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miércoles, 9 de octubre de 2013

La censura indispensable



"La cantidad de rumores inútiles que un hombre puede soportar es inversamente proporcional a su inteligencia."
Arthur Schopenhauer.

“Odia el pecado”, nos decían los catequistas de nuestra niñez. Y lo malo no es que rechazar el mal, fuera cual fuera la formulación que de este se hiciese, constituyera algo censurable. Lo malo era el verbo.

El odio, esa poderosa emoción que encauza la peor versión de nosotros mismos, fue explotada interesadamente, como energía movilizadora, por toda clase de tiranuelos o tiranos, aprendices o diplomados. Odiar es una pasión agresiva libre de cualquier sentimiento de culpabilidad, porque el odio es instintivo o inducido. Nunca voluntario. Nadie decide, un buen día, ponerse a odiar.

Estamos presenciando con una pasividad de observador clínico -y también suicida- como el fenómeno del odio colectivo va extendiéndose solapadamente en círculos cada vez más amplios de nuestra sociedad, con una eficiencia muy superior a la que nuestra torturada historia nos tenía acostumbrados, gracias a los nuevos vehículos de comunicación que el progreso nos proporciona.

Pero el motor del odio necesita un combustible y, en este caso, ese combustible sintético está formado por varios compuestos altamente explosivos. El primero de todos ellos, y básico, fue colocado en la probeta en los años del fatalmente recordado gobierno de Zapatero, y consistió en el “afán infinito” de revancha. Este tomó como símbolo de referencia a un abuelo sacrificado, al parecer, en el ara del Mal definitivo, inequívoco y universal, que era El Franquismo.

Y digo “era” y no “había sido”, porque el objetivo final de todo aquel proyecto era demostrar, con “pruebas” evidentes e indiscutibles que, fuera de las fronteras del territorio ideológico de la izquierda, “todo” sigue siendo franquismo. Eso, para los moderados de la progresía; porque para los exaltados es puro fascismo. Y, claro, esos insondables abismos ideológicos exteriores a las balizas de la verdadera y exclusiva moral de la izquierda, siguen en ese proyecto más vigentes y amenazadores que nunca, en la presente democracia surgida de la Transición.

En una situación política como la presente, con un gobierno de derechas como el actual, que, además, dispone de una mayoría absoluta, y con una oposición de izquierdas en trance de derribo incontrolado, la presión sobre el acelerador del mencionado motor del odio se hacía indispensable, como en todo trayecto cuesta arriba.

Travestir simplemente de franquismo al actual gobierno no era tarea fácil ni convincente, vistos los resultados de las elecciones. No debió parecer prudente calificar de franquistas a todos los electores que optaron por él. Eran demasiados, y demasiado importantes sus potenciales votos. Se elevó el alza del arma propagandística, y se batió un objetivo más lejano: la Transición.

Si se admitía que el núcleo de la célula de la Transición había sido el franquismo en estado “aparentemente” terminal, resultaba relativamente fácil atribuirle una vitalidad astutamente escondida, y con la que habría sometido en aquella ocasión a los cándidos representantes de los partidos de izquierdas, a un truco de trilero cuyas ganancias siguen siendo disfrutadas por él hoy en día.

Los saldos deudores no cobrados, las víctimas del Régimen, añadían un factor contable indispensable a una reclamación “histórica”, de objetividad indiscutible.

Pero una de las características más significativas del contexto del régimen franquista había sido la aparición de un medio de comunicación, propio de todos los regímenes dictatoriales amparados por la censura, que no es otro que el del rumor.

Cuando en una sociedad se instala el rumor como categoría de veracidad, cualquier información que no circule por esas oscuras galerías está condenada a la sospecha y la incredulidad. En realidad, esa información desacreditada sustituye, hoy en día, a aquella derivada de la censura, en tiempos de Franco, por su supuesta sumisión a los “poderes fácticos”, en el “análisis” de la actual izquierda. La izquierda necesita imperiosamente una censura, que dé verosimilitud a sus manipulaciones de la información vehículadas en forma de filtraciones, rumores o "fuentes de toda solvencia".

Y, si no la tiene, la inventa. Como actualmente.

Si a eso añadimos la fidelidad ciega, y la convicción de ser víctimas heroicas, que suele nutrir el alma de los habitantes de cualquier catacumba, tendremos el cuadro completo de los componentes del combustible del motor del odio.

Siempre he sostenido que lo que se conoce como derecha es un simple invento referencial de la izquierda que, como cualquier invento ideológico necesita fronteras que determinen lo excluido, “lo que no es”, véanse por ejemplo los nacionalismos. Así pues, si lo que no es la izquierda, llámese como se quiera, sigue sin denunciar este estado de cosas, y no termina de atribuirle una importancia que transcienda la mera aritmética electoral, me temo que la ola terminará por alcanzarnos de lleno.


Esperemos que no sea un tsunami.

1 comentario:

  1. Como siempre, tocayo querido, tus opiniones no son opiniones sino certeros diagnósticos. Y asusta pensar en las consecuencias...

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