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martes, 27 de enero de 2015

La inocencia difunta


 “Estos crímenes, a mí juicio, no pueden ser asumidos jurídicamente y es precisamente en eso en lo que consiste su monstruosidad […], esa culpabilidad es tan inhumana como la inocencia de las víctimas. Los hombres no pueden de forma alguna ser igual de inocentes que lo eran, en conjunto, ante las cámaras de gas. Nada se puede hacer, humana y políticamente, con una culpabilidad situada más allá del crimen, y una inocencia asentada más allá de la bondad y la virtud. Porque los alemanes están abrumados por millares, o decenas de millares, o centenas de millares de crímenes que no pueden ser castigados de forma adecuada por un sistema legal; y, nosotros los judíos, estamos abrumados por millones de inocentes, en razón a los cuales cada judío de hoy se siente como la inocencia personificada.”

[Hannah Arendt/Karl Jaspers Briefwechsel, 1926-1969 / Lotte Kohler et Hans Saner (éd.), Munich, 1985]

Al día siguiente de la Segunda Guerra Mundial y ante el descubrimiento, que hoy se conmemora, de las fábricas de muerte nazis, Hannah Arendt hacia participe de esta reflexión a su antiguo maestro, Karl Jaspers.

Años más tarde, el psicoanalista israeí Zvi Rex, resumiría el resentimiento engendrado por la mala conciencia inconmensurable ligada a la destrucción de los judíos de Europa en esta frase lapidaria:

“Los europeos, no perdonarán jamás Auschwitz a los judíos.”

Anunciaba de esta forma, con una extrema lucidez, el antisemitismo que se iba a engendrar, no “a pesar de Auschwitz”, sino precisamente “a causa de Auschwitz”. Porque la supervivencia y la intolerable presencia de ese pueblo, representa su encarnación en el recuerdo lacerante de los crímenes cometidos contra él.

Los nazis no consiguieron culminar el delirio de destruir un pueblo hasta sus raíces porque, a pesar de abolir los límites morales que hasta aquel momento separaban lo concebible de lo inconcebible, algo así está fuera del alcance humano.

Pero lo que sí provocaron fue la aniquilación de la inocencia.

Cuando la culpabilidad colectiva atribuida a un conjunto de individuos se fundamenta en el mero hecho de haber nacido, y alcanza, en consecuencia, de forma idéntica a un ser adulto y a un recién nacido, la inocencia deja de tener significado. Eso, ocurrió hace setenta años en el terrorífico mundo que hoy simboliza Auschwitz.

El eterno tabú de la esencial inocencia colectiva de cualquier pueblo fue abolido, sustituido por el mito de la culpabilidad ontológica de un pueblo en su conjunto.

Pero el crimen fue cometido, a su vez, por todo un pueblo. El pueblo alemán. Eso planteaba un grave problema inédito, como indica Arendt. Ningún mecanismo legal contemplaba un banquillo de acusados de ochenta millones de encartados.

La inocencia dejó de existir por sobredosis, y la culpabilidad también.

Ambos conceptos, con sus costuras deshilachadas y vacíos de cualquier significado, han estado flotando inertes en una atmósfera de valores relativos y, hoy en día, hay mucha gente que ya no recuerda la última vez que se sintió culpable de algo.

Los grupos que cosechan simpatías, como los partidos políticos, lo suelen hacer sembrando carnets de inocencia. Todo consiste en identificar con claridad a los culpables, y ofrecerlos bien empaquetados y etiquetados.

La inocencia, ha dejado de ser aquella cualidad que caracterizaba, en ocasiones, a las víctimas de determinadas situaciones injustas, para convertirse en un rasgo antropológico. Actualmente, se es inocente como se es rubio, bajito o zurdo.

Conviene tener estas cosas claras y, para eso, lo mejor es recordar dónde y cuando empezó todo.

Por si acaso.

jueves, 8 de enero de 2015

Unos lápices del 7,62 x 39 mm.



Fueron aquellos que pusieron mis esperanzadores años sesenta en imágenes.

Bueno, sería más exacto decir que fueron quienes constituyeron la cara más crítica, ingeniosa e irreverente, de una revolución que día a día iba perdiendo su fisonomía más espontánea y fresca, para ir hundiéndose en el aburrido y previsible cubo de las ideologías que ya eran caducas cuando fueron inventadas.

Wolinski, el profesor Choron, Cabu, Cavanna, Reiser y un puñado más de mentes lúcidas e iconoclastas, nos estimulaban semanalmente con los inteligentes disparates que nos aportaba el espíritu de Hara-Kiri.

Después, cuando la resaca de la fiesta empezó a pasar factura de la ingestión abusiva e irresponsable de una teoría tan brillante y efímera como un castillo de bengalas de colorines, Hara-Kiri se convirtió en Charlie-Hébdo.

El grupo poseía la reserva de talento e ingenio suficiente, como para tomar tierra con soltura en la sempiterna la banalidad cotidiana de unos franceses de boina y baguette.

Eran los “bof”. Término inventado por el genio incomparable de Reiser, para designar simbólicamente a un ser cuya colilla en los labios, la barba de cuatro días y unos calzoncillos sucios y dados de sí, por los que asomaban impúdicas sus parte íntimas, nos mostraba la cara menos presentable de la clase media francesa.

Estuve suscrito durante más de diez años a este periódico semanal, confeccionado en papel industrial y cuatricromía, que inspiró a la revista de humor más inteligente que se publicó en España, Hermano Lobo, después de que La Codorniz hubiese clausurado su ciclo de crítica solapada del Régimen, y la Transición empezara a vislumbrarse tras el catafalco del Dictador.

Charlie-Hébdo siguió en su universo provocador y, a pesar de que los tiempos no fueran los mismos y yo tampoco, no se retiraron dejando un hueco que nadie podría haber rellenado en ese segmento satírico de la actualidad.

Me alejé de ese mundo, como de muchos otros, porque tenía cosas nuevas que descubrir.

Y, precisamente en mi recorrido por esos nuevos senderos, sufrí con mis compañeros de aventura las consecuencias del cadáver viviente del franquismo, en su versión más agresiva y violenta, a principios de los ochenta.

Ayer, con la noticia de la nueva barbarie cometida contra mi antiguo Club de Talentos Despiertos, acudieron en tropel los recuerdos de los años de plomo. Aquellos de los abogados de Atocha, El Papus, y tantas tragedias, afortunadamente enterradas en la escombrera de la memoria, previa al olvido.

Un imperativo moral inexcusable me llevó a la única manifestación de homenaje a las víctimas de la masacre que se convocó  en este país de hoy, siempre ajeno a cualquier cosa no manufacturable por las empresas de la basura mediática.

Y mejor hubiese sido conformarme con roer en privado mi amargura.

Dos centenares escasos de asistentes no parecían estar más atentos que a un miserable montaje propagandístico, que una cúpula reducida del PSOE había organizado casi clandestinamente ante las cámaras de televisión, con el ex–presidente de la flojera multiculturalista a la cabeza.

Pero el aquelarre, tantas veces escenificado por ese partido a caballo de una tragedia ajena, reservaba una patética escena tan banal como vergonzosa. Consistió en la presencia solitaria de una bandera republicana, ajada y descolorida por tantos usos similares, cuyo intolerable y obsceno oportunismo surrealista, me provocó un ataque de irritación que puse sonoramente de manifiesto.

Un grupo de figurantes que asistía disciplinado a esta puesta en escena, cercano a mí, recriminó mí airado comentario con un coro de gritos apelando a la sacrosanta libertad de expresión.

Pero no era el atentado contra esa libertad, que siendo la esencia de nuestra civilización había sido agredido en la redacción de Charlie-Hébdo, el objeto de sus apasionados gritos. No. Reclamaban el derecho a exhibir ese símbolo del revanchismo en cualquier lugar y ocasión, por más incongruentes que sean.

Me retiré, maldiciendo mí error al no haber comprobado el origen de unos convocantes capaces de usurpar cualquier oportunidad, pasando por encima de todo principio, y faltando al respeto a todo lo que no sean sus miserables intereses.

Si a todo esto añadimos el panorama de ceguera que han exhibido durante la jornada la mayor parte de quienes se empeñan en hacer prevalecer sus correctas ensoñaciones multiculturales sobre la dura realidad de los hechos, el día de ayer, para mí, pasará como uno de los más lamentables de estos últimos tiempos.

Me preguntaba qué hubiese ocurrido si un grupo de ricos con chistera y puro, y armados con recortadas, hubiesen entrado y mascarado a la redacción del mencionado Hermano Lobo, presos de una pasión vindicativa provocada por los magistrales chistes de Chumy Chumez, en los que solían representar el papel protagonista.

Probablemente la exigua concentración delante de la Embajada de Francia, se hubiese convertido en una convocatoria de huelga general revolucionaria. Menos mal que los ricos no pueden perder su valioso tiempo en festivales pirotécnicos de esa índole.

Pero tampoco ese pensamiento me ha consolado…


domingo, 7 de diciembre de 2014

O joven, o muerto.


Hay que reconocerlo sin rodeos, nosotros, la generación de los sesenta, somos los verdaderos autores de una partitura original, cuyo desarrollo sinfónico ha culminado en el confuso y ensordecedor concierto al que asistimos hoy en día.

Una generación que introdujo, en la secular estructura familiar de los niños, los adultos y los viejos, una nueva categoría, los jóvenes.

Inédita y con vocación hegemónica.

Nuestra arrogante actitud, respecto a la generación anterior, se basaba en un hecho histórico. Éramos la primera generación de la historia que no se había visto envuelta en ningún conflicto bélico. Nosotros, teníamos las manos limpias de sangre. Nuestros padres no. La historia precedente era el relato de un inmenso fracaso moral.

Así es que, juventud era sinónimo de inocencia. ¡Menuda posición de salida!

El sentido de la vida anterior, burgués, caduco y aburrido, solo representaba una referencia de la que alejarse conducidos por el culto sacralizado de lo joven y lo audaz.

El lado positivo de este vertiginosa apuesta lo constituyó la invención de un mundo autónomo y exclusivo, alejado de las estructuras existentes mediante la creación de un mercado de consumo diferente, en el que los productos que lo integraban, la moda, la música, las nuevas profesiones, etc, estaban concebidos, desarrollados y consumidos por una generación que se identificaba simbólicamente con su innovador estilo.

Este fenómeno social imparable, que tenía su ámbito natural en la burguesía universitaria occidental, no pasó desapercibido para uno de los bandos enfrentados en la guerra fría que contextualizaba aquella época, y supo aplicar sus solventes métodos de proselitismo con resultados muy  palpables.

Paris, Mayo de 1968.

La teoría era muy simple. Y la palabra clave que la resumía era contestación.

La victoria de esta propuesta, la determinó la rendición sin condiciones del adversario.

Se rindió la autoridad como concepto. En la escuela y en la familia, instituciones formativas del antiguo orden. En la amalgama disolvente puesta en práctica, daba igual que esa autoridad tuviera carácter moral o dictatorial. Tábula rasa.

El tuteo igualador entre alumnos y profesores, entre mayores y adolescentes, se impuso como símbolo del triunfo de una juventud espontánea y creativa. El lenguaje y la apariencia general se hicieron jóvenes, con el arrinconamiento de toda evocación a la edad o la experiencia.

El mercado de consumo detectó astutamente la tendencia, y la moda se hizo joven. Los gimnasios, la industria de adelgazantes y la clínicas estéticas acudieron renovadas a la llamada  angustiada de la carne fláccida y las arrugas. Nadie quiere perder el tren de la eterna juventud.

El retrato de Dorian Grey preside el salón de todos los hogares modernos.

Pero la inundación alcanzó también al mundo de las estructuras políticas. Hoy en día, no hay país desarrollado que no se haya actualizado, en términos de rejuvenecer esas estructuras.

Ya había inaugurado su escaparate al inicio de esta revolución, con el joven presidente Kennedy. Los yankees siempre con veinte años de adelanto.

Empezó por la rebaja en la edad del votante. Casi nada. Tres años en la corta vida de alguien con dieciocho. Y, claro si el votante es casi un adolescente, ¿cómo los políticos pueden entender sus anhelos a los sesenta?

Consecuencia directa; los políticos deben ser jóvenes. Un político maduro está incluido en la lista de los sospechosos, cuando no en la de los culpables, por su edad.

En Francia, los partidos clásicos, como el PS o la UMP, les han dejado claro el papel de comparsas a los miembros jóvenes que la ola renovadora ha hecho indispensables. Pero Marine Le Pen, ha hecho formar en sus alcaldías al regimiento de reclutas, elegidos por su masa  mayoritaria de votantes de poca edad.

En España, una simple ojeada al panorama, nos ofrece esa tendencia, inaugurada por el inmaduro Zapatero, que alcanza ya a un PP en el que la joven Soraya Sainz de Santamaría empuja fatalmente al maduro Rajoy hacia su sillón de jubilado. El PSOE busca desesperadamente un candidato en su jardín de infancia, mientras un joven providencial, disfrazado de soixante-huitard de pacotilla, hace suspirar a la legión de votantes imberbes, en sentido directo y figurado, que le aclama su ayuno discurso político.
Por no hablar de ese joven engendro del Pequeño Nicolás... 

Y uno, que a sus setenta pasados sostiene que solo hace más tiempo que otros que es un niño, se siente, una vez más, desconcertado ante su contradicción.



¡Señor! ¿cuándo maduraré de una puta vez?


domingo, 30 de noviembre de 2014

Funámbulos y sonámbulos


“Lo que en ese hombre me resultó siempre raro fue que apestase a burgués. Uno pensaría que alguien que organiza la muerte de muchos millones de personas tendría que diferenciarse visiblemente de todos los demás hombres y que a su alrededor habría un resplandor terrible, un brillo luciferino. En vez de tales cosas, su rostro, es el que uno encuentra en toda gran ciudad cuando anda buscando una habitación amueblada y nos abre la puerta un funcionario que se ha jubilado anticipadamente. En eso se hace patente, por otro lado, hasta qué grado ha penetrado el mal en nuestras instituciones: el progreso de la abstracción. Detrás de la primera ventanilla, puede aparecer nuestro verdugo. Hoy nos manda una carta certificada y mañana, la sentencia de muerte. Hoy nos hace un agujero en el billete de tren, y mañana, un agujero en la nuca.”

Este párrafo en el que Ernst Jünger comenta la impresión que le producía el rostro de Heinrich Himmler, la encontré al azar en ese trastero inclasificable que es Internet, y me ha sugerido una imagen que, a veces, me ofrecen las sociedades modernas.

El dinamismo del universo es el resultado de un constante desequilibrio. Para avanzar es preciso desafiar a la gravedad. De la posición de reposo, en equilibrio, solamente se sale provocando la ruptura de la estabilidad que supone dar un paso.

Es perfectamente erróneo creer que la tendencia natural es la de alcanzar ese equilibrio. Eso nos haría ponernos al margen de nuestra naturaleza de partículas cósmicas. Sin embargo, el desequilibrio, es uno de los tabús que más éxito han tenido en la evolución del ser humano, porque se le identifica inequívocamente con el riesgo.

Nuestro universo dinámico y arriesgado, está poblado por dos comunidades que se cruzan casi sin reconocerse, en las que ese peligro que encierra es enfrentado por ambas de forma completamente diferente.

Una de ellas esta constituida por gentes para quienes la inseguridad es el estímulo que forma parte inevitable de su existencia; la fuente de energía que alimenta su capacidad creativa. La incógnita que acompaña a toda toma de decisiones, y que es la compañera inseparable del progreso.

Son los funánbulos. Aquellos que saben que el camino hacia delante discurre sobre una línea siempre oscilante, flanqueada por el vacío del error. Los que reflexionan sobre cada paso a dar, en la senda de sus aspiraciones, asegurando su trayectoria con el equilibrio que les proporciona una pértiga de conocimientos y la experiencia del paso anterior.

Desplazarse sin pausa, sintiendo la intensa emoción que les proporciona cada centímetro avanzado, cada pequeño éxito que les afirma sobre el hilo conductor de sus propósitos, es su forma de percibir la energía que mueve al universo.

Con frecuencia el error les recuerda su naturaleza falible, y a cada caída le sigue un nuevo inicio que trata de recuperar la distancia perdida, con la experiencia de ese traspié como aprendizaje que descarta una nueva parte del riesgo.

Los profesionales del arte del funambulismo tienen excluido el mirar a la cuerda, al lugar donde acaban de poner el pie. Hacerlo es la causa una caída garantizada. Su mirada no debe apartarse nunca del final de su recorrido. Sus pies obedecen al recorrido de su vista. Su punto de destino es, a un tiempo, la finalidad y la senda virtual que les conduce a ella.


Esa inclinación a alcanzar aspiraciones razonables de forma incansable, representa una actitud ante la vida. Una forma de explicación de la existencia, fuera de la ensoñaciones metafísicas con las que los mitos proponen seductoras respuestas infalibles. Una actitud, con la mirada puesta en un futuro real, posible y al alcance de la voluntad y del esfuerzo.

Al lado de estos seres, para los que la iniciativa personal y la contingencia que encierra constituye su razón de existir, se encuentran, moviéndose sin avanzar, equilibrados y estáticos, los sonámbulos.

Su existencia está fundada en la inmovilidad, y su energía vital es de baja intensidad.

Todo riesgo está descartado. Poseen una interpretación de la realidad basado en el principio de la inercia, de la obediencia ciega a una milagrosa dinámica externa, que les hace identificar al futuro con un destino fatal, fuera del alcance de sus posibilidades de acción.

El equilibrio y el orden presentes, cuya procedencia no les perecen digna de su raquítica curiosidad, son las condiciones que determinan su actitud. Su proceder habitual se reduce a mantener prioritariamente las constantes dadas y a reproducir conductas consolidadas y perfectamente codificadas.

Esos sonámbulos, cuyas vidas apenas merecen ese apelativo, y que viven en una realidad construida en base a certezas imaginadas, la mayor parte de las veces creadas y sostenidas por una violencia auto-justificada en base a peligros y enemigos así mismo imaginados, se sienten a salvo de sus temores persistentes dentro de células colectivas fuertemente cohesionadas.

Su onírica existencia procede directamente de sus pesadillas. Y estas están permanentemente realimentadas por su especial valoración de la realidad. Una valoración paranoica, que justifica la obediencia a cualquier instrucción, por más inmoral que esta pudiera ser.

Una de las características más significativa de estos seres es su mediocridad; esta particularidad es propia de quien valora la brillantez o la singularidad como un peligro potencial, en cuanto al riesgo que supone para ellos cualquier conducta que se aparte del canon de normalidad que garantiza su equilibrio.  

Son gente normal, como muy bien señala Jünger; apacibles sonámbulos que uno se tropieza en cualquier estación de metro. Honrados servidores de la sociedad, entre cuyos cometidos puede encontrarse el de enviar a un funámbulo al patíbulo, si así lo requiere el orden establecido.

…y sin que ello le impida comprarles unos caramelos a los niños.

martes, 25 de noviembre de 2014

¿Tu quoque…?



“La situación política, social, moral, cultural, territorial... es absolutamente inestable. Eso coincide con una apreciación que todos los historiadores serios han hecho de los periodos de sucesión. Periodos que son largos en el tiempo y de fuerte crisis social y política.”


Esta declaración de uno de los intelectuales que integran la lista de mis preferencias, en términos de comentaristas políticos, me ha dejado en estado de estupefacción.

Me resulta difícil asumir que su lenguaje habitualmente riguroso y preciso, se haya contaminado con esa especie de esperanto que aglutina a una larga listas de grupos heterogéneos de “progresistas” de todo pelaje.

La doxa común  de ese confuso revoltijo resume un pesimismo cateto y simplificador, del que se está aprovechando una minoría zarrapastrosa que se abre camino, entre la indiferencia general.

También, otra parte de ingenuos, tratan de exorcizar una especie de temor difuso al futuro inmediato con expresiones pasablemente catastrofistas, que los interesados ya están capitalizando con el rumboso término de “el miedo de la casta”.

Lo cierto es que la alusión a la valoración de los períodos de transición - así, en general- que hacen los historiadores serios mencionados por Juaristi, no puede constituir un argumento digno de tenerse en cuenta, más que como un recurso retórico en apoyo a su afirmación del estado general de nuestra sociedad, que por otra parte, no me parece que tenga más alcance que el de una respetable, pero discutible opinión.

Lo que me parece más grave es el hecho de que, día a día, se va extendiendo esa neblina disolvente de pesimismo, que no tiene el menor fundamento objetivo, si no es aquel que esa misma intoxicación está provocando.

Y el caso es que, una vez más, este tipo de fenómenos tienen un origen inexplicable, lejos de cualquier sospecha de complot o estrategia astutamente puesta en marcha por oscuros intereses. Se deben, al menos en apariencia, a una dinámica histórica en la que intervienen una multitud de factores, difíciles de identificar.

Pero el caso es que, en un horizonte global con bastantes nubarrones cargados de incertidumbres económicas, conflictos sangrientos con perfiles inéditos y solapadas amenazas que ya creíamos superadas, nuestro país es capaz de albergar algunas incipientes esperanzas, a pesar de las dificultades añadidas por nuestra secular obsesión por los particularismos.

Es cierto que padecemos actualmente un mediocre situación educativa en determinados sectores, ni remotamente mayoritarios.

Pero hay datos que indican un incremento de la calidad profesional de las nuevas generaciones, y de una cultura, que si bien sufre las consecuencia indeseables que todo cambio de paradigma tecnológico conlleva y que compartimos con otras sociedades desarrolladas, se están incorporando a él de forma paulatina y satisfactoria.

El impacto de lo que se califica como la crisis económica más profunda del capitalismo, está provocando situaciones difíciles en muchos sectores sociales, pero el camino de regreso parece fuera de toda duda que ya se ha iniciado.

Nadie, en su sano juicio, podía esperar que una potencia media, dentro del círculo de países desarrollados, como es España, fuese a librarse de los efecto de un cambio de paradigma como el que se está produciendo en el mundo desde hace más veinte años.

Hurgar en los vertederos de la basura política amarillista como lo hace Juaristi, en sus respuestas respecto de la Reina, no solo es periodísticamente irrelevante, sino que añade un imprudente plus de prestigio al discurso disolvente. Lo cual, no era previsible en cuanto a la responsabilidad intelectual de la que ha hecho gala hasta ahora.

Los demagogos, los simplificadores y aquellos para los que el papel de víctimas goza de esa falaz expresión de Régis Debray de que “las bofetadas que se reciben se recuerdan mejor que las que se dan”, están de enhorabuena.

A su escuálido motor le ha incorporado Juaristi, gratuitamente, un turbo-compresor, que añade unos caballos de potencia suplementarios, que ellos sabrán usar debidamente en su carrera hacia ninguna parte.

El sectarismo fanático de cierta pretendida intelectualidad de izquierda, que ya está dando muestras de su inclinación a reducir al silencio a cualquiera que no piensa como ella, no representa, en realidad, ninguna novedad.

Lo que sí es inquietante, por novedoso, es que alguien tenido por respetable, se descuelgue con unas declaraciones que no hacen más que verter gasolina en una pequeña hoguera, sin medir los riesgos de avivarla hasta alcanzar un brillo desproporcionado.

No es para echarse las manos a la cabeza, claro. Pero no es una buena noticia.

Al menos, para mí.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Amigos



"Nunca en mi vida he 'amado' a ningún pueblo ni colectivo, ni al pueblo alemán, ni al francés, ni al norteamericano, ni a la clase obrera, ni a nada semejante. En efecto, sólo 'amo' a mis amigos y el único género de amor que conozco y en el que creo es el amor a las personas".

Hanna Arendt :"Eichmann en Jerusalén" (24 de julio de 1963, carta a Gershom Scholem)

Las redes sociales –¿o son enredos?– han situado en el pináculo de sus pretendidas virtudes el término amigo.

Y lo han hecho siguiendo ese criterio valorativo que se está convirtiendo en el paradigma de todo análisis. El cuantitativo. Los méritos de cualquier actividad humana se miden con cifras. La recaudación obtenida por una película. El número de ejemplares vendidos por un libro. Los millones de discos  de una canción. El número de espectadores de un programa de televisión, por no hablar del éxito social asociado a la acumulación de riqueza…

Pues bien, en las redes sociales se compite por el números de amigos. 

Y sin embargo, ya los clásicos, que hicieron de su amor al saber, la filosofía, un concepto que anteponía el concepto de philos , como lugar amigo, de amor, a las exigencias del saber, expresaron con ello como cualquier posibilidad de amistad real, constitutiva del sujeto, quedaba aislada en la posibilidad misma de la comunidad, y en la formación política de la vida en común.

En el fondo, la amistad, constituye una prolongación de la subjetividad, que excluye toda otra relación afectiva indiscriminada. Es una verificación de la diferencia entre lo privado y lo público, entre lo singular y lo común.

¿Podríamos encontrar en el concepto de amistad enarbolado por las RRSS alguno de los atributos que reconocemos comúnmente en ella, como la intimidad, la lealtad, la generosidad, la profundidad o la exigencia?

No creo.

La pregunta que me hago es cual puede ser el elemento impulsor de esta nueva obsesión infantil, insignificante, equívoca y epidérmica.

La esencia misma de la amistad tradicional encontraba su sustancia en el reconocimiento del propio yo, a través de los ojos de ese otro elegido, discriminado y amado ocupante de nuestra soledad.

Da la sensación que hoy esa soledad, ese aislamiento que se embosca tras las eternidades delante de una pantalla, inconsciente y angustiada, busca en ese universo digital que está excluyendo todos los demás, un remedio acorde con su nueva escala de valores. El número.

El desprestigio de la calidad y de la excelencia, como aspiración, es el resultado de su usurpación en la tabla de valores por la cantidad, como valor reconocido precisamente por la mayoría.

Y así, la pregunta consecuente es si este nuevo tsunami puede acabar sumergiendo definitivamente esa amistad que, en mí opinión, es el único patrimonio real que poseemos como seres humanos.

Si desapareciera, ¿qué clase de personas llegarían a ser los individuos?

No quiero especular sobre ello. Pero lo que tengo claro es que mis amigos, que son mis afectos de toda naturaleza, representan un bien único, junto con las ideas y las cosas, precisamente por que fui yo quien los escogió. Y los quiero tanto, que prefiero equivocarme con ellos antes de acertar con sus adversarios.

Lo juro.

miércoles, 8 de octubre de 2014

Los vidrios rotos


Un día, en un país  que pasaba por ser el más civilizado de Europa, se abolieron ciertas reglas de la convivencia, en una noche que se conoce desde entonces por la “Kristallnacht” o “Noche de los Cristales Rotos”, y se originó la más trágica y genocida indiferencia criminal, entre un pueblo hasta entonces respetuoso con las reglas de la civilización.

Alguien dejó, en 1969, un automóvil abandonado en el conflictivo barrio neoyorquino del Bronx y, simultáneamente dejó otro del mismo tipo, modelo y estado de conservación, en la rica y tranquila barriada de Palo Alto, en California.

Se trataba de un experimento de psicología social, llevado a cabo por el profesor Philip Zimbardo, de la Universidad de Stanford (USA). Un equipo de especialistas se propuso estudiar el comportamiento de los habitantes de  ambos lugares, ante los dos vehículos idénticos aparentemente abandonados.

El coche del Bronx fue casi inmediatamente desguazado. Todos los elementos aprovechables fueron desmontados y robados, y el resto fue totalmente destruido en pocas horas. Al mismo tiempo, el depositado en Palo Alto continuó intacto durante bastante tiempo.

Es frecuente atribuir comportamientos, como el observado en el barrio de New York, a la pobreza reinante en el entrono. Sin embrago, el experimento no había terminado y los expertos decidieron entonces romper uno de los vidrios del automóvil abandonado en Palo Alto. El resultado fue que inmediatamente se desencadenó el mismo proceso de destrucción que habían observado en el Bronx.

La razón por la que un fenómeno, aparentemente paradójico como este, tenga lugar, tiene mucho que ver con ciertas pautas de comportamiento humano y sus relaciones sociales, a juicio de los sociólogos.

Una ventanilla rota en un coche abandonado transmite una sensación de deterioro, de descuido. Una sensación de rotura de los códigos de convivencia, de ausencia de reglas.

Tras una primera iniciativa violenta contra el coche, los ataques se multiplican de forma súbita, incontrolable, hasta culminar la escalada de la violencia más irracional.

En experimentos ulteriores, James Q. Wilson y Georges Killing, han establecido la teoría de “la ventana rota”. En ella determinan la conclusión de que la criminalidad es más alta en aquellas áreas habitadas, en las que la incuria, el desorden, el abuso y la aparente ausencia de reglas son más altos.

Si se rompe un vidrio en un edificio y no se repone, pronto todos los demás sufrirán igual suerte. Si una comunidad presenta pruebas de deterioro, y nadie parece interesado por ello, el terreno está expedito para el aumento de criminalidad.


Todo este relato lo he extraído de un blog sobre sicología, de origen italiano, y me ha interesado respecto de ciertos aspectos de la realidad española que me siento tentado de relacionar con sus conclusiones.

He presenciado con asombro el comportamiento y el vocabulario de niñas  escolares de bachiller, y me he preguntado que nivel de control sobre ese comportamiento ejercen sus padres.

No se trata más que de detalles que no transcienden esos momentos de recreo, en la tienda de chucherías que está enfrente del colegio. Ya. Pero son la “ventanilla rota”.

Cuando nos quedamos perplejos ante determinadas actitudes adultas, claramente fuera de la realidad, y desempeñadas con una desenvoltura inquietante, tal vez deberíamos preguntarnos cual fue la primera ventana rota que las ha desencadenado.

Pero el fenómeno, una vez en marcha, navega fatalmente en un rumbo de colisión, y ya es muy difícil reconducirlo.

Cuando, más tarde, la llamada “tolerancia” se convirtió en la bandera de cualquier actitud colectiva que, ignorando el significado verdadero de esa hermosa palabra, consideró que cualquier regla debe ser abolida por el mero hecho de serlo, se emprendió un camino que conduce directamente a la liquidación de la libertad, al mismo tiempo que se liquidan las leyes que son su propia esencia.

La “tolerancia cero” que algunos políticos pusieron en práctica, como  Rudolph Giulani cuando era alcalde de New York, no supuso merma ninguna en los derechos de los ciudadanos. Lo que consiguió, no tolerando delitos de pequeña cuantía, fue una disminución drástica de los de máxima gravedad.

Reparó todos los cristales rotos que servían para balizar el territorio de la barbarie.

¿Alguien, con una elecciones en el horizonte de los próximos cuatro años, tendría el coraje necesario para hacer algo así en nuestro desdichado país?

Lo dudo.