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sábado, 25 de septiembre de 2010

la oveja descarriada

A pesar de que mi amiga Catherine goza de una legendaria reputación de generosidad y “bien recibir”, justamente adquirida entre sus amigos (mamíferos bipedos, pero también felinos domésticos),no era de esperar que el conocimiento de su bondadosa actitud hubiera llegado a extenderse por latitudes inexploradas como ocurrió, a juzgar por el entusiasmo con que un inesperado visitante se ha presentado ante su morada y se ha instalado con toda naturalidad en su jardín encantador.

Si señor. Una oveja merina venida a menos - como es de rigor por los tiempos que corren- , mostrando una noble y distinguida indiferencia, pasó a espaldas de nuestra afitriona preferida, con una leve inclinación de la testud a guisa de saludo, mientras aquella se relajaba en el jardín enfrascada en la lectura de un libro.

Cuando la señora de la casa levantó su mirada de la lectura para observar a tan sorprendente visitante, sus ojos tropezaron con unos bovinos cuartos traseros que presentaban una lamentable asimetría en cuanto a su tocado lanar. La cosa no favoreció una corriente de simpatía inmediata. Todos sabemos que la seducción depende siempre, en un primer momento, de la primera impresión estética.

Aquel ser, que a pesar de su lamentable aspecto se puso a pastar con gran dedicación las hierbas que tapizaban un rincón del jardín, demostraba que, o bien era alguien poco sensible al aspecto exterior (actitud muy frecuente entre los intelectuales, por otro lado) o bien simplemente se creía invisible.

Esta segunda parte de la desagradable alternativa pareció ser la más plausible, a ojos de mi amiga, ya que su actitud resueltamente dirigida a la expulsión inmediata del intruso no pareció afectar demasiado a este, que con su indiferente mirada trataba de mostrar que no sólo era invisible, sino que además era ciega y sordomuda. Astuta estrategia muy comun entre casi todos los gorrones.

Puestas así las cosas, y teniendo en cuenta que en aquella casa viven dos personas, y que no tienen exactamente los mismos criterios en cuanto a la acogida de seres irracionales, mi amiga optó por evitar en lo posible que aquella poco encantadora oveja acabase saliendo por algún sitio que no fuese la puerta.

Decidió pedir ayuda externa. Acordándose de que vive en un pais en el que avanzamos a pasos agigantados hacia la consecución de otro título mundial: el del País Más Sosteniblemente Ecológico del Universo, no dudó un segundo en acudir telefónicamente a un organismo siempre vigilante y atento a los problemas medioambientales y otros: ¡EL SEPRONA!

Ese organismo, que está soportado por la Guardia Civil, entre otras benéficas labores se ocupa de impedirnos a los winsurfistas el perpetrar nuestra nociva actividad en los pantanos de Madrid, bajo sanción de 500 euros. ¿Quién mejor entonces que él para ocuparse de nuestra oveja, ahora que ya no quedan navegantes impertinentes que sancionar?




¡Ay amigo mío…! Nuestra ilusionada heroína no contaba con un inconveniente insalvable : ¡ LA INCUMBENCIA !

Curioso término este de la “incunbencia”. Moliner lo define como : “Acción, función etc., que corresponde a determinada persona: “Eso no es incumbencia mía.” ¡Asombroso! CORRESPONDE a determinada persona (u organismo, se supone), pero el ejemplo que figura en el diccionario es la ACEPCIÓN NEGATIVA del término… ¿Porqué será? ¿Será porque el criterio del diccionario obedece a escoger la más FRECUENTE de sus utilizaciones?

Pues bien, el SEPRONA, fiel a Moliner, respodió a la demanda de mi amiga en términos inequívocos : “ Señora, eso NO es de nuestra incumbencia. Llame usted a la policía”

De nada sirvió que jurase que la oveja, no sólo no iba armada, sino que se mostraba más bien pacífica. Nada. ¡A la policia! Y la policía de Malaga asombró a mi amiga por la simplicidad y la inmediatez con la que hallaron una solución infalible: “ Abra usted la puerta de su casa, y que se vaya”.

Cuando nuestra amiga les declaró la poca disposición que el animal demostraba a alejarse de los pastos de jardín, la respuesta fue tajante: “Eso señora, NO es incumbencia nuestra”. Al insistir en que, en el improbable caso de que convenciese al animal de que podría haber pastos más jugosos en otro lugar, el problema podría complicarse si provocaba un accidente en la vía pública, los abnegados agentes declararon terminantes: “En ese caso, SI sería de nuestra incumbencia”.

La oveja, que actuaba como si estuviera al corriente de todo esta movida, y hasta esbozaba una sonrisa entre satisfecha e ironíca, siguió pastando a sus anchas todo el fin de semana.
El Lunes, Catherine llamó a la oficina de la urbanización (cara urbanización, por cierto), donde le aclararon que a los empleados de los servicios NO les incumbía un tarea de esa índole :” Llame usted a la Perrera Municipal”

En la Perrera Municipal, en la que diligentemente empezaron por pedir los datos de identidad de mi amiga -cosa a la que se negó, previendo posibles complicaciones ulteriores- declinaron, en ese caso, ni siquiera escuchar el problema.

A todo esto, al obstinado animal debió empezar a aburrirle la situación, en vista que no se montaba el pollo previsto en sus malvados planes, y empezó a dar signos de buscar una salida. Mi amiga como buena normanda que es, se acordó del lenguaje con el que se relacionaba, de niña, con las vacas, y consideró que tal vez tratando de disimular su acento francés, y adaptando el “Meuh. Meuh” vacuno al “Beeh,Beeh” bovino, podría hacerse seguir por su intrusa hasta los pastos naturales próximos a su casa, de donde sin duda se había fugado la interfecta en su búsqueda de un poco de marcha en su aburrida vida de oveja.

Y lo consiguió. La oveja, mientras se alejaba hacia los pastos, volvió la testud y a Catherine le pareció ver una mirada comprensiva… pero, en cuanto volvió de nuevo la cabeza al frente se escuchó una carcajada apenas contenida.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

¿ Quién da más ?

A pesar de haber conocido bastante bien la región andaluza, en una época y a una edad en que uno prestaba mucha atención a "las tierras y los hombres de España", ese paisanaje no deja de asombrarme.
Se han publicado, casi simultaneamente, dos noticias procedentes de esa autonomía.
Al parecer, los sindicatos cuentan con la supuesta "solidadridad"[probablemente fundada] de los mayores andaluces, para que apoyen la huelga general mediante el plante frente a sus "obligaciones" familiares, y dejen sin tutela a sus nietos, afín de obligar a declararse en huelga a los padres trabajadores, que no hubiesen pensado hacerlo.
Así mismo, las mujeres que, entre los años 1939 y 1950, consideren que fueron ofendidas por el franquismo podrán reclamar daños por valor de 1800 euros.
Enfín, todos sabemos que los períodos electorales, o pre-electorales, son una fuente inagotable de oportunidades para ejercer los más insólitos alardes de imaginación, en lo que a carnada de anzuelo partidista se refiere.
Pero esta vez se han pasado un poco.¿O no?
Partir del supuesto de que ocuparse de jugar con los nietos es un "deber" denota, cuando menos, una concepción de la existencia en la que el sacrificio, el esfuerzo,"la voluntad de servicio" o la maldición bíblica de la condena del placer, no deja el más mínimo resquicio a esos seres humanos, para gozar de las carantoñas del abuelete con su nieto. Recurso que, en muchos casos, rellena una existencia condenada por una sociedad deshumanizada al papel de mueble inservible y molesto.
Pero sino... ¿Cómo covencer a esos agentes indirectos de la huelga a cumplir con sus responsabilidades gremiales, sino se reconocen en su identidad proletaria, eh ?
Lo de la indemnización a las mujeres ofendidas es aún más delirante.
Vamos a ver...¿Fueron la mujeres los únicos individuos[¡Huy perdón!]"individu@s ofendid@s", por la dictadura? ¿Y sólo entre 1939 y 1950?¿A partir de esta última fecha, conservaron todas las ciudadanas intacta sus dignidad?
Sé que tendrán una respuesta acorde con los principios del movimiento[¡Huy perdón otra vez!¿En qué diablos estaría pensando?]de la Memoria Histórica.
Pero no toleraré que me la expongan.
¡Hasta ahí podíamos llegar!

lunes, 13 de septiembre de 2010

Fahrenheit 451

Un reverendo (¿serà lo que aqui llamos cura?) estadounidense ha llamado a sus fieles a realizar un "auto da fe", consistente en la quema pública de libros del Corán.
La cuestión me sugiere una conjunto de sentimientos confusos. Por un lado, le repugnacia que todo akelarre me produce. Después, la resonancia histórica de acontecimientos similares que llevaron a cabo las masas totalitarias, no hace muchos años. También la terca supervivencia de esa nefasta fobia hacia la palabra escrita que llevamos adherida secularmente.Y, en este orden de cosas, la negación implícita de la libertad individual, que conlleva la suposición de que cada cual no es capaz de sacar sus própias conclusiones de la lectura, sin estar determinados por el destino fatal una coindidencia unánime de las mismas.
Ahra bien, la pregunta esencial es la que plantea si el Corán, aparte de su materalización concreta en un libro, es realmente UN LIBRO.
Sin el menor afán provocador, y consciente de su posible analogía excesiva, yo también me haría otra pregunata sobre si un manual técnico, que aleccione sobre la construción de bombas artesanales, debidamente editado, impreso y encuadernado es en realidad UN LIBRO.
El Corán representa más bien un protocolo total y completo para la conducta de los fieles de una religión, que basa su esencia en la consecución de un mundo fiel a esa creencia. Y, así mismo, la forma en que sus miembros deben contribuir a ese propósito, LUCHANDO contra todos los obstáculos humanos o no que se opongan a dicho fin.
Los principios morales universales sobre los que nuestra cultura ha edificado un mundo soportable, a pesar de sus problemas y contradiciones, están en conflicto radical con cualquier tipo de intransigencia y, precisamente por su carácter universal, incluyen a cualquier ser humano, independientemente de sus convicciones INDIVIDUALES.
En nuestra civilizacón la violencia no tiene por sí misma más carácter moral que el que deriva del juicio sobre su utilización. Si esta está inspirada por un acto agresivo, es ilegítima, y estaremos obligados moralmente a neutralizar dicha agresión con los medios adecuados, incluida la violencia defensiva.
¿ Podríamos plantearnos honestamente que la religión que se basa en el Corán contiene ESENCIALMENTE la agresión como un medio legítimo, para alcanzar sus fines ?
Ni soy un experto en el conocimiento del Islam, ni siquiera me planteo la necesidad de saber mucho más de lo que conozco para enfrentarme a esa pregunta.
Y esto es así porque el problema, desde mi punto de vista, no tiene carácter religioso.
Las religiones más importantes que conviven hoy con nosotros no intervienen en ninguna cuestión política, más allá de las convicciones particulares de las personas vinculadas a ella, y mucho menos no tienen un programa para la organización del estado.
No es este el caso del Islam, en el que, en la idea totalizadora de esa creencia, se incluyen TODAS las relaciones entre los fieles y, por lo tanto, establece la estructuras (religiosas, naturalmente) mediante las cuales esas relaciones se organizan.A ese conjunto de estructuras se le conoce por el nombre de ESTADO.
Esa religión se define, en consecuencia, como una TEOCRACIA.
Una vez establecido este principio, todos los debates o conflictos que nos relacionen con ella, deberán plantearse, lógicamente, en el terreno POLÍTICO y no en el de las creencias religiosas.
No se debate sobre cuestiones TEOLÓGICAS, sino sobre problemas CIVILES.Y entre ellos tal vez el más grave es aquel que afecta a conceptos tan básicos de nuestra civilación como es la declaración universal de los derechos humanos.
Cualquier análisis relativista de esos derechos, estará negándolos y aboliéndolos de hecho.
Soy de los que creo que la actual situación de las relaciones del mundo occidental con el Islám es, como todo, el resultado de la combinación de un sinfín de factores históricos, políticos, culturales, etc, y no de un complot específico urdido por ne se sabe que galáxia diabólica.
La cuestión clave es que la civilazión occidental se enfrenta a unos gravísimos problemas relacionados con el Islám, de los que no es menor de ellos la própia actitud pesimista y disolvente de algunos círculos ideológicos, cuya miopía no desentona con aquellas que, en otras épocas recientes, estuvieron a punto de llevar a nuestra civilación, al desastre.
Esperemos que también salgamos de esta.
Amén.

martes, 22 de junio de 2010

Israel en la “guerra de los medios”. Un falso debate.

El debate sobre una supuesta derrota de Israel en el plano de los medios de comunicación supone, en sí mismo, la única victoria de la que se podrían sentir satisfechos los que plantean esa “guerra de la comunicación”.
Esa batalla no debe perderla Israel, y la mejor estrategia para conseguirlo es no librarla. El estado israelí no puede permitirse el lujo de desgastarse en ese esteril enfrentamiento. Tiene otras prioridades, como es la de la defensa de su simple existencia física. No se puede perder una guerra en la que no se participa.
El terrorismo es un fenómeno que vive parásitamente de los “mass–media”. El éxito de un acto terrorista se sustancia únicamente en un titular de periódico. Ese es su único objetivo. Tenemos suficientes ejemplos históricos de triunfos y fracasos de las organizaciones clandestinas que certifican esa afirmación.
Las acciones terroristas no persiguen otro fin que el de ofrecer pruebas de su existencia y permanencia en la lucha a sus imprescindibles bases sociológicas.
Las organizaciones clandestinas no tienen otro objetivo que el la fidelización e incremento de esas mismas bases que las sustentan y financian. Y ese crecimiento sólo se consigue mediante la sábia explotación de las emociones [con una astuta amalgama de victimismo–heroismo], estimuladas través de una vía gratuita de comunicación como son los mencionados “mass–media”.
La propaganda se basa esencialmente en la sustitución de la razón por la emoción; del argumento por el slogan.
La fotografía del niño de Al Dura es un slogan. Provoca una emoción tan profunda que incluso el desmentido del montaje [con pruebas irrefutables] es rechazado inconscientemente por los fieles porque la escena es demasiado perfecta como para borrarla de la mente. Si admitiesen que fuera falsa, se privarían de ese excitante componente dràmatico que les resulta imprescindible para vivir.
La única lucha moralmente admisible es aquella que trata de hacer prevalecer la razón sobre la emoción.
Incluso los nazis, maestros precursores de la propaganda como única finalidad política, creyeron necesario inventar, sin embargo, una pseudociencia que proporcionase un “barníz razonable” a su emotivo delirio místico–folclórico de la raza.
En las sociedades que han accedido a la civilización de la libertad y la justicia con un elevadísimo coste humano a través de la historia, muchos de aquellos que no vivieron ni apenas conocen el valor de aquel inmenso esfuerzo, padecen hoy un síndrome de mala conciencia que los convierte en un valioso material de manipulación emocional para los liberticidas y sus cómplices. Hoy en día, algunos vemos con inquietud como nuevos aprendices de brujo montan sectas bienintecionadas que explotan con gran eficacia ese filón emocional.
Si se comprediera, por fin, que el conflicto de Israel no tiene más [ni menos] que una naturaleza simbólica para los adversarios de nuestra civilización, ya que ese estado representa una intolerable avanzadilla de ella para los enemigos de la tolerancia, no se platearían falsos y estériles debates como el de la “guerra de los medios”.

jueves, 15 de abril de 2010

Caso Garzón : ¿Un síndrome español?

El reciente incidente que ha tenido lugar en la universidad Complutense de Madrid, en el que miembros destacados del partido socialista y del sindicato UGT aclamaron las declaraciones del ex-fiscal Jiménez Villarejo en torno al llamado caso Garzón, y en las que se vertían graves acusaciones a los miembros de la Sala Penal del Tibunal Supremo, pone de manifiesto una actitud históricamente recurrente entre las personas que representan a la voluntad popular; lo que, analizado desde el punto de vista histórico, induce a considerar la exitencia de un grave padecimiento patológico que, al parecer con carácter crónico, afecta a nuestro pueblo.
Esta intuición no sólo es inquietante por el sectario crarácter excluyente que constituye su principal rasgo definidor, sino sobre todo por su contumaz permanencia en el tiempo.
Cuando se leen las delirantes afirmaciones que se han vertido en este acto, e independientemente de su extravagante formulación, cualquier persona que se haya interesado por los orígenes parlamentarios de la catástrofe de nuestra Guerra Civil, encontrará sorprendentes analógias, tanto de estilo como de contenido, entre esas afirmaciones y los incendiarios discursos de algunos diputados y hombres políticos de la Segunda República.
Sería sensato suponer que las abismales diferencias de contexto cultural y político, entre el mundo de los años treinta – no sólo en España– y la época presente, proporcionarían el distanciamiento indispensable para valorar aquellas frecuentes manifestaciones de ausencia de civismo, como una consecuencia inevitable de los turbulentos años que siguieron a la Primera Guerra Mundial y las subsiguientes crisis morales, políticas y económicas que padeció la Europa de la época.
Sin embargo, la terca permanencia en nuestro país de un espíritu vindicativo que excluye la indispensable tolerancia con el adversario, para el ejercicio de la convivencia democrática, obliga a hacer un nuevo análisis que permita comprender mejor las raices del problema actual.
La Guerra Civil fue una clamorosa y trágica demostración de la impotencia de un pueblo para ejercer la vida en común entre sus integrantes, y se saldó con las catastróficas consecuencias que todos conocemos. Esa carencia de espíritu cívico no se manifestó sólo durante los cinco años de la república y los tres años de contienda armada, sino que se cultivó durante treinta y ocho años más de dictadura – en la que las generaciones que hoy ejercen cargos de responsabilidad fueron educados– en virtud de la falaz afirmación de que el pueblo español no estaba ontológicamente capacitado para vivir democráticamente.
La aplastante responsabilidad moral que gravitaba sobre el pueblo que había participado en aquella la carniceria fue asumida de forma diferente por los ciudadanos, dependiendo de sus más o menos arraigadas convicciones políticas. La mayoría de ellos, que no poseían esa convicciones, pasaron paulatinamente del trauma, en un país devastado, a la necesidad de normalizar su existencia cotidiana, asumiendo, poco a poco, la mencionada falacia pseudofilosófica como único refugio moral.
Cuando se analiza franquismo, desde la muerte del dictador, suele hacerse desde el punto de vista de las estructuras del sistema y sus protagonistas, olvidando que sociológicamente hablando la inmensa mayoría de los españoles fueron franquistas por convicción o cómplice indiferencia, en esa época.
Aquellos que fueron adoptando una posición moral o política de oposición al Régimen saben lo escasos que eran sus compañeros de actitud y las hostilidad cotidiana de su entorno próximo.
Una cuestión diferente es la posición de militancia adoptada por los miembros de los partidos políticos que habían formado parte del Frente Popular. Desde la clandestinidad del interior o bien desde el exilio, consideraron la derrota de Abril de 1939 sólo como una batalla perdida y pensaron que, si se conseguía internacionalizar el conflicto al final de la Segunda Guerra Mundial, se podría acabar obteniendo la victoria definitiva. El estallido de la Guerra Fría puso fin a esas especulaciones y con ellas a sus esperanzas de llevar a cabo algo, que acabó siendo únicamente una oposición clandestina casi testimonial y hábilmente manipulada por el bloque soviético, especialmente hasta el final los años sesenta, y controlada a través del Partido Comunista Español.
A pesar de estas evidencias, que cualquier testigo bienintencionado de la época puede confirmar, la lucha política que se inició con la transición, a la muerte del dictador, tuvo unos inicios en los que los intolerantes de todo pelaje pretendían llevar a cabo de nuevo un arreglo de cuentas, con cuarenta años de antigüedad, menospreciando el deseo de muchos conciudadanos de empezar a vivir su própia historia en el segundo período de su vida, después de haber pagado las consecuencias de un conflicto, en el que no habían tomado parte, durante los primeros treintaocho años de la misma.
Afortunadamente, las ambiciones de poder de aquellos primeros protagonistas políticos pudieron más que los viejos rencores, y así se hizo una transición que casi todo el mundo asumió como la mejor solución posible.
Pero cuando la siguiente generación de políticos accedió al poder, y probablemente por no sentirse suficientemente legitimados como simples herederos del mismo, les pareció oportuno revisar la historia de aquella transición y rescatar de las tinieblas del pasado una derrota nunca asumida para llevar a cabo la venganza; algo indispensable para alcanzar finalmente una victoria póstuma.
La manipulación de la historia, y la apelación a los sentimientos agraviados de los descendientes de las víctimas de las atrocidades de una de las partes – olvidando deliberadamente la existencia de otros seres igualmente ofendidos en el otro bando – han sido los malvados recursos utilizados por ellos en los últimos tiempos, y cuyas consecuencias están aún por ver.
Pero que unos políticos mediocres traten de hacer, en su mísera actuación como tales, algo que pueda ser recordado por la historia, no pasaría de ser el banal síntoma de una enfermedad relacionada con su pauperrima autoestima. Sin embargo, su coducta se convierte en una amenaza para la comunidad cuando su instinto parece indicarles que existe la posibilidad de encontrar un eco de sus delirios en la eterna condición cainista de sus conciudadanos.
Las dudas que pueden albergar respecto de esa posibilidad, les obliga a esforzarse por encontrar argumentos más allá del raquítico ámbito de su difunta ideología. Y es en algunos escenarios de mayor prestigio donde han ido a buscarlos.
En el final de la Segunda Guerra Mundial, el Juicio de Nüremberg fué un dificil ejercicio legal en el que se hacía necesario establecer nuevos criterios y definiciones jurídicas, que respondiensen a unos hechos delictivos que no estaban previstos en los códigos de la guerra en vigor. El encaje de esos nuevos supuestos en los diversos textos legales de las potencias vencedoras no supuso un trabajo fácil para los encargados de hacerlo. Al final se consiguió sobre todo establecer conceptos morales que ampararon a unas nuevas leyes, y los responsables de delitos a los que se pudo alcanzar fueron rigurosamente sometidos a ellas.
La definición de delitos como el genocidio y los crímenes contra la humanidad sentaron unas nuevas bases, de esta forma, como respuesta a las hasta entonces inimaginables atrocidades llevadas a cabo por los regímenes totalitarios vencidos.

Los nuevos intereses geoestratégicos que provocó la Guerra Fría no fueron ajenos al pragmatismo con el que, en el plano político, esas potencias trataron al régimen franquista. Pero esa afortunada circunstancia que favereció al dictador, poco o nada tiene que ver con aspectos jurídicos. Las potencias occidentales no consideraron que los hechos llevados a cabo por dicho régimen respondiesen a los supuestos delictivos establecidos en Nüremberg.
El franquismo, en su opinión, respondía más bien al perfil própio de los pronunciamientos decimonónicos o de los caudillismos latinoamericanos, que al de los régimenes extrictamente totalitarios como eran el nazismo, el fascismo o la dictadura stalinista. Y la represión posterior a la guerra a la más elemental de las crueldades.
El machaconamente repetido tópico de que el levantamiento de los militares rebeldes se hizo contra la República legítimanente instaurada por el pueblo español no deja de ser una interpretación abusiva de unos hechos que cualquier observador imparcial de los mismos rechazaría sin dudarlo. Sabemos que el gobierno de dicha república, tras las elecciones de Febrero de 1936, había sido ocupado por el Frente Popular, quien no se recató en ningún momento al declarar sus intenciones revolucionarias, término este que es necesario interpretar en el contexto lingüístico de la época.
La nómina de víctimas de ideología inequivocamente republicana que ese gobierno aniquiló, o que se vieron obligados a exiliarse, es lo suficientemente elocuente como para no albergar ninguna duda sobre el carácter antirepublicano del mismo, que ya se había manifestado en la revolución de Octubre de 1934.
A pesar de ello, desde el final de la última guerra mundial, una buena parte de los círculos intelectuales europeos y estadounidenses, próximos a posiciones izquierdistas, han mantenido tercamente una interpretación del proceso histórico de la Guerra Civil y de la posguerra, que ha convertido esa visión acrítica en un tópico romántico que goza de una asombrosa permanencia en el tiempo, a pesar de la sucesiva aparición de infinidad de análisis y de estudios históricos que la desmienten.
Apoyándose en este contumaz malentendido, se ha visto en los últimos años como nuestros gobernantes han emprendido una labor de amalgama de conceptos heterogéneos, con la que intentan llevar a cabo la inclusión del franquismo en la nómina de los totalitarismos condenados en Nüremberg, pretendiendo rectificar el supuesto error de aquellos jueces, que no lo hicieron en su momento.
Así vemos, por ejemplo, como los combatientes del Frente Popular, refugiados en Francia al final de la guerra civil y que los nazis deportaron a campos de concentración –no de exterminio–, son equiparados a las víctimas de la Shoah con un impúdico oportunismo.
Una revisión de los delitos cometidos por el régimen franquista hoy, sólo se comprendería, al margen du su estéril oportunidad, si se llevase a cabo simultaneamente a un ejercicio simétrico sobre los perpretados por el gobierno del Frente Popular. En ese supuesto, el fantasmagórico proceso de Franco podría tener unas consecuencias muy problemáticas para algunos presuntos implicados del otro bando que, estos sí, aún están vivos.
La pregunta que se hacen con cierta alarma algunos españoles hoy es sí sería posible, desafortunadamente, que declaraciones como las que se han oído en la Universidad Computense pudieran tener algún eco en sectores ámplios de la actual sociedad.
En caso de que la respuesta fuese afirmativa contituiría un grave síntoma de un síndrome español incurable.