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domingo, 4 de mayo de 2014

Prosapia de un imbécil.


"Cuántas veces al tropezar en estos años con el espíritu cerril de tanta capillita, a que los españoles son tan dados, se ha puesto de manifiesto el vacío que Víctor Pradera nos ha dejado! iQué grandioso paladín de la unidad de la Patria hemos perdido! iQué fruto no hubiera dado a nuestra causa su espíritu batallador, al servicio de una poderosa inteligencia, él, que tanto peleó por la unidad en los tiempos y ambientes más adversos!"

Prólogo de Francisco Franco a las “Obras Completas” de Víctor Pradera (1945)

Víctor Pradera, que fue tal vez el líder más carismático del movimiento tradicionalista, partidario de las tesis de Juan Vázquez de Mella, al que siguió en la escisión del Carlismo que lideró éste para fundar el integrista Partido Católico Tradicionalista, y, desde luego, su intelectual más destacado, concretaba con exactitud en su obra “El Estado Nuevo” el pensamiento político de esa formación que, partiendo del desmontaje sistemático del pensamiento roussoniano, ofrecía una antítesis del mismo que serviría como alternativa “salvadora” al sistema liberal.                                                 

La subida al poder del fascismo italiano fue contemplada con alegría por estos carlistas. En su opinión, ante la amenaza de la revolución, el fascismo era la legítima respuesta violenta de la sociedad.

Cuando José Antonio Primo de Rivera pronunció su célebre discurso fundacional en el Teatro de la Comedia de Madrid, Pradera escribió un artículo memorable en el que reconocía las razones del fundador de la Falange, señalando que estas no representaban los intereses de aquel grupo concreto, sino que eran patrimonio de “la verdad española”. En definitiva, apoyaba así con simpatía el nacimiento de Falange Española.  

Esto, por un lado.

Y por otro, el periodista tinerfeño Manuel Delgado Barreto, director del efímero semanario “El Fascio” (un solo número), y antiguo miembro de la Unión Patriótica, fue quien puso en relación a José Antonio con los grupos jonsistas de Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo, y con el grupo intelectual de los Ernesto Giménez Caballero, Juan Aparicio y Rafael Sánchez Mazas, todos los cuales formaron el consejo editorial de aquella publicación.

Al escritor Sánchez Mazas nos lo volveremos a encontrar proponiendo a José Antonio Primo de Rivera como Jefe Nacional del Movimiento de FE y de las JONS, en su primer Consejo Nacional, en septiembre de 1934.

A ambos personajes, Pradera y Sánchez Mazas, los fusilaron los rojos, aunque solo uno de ellos murió.

“La batalla de Salamina” es una novela que relata de forma poética la milagrosa salvación del dirigente falangista que, posteriormente a la guerra, fue uno de los inspiradores de los contenidos de los libros de la educación para la ciudadanía, que ellos llamaban pomposamente “Formación del Espíritu Nacional”, con los que intentaron sin demasiado éxito lavarnos la mollera a los adolescentes de los años cincuenta.

A Víctor Pradera,  el 18 de julio de 1949, Su Excelencia el Jefe del Estado, Caudillo Francisco Franco, le hizo merced del título de Conde de Pradera, por sus méritos como “figura relevante de la Tradición”.

Aparte de las simpáticas aficiones comunes de ambos sujetos, descritas más arriba, estos compartieron otra vinculación, familiar esta, que confluyó en un personajillo actual, criatura mestiza de estúpido cantamañanas y vil canalla de guardarropía, llamado Máximo Pradera Sánchez.

El mencionado pelagatos mediático, es bisnieto de Pradera y nieto de Sánchez Mazas; un auténtico prodigio de densidad de ADN ideológico, en términos de unidad de destino en lo universal.

Pero no queda ahí la historia. Qué va.

El papa del niño Máximo no fue otro que Javier Pradera, uno de los más genuinos representantes del pensamiento marxista post-moderno desde los años sesenta, que acompañó, entre otros, al ex–falangista Juan Luis Cebrián cuando, tras dirigir este los servicios “formativos” de la TVE durante la agonía de Su Excremencia y el gobierno de Arias, los promotores de aquel esperanzador diario que fue “El País”, no encontraron, al parecer, a nadie más adecuado para hacerse cargo de su dirección.

Javier Pradera se encargó de la checa ideológica del diario, dejando entre sus subordinados el recuerdo imborrable de su ”tolerancia”.

La progresista actitud de Javier durante sus años universitarios, no era nada extravagante entre los niños bien del Régimen. De hecho, en aquella universidad no había más que niños bien. Y, al igual que los grupos musicales para quinceañeros salen siempre, desde los años de su aparición, del Barrio Salamanca o de La Moraleja, los “chicos progres” tenían el mismo origen.

Nadie debe deducir que sugiero el tedio social de esas abnegadas familias franquistas, como causa desencadenante de ambos fenómenos. No creo.

El hecho es que entre los compañeros de generación del papa de Máximo, destacaron algunos por poseer una mezcla de pedigree, medios, y tal vez talento, y esos atributos los hicieron agruparse en torno a las ideas que una intelectualidad internacional, joven y en busca de su lugar en el sol, hacían llegar a España a través de los eficaces canales desbordantes del agit-prop comunista de la guerra fría y, porqué no, de los viajes que estos privilegiados podían permitirse.

Javier Pradera se casó con una hija de Rafael Sánchez Mazas. Ya se sabe, las familias que rezan juntas, van al Club de Campo juntas, y veranean en S.Sebastián juntas, suelen  estrechar vínculos familiares juntas.

Por su parte, la descendencia de Rafael Sánchez Mazas no desmerecía en absoluto de la de Pradera, en términos de liderazgo estudiantil. De ella surgieron los fabulosos Sánchez Ferlosio. Todos oye…Ni uno tonto. Literatos, filósofos y hasta un cantautor contestatario.

La lógica social del franquismo se desarrollaba como un rigor germánico. Es realmente sorprendente como, por un azar maravilloso, los hijos de los promotores del sistema se convertían, a su vez, en referencias de su generación, sin que por supuesto la historia de sus familias tuviese nada que ver en el asunto. Qué va… Puros genes. Un extraño sortilegio histórico.

Claro que en aquel momento todos y todas ellos compartían una sincera e intensa, aunque escasamente peligrosa, oposición al régimen construido por sus papas. Todos de izquierdas. Incluso alguno con carnet del Partido.

Yamentiendes…, preparando el futuro.

Yo, lo tuve claro desde hace muchísimos años, cuando al hermano pequeño de un íntimo amigo y vecino de la calle Uría de Oviedo, perteneciente a un clásico clan ovetense con ramificaciones en la aristocracia agraria, bancaria, industrial y universitaria, le descubrieron que se había hecho cargo de la secretaria regional del MC. El Movimiento Comunista era un partido surgido de la escisión de la ETA quinta Asamblea.

Siempre ha sido para mí algo fascinante ese prodigioso instinto de conservación que posee el poder, el cual estoy convencido que procede de un fenómeno más ontológico que voluntario. Es la causa que producen el síndrome de la carrera segura. O sea, apostar a todos los caballos del cajón de salida. Desde la extrema izquierda hasta la extrema derecha. No falla.

Lo malo es que a veces ocurren cosas no previstas o quizás el instinto se ha distraído un momento, y aparece un ser cuyo desarrollo cerebral se produce a bajo régimen, y su casta se encuentra entonces en una incómoda posición. Los lameculos de sus padres se esfuerzan por allanarle el camino, los oportunistas lo aúpan infructuosamente, y los recursos de “casa” no paran de recordar viejos favores o deudas mal pagadas a sus paniaguados. Pero nada.

El designado heredero de liderazgos garantizados, ha resultado un producto de gama baja. Patoso, torpe, estúpido y probablemente holgazán, se deja influenciar por discursos que no entiende y, en estas, mete la pata hasta el corvejón.

En un patético intento de notoriedad, y haciéndose eco de una de las vilezas más sangrantes de la actualidad periodística, como es el intento de aniquilación de uno de los escasos profesionales del periodismo que ejerce su oficio con dignidad y valentía, Hermann Tersch, esta perla malaya ha perpetrado la gran cagada.

Al igual que los SA de los años treinta señalaban las casas de los judíos para ulteriores operaciones de limpieza, este pobre payaso de Máximo se ha retratado ante la puerta del domicilio de Tersch haciendo un saludo fascista, que recuerda mucho a las fotos amarillentas de sus directos progenitores. Y lo ha colgado en Twitter.

Suponiendo este portento, me imagino, que eso hará regodearse mucho a los mangantes a los que el chico rico paga los cubalibres en el barrio de Chueca, para que le rían las gracias.

No tengo muy claro si son mayores mis deseos de escribir esto que estáis leyendo, o los de darle dos hostias.

jueves, 3 de abril de 2014

23F. La tesis del palangre.

Esta tesis se elaboró en torno a la respuesta concreta a una pregunta concreta.

¿Cómo se neutraliza un golpe de estado? Con un palangre.

Bueno, habría que empezar por establecer previamente unos supuestos que situasen correctamente los términos de la pregunta. La posible existencia de un proyecto de golpe de estado debería estar basada en los informes de un servicio de inteligencia, leal al poder legalmente establecido.

Y así fue.

Informaciones fundadas y contrastadas, en posesión de las alta magistratura del Estado, confirmaban la existencia de varios planes secretos, en ámbitos militares, conducentes a una  acción armada encaminada a derribar al gobierno y, eventualmente, a modificar las normas constitucionales.

Las motivaciones concretas de cada grupo de conspiradores variaban, tanto en lo referente a los cambios de orientación política perseguidos, como en la profundidad de los mismos, dentro de la voluntad común de acabar con la situación del momento.

La adhesión a la conspiración era desigual entre el grueso de la milicia, y la clave del éxito de la misma estará entonces, como enseña la experiencia, en la mayoría de indecisos que esperará al desarrollo de los acontecimientos antes de tomar su decisión.

Los informes elaborados localizaron a dos grupos distintos como más significativos. Uno definido por la autoridad directa sobre las grandes unidades operativas, constituido por tenientes generales al frente de diferentes Regiones Militares, y otro de carácter táctico más acusado, integrado por jefes de tropas de intervención, como la Guardia Civil y unidades de la Policía Militar.

El gobierno, con la figura del Rey a la cabeza, valoró la gravedad de la situación, y sí bien el intento se consideraba destinado al fracaso en cualquier caso, dadas las condiciones socio-políticas en el interior, y las respuestas obtenidas en las consultas con las potencias aliadas, no se menospreció el costo de la intentona. Tanto en sus efectos violentos, una vez estimados los diferentes escenarios potenciales, como en sus repercusiones económicas, financieras y diplomáticas.

Una vez definido lo que se consideraba el desarrollo más probable de los acontecimientos, por parte de los técnicos militares del gobierno, se empezó a plantear la estrategia más adecuada.

Parece evidente que el factor central que podría hacer inclinarse la balanza hacia uno u otro lado, es el papel de los mandos operativos indecisos, o susceptibles de ser influenciados en su decisión.

Con ese fin empezaron a trabajar los servicios leales, en los diferentes Estados Mayores de las unidades dudosas, o en los de las claramente comprometidas.

Se trataba de establecer con la mayor precisión el estado de animo de los generales, así como el de sus auxiliares de Estado Mayor; jefes u oficiales en su mayoría.

Los informes recogidos establecieron como hechos comprobados las posiciones radicales de algunos Tenientes Generales, como era el caso de Milans del Bosch, Capitán General de la III Región Militar o el de Merry Gordon en la II.

Así mismo se confirmó la lealtad del Teniente General Quintana al frente de la I Región en Madrid, la de Polanco en la VI, en Burgos, así como la IX de Delgado Álvarez, González Yerro en Canarias y De La Torre en Baleares, que mantendrán así mismo la lealtad a la Corona, a pesar del compromiso verbal de este último con Milans.

Campano en la VII, Elícegui en la V,  Pascual Gálmes en la IV y Fernández Posse en la VIII mantendrán una actitud indecisa, de salida, o confusa, en el caso de Campano.

Esa era la situación de inicio, cuando un gabinete de operaciones dirigido por el teniente General Gutiérrez Mellado, presentó un plan de acción al Rey y al presidente Suarez.

Gutiérrez Mellado era un hombre que nunca, en su larga carrera militar, había pisado otro terreno, en sus diferentes empleos, que el del Estado Mayor. Gran conocedor del aparato de la Segunda Sección bis, Inteligencia Militar, había reestructurado poco a poco esos servicios y en su puesto de vicepresidente se había rodeado de oficiales de gran capacidad, como el comandante Cortina, que estaba destinado a tener un papel estelar en esta operación.

El plan evidentemente estaba dirigido a un objetivo doble. Por un lado, tratar de influir en la voluntad de los hombres claves, tanto los generales poco proclives a la aventura como los oficiales de estado mayor al servicio de los generales irredentos, susceptibles de colaborar. Y por otro, se trataba de hacer creer a los dos grupos principales que el éxito de la operación dependería sobre todo de que actuasen coordinados. Es decir, conseguir reunirlos en una única intentona.

A ese fin, el comandante Cortina se fue aproximando a los círculos conspirativos de Tejero y de Miláns, induciéndoles la idea de que el Rey, harto del gobierno de Suarez y del desastre de la situación, no vería con malos ojos una intervención que cambiase el rumbo de la política en España. La jugada era evidentemente muy arriesgada, por comprometer directamente la figura del Rey, pero precisamente esa fuerte apuesta apuntalaría, como así fue, la confianza de los golpistas en Cortina y sus hombres.

Ahora, de lo que se trataba era de teledirigir el golpe como si de una operación de demolición controlada se tratase. Controlada pero con unos altísimos riesgos de desborde ante el más mínimo fallo, porque se realizaría precisamente en el borde de una situación explosiva, una vez que los protagonistas se pusiesen en marcha.

Así, tras una serie de reuniones preparatorias, sobre todo con los conjurados de Tejero, para las que se alquilaron ficticiamente como se verá unas oficinas en el centro de Madrid, Cortina les presentó un plan detallado de la acción, cuyos detalles discutieron juntos durante cierto tiempo, de manera que el gobierno estuvo permanentemente informado de la marcha del mismo.

Otra parte esencial del plan estratégico, se llevó a cabo en el mes de Enero. Suarez y el Rey se vieron obligados a tomar una decisión dramática.

La única manera de intentar conseguir neutralizar a los generales menos empecinados, pero gravemente irritados por la situación y por la figura de un “traidor”, como era para ellos el Presidente Suarez, era precisamente entregarles su cabeza en una bandeja, aclarando además que la dimisión forzada se llevaba a cabo debido a la presión ejercida precisamente por los cuartos militares.

La oferta se hizo durante la reunión de la celebración de la Pascua Militar y
 en presencia del pleno de los Capitanes Generales, en el mes de enero. Pocos días después Suarez apareció por sorpresa en la televisión y anunció su dimisión irrevocable, ante el asombro de todos los españoles. Todos, menos aquellos que la estaban esperando. Los generales.

El sacrificio de Suarez fue una de las claves del éxito, para abortar la catástrofe.

Cuando un mes después llegó el día fatídico, ocurrieron un montón de acontecimientos bastante extravagantes en algunas Capitanías. Al levantisco y malhumorado general Merry Gordon, la víspera del 23 de Febrero, sus oficiales le acompañaron a un homenaje en el que se hizo un merecido honor a unas cuantas botellas de manzanilla de gran calidad. Cuando a la mañana siguiente el teléfono sonó con insistencia en su despacho, los oficiales de su Estado Mayor no pudieron localizarlo.

El duro general Campano, seguramente pagando así el precio por la cabeza de Suarez, fue llamado por su homólogo Polanco, a Burgos, para asistir a unos actos en Capitanía esa misma mañana. La llamada desesperada de los golpistas a su Estado Mayor, se saldó con idéntico resultado que en Sevilla.

Incluso en la única Capitanía donde se puso el operativo en marcha, en la de Milans, uno de sus oficiales, el comandante Caruana, entró en contacto con la base militar de Manises, leal a la Constitución, desde donde se emitió una seria advertencia en el sentido de que los escuadrones de caza-bombarderos de la base estaban siendo municionados y cargados de combustible, con vistas a obligar a retroceder a la fuerza acorazada por la fuerza si ello se hacía necesario, una vez que esta se había puesto en marcha, y empezaba a desfilar por algunas avenidas de la ciudad. 

El general Quintana, que debía salir hacia unas maniobras en el campo de San Gregorio, en Zaragoza, interrumpió inesperadamente su viaje para, sorpresivamente, desviar su ruta hacia una celebración en la I Brigada Paracaidista de Alcalá de Henares, fuerza de choque por excelencia cuya intervención podría ser decisiva.

El patético general Armada, ignorante de todo el montaje, tuvo en todo esto el papel poco lucido de emisario entre los poco aguerridos y desamparados guardias civiles que ocuparon de forma tan castiza el Congreso de los Diputados, y se consiguió ganar así un tiempo que se hacía eterno para todos. Implicados en el golpe, en el contra-golpe y público en general.

El final constituyó un éxito para todos nosotros, no solo porque se abortó la intentona, sino porque se desarraigaron definitivamente de un certero golpe todos los brotes de esa tradicional arrogancia cuartelera tan pegada al pellejo de cierta clase de militares durante siglos.

Esta reconstrucción especulativa e imaginaria de lo que tal vez ocurrió así o no, vio su dosis de verosimilitud incrementada, cuando el comandante Cortina fue juzgado en Campamento.

 Entonces, habiendo actuado a cara descubierta delante de centenares de acusados, que actuaban ahora de testigos de cargo contra él con la rabia acumulada al haberse dado cuenta del palangre en el que habían picado todos, las pruebas que lo implicaban en la trama eran aparentemente abrumadoras.

Pero cuando Tejero y sus secuaces, por ejemplo, declararon haberse reunido con él en un despacho en una céntrica calle de Madrid,  y describieron con sumo detalle la disposición del mobiliario y la distribución, una comisión judicial acudió al lugar y este no coincidía en absoluto con esa descripción.

Y es que las pruebas fueron desmoronándose una a una, a medida que las brigadas de limpieza del Servicio de Inteligencia las iban borrando. Fue declarado inocente. Y no solo eso. Algún tiempo después fue promovido a un ascenso y condecorado.


Y pensé…lo que yo decía.

viernes, 21 de marzo de 2014

Cloacas y otros sinvivir.



Todos hemos oído hablar alguna vez de los análisis sociológicos llevados a cabo a partir del examen de los contenidos de los cubos de basura, segmentados por barrios desde el punto de vista socio-económico. Los restos del consumo son una de las pistas más significativas de la capacidad económica y los hábitos de comportamiento de la sociedad desarrollada.

Por mí parte, y dejando a parte el indudable interés epistemológico de esa clase de estudios, siempre pensé en la ingrata labor de esos investigadores de campo, sumidos en una montaña de detritus hasta las cejas.

No hace muchos días, y ante ciertas salpicaduras fortuitas de basura informativa en las redes sociales, decidí dotarme de mascarilla y gafas protectoras y bucear en las alcantarillas cibernéticas. Debo declarar, para empezar, que su rebosante caudal y la ingente multitud de criaturas que las pueblan me dejaron literalmente estupefacto.

Pero esas magnitudes cuantitativas son moco de pavo al lado de los factores cualitativos.

Uno, a la edad que tiene y con una vida abundantemente nutrida de experiencias -que harían las delicias de unos nietos que no tiene- creía casi agotada su capacidad de asombro ante las siempre fecundas manifestaciones de delirio del antropoide desnudo provisto de I-Phone.

Pero es que uno tiene una incurable inclinación al optimismo antropológico.

Desde la aparición de la obsesiva drogadicción a la transparencia informativa que padecemos, va instalándose paulatinamente entre nosotros un nuevo paradigma de la comunicación, basado en el postulado de que toda información transmitida por los medios es falsa por definición.

 Y, claro, esa falsedad no se achaca a una posible incuria, torpeza o inocente holgazanería por parte de los comunicadores, sino a una perversa estrategia de intoxicación diseñada por los poderes ocultos de siempre. Lo que solemos conocer con la displicente expresión de conspiranoia.

Naturalmente, ese axioma viene acompañado de su correspondiente alternativa salvadora, de la mano de lo que se conoce como fuentes independientes. Ese adjetivo de marras, precisamente por no depender de ningún mecanismo de verificación, ni filtro de solvencia, dota a estas fuentes de esa insuperable credibilidad que constituye la ontológica fe en lo inverosímil, lo fabuloso y lo inaudito. El eterno regreso de los magos.

Hasta la irrupción de los enredos de Internet, solo ciertas emisiones radio-televisivas de madrugada daban cobijo a estos divertidos pasatiempos, con sus universos plagados de OVNIS, extraterrestres y otros inventos, de los ingenuamente terroríficos Jiménez de Oso y epígonos.

Pero Face-Book, Twitter y otros desbocados torrentes anónimo-instantáneos han derribado todos los muros de contención del sentido común, y, lo que es más alarmante, han elevado exponencialmente el número de yonquis con síndrome de abstinencia de sustancias tóxico-informativas.

En los faldones de los artículos, webs, blogs, fanzines y yutubes al uso, se instalan salas de happenings, llamadas enfáticamente foros de opinión, que son los espacios en los que los adictos celebran sus aquelarres y estruendosas bacanales de odio paranoico.

Cualquier noticia aparecida en los medios es reinterpretada en su auténtico significado. Este mecanismo se pone en marcha de forma automática. La urgencia con la que se producen las dota de su apariencia periodística. La adaptación de los hechos objetivos al molde siempre caliente del complot y sus actores, es sumamente funcional. La reciente perdida de un avión de línea en Malasia es un ejemplo.

En el avión viajaban cuatro directivos de una empresa china. A esa empresa se la relaciona con el gran capital, como a todas. Y el gran capital tiene asignada una nómina de apellidos paradigmáticos, judíos como es lógico.

La desaparición de los mencionados ejecutivos cobra un dramático significado, ya que sus relaciones societarias, que los autores de la noticia conocen en sus mínimos detalles, determinan la transferencia de sus acciones, y en este caso los derechos de una valiosas patentes al parecer, a su único socio con vida.

¿Quién es el afortunado beneficiario de la tragedia? La escalilla de la ficción responde de forma automática : un Rothschild. ¿Quién sino?

De ahí a construir la pulp-fiction correspondiente hay un paso. La perdición del avión es el resultado de un encargo, por parte de aquel al que favorece el crimen.

Pero esta noticia, como otras, es además una buena oportunidad para recordarles a los catecúmenos los hechos históricos y parábolas de las que consta el evangelio de la información transparente.

Abreviando, la familia Rothschild es la secta que encargó a Karl Marx la elaboración de su teoría del materialismo dialéctico con la finalidad de disolver las sociedades democráticas. Posteriormente financiaron la Revolución Rusa. Del mismo modo que financió al capitalismo sionista americano y, a través de él, ¡a Hitler!

Bueno, es inútil y aburrido seguir esta saga alucinante; ahí abajo os dejo algunos enlaces, por si alguno de vosotros tiene la suficiente curiosidad y humor para echarles un vistazo.

La cuestión que sí tiene relieve, a mí juicio, es que algo que no pasaba de ser una ensoñación infantiloide de ciencia-ficción y aventuras inventadas en torno a los Templarios, está aprovechando el foso cavado en la credibilidad de los medios por los ángeles exterminadores Assange, Snowden, Mediapart, etc,  para difundir a través de él la basura amalgamada.

Una especie de compost integrado por la desconfianza creciente en las instituciones, frustración económica, prestigio del nacionalismo radical, repunte de ideologías totalitarias, etc, ante el que empiezo a creer que más nos convendría cambiar nuestra arrogante sonrisa irónica por una mirada un poco más atenta, por mucho asco que nos inspiren estas inmundas cloacas.

Y, sino, al tiempo.


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miércoles, 12 de marzo de 2014

Hoy, 11 de marzo.

No sé a vosotros pero a mí, diez años después, esta maldita fecha sigue poniéndome un nudo en la garganta. No el mismo nudo que sentí aquel día funesto. Aquel era un nudo que deshacía con  alivio porque, a pesar de estar en el punto de mira de los asesinos (como todos nosotros), esta vez, a mí, no me había tocado.

Esta amargura es distinta. Es la que me provoca el hecho de observar como la sociedad metaboliza sin problema aparente los venenos más mortíferos en su eterno discurrir. Nací con cien millones de muertos aún calientes a la espalda. Pero esos, o ya estaban muertos o morían  mientras mi receptor consciente aun no estaba activado. Me los presentaron más tarde los historiadores.

Pero estos eran yo mismo viajando en un tren que, esta vez, no tomé. Y a esta sensación agobiante de impotencia ante la injusticia contribuye la ausencia de un nombre, un símbolo, unas siglas a las que identificar con la culpa. A las que detestar. O perdonar. Esa otra forma sublime de venganza.

La necesidad de encontrar una miserable explicación a lo inexplicable ya la hemos experimentado desgraciadamente durante años, aunque siempre quedaba satisfecha con unas señas de identidad perversamente familiares. Por eso, esta vez, nos aferramos una vez más desesperadamente a ellas, en los primeros momentos de la tragedia. La visión de unas fauces conocidas y temidas, no evitan el dolor de la dentellada, pero nos permiten reconocernos como víctimas de la malvada lógica de la fiera.

Cuando ese dolor nos desgarra sin firma, anónimo, de alguna manera la herida se resiste a cicatrizar.

Habrán de pasar muchos años seguramente para que el asombro y la vergüenza que nos provocan las circunstancias que rodearon este hecho sangriento sean valorados en su justa medida. De momento nos hemos conformado con la fractura social irreconciliable habitual, en la que 191 muertos son zarandeados sin compasión por unos y por otros.

No hay casualidades en la historia. Cualquier vestigio de irracionalidad que creamos ver en la combinación de los hechos que concurren en un momento concreto de ella, es un simple subterfugio que nos inventamos al sentirnos incapaces de asumirlos, cuando eso hechos rebasan una determinada escala inédita hasta el momento, como ha sido en este caso.

Pero ninguna partida se gana rompiendo la baraja, ni ningún problema se resuelve disfrazándolo de fatalidad.

Lo único que quedó claro sobre el desolado escenario de la tragedia fue la incompetencia de unos y la vileza de los otros.


Lo demás, aún nos lo deben.