de esa angustia de vivir, forma parte de las características más esenciales del hombre. Y los mecanismos psico–sociológicos que estructuran esa tendencia son potencialmente muy manipulables. Se pueden rellenar con cualquier bazofia pseudo–intelectual, con tal de que posea una cierta carga emotiva. De hecho los han utilizado y seguirán haciéndolo sin duda en el futuro.
No debemos olvidar que la angustia vital no es más que una manifestación neurótica provocada por el miedo a la muerte. Ese miedo que es la emoción por excelencia.
Ese es el flanco más vulnerable del individuo libre. Su libertad se verá amenazada permanentemente si no es capaz de controlar la ansiedad que le provoca el miedo a existir condenado. La vida se nos presenta como una serie de problemas para los que nos vemos obligados a buscar soluciones; pero lo malo es que muchos de esos aparentes problemas no tienen relación con la vida, sino con la no–vida. Con la muerte. Y, claro, esos falsos problemas, al no figurar en la partitura de la vida, carecen de solución. Luego NO son problemas. SON fatalidades.
Desde Spinoza para acá, sospechamos que quien no sea capaz de asumir la idea de morir, y de convivir con ella, no podrá aspirar a ser libre.
Peléate con un problema y acabarás ganando. Aunque sea a los puntos. Inténtalo con una fatalidad y estarás noqueado al tercer round. Es un verdareo despilfarro de energía ocuparnos de aquello que no forma parte de la vida. Sobre todo cuando vamos a tener toda una eternidad para hacerlo, una vez hayamos acabado nuestra tarea aquí abajo.
A la muerte la representamos de infinidad de maneras. Una de ellas es el fracaso. ¡Y anda que no le tenemos pavor al fracaso! Como si cada vez que la podemos cagar se tratase de la última oportunidad. Vivir en una sociedad libre supone asumir responsabilidades, y el miedo al fracaso puede hacer que el individuo se sienta incapaz de asumirlas. Una actitud neurótica de esta naturaleza puede provocar una huída ante esa responsabilidad; un bloqueo en los mecanismos de decisión.
Eso es el miedo a la libertad.
En ocasiones, en las crisis, o en tiempos de grandes dificultades, ese miedo a ser libre puede generalizarse. Y ahí aparecen los grandes oportunistas. Los profetas. Los que saben que esos son los momentos más propicios para que la razón pueda ceder su sitio al mito, y que pueden colocar el camelo que traen bajo el brazo. Una idea original, poco explicable o no facilmente entendible, pero… emocionante. En la que el ser angustiado habrá de depositar su confianza. Su fé. Ese es el precio.
Para los angustiados que asumen su cobardía, ese es un buen precio. Porque, al no ser propia la decisión, no contiene carga alguna de responsabilidad individual. En caso de fracaso, siempre contará con el refugio de irresponsabilidad de los que solo obedecen. O sea que, como mucho, repartirá esa mínima culpa con una muchedumbre de cómplices, tan creyentes e irresponsables como él.
Es la base argumental del código del linchador. O del ejecutor de genocidios, que viene a ser lo mismo.
Más tarde, esas ideas originales se articularon en discursos más complejos y se denominaron ideologías. Ese era un término muy práctico, ya que les conferia un cierto aroma científico–religioso. Rasgo muy favorable en la época cientista de su aparición, en el siglo XIX.
Las herramientas más eficaces de las ideologías fueron los mencionados mecanismos psico–sociológicos derivados directamente de nuestra secular, y nunca desaparecida del todo, tendencia a la religiosidad. Su acción socio–cultural primordial se proyectó entonces directamente contra la Historia. O mejor aún, hacia la interpretación patológica de la misma.
El rechazo radical de la modernidad encontró su discurso teórico en una enfermiza condena del frío racionalismo aplicado al estudio de la historia, con su carga de progreso, y rectificó el rumbo de la inquietud intelectual, orientándola hacia una mórbida recuperación de la historia idealizada. Hacia la leyenda. La ciencia era sospechosa, porque era universal. El solar pátrio guarda las auténticas esencias. Aquellas que le son exclusivas.
El mito acabará sustituyendo en la mente de los reaccionarios a la razón histórica. La tradición, sentina de la memoria colectiva llena de experiencias válidas y aprovechables, se transformará en un delirante discurso mágico–folclórico–esotérico, y acabará constituyendo el sustrato esencial de la malsana melancolía romántica. Esa melancolía se convertirá enseguida en la tara congénita del movimiento reccionario; en la salsa resentida donde se cocinarán los primeros movimientos anti–modernos.
El retorno a la madre tierra. El retorno a las raíces. El retorno a un concepto bucólicamente travestido de la naturaleza. El retorno a la nación, concepto recién acuñado en base a una memoria del pasado idealizada, manipulada, cuando no inventada en todas sus piezas. El retorno a la búsqueda obsesiva de la secular quimera de la pureza de lo propio.
Y, al mismo tiempo, el rechazo de la técnica; el desprecio del individuo frente a la grandeza del pueblo, como estirpe ; la busqueda desesperada de héroes legendarios precursores, que dignificasen y embelleciesen la deprimente imagen de sí mismos que padecían aquellos iluminados; el desprecio, cuando no el odio paranoico, hacia lo no–nacional o extranjero; y sobre todo la condena del cosmopolitismo, antítesis de la idolatría casticista y aldeana.
Estas fueron las propuestas implícitas que fructificaron a lo largo del siglo XIX en aquellos círculos raccionarios y, en ciertos casos, hasta esotéricos. Realmente eran una especie de precedente del movimiento hippy, pero sin maría. Es decir, una tropa compuesta por oscuras siluetas tristes y encabronadas que no paraban de dar el coñazo, y peligrosamente cargados de certezas delirantes.
¡Que sabio es el lenguage…! “ Retorno…” El retorno es una especie de analgésico de la melancolía. Con el retorno se huye del insoportable autorretrato que dibuja la existencia individual cotidiana. Es un término inequivocamente ligado al sentimiento de culpa y de arrepentimiento: uno retorna vencido y humillado por los propios errores. Se retorna desde un exterior solitario, ajeno y peligroso, hacia el interior familiar, propio y seguro, lejos de toda aventura arriesgada y extravagante. Se retorna siempre bajo la tormenta; empujados por el frio, el fulgor y el trueno. Y con la violencia como eterno acompañante, como la propia sombra ¡Una verdadera escena de un cuadro de Delacroix!
¡Y en medio de todos estos fantasmagóricos sueños es donde se están gestando, a principios del siglo XIX, lo que más tarde acabarán siendo las pesadillas del siglo XX !
Creo particularmente que, frente a los principios modernos e ilustrados, que representan, dentro de la historia de la humanidad, una revolución inédita en términos de originalidad, racionalidad y entusiamado homenaje al genio humano, la reacción, los iluminados odiadores del humanismo, y por la tanto de sí mismos, no encontraron otra solución que la creación de un espantapájaros ideológico, para ahuyentar los principios del progreso que amenazaban con introducir un poco de luz en su tenebroso refugio melancólico.
Esto ocurrió cuando trataron de destruir la imagen aborrecida de sí mismos, que el espejo de la historia les devolvía, lanzando contra él la piedra de su rencor contra la humanidad. Con algunos trozos escogidos de ese espejo de la historia, en los que creían reconocer reflejos propios aceptables, unidos por la argamasa de las leyendas populares, reconstruyeron un rostro para el espantajo. Luego lo vistieron con los harapos del folclore, le colocaron un sombrero tejido con espigas de la tradición, cuidadosamente escogidas, y comenzaron a bailar en torno a él viejos aires extraídos de los baúles de la memoria aldeana. En medio de ese sonámbulo akelarre, el miedo y la superstición, que tan buenos ingredientes habían constituído siempre para ciertas sectas religiosas, hicieron el resto. Y, el espantajo, hasta tuvo el honor de aparecer en la primera frase del Manifiesto Comunista : “Un espectro recorre Europa…”
Cuando una de las consecuencias de la modernidad, la máquina, hizo su aparición y el hombre empezó a liberarse de alguna de las maldiciones bíblicas, como el sudor de los sobacos, otros laboriosos e infatigables iluminados iniciaron su furibundo ataque a la modernidad, utilizando esta vez los recursos que la técnica les ofrecía. Trataron de destruir a su pesadilla con forma de individuo, convirtiéndolo en un simple número impersonal. Industrializaron el concepto del hombre, convirtiéndolo en un “glorioso” miembro anónimo de las masas. Una pieza mecánica más. Y con recambio.
Esta nueva secta derivada del club de los antimodernos, los ultraracionalistas–ateos, tuvieron una ocurrencia original, consistente en inventar una religión laica travistiendo a la ciencia en una caricatura de su pretendido antagonista, la religión. Se llamó el cientismo. Un culto pagano. La diosa consagrada de esta nueva religión laíca, “La Diosa Razón” era representada habitualmente por una imagen hortera de la Inmaculada, travestida en “deidad griega” coronada de laurel.
Una imagen digna del antimodernismo pre-rafaelista de ese prodigio manchego que se llama Almodovar. Es posible que incluso haya sido sacada alguna vez en procesión. De eso no estoy tan seguro.
En cualquier caso, en esa religión, todo lo que podía ser calificado, con razón o sin ella, de científico no necesitaba otro certificado de verosimilitud. Véase, por ejemplo, el “prodigioso” codigo de leyes científicas que rigen ¡nada menos que la historia!, y que está contenido en la mítica biblia del marxismo : “Das Kapital”, y cuyo disparatado análisis económico es defendido por muchos delirantes, aún hoy en día.
Entre románticos, communards, nihilistas, anarquistas, socialistas y comunistas, por un lado y emperadores, monárquicos del ancien régime, espadones y dictadores, por el otro, el desgraciado siglo XIX, que debería haber sido la era del renacimiento del hombre, pasará a la historia como el período más nefasto para los ideales, y el más aniquilador para las sociedades libres europeas. Unos principios que aspiraban a dotar de harmonía y respeto a los seres humanos sin distinción, provocaron de hecho un cataclismo social sin precedentes en el viejo continente.
Bueno, la historia de los que recogieron las nueces caídas bajo esos agitados árboles: los ultraracionalistas–ateos–totalitarios, envueltos en el mito de la clase, y los ultranacionalistas–folclóricos–totalitarios en el mito de la raza, con las consecuencias devastadoras que generosamente nos legaron, es suficientemente sabida para volver a contarla.
En el fondo, no eran más que los herederos de aquellos patéticos “arqueólogos” románticos que buscaban deseperadamente el Santo Grial de la pureza de sus respectivas supersticiones, sin saber que en realidad lo que buscaban ¬–y algunos siguen buscando desde Jacques Derrida hasta Ferrán Adriá y compañeros deconstructores¬– era aquello que está oculto detrás de un invento parido cien años más tarde por un tal Martin Heidegger, y denominado “Dasein”. Ese invento que dejó pasmada a la nómina universal del pensamiento débil, desde entonces hasta ahora, tuvo lugar poco antes de que ese nauseabundo sujeto aspirara a colocar su trasero en el sillón de rector de la Universidad de Friburgo, aupándose para ello sobre la chepa de Hitler. Asunto que le salió muy bien. Por cierto.
De aquellos polvos surgieron especies tan originales como la de los “malditos”. Que son algo así como un híbrido de nihilista poco convencido y enfermo exhibicionista, que suele practicar un suicidio de larga duración, obligado por su afán de no perderse detalle de qué diran de él, tras su desaparición. Y lo han conseguido en un buen número de casos debido, sobre todo, a que su siniestro ruído ha dispuesto, desde el principio, de la caja de resonancia constituída por los ambientes culturales, artísticos y periodísticos, cómplices indispensables en la puesta en escena de su pretenciosa tragedia de pacotilla.
Variados “movimientos” han surfeado sobre las grandes olas del cuanto peor mejor cuando los medios de comunicación empezaron a participar en ellas activamente, incluso en su diseño. Por si fuera necesario, se puede echar un vistazo a la actitud Punky, o, sin ir tan lejos, a los ejemplares góticos que se conservan en el Palacio de la Moncloa.
En fin compañeros cofrades…
¡Dura vida la de los principios! ¡Siempre tropezando con alguna idea genial, en su largo y lento, pero también esperanzador camino!
¡Dita sea!
[“Indispensable”. Ese era el adjetivo definitivo usado por los pedantes de cine–club, cuando yo era catecúmeno, para designar una obra que tenía que formar parte inexcusablemente del repertorio de cualquier aficionado que se preciase. Lo malo era que solían referirse casi siempre a los infumables coñazos perpetrados por los “maestros japoneses”]
Pero a esta otra película, “La Historia”, hay que aproximarse ligero de prejuicios, si pretendemos que nos sirva de alguna ayuda. Y es que el mundo está lleno de espectadores que saben lo que van a ver antes de verlo. Se han aprendido el método para interpretar esta película con tanto entusiasmo que, vean lo que vean, el resultado es siempre el mismo.
La historia es el resultado de la investigación de un especialista que ha indagado los hechos, con más o menos éxito, a partir de un planteamiento personal, subjetivo. Por lo tanto siempre será una hipótesis abierta, que se irá cerrando y precisando a medida que las investigaciones aporten más datos con los que se que vayan rectificando y balizando los límites de su interpretación.
Los problemas empezaron cuando la investigación comenzó a seguir un método basado en una teoría filosófica de la historia. Se trataba, en ese caso, de considerar lo que le ocurre al ser humano (o sea, la historia) como algo previsible e incluso predecible. Ese prodigio se produce en virtud de los términos en los que se ha definido a ese ser humano. Esto es, como un simple elemento de un conjunto.Y ese conjunto actúa según el papel que le han atribuido unas supuestas reglas inmanentes y científicas que rigen el juego de la historia. Así. Como suele decirse: ¡con dos cojones!
Ese “científico” método provoca que los datos investigados no sean interpretados como un medio para entender los hechos, sino ordenados en un conjunto que responde a un modelo propuesto previamente. De esta manera, el resultado final corresponda a la interpretación decidida de antemano. Aunque haya que hacerlo a martillazos. Aunque sea preciso mentir o tragiversar. Cada episodio histórico así elaborado constituirá una nueva prueba de la coherencia de la tesis inicial.
No en vano los anarquistas del XIX trataban a la Historia de prostituta y a los episodios de clientes.
En definitiva, es como si pretendiesemos re–escribir la historia tal como nos gustaría que hubiese ocurrido, en lugar de estudiarla como probablemente ocurrió en realidad. Esa manía constituye un apartado especialmente significativo de lo que podríamos llamar la “realidad mágica”. Esa “peculiar” realidad gozaba de un notable éxito en el siglo XIX, entre quienes tenían dificultades para asumir racionalmente la vida tal como es, y que aún es, hoy como ayer, un colectivo mucho más numeroso de lo que podría parecernos.
Esa mayoría amedrentada que tenía tras de sí una larga y angustiada tradición, ya era, en el siglo XVIII, la principal destinataria del racionalista mensaje ilustrado.
Pero la predisposición antropológica hacia la idea religiosa [que es en el fondo una interpretación metafísica de la realidad] como refugio de esa angustia de vivir, forma parte de las características más esenciales del hombre. Y los mecanismos psico–sociológicos que estructuran esa tendencia son potencialmente muy manipulables. Se pueden rellenar con cualquier bazofia pseudo–intelectual, con tal de que posea una cierta carga emotiva. De hecho los han utilizado y seguirán haciéndolo sin duda en el futuro.
No debemos olvidar que la angustia vital no es más que una manifestación neurótica provocada por el miedo a la muerte. Ese miedo que es la emoción por excelencia.
Ese es el flanco más vulnerable del individuo libre. Su libertad se verá amenazada permanentemente si no es capaz de controlar la ansiedad que le provoca el miedo a existir condenado. La vida se nos presenta como una serie de problemas para los que nos vemos obligados a buscar soluciones; pero lo malo es que muchos de esos aparentes problemas no tienen relación con la vida, sino con la no–vida. Con la muerte. Y, claro, esos falsos problemas, al no figurar en la partitura de la vida, carecen de solución. Luego NO son problemas. SON fatalidades.
Desde Spinoza para acá, sospechamos que quien no sea capaz de asumir la idea de morir, y de convivir con ella, no podrá aspirar a ser libre.
Peléate con un problema y acabarás ganando. Aunque sea a los puntos. Inténtalo con una fatalidad y estarás noqueado al tercer round. Es un verdareo despilfarro de energía ocuparnos de aquello que no forma parte de la vida. Sobre todo cuando vamos a tener toda una eternidad para hacerlo, una vez hayamos acabado nuestra tarea aquí abajo.
A la muerte la representamos de infinidad de maneras. Una de ellas es el fracaso. ¡Y anda que no le tenemos pavor al fracaso! Como si cada vez que la podemos cagar se tratase de la última oportunidad. Vivir en una sociedad libre supone asumir responsabilidades, y el miedo al fracaso puede hacer que el individuo se sienta incapaz de asumirlas. Una actitud neurótica de esta naturaleza puede provocar una huída ante esa responsabilidad; un bloqueo en los mecanismos de decisión.
Eso es el miedo a la libertad.
En ocasiones, en las crisis, o en tiempos de grandes dificultades, ese miedo a ser libre puede generalizarse. Y ahí aparecen los grandes oportunistas. Los profetas. Los que saben que esos son los momentos más propicios para que la razón pueda ceder su sitio al mito, y que pueden colocar el camelo que traen bajo el brazo. Una idea original, poco explicable o no facilmente entendible, pero… emocionante. En la que el ser angustiado habrá de depositar su confianza. Su fé. Ese es el precio.
Para los angustiados que asumen su cobardía, ese es un buen precio. Porque, al no ser propia la decisión, no contiene carga alguna de responsabilidad individual. En caso de fracaso, siempre contará con el refugio de irresponsabilidad de los que solo obedecen. O sea que, como mucho, repartirá esa mínima culpa con una muchedumbre de cómplices, tan creyentes e irresponsables como él.
Es la base argumental del código del linchador. O del ejecutor de genocidios, que viene a ser lo mismo.
Más tarde, esas ideas originales se articularon en discursos más complejos y se denominaron ideologías. Ese era un término muy práctico, ya que les conferia un cierto aroma científico–religioso. Rasgo muy favorable en la época cientista de su aparición, en el siglo XIX.
Las herramientas más eficaces de las ideologías fueron los mencionados mecanismos psico–sociológicos derivados directamente de nuestra secular, y nunca desaparecida del todo, tendencia a la religiosidad. Su acción socio–cultural primordial se proyectó entonces directamente contra la Historia. O mejor aún, hacia la interpretación patológica de la misma.
El rechazo radical de la modernidad encontró su discurso teórico en una enfermiza condena del frío racionalismo aplicado al estudio de la historia, con su carga de progreso, y rectificó el rumbo de la inquietud intelectual, orientándola hacia una mórbida recuperación de la historia idealizada. Hacia la leyenda. La ciencia era sospechosa, porque era universal. El solar pátrio guarda las auténticas esencias. Aquellas que le son exclusivas.
El mito acabará sustituyendo en la mente de los reaccionarios a la razón histórica. La tradición, sentina de la memoria colectiva llena de experiencias válidas y aprovechables, se transformará en un delirante discurso mágico–folclórico–esotérico, y acabará constituyendo el sustrato esencial de la malsana melancolía romántica. Esa melancolía se convertirá enseguida en la tara congénita del movimiento reccionario; en la salsa resentida donde se cocinarán los primeros movimientos anti–modernos.
El retorno a la madre tierra. El retorno a las raíces. El retorno a un concepto bucólicamente travestido de la naturaleza. El retorno a la nación, concepto recién acuñado en base a una memoria del pasado idealizada, manipulada, cuando no inventada en todas sus piezas. El retorno a la búsqueda obsesiva de la secular quimera de la pureza de lo propio.
Y, al mismo tiempo, el rechazo de la técnica; el desprecio del individuo frente a la grandeza del pueblo, como estirpe ; la busqueda desesperada de héroes legendarios precursores, que dignificasen y embelleciesen la deprimente imagen de sí mismos que padecían aquellos iluminados; el desprecio, cuando no el odio paranoico, hacia lo no–nacional o extranjero; y sobre todo la condena del cosmopolitismo, antítesis de la idolatría casticista y aldeana.
Estas fueron las propuestas implícitas que fructificaron a lo largo del siglo XIX en aquellos círculos raccionarios y, en ciertos casos, hasta esotéricos. Realmente eran una especie de precedente del movimiento hippy, pero sin maría. Es decir, una tropa compuesta por oscuras siluetas tristes y encabronadas que no paraban de dar el coñazo, y peligrosamente cargados de certezas delirantes.
¡Que sabio es el lenguage…! “ Retorno…” El retorno es una especie de analgésico de la melancolía. Con el retorno se huye del insoportable autorretrato que dibuja la existencia individual cotidiana. Es un término inequivocamente ligado al sentimiento de culpa y de arrepentimiento: uno retorna vencido y humillado por los propios errores. Se retorna desde un exterior solitario, ajeno y peligroso, hacia el interior familiar, propio y seguro, lejos de toda aventura arriesgada y extravagante. Se retorna siempre bajo la tormenta; empujados por el frio, el fulgor y el trueno. Y con la violencia como eterno acompañante, como la propia sombra ¡Una verdadera escena de un cuadro de Delacroix!
¡Y en medio de todos estos fantasmagóricos sueños es donde se están gestando, a principios del siglo XIX, lo que más tarde acabarán siendo las pesadillas del siglo XX !
Creo particularmente que, frente a los principios modernos e ilustrados, que representan, dentro de la historia de la humanidad, una revolución inédita en términos de originalidad, racionalidad y entusiamado homenaje al genio humano, la reacción, los iluminados odiadores del humanismo, y por la tanto de sí mismos, no encontraron otra solución que la creación de un espantapájaros ideológico, para ahuyentar los principios del progreso que amenazaban con introducir un poco de luz en su tenebroso refugio melancólico.
Esto ocurrió cuando trataron de destruir la imagen aborrecida de sí mismos, que el espejo de la historia les devolvía, lanzando contra él la piedra de su rencor contra la humanidad. Con algunos trozos escogidos de ese espejo de la historia, en los que creían reconocer reflejos propios aceptables, unidos por la argamasa de las leyendas populares, reconstruyeron un rostro para el espantajo. Luego lo vistieron con los harapos del folclore, le colocaron un sombrero tejido con espigas de la tradición, cuidadosamente escogidas, y comenzaron a bailar en torno a él viejos aires extraídos de los baúles de la memoria aldeana. En medio de ese sonámbulo akelarre, el miedo y la superstición, que tan buenos ingredientes habían constituído siempre para ciertas sectas religiosas, hicieron el resto. Y, el espantajo, hasta tuvo el honor de aparecer en la primera frase del Manifiesto Comunista : “Un espectro recorre Europa…”
Cuando una de las consecuencias de la modernidad, la máquina, hizo su aparición y el hombre empezó a liberarse de alguna de las maldiciones bíblicas, como el sudor de los sobacos, otros laboriosos e infatigables iluminados iniciaron su furibundo ataque a la modernidad, utilizando esta vez los recursos que la técnica les ofrecía. Trataron de destruir a su pesadilla con forma de individuo, convirtiéndolo en un simple número impersonal. Industrializaron el concepto del hombre, convirtiéndolo en un “glorioso” miembro anónimo de las masas. Una pieza mecánica más. Y con recambio.
Esta nueva secta derivada del club de los antimodernos, los ultraracionalistas–ateos, tuvieron una ocurrencia original, consistente en inventar una religión laica travistiendo a la ciencia en una caricatura de su pretendido antagonista, la religión. Se llamó el cientismo. Un culto pagano. La diosa consagrada de esta nueva religión laíca, “La Diosa Razón” era representada habitualmente por una imagen hortera de la Inmaculada, travestida en “deidad griega” coronada de laurel.
Una imagen digna del antimodernismo pre-rafaelista de ese prodigio manchego que se llama Almodovar. Es posible que incluso haya sido sacada alguna vez en procesión. De eso no estoy tan seguro.
En cualquier caso, en esa religión, todo lo que podía ser calificado, con razón o sin ella, de científico no necesitaba otro certificado de verosimilitud. Véase, por ejemplo, el “prodigioso” codigo de leyes científicas que rigen ¡nada menos que la historia!, y que está contenido en la mítica biblia del marxismo : “Das Kapital”, y cuyo disparatado análisis económico es defendido por muchos delirantes, aún hoy en día.
Entre románticos, communards, nihilistas, anarquistas, socialistas y comunistas, por un lado y emperadores, monárquicos del ancien régime, espadones y dictadores, por el otro, el desgraciado siglo XIX, que debería haber sido la era del renacimiento del hombre, pasará a la historia como el período más nefasto para los ideales, y el más aniquilador para las sociedades libres europeas. Unos principios que aspiraban a dotar de harmonía y respeto a los seres humanos sin distinción, provocaron de hecho un cataclismo social sin precedentes en el viejo continente.
Bueno, la historia de los que recogieron las nueces caídas bajo esos agitados árboles: los ultraracionalistas–ateos–totalitarios, envueltos en el mito de la clase, y los ultranacionalistas–folclóricos–totalitarios en el mito de la raza, con las consecuencias devastadoras que generosamente nos legaron, es suficientemente sabida para volver a contarla.
En el fondo, no eran más que los herederos de aquellos patéticos “arqueólogos” románticos que buscaban deseperadamente el Santo Grial de la pureza de sus respectivas supersticiones, sin saber que en realidad lo que buscaban ¬–y algunos siguen buscando desde Jacques Derrida hasta Ferrán Adriá y compañeros deconstructores¬– era aquello que está oculto detrás de un invento parido cien años más tarde por un tal Martin Heidegger, y denominado “Dasein”. Ese invento que dejó pasmada a la nómina universal del pensamiento débil, desde entonces hasta ahora, tuvo lugar poco antes de que ese nauseabundo sujeto aspirara a colocar su trasero en el sillón de rector de la Universidad de Friburgo, aupándose para ello sobre la chepa de Hitler. Asunto que le salió muy bien. Por cierto.
De aquellos polvos surgieron especies tan originales como la de los “malditos”. Que son algo así como un híbrido de nihilista poco convencido y enfermo exhibicionista, que suele practicar un suicidio de larga duración, obligado por su afán de no perderse detalle de qué diran de él, tras su desaparición. Y lo han conseguido en un buen número de casos debido, sobre todo, a que su siniestro ruído ha dispuesto, desde el principio, de la caja de resonancia constituída por los ambientes culturales, artísticos y periodísticos, cómplices indispensables en la puesta en escena de su pretenciosa tragedia de pacotilla.
Variados “movimientos” han surfeado sobre las grandes olas del cuanto peor mejor cuando los medios de comunicación empezaron a participar en ellas activamente, incluso en su diseño. Por si fuera necesario, se puede echar un vistazo a la actitud Punky, o, sin ir tan lejos, a los ejemplares góticos que se conservan en el Palacio de la Moncloa.
En fin compañeros cofrades…
¡Dura vida la de los principios! ¡Siempre tropezando con alguna idea genial, en su largo y lento, pero también esperanzador camino!
¡Dita sea!
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